¿Qué te ha hecho a ti la Gestapo?

Preguntada por Évole (se ve que le tocaba jugar en casa) sobre el sano desprecio que Ayuso siente por el comunismo, la excelente cantante y más deficitaria intelectual Ana Belén se preguntaba cándida «¿Qué le ha hecho a Ayuso el comunismo?». A primera vista el argumento implícito es tan estúpido que no merece la pena detenerse, pero estamos ante otro caso en que la estupidez oculta la maldad.

Las connotaciones de lo dicho interesan más que lo dicho en personas profundamente ideologizadas o que presumen de estarlo, y en el caso que nos ocupa a mí la frasecita me recordaba a algo. ¿A qué?

Por esas mismas fechas el dimitido entrenador del segundo equipo de Cataluña, después de volver al trigo con la conspiración judeomasónica según la cual el Madrí gana porque el segundo equipo de Cataluña no le pagaba suficiente dinero al vicepresidente de los árbitros, contestaba a un Ancelotti atónito con un «Esto no va contigo». El «esto no va contigo» a mí me recuerda al sicario que recomienda al vecino de un represaliado que cierre la puerta mientras se llevan al futuro cadáver. El mismo eco lejano de amenaza: los comunistas no nos han hecho nada… todavía.

Y entonces apareció en mi mente el mamporrero del grupo socialista y su «¿A ti qué más te da?». ¿No perciben en la chulería que le brinda a Patxi la impunidad el mismo tufillo amenazante? Puede verbalizarse de otras formas si conviene: es el tú-no-te-metas de patio de colegio, un cuidado-con-quién-vas, un ese-Steinman-no-te-conviene.

Para que el mal triunfe solo hace falta que los buenos no hagan nada, que permitan que el prójimo sufra solo porque se trata del prójimo y no de uno mismo.

Lo explica mucho mejor Martin Niemöller, el pastor luterano alemán que comenzó simpatizando con los nazis y terminó en un campo de concentración cuando le dio por pensar con la cabeza:

«Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.

Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío.

Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre».

Tener un gobierno con ministros comunistas no es una amenaza lejana: que los hubiera en el Gobierno que salió de las elecciones francesas del 45 fue uno de los factores que decidió a los yanquis por implementar el Plan Marshall a partir del 48.

Las dictaduras no siempre dimanan de golpes de Estado: a veces se instalan paulatinamente y desde las urnas. En España ya se ha violentado el Estado de Derecho a través de la violación de la separación de poderes y la impunidad de algunos está más que consolidada. Se dispara a fundadores de partidos políticos en el portal de su casa y se jalea el asesinato de guardias civiles. Lo mismo a nosotros el socialcomunismo sí ha empezado a hacernos algo.

El superávit de estímulos

Llevamos décadas apuntándoles a judo, natación, macramé, inglés y telequinesis. Que para algo la semana tiene cinco días.

Tienen once asignaturas, para cuyo seguimiento han de estar pendientes del correo electrónico, Classroom, Teams, Moodle, EducaMadrid y la oficina de palomas mensajeras de la diputación provincial de Teruel.

En su habitación tienen (encendidos a la vez) el dispensador de dopamina, la consola, la consola portátil, el ordenador, el ordenador portátil, el televisor, la tableta, el reloj con lucecitas y una preocupante ausencia de libros.

Por la noche, antes de acostarse, pasamos ante ellos seiscientas series y doscientas películas sin elegir ninguna, antes de terminar por poner cualquier basura televisiva de fácil consumo.

Acuden a más fiestas de cumpleaños que toda la familia Kardashian; les hacemos celebrar la comunión sin Comunión, la confirmación agnóstica y el Día del Agua.

Los apuntamos al campamento de verano, la semana blanca, la semana de color, el campus de baloncesto y la escuela de supervivencia de la familia Robinsón.

Un escalofriante porcentaje duerme una semana en casa de cada progenitor. A otros, en cambio, se lo vamos diciendo sobre la marcha. No saben en qué casa tienen el libro de Mates.

Y entonces, después de haber introducido en sus vidas toda esa miseria, tenemos la santa vergüenza de acusarlos de no saber concentrarse en una sola tarea, les ponemos en la frente una etiqueta con la palabra «trastorno» y los empastillamos.

