Por qué no me gusta Star Wars: El Despertar de la Fuerza

(Aunque he debido de ser el último en verla, aclaro que esta entrada contiene todos los spoilers posibles, así que si no la has visto puedes parar aquí).

Las cartas sobre la mesa: nací en 1977, el mismo año en que se estrenó la que entonces conocimos simplemente como La Guerra de las Galaxias, así que los episodios IV, V y VI, más que películas, son una parte indispensable de mi infancia, con todo lo que eso conlleva. Creo que toda mi generación ha visto el cine de ciencia ficción posterior en función de aquellas maravillas (que siguen esperando relevo, por cierto). Dicho de otra forma: no soy un friki de la saga pero veo un X-Wing y se me escapa una sonrisilla. Así que mi opinión está mediatizada, tanto a favor (lo mítico del asunto) como en contra (el listón está muy alto). Ahí va mi opinión sobre Star Wars: El Despertar de la Fuerza:

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1. La primera media hora está a la altura, pero a la larga eso es contraproducente

Desde que escuchas la música te tienen completamente rendido, lo que unido a que la presentación de los personajes y de la trama tiene todo el aroma de las originales nos da esperanza. Una nueva esperanza, concretamente. Pero ya se sabe que en toda narración hay que colocar lo segundo mejor al principio y lo mejor al final, y no es el caso.

2. Otra virtud engañosa: los mejores personajes

Las aportaciones más relevantes a la saga son Rey y BB-8. Nada en contra de Daisy Ridley, que de hecho parece la única que le echa ganas de verdad; lo malo es que si le das un arco se te va a las semis de los juegos del hambre: es Katniss Everdeen revisitada. Y respecto a la versión Adidas de WALL·E… bueno, que un robot sea uno de los dos personajes estrella habla por sí solo.

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-Sí, eres el segundo más expresivo de esta película.

3. No hay galaxia

Una de las virtudes principales de la primera trilogía (la única, la otra ni se contempla) es que la acción recorre vertiginosa diferentes planetas, diferentes subtramas y diferentes personajes sin que en ningún momento se resienta el ritmo ni se deshilache el argumento. En cambio, en El Despertar de la Fuerza solo abandonamos al grupo principal cuando salen los malos: es excesivamente lineal. Haciendo una analogía videojueguil, el episodio VII es pasillero.

Da la sensación de que solo existe lo que vemos en ese momento en pantalla, y eso es de lo peor que le puede pasar a una película: no tener contexto. El mejor ejemplo es la destrucción de la República por la Primera Orden; de repente se limpian cuatro planetas que aparecen allí puestos por el Ayuntamiento. Pero hombre, si te cargas a alguien tienes que hacer que previamente el público haya desarrollado ciertos lazos emocionales con el finado, y lo mismo si aniquilas planetas enteros. Eso es de primero de guion: no había visto una hecatombe tan repentina desde la irrupción del ejército de los muertos en El Retorno del Rey.

4. Manía de hacer que Harrison Ford siga trotando

Cuando Han Solo le ofrece trabajo a Rey, dice: «alguien que siga el ritmo de Chewie y el mío». Mira, Harrison, no sé cómo llevan los años los wookiees, pero o la frase es irónica o ahí te has tirado el pisto, que en la peli tenías 73 palos. Igual que en la olvidable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal: vale que un tipo que además de Han Solo ha sido Rick Deckard en Blade Runner e Indiana Jones (personajes que justificarían una carrera por sí solos) tiene tanto carisma que puede hacer lo que le venga en gana, pero no es menos cierto que Solo está más para un cargo directivo que para correr la banda. Digo yo que 40 años de contrabando deberían haber dado para dejar el trabajo de campo. Que lleva hasta la misma ropa: cuando irrumpen en la película él y el melenas parece que se ha abierto una cápsula del tiempo.

Ah, y no seré yo quien critique que los protas palmen, pero no hacía falta dejarlo por idiota. Que va de negro y lleva máscara, Han: apártate, hombre.

5. ¿Secuela o versión?

O la película es un homenaje a Nietzsche y el eterno retorno de lo idéntico o JJ tiene más cara que espalda y la saga se está plagiando a sí misma: la pareja protagonista tiene un hijo que empieza siendo bueno y se hace malo, se pasa al negro, se calza una máscara y tiene un jefe que se manifiesta a través de hologramas. Que por cierto, o le buscan alguna explicación a la máscara (aparte de los 29,90 que cuesta en la Disneystore) o es otro ejemplo de la diferencia abismal que hay entre hacer las cosas porque sí o darle un fondo y una razón a cada pequeño detalle. ¿Y lo de volar una Estrella de la Muerte (que sería la tercera, porque en El Retorno del Jedi hay otra) pero más grande? Y además lo explican con un gráfico: «Es como la Estrella de la Muerte pero más grande»  Vengayá… Para mí que Lawrence Kasdan se quería sacar la espinita de no haber hecho el guion del episodio IV.

