La inteligencia artificial como oxímoron

Cada paparrucha es más fugaz que la anterior: cuanto más copernicano es el giro que anuncia, menos dura. Es una maravilla que la novedosa actualidad de la inteligencia artificial vaya a durar menos que el metaverso o los NFT. Sirva esta entrada como epitafio.

De las etimologías (que diría san Isidoro de Sevilla) que se proponen para la palabra latina intellegere, la más sugestiva es «leer entre [líneas]». Ante la lectura que es mera acumulación de datos o erudición, quizá ninguna actividad sea tan eminentemente humana como leer entre líneas: poner de uno mismo en lo que lee. La lectura como un hacer y no solo un recibir, como una activación, un intercambio, una edificación y no una contemplación.

La duda

Ante la pregunta de su alumno, el profesor piensa de dónde procede dicho alumno, cómo es, qué pretende hacer con su respuesta, qué palabras puede entender y cuáles lo ayudarán más. Cuáles podrían herirle. Piensa en qué parte de su propia experiencia sería más nutricia para él. Hace todo lo antedicho en una fracción de tiempo absurdamente pequeña. Lo hace con un sentido de la empatía que se parece mucho al amor. Elige y moldea ―crea― entonces una respuesta, una que es resultado de todo lo anterior. Una que es resultado, en realidad, de toda su vida anterior.

Lo inorgánico, en cambio, con su capacidad inusitada para la acumulación estéril, es capaz tan solo de combinar, pero no de construir. Lo que hace esta inteligencia combinatoria artificial es dar salida a la información solicitada de una manera lingüísticamente correcta. Hoy se hace difícil poner cortapisas a la relevancia del lenguaje, pues me temo que durante las últimas décadas se nos fue la mano otorgándole importancia. El lenguaje es instrumento humano, pero no fuente de humanidad ni escaparate definitivo de sus posibilidades. El lenguaje es la punta de la punta del iceberg.

La combinatoria artificial nos deslumbra porque, en una época en la que los alumnos universitarios apenas son capaces de hacerlo, logra concordar sujeto y predicado.

El fin de la ironía

Es tautológico afirmar que cada semilla solo germina cuando encuentra el suelo adecuado. Ningún suelo fue tan adecuado para una patraña como la inteligencia artificial como nuestro tiempo.

Hace más o menos una década se publicó un artículo que bajo el título El fin de la ironía defendía que el 11-S había supuesto un impacto tan agudo en el corazón de la civilización occidental que en 2001 murió la ironía, nuestra capacidad de afrontar la vida con una sorna de fondo, con un permanente animus iocandi. Pero lo más preocupante de dicho artículo (que contemplé entonces con escepticismo y hoy considero preclaro) era que esa defunción de la ironía implicaba el imperio de la literalidad, y por lo tanto ya no sería necesario interpretar el mensaje, poner de nuestra parte, leer entre líneas.

Un tiempo tan tedioso en l que cada quien dice solo lo que parece decir es el adecuado para que prospere la idea de que construir mensajes inteligibles es lo mismo que ser inteligente. Hemos perdido no solo la ironía, sino la intrínseca contradicción de la que hablaba Whitman, la posibilidad de convertir la idea en sensación, la sensación en idea, el pasado en futuro, la palabra en belleza.

La equiparación de lo inorgánico con la entidad más asombrosa que conocemos (nosotros) no se ha producido tanto por elevación de la máquina como por depauperación del ser humano. La película que mejor ilustra esto es quizá El viaje de Arlo (2015), la historia en la que los dinosaurios hablan y las personas gruñen. Cuando uno rasca un poco en la deshumanización siempre acaba apareciendo Disney.

El siglo XVIII contempló el auge de los autómatas, y quizá nadie escribió sobre ellos como E. T. A. Hoffmann (Coppelius y Drosselmeyer son medio inventores medio magos) a principios del XIX, pero lo relevante aquí es que aquellos autómatas querían elevarse a la categoría de humanos. Ahora la equiparación es por la inversa: nosotros nos hemos deshumanizado para convertirnos en máquinas. Somos el apéndice del autómata que llevamos en el bolsillo.

La oportunidad

Que Dios bendiga ChatGPT, y me explico: Si los profesores estamos tan adocenados y desbordados que hemos perdido el espíritu de lo que hacemos (y todos deberíamos ser profesores de algo, no miren hacia otro lado) y que pedimos a nuestros alumnos tareas que pueda resolver la inteligencia artificial, entonces nos merecemos que nos presenten trabajos dictados por la inteligencia artificial. El aprendizaje real es algo tan orgánico, tan estrictamente humano, que en nada se parece a la recopilación de datos y/o citas. No hay mayor espaldarazo a la IA que la desconfianza mutua: la necesidad permanente de referirnos a las fuentes del pasado, no vaya a ser que nuestros alumnos adquieran voz propia.