A veces comprendo perfectamente al pavo que suelta el virus en 12 monos.

Por favor

¿Lo han notado? Está desapareciendo. Hoy me ha ocurrido dos veces: primero en un correo se me ordena: «Envíame el comentario». Unas horas después en otro se me conmina: «Cuando te responda házmelo saber». A sus órdenes, pienso yo.

Hace un tiempo yo también caí en criticar lo que podríamos llamar la manera inglesa: resultar terriblemente educado aunque por dentro uno esté sintiendo el mayor de los desprecios. Ese «How interesting!» que en realidad es un bostezo. Hoy, en cambio, cada vez envidio más la manera inglesa. Yo no me pongo en la calle con la esperanza de caerle bien al personal ni la menor necesidad de que el prójimo me resulte entrañable: yo lo que quiero es que todos seamos escrupulosamente educados. En igualdad de condiciones (tomemos por ejemplo el caso nada improbable en que le caiga a mi interlocutor como un cólico miserere) prefiero que me muestren la cortesía estricta que facilita el trato antes que el compadreo sin distancia de quien lleva treinta monedas de oro en el bolsillo.

Siendo así, ¿qué decir entonces de quien se permite el lujo de prescindir del por favor o el gracias, como si estuvieran hablando con Google o con su gato?

Tengo para mí que estos lisiados de la urbanidad son los mismos que luego van dando lecciones morales y emitiendo certificados de buenrollismo, pero a mí me hace replantearme mi posición contraria a la pena de muerte en mucha mayor medida un maleducado que cien asesinos en serie.

La literalidad

Está cundiendo la literalidad. Pantallas y conversaciones se llenan de personas queriendo decir lo que están diciendo.

Decir lo que parece que se está diciendo es un drama. Un criterio para eliminar personas, libros y películas (no físicamente, me temo) es el de comprobar que esa persona, libro o película es literal.

En El caso Winslow (ustedes sigan sin verla, que así les luce el bigote), cuando la familia protagonista ha mantenido ya un pleito que arruinaría las arcas de una familia normal, los huecos en las paredes de la casa donde una vez hubo cuadros nos dan una clave económica que sería engorrosa de explicar de otra forma: tienen el suficiente dinero como para patrocinar un contencioso al más alto nivel, pero efectivamente ese dinero se está agotando, lo que explica el deterioro de las relaciones familiares que tienen lugar entre esas paredes.

En la mejor película de Martin Scorsese, La edad de la inocencia, una mirada entre Larry Lefferts y Sillerton Jackson en la penúltima escena nos da la clave (en sentido arquitectónico) de toda la obra: Nueva York estaba en el ajo de lo que Newland consideraba una aventura supraterrena a la europea con la que se pensaba al margen y a la vez por encima de su medio. Richard E. Grant se pasa la película acribillando la reputación de todos a base de miradas, pero esta nos explica el broche que se nos viene: hasta May conocía un romance que ahora se antoja absurdo. Todos lo toleraban y lo van a dejar de tolerar, no solo porque está a punto de convertirse en un escándalo, sino porque, y aquí está la genialidad de la película, darle la espalda al supuesto amor verdadero no es solo lo mejor para la familia sino también para el propio Newland. Como todo romántico, el protagonista se ha estado comportando como un niño egoísta, y a ese niño ha llegado el momento de decirle «hasta aquí». Todo eso dice Scorsese con la mirada de Grant.

La mujer que fagocitó The Crown y la muerte del cine

Que la literalidad es letal para el arte lo prueba la destrucción de la mejor serie de los últimos años: todo iba sobre ruedas mientras los Windsor fueron un Mac Guffin. ¿A quién le iba a interesar una serie sobre la familia real británica? La serie nunca trató de lo que parecía tratar: la visita de los astronautas a Buckingham fue una excusa para hablar de la búsqueda del sentido, el ocaso de Alicia de Battenberg trataba en realidad sobre la fe.

Pero entonces llegó ella, la mujer que fagocitaba todo lo que miraba oblicuamente. Desde la primera aparición de lady Diana Spencer la serie se convirtió en un biopic, en una tediosa sucesión de noticias antiguas.