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-Mirad, es como la Estrella de la Muerte, pero más grande.

Conclusión

La película tiene algunas virtudes. Es mejor que la trilogía innombrable. Y Rey debería ser la prota de la VIII. Pero en general se parece demasiado a lo visto anteriormente. Y no sé vosotros, pero para ver el episodio IV me pongo el episodio IV. Y el V. Y el VI.

 

PS: ¿Qué les ha pasado a los actores de doblaje españoles, que hablan en lugar de actuar?

PS’: Veo en los créditos que no es solo que el malo malísimo (Snoke) se dé un aire a Gollum, es que es Gollum ¡¿…?!

Minorías creativas

Es mucho más fácil arreglar el mundo que ser amable.

Para ser un iluminado con la receta del bien universal solo hace falta mucho carisma y algo de retórica; la capacidad de encandilar a un público crédulo con ardientes soflamas. Resulta conveniente, además, que nuestras proclamas estén salpicadas de sofismas y demagogia. Y poner cara de intensitos. Probablemente nunca tengamos la ocasión de poner en práctica nuestras teorías, así que lo único importante es que suenen bien. Alegamos estar persiguiendo la utopía y listo.

Pero el día a día es otro cantar. Para tratar bien a cuantos nos rodean hacen falta amor, bondad y alegría por arrobas. Y ese es un territorio mucho más difícil de conquistar, porque exige lo mejor de nosotros y pone a prueba nuestra capacidad de ceder, comprender y perdonar. La historia está llena de sesudos filósofos y trascendente artistas que, mientras proclamaban el advenimiento del elíseo, tuvieron serias dificultades para no ser unos capullos. Preguntadle a Julian Lennon por su padre a ver qué os cuenta. Por lo visto resulta mucho más fácil imaginar a todo el personal viviendo en paz que tratar a tu hijo con cariño.

Pero es que no hay otra forma. Es la gente que nos rodea la que requiere nuestros esfuerzos. Es su vida la que podemos mejorar, su sonrisa la que podemos buscar. Por ahí hay alguien a un par de palabras tuyas de ser feliz, pero decirlas puede no ser tan fácil como parece. Así que, antes de embarcarte en tareas monumentales (que te deberías embarcar, ojo) ponte a prueba en las distancias cortas. Si no eres capaz de mejorar tu entorno dudaremos seriamente de tu capacidad de cambiar el mundo.

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La memoria del mundo

Dice el padre Miguel que los adultos somos niños estropeados. Cuando niños disponemos de la sabiduría pero nos faltan los conocimientos. Tenemos muy claro qué es lo importante y a ello nos dedicamos con fruición: dar patadas a las piedras, saltar sobre los charcos y autoinfligirnos un número indefinido de cardenales y luxaciones con métodos de lo más divertido. Sin ton ni son.

Después pasamos por una etapa fatal: adquirimos conocimientos y perdemos la sabiduría. Hacemos cosas absurdas como hacer ricos a otros, meternos en atascos y ver vídeos de gatetes. De tanta ignominia solo nos salva la vejez, cuando la experiencia nos ha enseñado que teníamos razón al principio, de niños, que no había ningún motivo para ponerse tan serios, que la vida es mejor tomársela con calma y degustando cada momento. Haciendo nada, si es necesario. Cuando entendemos que la infancia ocurre al principio porque constituye el mapa de la vida, nuestro hilo de Ariadna.

Los ancianos son la serenidad, la memoria y la sabiduría. Nuestra última esperanza, porque solo si rendimos culto a la vejez y no a una juventud insulsa y banal recuperaremos la memoria y seremos mejores: más justos y más sabios.

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No conozco mejor ejemplo de la sagrada senectud que el personaje que interpreta Curt Bois en esa joya absoluta que es El cielo sobre Berlín: ese eterno narrador depositario de nuestra memoria que nos anuncia con sus monólogos callados (que solo un ángel podría escuchar) nada más que la verdadera naturaleza de nuestro deambular por el mundo: nada más que la conciencia secreta de quiénes somos.