Yo no quiero que mis alumnos me cuenten lo que pensaba Nietzsche, para eso leo el Zaratustra. Yo quiero saber lo que piensan mis alumnos.

P. S.: La imagen corresponde a la autómata que el ebanista David Roentgen hizo a imagen de María Antonieta. Aquí, en acción.

Sobre empoderamiento y otros palabros: por qué el neomarxismo nos dice cómo hablar

Durante un partido de cuartos de final del presente Wimbledon, la locutora estimó conveniente puntualizar que en determinado momento del partido la jugadora ucraniana Elina Svitolina se había empoderado. Menuda es Elina cuando se empodera.

Durante el siglo pasado, mientras en los think tanks de derechas lo único que se hacía era presumir de traje e intercambiar contactos, las facultades de ciencias sociales de las universidades occidentales planificaban con mucho cuidado ―y dinero público― la renovación del marxismo.

En esas, uno de los frentes fundamentales para la pervivencia de esa visión totalitaria de la vida iba a ser el lenguaje. Podemos situar en Adorno y su Escuela de Fráncfort ese giro que, tras el disparate que supuso el marxismo-leninismo y que el estalinismo puso en órbita, persigue la aplicación de los principios marxistas a la sociedad y la cultura antes que a la economía. Personas increíblemente preparadas aquejadas, no obstante, de la habitual indigestión intelectual que produce la lectura de Marx. Y no se engañen: como marxistas, siguen pensando que los seres humanos somos imbéciles y nos dejamos arrastrar de manera acrítica por las superestructuras.

Esa preocupación marxista por el lenguaje que ya encontramos en los años 30 con Mijaíl Batjin y que retomarán algunas de las corrientes de los Estudios Culturales (Raymond Williams), ha terminado por producir férreas directrices sobre cómo es correcto hablar y cómo no lo es. Empoderamiento. Género fluido. Niñes. No se rían, pues insisto en que gran parte de los autores neomarxistas tienen una mirada aguda y comprenden las implicaciones del lenguaje y la cultura.

Sigamos con nuestro ejemplo para comprender lo atento que conviene estar y los efectos demoledores que la popularización de una sola palabra puede tener. Empoderamiento.

En contra de la tradición humanista occidental y el marchamo ilustrado, según los cuales cada ser humano tiene en sí las potencialidades, las posibilidades, esto es, el poder, el neomarxista le propone a la mujer que se empodere. Si se tiene que empoderar ―observen el matiz― es que no tiene poder. Es el líder neomarxista quien se lo entrega. La mujer tiene poder porque así lo decide la doctrina marxista-machista, y dejará de tenerlo cuando se considere necesario. La materialización de esto con Tania Sánchez instalándose en el gallinero es tan literal que duele:

Cuando el líder carismático cambia de gustos bailan las sillas

Pero la realidad es tozuda, y mujeres como J. K. Rowling lo son más. Mujeres que no necesitan que nadie les diga si pueden detentar el poder o pensar por sí mismas.

No sé si conocen la campaña de acoso a la que lleva años sometida la escritora de más éxito de las últimas décadas por, en primer lugar, tener opinión y, en segundo, hacerla pública. No es aquí el lugar donde se cuestionan las opiniones de Rowling, pero una de las cosas que la puso en la picota fue afirmar que «Si el sexo no es real, la realidad vivida de las mujeres a nivel mundial se borra». Empoderadas las quiere el neomarxismo, pero de ahí a que el sexo femenino exista dista un abismo: las mujeres pueden empoderarse, pero no existir. Y todo así.

La doctrina woke parece pensar que empoderarse un ratito está bien si una no exagera. Si una lo utiliza para exponer las ideas que le sople cualquier estructura de adscripción izquierdista. Todo lo demás es sacar los pies del tiesto: pensar por una misma es nazi.

Lo anterior enlaza con la siguiente entrega de lo que sabe el neomarxismo: cómo dividir el mundo en minorías para victimizarlas y después tutelarlas. Como los pobres no dieron buen resultado, han puesto los ojos sobre cualquier condición racial, sexual, climatológica o alimentaria. Seas como seas, el sistema te oprime; ven a mí. Lo firmarían en Waco.

P. S.: La brillante viñeta es de Edward Koren para Condé Nast.

Sacad vuestras manazas de la Educación

Los políticos no tienen ni pajolera idea de qué aspectos son importantes en la educación de sus ciudadanos. Solo atienden a su propio interés y a su capacidad de adoctrinar.