Pero si el biopic anuncia el tedio del documental (el documental es tedioso pero nutricio), la que nos ha colado la difunta industria cinematográfica estadounidense durante las últimas décadas es de traca. Como si la literalidad imperante no fuera suficiente, un subgénero ha venido a mejorar la fórmula: las películas de gente con mallas (dice Jason Statham que no le apetece ponerse un disfraz con capa y mallas).

Hartos de decir lo que parecen querer decir (¿se puede opinar ya que películas como No es país para viejos son solo un bodrio vacuo?), los yanquis han sublimado el culto a la nada: han aprendido a decir menos de lo que parecen querer decir. Han aprendido a no decir nada y que la gente pague por verlo.

La maravilla del cine de superhéroes no es que los seres humanos se dejen sus dineros en ver cine mediocre: la maravilla es que salgan a la calle, con el peligro que eso conlleva, y paguen gustosamente la entrada para ver una película que no existe.

Dice también Statham: «Puedo coger a mi abuela y ponerle una capa. Ellos la colocan en un croma, y tienen a varios dobles entrando y llevando a cabo toda la acción. Cualquiera lo puede hacer». La nada de Marvel trasciende la literalidad en dos sentidos: no significan nada, ni siquiera lo obvio, pero es que además no existen. El croma es quizá la mejor metáfora de lo que le estamos haciendo a la cultura: llevamos años mirando una tela verde, una perfecta e hipnótica superficie de nada.

P. S.: En la imagen, una carta cifrada por Carlos V en 1546.

Gormenghast y Retratos imaginarios

Si España no estuviera culturalmente muerta (ver últimos Planeta y Tusquets), lo que Ático de los Libros ha hecho con Titus Groan y Ediciones 98 con Retratos imaginarios hace solo un mes debería ocupar algún sitio en algún lugar, porque es una noticia estupenda.

Dos casos distintos

Titus Groan es la primera parte de la trilogía de Gormenghast, del autor británico Mervyn Peake. Es trilogía porque el bueno de Mervyn se murió, pero tanto la obra como el genio de Peake daban e iban a dar para mucho más.

Gormenghast pertenece a un género de novela en el que solo está Gormenghast. Gótica sin ser lúgubre, paródica sin ser cómica, fantástica sin tener un solo elemento mágico o sobrenatural, medieval y victoriana a un tiempo, frisando el realismo mágico sin impostar su cotidianeidad… Aquí ya se ha dicho que Harold Bloom la incluyó en su canon como no hizo con El Señor de los Anillos, novela con la que por cierto se la compara y con la que no tiene nada que ver. La obra cumbre de Tolkien está enraizada en la cultura germánica y se proyecta hacia el presente: Gormenghast solo lo está estéticamente. Por lo demás, es solo Gormenghast.

En español, hasta ahora solo cabía buscar la edición de Minotauro de 2003 a precios estrafalarios. Se podía y puede acudir a la versión inglesa, claro, en una edición sensacional con dibujos del autor (era además dibujante y poeta), pero hay que hacerlo con precaución; el libro no es de una acción frenética y el inglés, a no ser que ser que sea usted bilingüe, siempre ralentiza las cosas.

Walter Pater

En esa parte de mi cerebro de la que no hablo con mis amigotes está la verdad: que yo no he vuelto a leer en estos 25 años un libro como Mario el epicúreo. No es el extraordinario conocimiento de Pater de la vida romana del siglo II después de Cristo ni su originalidad como novela sin apenas personajes, sin apenas acción y casi fuera del tiempo y del espacio. Es su morosa delectación, su savia puramente espiritual y filosófica, su pulquérrimo sentido de la estética.

Pues bien; tampoco había vuelto a encontrar otra obra de ficción de Pater en español hasta que el pasado mes de octubre me tropecé con Retratos imaginarios, cuatro relatos cortos en los que el historiador del arte inglés nos lleva a tiempos de Watteau (el único personaje real), la Champaña medieval, la Holanda del XVII y la Alemania inmediatamente anterior al neoclasicismo. El librito no es Mario, claro, pero el tercero de sus relatos es una obra maestra. Otro libro para leer con pausa, otro libro que volverá a abrir para nosotros un sentido de la cadencia que perdimos hace décadas con este frenético caminar hacia ningún sitio.

P. S.: Ático de los libros ha vuelto a traducir Titus Groan (Rosa González y el tolkieniano Luis Doménech), mientras que Ediciones 98 conserva la traducción de 1942 de José Farrán y Mayoral. Demasiadas comas.

Dar las cosas por sentadas

Por esto éramos tan pesados con el asunto de educar a personas para crear ciudadanos. En lo individual, a mí como si el prójimo no quiere aprender a hablar y pasa su vida gruñendo (que alguno hay, no crean).

Pero el caso es que vivimos en sociedad, y la calidad de nuestra vida depende de la educación de los demás. Porque los demás terminan por votar, y la experiencia demuestra que votar a un tirano entra dentro de las posibilidades del español medio.

Y es que lo primero que dimos por supuesto fue la educación: hagamos lo que hagamos, habrá una serie de conocimientos comunes a todos. Pues no. Todos los gobiernos de la democracia han permitido que se recorriera el siniestro camino de la ignorancia: hoy ningún adolescente lee el periódico y la mayoría no lo entendería si lo hiciera.

Y es que resulta que para defender el Estado de Derecho hay que saber lo que es un Estado de Derecho. Pero ahora mismo es tarde para eso.

¿Qué hacer?

Las cosas se solucionan desde la raíz, pero estamos en una situación de emergencia que reclama que seamos prácticos. ¿Qué hacer, entonces?

Podemos agrupar a los que siguen apoyando al tirano en tres grupos: ignorantes (menores de 30 años y cuñados en general), paniaguados (como Miguel Rellán) y marxistas (como Yolanda Díaz). En realidad podemos meter a Tenacillas en los tres grupos, pero así queda más claro.

Con los dos últimos grupos no hay nada que hacer. Unos están demasiado apesebrados como para levantar la cabeza del comedero y los segundos están podridos de odio.

Nos quedan entonces los ignorantes. Aquellos que no saben lo que significó el siglo XVIII en política y/o que piensan que Montesquieu es el nombre de un mosquetero. Y ahí tenemos una labor que hacer, una labor didáctica que puede hacerse con calma pero, me temo, también con prisa.

Porque igual que hay Leguinas y Redondos, hay en su entorno de usted personas buenas y equivocadas, personas que si comprenden que sin Estado de Derecho ni separación de poderes esto es básicamente la Edad Media, la Alemania nazi o la URSS estalinista probablemente experimenten la furia del converso y se transformen a su vez en focos de razón. No olviden que no hace tanto (2016) el PSOE, antes de pudrirse por completo, intentó poner coto al tirano.

Así que la próxima vez que en animada reunión familiar o social alguien rebuzne, en lugar de rasgarse las vestiduras y entrar al trapo, compruebe primero si el rebuznante es recuperable y, de ser así, comience una historia con palabras muy sencillitas sobre unos tipos muy leídos que decidieron que las monarquías absolutistas quizá no fueran una buena idea porque…

P. S.: Sobre la ausencia de educación: el paradigma de la demonización de la memoria es desde hace décadas la lista de reyes godos. ¿Para qué aprenderse la lista de reyes godos?, preguntaban los neopedagogos. Para proveer al imaginario colectivo de un pasado común, de una memoria de comunidad.

P. S.: Eduquemos, pero sin abandonar la calle. Tenemos razón, y posiblemente seamos más.

Los 15 000 milloncejos

Vamos a intentar hablar con propiedad. Comprar los 7 votos de ERC nos va a costar a ustedes y a mí 15 000 millones de euros. Más de 2000 millones por voto. Me parece caro, sobre todo teniendo en cuenta que lo que estamos comprando es la permanencia de un tipo incapaz de distinguir a estas alturas la verdad de la mentira.

Que digo yo que si estuviéramos comprando el indulto de Sócrates, lo mismo salía a cuenta. Pero 15 000 millones por la poltrona del Sombrío me parece excesivo. Como le dé por ser rey (su no tan secreta aspiración) la factura se nos pone imposible.

Son cifras altas: intentemos comparar, es decir, establecer su coste de oportunidad. El presupuesto de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, por poner un ejemplo, ha sido de 574,63 millones de euros para 2023. Veintiséis veces menos.

Que un Gobierno que presume de social y solidario se gaste 26 veces más de mi dinero en mantenerse en el poder que en cooperación y desarrollo a mí me parece un insulto. Llevar agua a quien no tiene agua tiene que ser más importante que comprar votos para mantener a Sánchez en el poder. Si no, todo está mal.