Verán: según la orden que publicó hace unos meses el Ministerio de Educación y Formación Profesional (de lo que se deduce, por cierto, que la formación profesional no es educación), de los 240 créditos de los que consta el Grado en Educación Primaria, la carrera que estudian los futuros profesores de Primaria, 6 corresponden a Matemáticas y 6 a Lengua y Literatura. Lo que es lo mismo, el 2,5 % cada. Alumnos que según mi experiencia no se saben la tabla de multiplicar (y no me vengan con lo mala que es la memorización) tienen un 2,5 % de créditos de Matemáticas en la carrera que los forma para ser profesores. El problema no es eso en sí, que también, sino que el grueso de las horas se les van en adoctrinar. En contar nubes, como anunció Zapatero, nuestro Fernando VII (aunque Fernando VII al menos inauguró el Prado).

«Género y Educación»; «Relaciones interpersonales y habilidades sociales en la comunidad educativa»; «Organización y Gestión». Contar nubes. Generalidades abstractas que gracias al Cielo no consiguen adoctrinar porque son intangibles y etéreas, y que corresponden al ámbito privado de cada cual, pero que tienen como objetivo la cría de ovejas.

Los políticos (nunca se insistirá lo suficiente sobre esto) no buscan el bien de nadie, salvo el suyo propio. Su fin último es asegurar la poltrona y los garbanzos. Más o menos como el de la mayoría de nosotros, pero ellos hacen más daño porque tienen la prepotencia y el desparpajo del iluminado y, sobre todo, porque deciden sobre nuestras vidas.

Perder la vergüenza

A veces es necesario perder la vergüenza. Hasta el pudor. Si queremos revertir la injerencia de políticos semianalfabetos, quizá haya llegado el momento de que presuman de haber leído a Montaigne quienes lo han hecho. Porque fueron los profesores y no la ministra de turno quienes leyeron a Montaigne, y por eso les pueden contar a sus alumnos por qué es una de las tareas de la vida prepararse para la muerte. Son ellos, y no el neopedagogo, quienes leyeron a Joyce, y por eso pueden contarles a sus alumnos que el lenguaje ya no tiene límites. Ellos ―y no el legislador― son quienes leyeron a Hannah Arendt, y por eso pueden hablar a sus alumnos de labor, trabajo y acción. Ellos ―y no el banco Sabadell― leyeron a Proust, y hasta se les atascó, y por eso saben lo sola que está cada persona y se lo pueden contar a sus alumnos.

Fueron ellos quienes leyeron a Einstein, y a Ortega comentando a Einstein, y por eso pueden contarles a sus alumnos que si algo busca ser la relatividad como teoría es absoluta y no relativa. Como son ellos quienes leyeron el Zaratustra (y no los psicólogos), pueden explicarles a sus alumnos por qué dentro de cada humano baila un dios.

Pero esperen ahí, porque resulta que ellos fueron ―y no el político― quienes vieron Rashomon y Los Nibelungos y hasta La muerte cansada. Vieron El gabinete del doctor Caligari gracias a un profesor vocacional, y por eso pueden garantizar a los discentes que ver películas de superhéroes puede resultar entretenido, pero es insuficiente.

El diseño de la educación de cáscara vacía tiene un objetivo ideológico e ideologizante, y huye de dos cosas como de un tifón: del esfuerzo, que es fascista, y del conocimiento, que es elitista.

Es indigno condenar la ignorancia de quien no tuvo acceso a la educación, pero no la de quien elige acumular dicha ignorancia ni de quien trata de difundirla. El Gobierno de aroma comunistarra que nos aqueja hace el cálculo sencillo de quien persigue el pensamiento único de baja intensidad: los ciudadanos ignorantes son más fáciles de manejar, y si se logra desde la más tierna infancia garantiza décadas de tranquilidad para la nomenklatura. Ah, y no se relajen, que el siguiente Gobierno hará lo mismo o algo parecido.

La educación es nuestro principal motivo de preocupación, pero también nuestra única esperanza. La función de los profesores no es clonar su pensamiento, sino dar forma a la conciencia crítica de los alumnos. Proveerles de una base, un telón, un suelo abonado y feraz. Que lean, que conozcan, que sepan. Que tengan las herramientas y el conocimiento. Que estén pertrechados. Que sean felices.

P. S.: La ilustración es de Norman Rockwell en 1946 para el Saturday Evening Post.

Sánchez y Mbappé, mejor cuanto más lejos

¿Recuerdan aquella potencial pareja a la que pretendieron y que nunca les dejó las cosas claras? ¿Recuerdan aquel amigo a quien mandaron a pastar cuando constataron que la amistad era unidireccional? ¿Han conocido alguna vez a algún verdadero narciso, un total sumidero de tiempo y atención? Seres cuyo comportamiento no entendemos porque, mientras cada cual teme la soledad, la muerte o cruzarse con el Madrid en Champions, ellos se dedican exclusivamente a huir de la indiferencia de sus congéneres. Humanos cuya única aspiración, más allá de cualquier ética o programa vital, es estar en el candelero. Vivir en el candelero.