Pero esperen, que con comprar los votos de ERC no es suficiente. Quedan los otros independentistas, los proetarras, los que recogían las nueces y los gallegos, que aunque no hacen falta algo les caerá. Sumar entiendo yo que se lo irá llevando muerto desde los ministerios que les regalen.

Ahora pensemos de dónde sale. Pagamos de media un 39,5 % de impuestos de nuestro sueldo. Directamente. Un 40 % para Junqueras. Con el 60 % restante voy a echar gasolina. Habiendo pagado ya el 40 %, sería de esperar que me dejen comprar la gasolina sin más mordidas… pues no.

Cuando introduzco el boquerel en el depósito de mi utilitario aparece Junqueras junto al maletero y, arrodillado, señala hacia su boca abierta. Nene tiene sed. Del 60 % que me deja Hacienda, ahora palmo el 47 % regando al golpista. Un 28 del total. Me queda, por tanto, el 32 % de mi sueldo para comprar la gasolina. De cada euro que gano, con 32 céntimos puedo hacer lo que quiera. El resto es para pagar los votos de golpistas, filoetarras, recogedores de nueces y la del cobete.

No sé, pero a mí esto me pone un poco tenso. Si a lo anterior le añadimos que para que Sánchez gobierne va a ser necesario conculcar lo que nos separa de vivir en un estado salvaje, es decir, la Constitución, la cosa me pone bastante más tenso.

Uno nunca sale de casa hasta que sale. Los ciudadanos de orden no nos enfadamos hasta que lo hacemos. Pero entonces la revuelta no es la de cuatro pijos catalanes quemando un contenedor para que les paguemos la deuda (¿quién querría independizarse mientras los reguemos de dinero a este ritmo?).

Si nuestros servidores no respetan la ley estarán justificando que el pueblo, soberano, tampoco lo haga. Sánchez ha puesto a España en un brete secular. Quizá el poder judicial respete su nombre y ponga coto a las actividades delictivas de este Narciso desatado. Si no lo hace, España se va a poner muy difícil.

La yogurtera

El operario de la empresa cuyo departamento de mercadotecnia presume de incorporar a sus procesos la inteligencia artificial elabora sus productos con el pantalón caído y un palillo en la boca.

A finales de los 80, con las cocinas ya equipadas de abrelatas eléctricos, exprimidores eléctricos y afiladores eléctricos, prosperó la yogurtera.

Con la peor ratio tamaño/utilidad del mercado y más perspectivas de trastero que la ropa de invierno, la yogurtera, con su doble enigma (apenas sabemos qué diantre es un yogur) se abrió camino en la lista interminable de nuestras necesidades inaplazables. La yogurtera. Jamás vi una.

Observen:

Creado con inteligencia artificial y sin inteligencia de la otra

No lo parece, pero es un monorraíl. Un crecepelo. Una yogurtera. El aspecto cambia, pero el mecanismo psicoeconómico es el mismo.

Todas las medidas que propone la nueva educación tienen al menos 100 años. La mayoría tienen más de 2000.

Los cambios disruptivos en lo tecnológico son casi siempre una mentira, una paparrucha. Los cambios disruptivos en lo psicológico son siempre una mentira, una paparrucha: somos idénticos a Héctor.

Lo que de verdad importa es lo mismo que importaba cuando los griegos: el amor de mis padres; perdonar y ser perdonado. Despistar a la parca un tanto más.

También el furor que provoca en nosotros lo nuevo. Lo nuevo no tiene importancia, porque es efímero. Entender por qué nos fascina es vital, porque siempre estuvo ahí.

Es de locos echarse en brazos de la rabiosa actualidad, porque se desmolecularizará con la misma virulencia con la que llegó. Si no permanece no merece nuestra atención: el tiempo que invirtamos se reducirá a polvo. A toda yogurtera le llega su licuadora. Pensemos más bien en lo perenne: las melenas onduladas de Botticelli. Cómo detectar la traición. El espejo de la dama de Shalott.

Cansados por y de la guerra, los soldados anatolios llegaron a la playa y quedaron maravillados por la ofrenda. Nadie había visto nada así: se hizo urgente tomar posesión. Era el último grito en escultura ecuestre: un hermoso caballo hecho de cuadernas.

Por qué le vamos a perdonar al PSOE todo esto

Porque siempre lo hemos hecho.

Imaginen un partido político que en 1934 organizara una revolución (pueden llamarlo golpe de Estado, levantamiento o estallido de una guerra civil, como lo consideró el Gobierno) contra el Estado constitucional de la Segunda República española, revolución durante la cual se asesinara a guardias civiles y religiosos. Durante la cual se volara el barrio comercial de Oviedo, la Universidad o la Cámara Santa de la catedral de la capital de Asturias. Un golpe de Estado (en Mieres ya se planeaba marchar hacia Madrid) que solo se diferenciaría del de julio del 36 en que este cuajó y aquel no.

Imaginen que, sobre el golpe, Josep Pla hubiera escrito en La Veu de Catalunya: «Esta es la obra del socialismo y del comunismo en comandita con los hombres de Esquerra Catalana. Han sembrado por doquier la destrucción, las lágrimas y el cieno. Cuando se ve Oviedo -como yo acabo de verla- en el estado en que se encuentra, no hay justificación posible de la política que ha provocado semejantes estragos».

Imaginen que dicho partido político concurriera actualmente a las elecciones legislativas de España bajo las mismas siglas que entonces (hasta Herri Batasuna tuvo que cambiar de nombre) y que, de hecho, fuera el partido político que más años ha gobernado en nuestra última democracia. Difícil de imaginar, ¿verdad? Pongamos, solo como hipótesis, que dicho partido se llamara PSOE.

Imaginen que el secretario general del PSOE que organizó el golpe de Estado del 34 fuera venerado por el partido actual, y que incluso tuviera una placa y una estatua en las calles de Madrid (Memoria Democrática, solo para algunos). Por cierto, que Largo Caballero también había colaborado con la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Un marxista no le hace ascos a ninguna dictadura, y si no pregúntenle a Víctor Manuel.

Largo Caballero, golpista bueno. Cerca había una estatua de Franco cuya retirada le obsequió el PSOE a Santiago Carrillo (otro pacifista) por su 90 cumpleaños

Imaginen que el fundador de ese partido (imaginen, a pesar de lo inverosímil del asunto, que se llamara Pablo Iglesias) hubiera amenazado en 1910 y en sede parlamentaria al expresidente del Gobierno Antonio Maura con un «atentado personal».

Imaginen que una diputada de dicho partido, llamémosla Margarita Nelken (quien, ya que estamos, paradójicamente votó en el Congreso en contra del voto femenino) hubiera dado cobijo a uno de los matones que acabó con la vida del diputado Calvo Sotelo, o que quien apretó el gatillo, Luis Cuenca, fuera guardaespaldas del otro miembro del PSOE detrás del golpe del 34, Indalecio Prieto. Este también tiene estatua, al lado de la otra joya.

Todo esto ocurrió, insisto, antes del 18 de julio del 36.

El PSOE, que no para de utilizar la dictadura como arma arrojadiza ante partidos que nunca se han declarado herederos políticos ni ideológicos (difícil que un dictador tenga ideas) de Franco, quizá debiera explicar por qué ellos sí se pueden sentir orgullosos de los paseíllos a medianoche o de levantarse contra la Constitución de 1931.

Esta mañana un concejal del PSOE le ha puesto la mano en la cara al alcalde de Madrid, que Dios sabe que no es santo de mi devoción, durante un Pleno del Ayuntamiento. La mano en la cara.

En 1979 el PSOE abandonó el marxismo como ideología oficial, y en 2004 Zapatero, quien alardearía de ser «rojo», se convirtió en presidente del Gobierno. Esos 25 años constituyen la excepción en la historia del PSOE, lo demás es su verdadera esencia. Son González, Rosa Díez, Leguina o Redondo Terreros quienes habitaron una isla socialdemócrata. Lo demás, de Casa Labra hasta hoy, es un océano de socialismo a la soviética.

Pactando con terroristas y golpistas, el PSOE no se está radicalizando ni está traicionando sus principios, sino volviendo a sus orígenes. A Sánchez se le puede afear no tener conciencia o ser Narciso redivivo, pero de lo que de ninguna manera se le pude acusar es de no ser un digno secretario general del Partido Socialista Obrero Español.