Seres con un aspecto muy similar al nuestro, pero que en lugar de agua u oxígeno necesitan atención para sobrevivir.

Mal que me pese, el factor psicológico es siempre más explicativo que el político, el sociológico o cualesquiera otras razones de nuestros actos.

El pasado 28 de mayo el PSOE cosechó un sopapo electoral considerable. Al día siguiente y de forma sorprendente, su amado líder convocó elecciones (saltándose la Constitución, por cierto) para el 23 de julio; un espaldarazo para la industria turística. Inmediatamente toda la atención de los medios fue para él.

El pasado 10 de junio el Manchester City ganó su primera ―y esperemos que última― Copa de Europa. Dos días después Kylian Mbappé comunicó al PSG que no continuaría más allá de su contrato actual (junio de 2024). En los mentideros futbolísticos dejó de hablarse de otra cosa, incluso de Haaland. Incluso de la capacidad celebrística de Grealish.

¿Ven el paralelismo? Sufre innecesariamente quien se devane los sesos buscando la estrategia política detrás del adelanto sanchil. Camina por senderos tortuosos quien pretenda interpretar la carta del veleidoso parisino. Sánchez adelantó las elecciones porque era la única manera de robarle el foco a Ayuso. Sustituyan Ayuso por Haaland y tendrán el móvil de la carta de Mbappé.

El paralelismo de los comportamientos ayuda a dilucidar personalidades, explica sus hechos futuros y desde luego deja una conclusión urgente: tan irresponsable sería dejar el Gobierno de España en manos de uno como traer a la delantera del Madrid al otro. Es cierto que el 7 es infinitamente mejor en lo suyo que el socio del partido de los etarras; no ya como presidente, cargo en el que es aun menos de fiar que Rajoy, sino como candidato electoral: nunca ha conseguido igualar los 125 escaños de Almunia, y solo Iglesias, Largo Caballero y Prieto lo hicieron peor. Bonitos espejos en que mirarse.

Pero no es menos cierto que la infelicidad persigue a quienes rodean al narciso, por bueno que sea en lo suyo. Observen a Eco en la pintura de Waterhouse que abre esta entrada: desesperada por la indiferencia del imbécil de Narciso, que se permitió el lujo de reírse de ella, la ninfa terminó sus días en una cueva eludiendo el contacto humano. Pues bien: Eco somos nosotros si no nos libramos de esa doble amenaza.

Y es que a Mbappé solo le importan la Copa de Europa o el balón de oro en la medida en que lo convirtieran en ojo de huracán. Como de momento no lo necesita, le importan un rábano. Y qué decir del azafrán de la paella, el Hilarión de La verbena, el caudillo de Tetuán. No es que le parezca aceptable negociar con terroristas, que le parece, es que nos anexionaría a Rusia si le prometieran ser gobernador vitalicio; daría un brazo ―de su mujer, me temo― por ser un centímetro más alto que el rey. Ojalá no le votara ni el autor de su tesis.

P. S.: Afrontemos el futuro a la inversa, desde el optimismo: imaginen librarse en menos de un mes del triple lastre de Hazard, Asensio y Sánchez. Imparables.

Velázquez y Goya nos explican por qué el Madrid debería jugar la Premier

La facilidad con que un pueblo justifica la violencia determina su distancia de la civilización.

El 12 de febrero de 2022, hace más de un año, el exmadridista Albiol vio venir al madridista Vinícius y le incrustó el codo en la nuez dentro del área. Según su versión al final del partido y como en el chiste, Vinícius se dio contra su codo. El VAR opinó lo mismo: Vinícius impactó con su nuez sobre el codo del exmadridista Albiol.

El día es importante, porque le proporcionó al futbolista de la Liga la certeza de que pegar a Vinícius no solo sale gratis sino que es recomendable, pues Vinícius representa la excelencia madridista y España detesta la excelencia en general y la madridista en particular. Tener un jugador de blanco al que odiar representa para el antimadridista una válvula de escape, una terapia económica, un palo que morder mientras el odio lo devora.

Albiol se puso matón en el área y luego se puso matón con el micro: «Si le doy un codazo lo saco del campo». Es lo que tiene el matón cuando no se siente amenazado por la ley, que se pone chulo.

Casi un año después pudimos escuchar ese mismo tono chulesco en Francisco Javier López Álvarez, alias Patxi López, cuando le preguntaron quién estaba en la cena de Ramses (ignoro por qué no le ponen tilde, debe de estar en jeroglífico) y él contestó, tan chulo como intocable: «Qué más te da». En un país en que una ministra comunista que saca a violadores de la cárcel sigue en el cargo, la impunidad no puede resultar una sorpresa. Que los comunistas, por cierto, saquen a delincuentes de la cárcel no es un error un error de cálculo ni una muestra de estupidez, sino parte de su naturaleza, pero de esto hablaremos otro día.

¿Qué país es ese que permite al violento salir victorioso, que justifica la agresión al excelente y además le culpa por ella? «Es que es un provocador», dicen de Vinícius. No obstante, lo único que tienen contra él, por mucho que hable sin taparse la boca, es haberle dicho a Ferran Torres que es muy malo, lo cual es cierto; a Busquets que estaban fuera de la Copa, lo cual es cierto; y según el testimonio del Chimy Ávila (que es de Osasuna) a Osasuna al completo que es un equipo pequeño. «Cuya afición pita su propio himno», le faltó. Según la España antimadridista y parte de la madridista (¡…!), esto justifica la violencia que ejercen los demás jugadores sobre Vinícius. Lo justifica porque la rodilla de los opinadores no es esta rodilla:

La foto es de Javier Gandul. La guadaña, de Maffeo. Recuerden que hay VAR

Maffeo, del Mallorca, no recibió amarilla por la falta que antecede. Es difícil de ver, como pueden comprobar. Bosque de piernas. Interpretable. Fronteriza. No recibió amarilla. Le puede dar más, le puede dar mejor.

Pero es que Vinícius le dijo a Ferran que es muy malo; merece morir (no exagero, se lo han deseado en más de un campo). ¿Les suena ese «algo habrá hecho»? La actitud que estamos teniendo como país hacia Vinícius nos representa sobradamente. «Llevaba la falda muy corta».

El domingo en Mestalla expulsaron a Vinícius porque le pareció mal que Hugo Duro le agarrara del cuello y le soltó un soplamocos, es decir, se defendió. Roja correcta a Vinícius, roja inexistente a Hugo duro. Es que Vinícius no nos entiende. En España si te pegan, te callas. Algo habrás hecho. Pero hay quien lo puede explicar mucho mejor que yo.

Ningún gran pintor, como ningún gran escritor, lo es por su dominio de la técnica; eso es lo de menos. Lo que hace grande a un artista es el conocimiento del alma humana. Observen esto, es España:

Ahí lo tienen. Un tipo que lo mismo jalea a Fernando VII después de habernos vendido que te saca una faca por haberle mirado mal. Ahí tienen Puerto Hurraco y «la pegué porque era mía». Ahí tienen la mirada de ilusión en un futuro peor. La confianza en que a uno lo saca de sus miserias la providencia o el vino. La cara de la envidia, el cainismo y la huida hacia adelante. La cara de la ignorancia. ¿Quieren otro ejemplo?

Da igual si en el original no estaban enterrados; es lo mismo si no está documentada como práctica real. El genio de Goya (como el de Velázquez) es pintar España, toda España, en un solo cuadro. Un país con potencial para llevarse de calle todos los parabienes del orbe, para ser mirado por envidia por todos, pero que nunca lo logrará porque nunca ha parado de odiarse a sí mismo. En una entrevista conjunta a Pérez-Reverte y Mortensen tras Alatriste, se les preguntó qué era ser español. «Saber perder», dijo uno de ellos. No es saber, es que te guste.

Vinícius, que el domingo en Mestalla volvió a llevar la falda muy corta, no entiende que en España cuando a uno le pegan, lo que tiene que hacer es bajar la cabeza. Uno no puede rebelarse, porque aquí somos más de ponernos del lado del verdugo, del terrorista y del traidor. Qué es eso de reclamar justicia. Vete a tu país.

Vinícius es un espejo para una nación donde la violencia se relativiza, donde se sanciona a la víctima y el ramalazo racista es mucho más fuerte de lo que nos atrevemos a reconocer. España no tiene solución.

Esta entrada debería haber sido para Llull y su enésimo milagro, debería haber sido un huequito de admiración para la penúltima gesta de un equipo que nunca se rinde. Un equipo que a estas horas es campeón de Europa de baloncesto y de fútbol. Un equipo odiado estrictamente por su excelencia, por mirar al frente, por saberse mejor. España es Salieri bendiciendo a los locos al final de Amadeus, proclamándose el santo patrón de los mediocres. Nuestro santo patrón.

P. S.: En la defensa de una tesis doctoral en la que se mencionaba el 11-S, las últimas palabras de un miembro del tribunal fueron para citar con arrobo a un trabajador de la reprografía de una escuela universitaria española en aquel 2001. Mientras veía en una pantalla la retransmisión en directo de los atentados, al parecer rebuznó: «Que se jodan».

El tiempo negativo

En los libros de texto de los ochenta ponía cosas como «la tecnología aumenta la comodidad de la vida de los seres humanos». El aumento de esa comodidad venía dado, entre otras cosas, por la disminución del tiempo necesario para realizar ciertos trámites.