P. S.: La primera imagen corresponde a la Universidad de Oviedo tras las reformas acometidas por socialistas y comunistas. Parecida están dejando la facultad de Políticas en Somosaguas.

¿Existe el PP?

Yo tengo la plena consciencia de que el PSOE existe. Y además es uno y no trino, ni siquiera hay un viejo y un nuevo PSOE: al que opina lo expulsan. Sé que el PSOE existe porque es el partido que considera aliados políticos a los etarras (¿se puede dejar de ser etarra si se sigue estando orgulloso de los asesinatos?) y a los prófugos de la justicia. Es el partido que tiene mejor opinión de Otegi que de Ayuso, el partido que ha logrado que haya en España ministros comunistas y que, de la mano con ellos, excarcela a violadores.

Uno puede tener mejor o peor opinión de los terroristas y de los violadores, pero lo impepinable es que el PSOE existe.

Ahora bien, ¿existe el PP? Fotos, no palabras:

¿Echan de menos a alguien? Pero no dejemos pasar la oportunidad de un curso acelerado de lenguaje corporal: Abascal cabalga hacia el atril mientras en su mente suena la música de Bonanza. Yoli trae el Sóviet al siglo XXI: un Sóviet que se contonea. En cuanto al amado líder, observen ese brazo tieso. Caminar con el brazo tieso es patrimonio de los sombríos. El tipo es carne de novela de Blasco Ibáñez

El PP consideró oportuno repetir la ingeniosa maniobra que ayudó a Arenas a NO gobernar Andalucía y NO asistió al debate previo al 23-J.

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. En 2008, cuando Mariano Rajoy pronunció aquello de «Si alguien quiere irse al partido liberal o al conservador, que se vaya», dejó claro que cualquier rastro de principios, pensamiento o tradición política se iba por el sumidero de Génova, quedando, a juzgar por la rapiña impositiva de los ministros peperos, una socialdemocracia CUNEF, un PSOE con mocasines. Por cierto, foto de Rajoy:

A la derecha de Soraya. El de las asas

¿Quieren más? Vayamos con Almeida, el alcalde de los madrileños colchoneros, que lo mismo promete libertad para los conductores que amplía las prohibiciones. Almeida encarna perfectamente aquel PP que encargó a Gallardón una ley que tratara al aborto como lo que es para luego tirar a ambos al olvidadero de la historia.

Almeida es el socialdemócrata (el Atleti es la socialdemocracia esencial) que saca peores resultados que Ayuso, que sí existe y sí es liberal, pero como en el PP no hay más que atriles vacíos y escaños con bolsos, nadie se da cuenta de que por donde se le están escapando los votos es por la derecha y no por la izquierda, porque la izquierda odia al PP y todo lo que representa(ba), y estima conveniente la expulsión de Nicolás Redondo, porque hoy ―y convendría que comenzáramos a entender esto― el votante medio del PSOE se siente mucho más a gusto al lado de una serpiente que de un charrán.

Así las cosas, al PP solo le queda un obstáculo para abrazar la más completa inexistencia y se llama Isabel Natividad (comunismo o libertad), pero si en Génova se muestran fieles a sus tendencias suicidas y logran hacerle a Ayuso un gallardón como ya intentó Casado mientras Almeida le sujetaba los puñales, entonces al fin podremos atisbar el fin de las dos Españas, porque ya solo habrá una, una España comunista y antiespañola con unas mechas, eso sí, como Dios manda.

P. S.: No sé si conocen el hecho, pero es para conocerlo: cuando tenía cuatro años, a Yolanda Díaz le besó la mano ¡Santiago Carrillo! Tienen ustedes una vicepresidenta con una mano incorruptible y quizá lo ignoraban. Dice Yoli que se sintió impresionada, sin duda porque con cuatro años tenía un conocimiento profundo de la historia (no de Paracuellos) y comprendía la trascendencia del momento. Allí nació, por lo visto, su vocación política. Lo que no cuenta, quizá por modestia, es que el besamanos fue tan impactante que los cuatro años se le agarraron a la laringe y allí se le quedaron.

P. S.: La foto original es de Cati Cladera para EFE.