La división provincial prevista en el código napoleónico responde a un principio razonable: que desde cualquier lugar de la provincia se pueda viajar hasta su capital, realizar cualquier trámite burocrático y regresar a casa en el día, sin necesidad de hacer noche. La tecnología (y en las últimas décadas la electrónica, a la que llamamos tecnología en una sinécdoque dañina) continuó ese principio de economía temporal.

El problema es que la electrónica ha producido una paradoja que nos asfixia: no solo ha enjugado el tiempo necesario para determinadas gestiones, incluidas las laborales, sino que lo ha superado y ahora estamos en deuda: el tiempo necesario para comunicarnos con Sidney, por ejemplo, se redujo primero a cero y después continuó hasta cifras negativas: ahora somos nosotros los que debemos tiempo a la electrónica.

Todos ustedes tienen (da igual cuándo lean esto) correos por leer. Whatsapps por leer. Tuits por leer. Mensajes de un sinnúmero de redes por leer. Mensajes de innumerables plataformas por leer. Mensajes, correos, entradas, posts. El dispensador de dopamina repleto de lucecitas que indican mensajes pendientes. Trabajo pendiente. Vivimos en el descuento: bienvenidos al tiempo negativo, donde siempre estamos en deuda.

La vida de los universitarios constituye un caso notable: un mensaje electrónico les avisa de una tarea colgada en una plataforma distinta que tendrán que entregar electrónicamente. No te despistes, no te desconectes. Controla tu wifi, ten a mano tus contraseñas. No te regodees en el aprendizaje, no leas con calma, no dediques tiempo al gozoso deleite de la construcción intelectual; ya tienes un trabajo por entregar. Ya tienes dos.

Su justa medida, nos avisan los antiguos. La electrónica ya la cumplió y la rebasó, pero conviene que le impidamos atosigarnos y vaciar de contenido la vida a cambio de una vida a su servicio. Volvamos a deleitarnos en la morosa artesanía serena. Todo lo gozoso se afronta con dilación; lo amargo reclama frenesí. La electrónica está convirtiendo nuestros días en números rojos, en un permanente llegar tarde, en un comer sobre el fregadero.

Se avecina una decisión primordial, la de arrebatar las riendas de nuestra vida de las manos de tecnológicas y telecos (no se engañen, son ellas quienes nos están esclavizando) y volver a orientarla con sosiego hacia el camino sinuoso, que es siempre, a este respecto, el camino más corto.

Xavi Hernández: la estupidez como estrategia

Cualquiera que haya escuchado las declaraciones del españolísimo Xavi Hernández (parece dibujado por Ibáñez, podría ser el jefe de la banda que por mucho que se afeita siempre tiene sombra en la cara) sobre que con sol no hay quien juegue puede sentir la tentación de pensar que el tipo tiene que ir a que le repasen el filo.

Hernández cultiva la pose de jardinero a la francesa, de parterre ortogonal y simetría milimétrica. Un cespéd más largo de lo que dicta su genial intuición sería menos que perfecto, como para un chef un exceso de sal o para un Borgia una dosis insuficiente de cantarella.

Que Hernández tiene una visión de la realidad más cercana a la del lactante que a la del adolescente lo dejó claro con su visión idílica de Catar: como él vivía bien en Catar, en Catar se vivía bien. En Catar la homosexualidad, por ejemplo, es un trastorno mental que puede suponer hasta 7 años de cárcel. Pero para el jardinero de Tarrasa Catar funciona mejor que España. Se plantea entonces una dicotomía interesante: o Javier se cree las simplezas que suelta o al tipo le compensa que lo tomen por imbécil porque persigue lo que considera un bien mayor.

No parece probable que el pollo tenga la capacidad retórica de Cicerón o de Churchill, pero sí cabe la posibilidad de que aquellos que seguimos frotándonos los tímpanos ante la tropelía intelectual perpetrada por el entrenador del F. C. (Fomento de la Corrupción) Barcelona hayamos tragado el anzuelo y le estemos en realidad bailando el agua al quejica carpetovetónico, y me explico.

Nadie que yo sepa ha puesto esta semana el dedo en la llaga: la cuestión no es que el balón corra menos con la hierba seca y centimétricamente más larga, que lo hace, sino que el pavo siga tratando de colarnos la patraña del fútbol de salón y el toque de orfebre cuando a lo que juega su equipo es básicamente a la versión azulgrana del catenaccio.

Estamos criticando la reclamación del catalán españolazo porque es la de un adolescente que pide más y más a su favor sin tener nunca suficiente, y estamos olvidando que es un ejercicio de hipocresía enorme, porque el Fomento de la Corrupción Barcelona ha sacado el autobús en varias ocasiones esta temporada y lo que le iría verdaderamente bien sería jugar en lo más frondoso de un maizal con un balón pinchado y bajo intensa granizada.

Así que tenga cuidado si protesta por la protesta de Protestitas, porque podría ser que estuviera dando por buena una premisa inválida: la de que el equipo que untaba al estamento arbitral persigue no se qué excelencia futbolística cuando en realidad lo que hace es colgarse del larguero.

P. S.: Hablando de Francisco Ibáñez, ¿para cuándo el Princesa de Asturias para el autor del siglo XX que más ha hecho por la lectura en España?

La tilde

Vaya por delante que lo único que hizo la RAE hace unas semanas fue reformular el texto en el que se explica la norma sobre la tilde en el adverbio solo. Lástima: se perdió otra ocasión para erradicarla por completo, incluso en casos de supuesta confusión. Verán:

Si regalamos a Esteban un volante, ¿Esteban juega al bádminton o es piloto de carreras?

Si Lucas pidió todos los platos y, finalmente, vino; ¿pidió la bebida después de la comida o se acercó a nuestra mesa a saludarnos?

Si Obdulia es atleta y su carrera quedó arruinada por un segundo, ¿su declive lo propició una plata o fue por la sexagésima parte de un minuto?

¿Entonces? ¿Qué hacemos, le ponemos tilde a todos los pares de palabras homógrafas? La tilde en sólo no solo no cumple ninguno de los criterios generales de la tilde diacrítica (ni es monosílabo ni ninguna de sus formas es átona), sino que atenta contra el principio de economía y normalización que la RAE aplica desde hace décadas y que está consiguiendo una coherencia total en la acentuación de las palabras: conociendo las sencillas normas de acentuación del español es imposible ignorar cómo se pronuncia una palabra, lo que no tiene parangón en los idiomas de nuestro entorno.

Pero héteme aquí que ciertos académicos, entre los que se encuentran algunos escritores, tratan de enmendarle la plana a los lexicógrafos en el asunto del sólo. Parece ser que el argumento pueril que identifica menos tildes con una relajación ortográfica tiene más de uno y más de dos valedores; entiendo que a los nostálgicos también les parecería mal que la preposición á, el verbo fué o el sustantivo guión la perdieran en 1911, 1959 y 2010 respectivamente.

Sería revelador comprobar la escabrosa ortografía de los manuscritos que algunos de esos escritores depositan sobre la mesa de los correctores ortotipográficos y, por otra parte, sería estupendo que dedicaran su tiempo a aspectos más urgentes y que les conciernen más, como dar una alternativa a los videojueguiles farmear, grindear, streamear, respawnear y otras decenas de palabras que están arruinando el español de niños y adolescentes.

Carta abierta a Nacho Fernández

Querido Nacho:

A ver, en parte te entendemos. Los jugadores de fútbol hacen eso, jugar, y ser tan tan bueno y habitar el banquillo con tanta regularidad debe de resultar incómodo. Nadie debería mostrarse desagradecido si decides irte, pero eso no debería llevarnos a conclusiones precipitadas. Sobre todo a ti.

En determinadas circunstancias es difícil ver las cosas con perspectiva, especialmente si uno se siente dolido. Pero alguien tiene que decirte lo que te estás jugando: convertirte en una leyenda indiscutible del Real Madrid. Una leyenda, insisto, del Real Madrid. Para mí y otros como yo (con un gusto refinado, se entiende) ya lo eres, ojo: lo certificaste cuando en la pasada Champions (una de tantas y a la vez una Copa de Europa única), mientras el crono se desangraba y los pseudomadridistas se iban del estadio porque el City nos sacaba dos goles, pronunciaste ante los más jóvenes el resumen más depurado de 120 años de historia, una clase magistral de madridismo: «Se confía hasta el final», sentenciaste con la templanza que solo atesoran los héroes y los hombres honrados. Con solo esa premisa en las alforjas podría un novato triunfar en Chamartín.

Pero hasta en la leyenda hay grados, y si te quedas ganarías el derecho a brindar en el Valhalla con Monjardín, Quesada, Zárraga, Camacho, Chendo y Sanchís; aquellos que nunca defendieron otra camiseta. Algo de lo que ni un tal Santiago Bernabéu puede presumir, porque en 1920 se rebotó con el club de nuestros amores y jugó un partido con el Athletic Club, precursor del Atleti.

Nunca te irías por dinero porque en ese caso ya te habrías ido, y si te vas por orgullo igual te vamos a seguir queriendo, pero si te quedas contaremos a nuestros nietos que vimos jugar a Nacho Fernández, como quien cuenta cómo Sigfrido mató al dragón o quién era Héctor, hijo de Príamo, y les podremos decir no solo que siempre rayabas en la perfección, sino que eras más madridista que la corona del escudo.

Parecer sofisticado (la pose infinita)

En algún momento de los años 70, mientras los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria «salían a correr» (y esa gente corre como salvajes) con una camiseta de la panadería de su pueblo, algún moderno con la necesidad de resultar interesante pensó en que lo que había que hacer era «footing». Hacer footing era muy parecido a salir a correr, pero mucho más sofisticado.

En los 90, cuando hacer footing había perdido el oropel de lo moderno por razón de antigüedad, los innovadores de turno decidieron decantarse por el jogging. Como sin duda imaginan, hacer jogging es muy parecido a salir a correr, pero a la vez fácilmente distinguible: los que practicaban jogging llevaban auriculares, todavía de cable, y estiraban de forma ostentosa en los semáforos para lucir las Naiki (si hacías jogging decías Naiki) fosforitas.

Diez años más tarde, cansados del jogging, sus practicantes se entregaron al running o, de forma más literal, «le pegaron al running». Como a estas alturas ya habrán adivinado, el running es terriblemente parecido a salir a correr, con la diferencia de que cuando el runner ya se ha bebido litro y medio de Aquarius para reponer electrolitos y ha subido una story con un mapa de su itinerario, los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria española siguen corriendo con la camiseta de la panadería del pueblo y una coquillera de cuero repujado. Siguen corriendo, me refiero, desde el año 73.

Ese anhelo por parecer sofisticado que tan bien conoce Pantomima Full («Sal de tu zona de confort», «Chicos, ya está la quinoa») es inocuo cuando alguien decide salir a correr de forma glamurosa, pero resulta fatal y/o grotesco en otras actividades humanas. Abran LinkedIn y sabrán a qué me refiero, aunque aquí hemos venido a hablar de educación.

Verán. Si no están familiarizados con los congresos, seminarios o jornadas sobre educación, podrían pensar que tienen algún contenido real. Al fin y al cabo, cuando uno va a un restaurante espera comer. Uno podría pensar que en una charla sobre educación se va a hablar sobre educación, por ejemplo, sobre cómo enseñar de forma eficaz el complemento de régimen verbal, o la importancia de la modernidad para los estudiantes de Secundaria, o la posibilidad de apoyarse en el cálculo de operaciones combinadas para enseñar sintaxis. El milagro que supone la mano derecha del David de Miguel Ángel (y la izquierda, ya que estamos y parafraseando a Hugh Grant). La relación de los prerrafaelitas con la literatura medieval y su inmensa utilidad para estimular la imaginación de los adolescentes…

Contenido, en fin. Sustancia, busilis. Solomillo Wellington.

Naranjas de la China. Los congresos educativos versan sobre liderazgo educativo o pedagogía emocional. Tienen por nombre «Seamos creativos» o «Lo que construimos unos en los otros». Blablablá. Uno se llama Innovagogía, se lo prometo. La innovagogía salvará al mundo. Cada vez que contemplo casi con ternura uno de estos intentos por parecer sofisticado pienso en la escasa utilidad de la muerte de Sócrates, azote de farsantes, que conocía y denostaba esta tendencia tan humana (y tan antigua) a parecer moderno arrinconando el verdadero conocimiento.

Todo esto se quedaría en anécdota si no fuera porque está estrechamente relacionado con una realidad mucho menos jocosa: los alumnos de Bachillerato españoles no saben leer. Como suena: los alumnos de Bachillerato no saben leer. Están alfabetizados: saben transformar los signos en sonidos (con dificultad), pero no tienen literacidad: no pueden transformar un texto en conocimiento. Pregunten en la universidad y prepárense a sufrir.

Imagínense entrando en un restaurante donde se les habla de la decoración, los manteles y la comodidad de las sillas. Con una gusa tremenda, contemplan como el camarero les recita un panegírico sobre la langosta europea y les presenta un plato vacío (de la mejor porcelana). Ese mismo vaciamiento ocurre en los colegios, con la aquiescencia de quien no pone el grito en el cielo. Pero no teman, porque estamos empezando a ponerlo, no somos pocos y además somos mejores.

Ellos son más, eso sí, y tienen la ventaja de remar a favor de corriente; el conocimiento sin conocimiento, esta educación de cáscara vacía es lo más coherente con un mundo donde ya existe la producción sin producción (el mercado financiero), la comunicación sin comunicación (las redes sociales) y el cine sin cine (CGI). Cuánta razón tenía McLuhan.

—Que alguien me devuelva a Baker Street.

Está por venir el tiempo en que mandaremos al empoderamiento, la resiliencia y la disrupción allá donde reposan el footing y el jogging, porque el último en parecer sofisticado es el primero en hacer el ridículo.

Se trata, por tanto, de comenzar por algo sencillo, como llamar a las cosas por su nombre. Llamar, por ejemplo, ignorancia a la ignorancia, y al coach cantamañanas. Anunciar el advenimiento de una Nueva Ilustración.

P. S.: La imagen corresponde a Luz de luna, invierno, de Rockwell Kent. Recuerden que existe una edición de Moby Dick (ese libro que a Lo País le resulta innecesario) ilustrada por él.