 

PS: Como Wim Wenders no da puntada sin hilo, su nombre en la película es el de Homero. Ni el gran Rafael Castro se daría cuenta, pero el actor que lo encarna es el carterista de esa obra menor llamada Casablanca.

De rocas y percebes

Te acabará pasando. Aunque vivas en una burbuja o un castillo o la guarida del dragón, un día la vida te pegará un par de bofetones y se llevará por delante los parapetos que construiste con tanto tesón. O se lo hará a alguien cerca de ti, lo que es peor. Llegará un día (un día que vendrá como los demás, embozado en rutina para que te confíes) y te destartalará el alma hasta que no sepas de dónde te vienen los golpes ni por qué. Y ya solo te quedará el camino —que todos recorreremos— de aprender que no hay un porqué, y que quizá solo es el primero de los golpes que vendrán. Y que entonces, cuando el viento arrecia y la vida se desnuda de esperanza y te la tira a la cuneta, es el momento de mirar dentro de ti y saber de qué estás hecho.

Porque a partir de ese filo de navaja donde los tibios se quedan ensartados ya no hay más medias tintas y solo sobreviven dos tipos de personas, las rocas y los percebes. Quienes resisten el embate de las olas porque el mar ya les forjó el carácter de vigor y coraje y quienes, mientras boquean en la resaca con los ojos ahítos de incertidumbre, tienen la suerte de tener cerca una roca.

Así que ve decidiendo qué prefieres ser antes de que la vida te calce un guantazo que te salte las costuras.  Y más te vale elegir roca, que somos muchos los percebes.

 

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Para ese viaje no hacían falta alforjas

Pero hombre, Pablo. Para tan brillante conclusión no hacían falta másteres ni doctorados; ni siquiera grados en Políticas. Vosotros, que encarnáis lo más flamante de la intelectualidad, lo más moderno de la postmodernidad, que citáis sin rebozo a Benjamin, Lukács o Chomsky. Vosotros, que lo mismo explicáis la plusvalía que comentáis la reificación, que os movéis como pez en el agua entre los textos más abstrusos de la escuela de Fráncfort.

Todo para esto. Para descubrir que la muerte del otro lo soluciona todo. ¡Pero si eso ya lo sabía Stalin! Y Hitler. Y Mao. Y Videla. Hasta tu admirado Otegi te lo podía haber explicado.

Dirás con razón que tú personalmente no has tuiteado «ojalá se mueran los viejos». Pero déjame establecer alguna relación entre la violencia de tus seguidores gerontocidas y la violencia que te emocionaba aquí (la paliza a un policía). O cómo impediste que Rosa Díez (fascista de toda la vida) hablara en la universidad aquí. Esa sí es tu luenga guedeja, pillín.

Hoy has dicho que no ganasteis el domingo por el «miedo a que gobierne lo nuevo». Yo creo que es miedo a que gobiernes tú. Claro que el PPSOE es un problema. Claro que la oligarquía es densa y sospechosa. Pero son las personas las que hay que cambiar, no el sistema democrático y constitucional que es nuestro mayor logro como sociedad. Y tú, bajo tu piel de cordero socialdemócrata, eres un lobo antisistema y radical. Claro que das miedo, Pablito. Más miedo que un nublao.

 

PS: También parece tener miedo el portavoz del PSOE de Cádiz al que han insultado y amenazado los amigos de Kichi en el Pleno de esta mañana.

Entendiendo el 26-J

Lo estabais esperando. Aquí está mi interpretación libre (pero con la moderación y templanza que me caracterizan) del evento de ayer.

El ganador de los comicios fue Cela, que dijo aquello de «en España, el que resiste gana». Si la táctica favorita de Rajoy (el de gran cachaza) era la inacción, a partir de ahora se va a mover menos que la guardia de Qin Shi Huang.

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Sánchez (el que sonríe al viento) es un tipo estupendo. A Sánchez lo pones en el Titanic y el tío lo mismo te suelta que «peor quedó el iceberg». Necesitamos más gente optimista. Está a 91 escaños de la mayoría absoluta, pero con Pablo Iglesias (el otro) el PSOE sacó solo un escaño en 1910 y nadie lo critica.

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Los que son comunistas pero ya no lo dicen se presentaron con los que son comunistas y lo mantienen. Errejón (el de fino cutis) previno a Iglesias (de luenga guedeja) de que no era tan buena idea como parecía, y parece ser que tenía razón, porque despistaron a comunistas, excomunistas, pseudocomunistas y tardocomunistas. Una pena, porque habría sido una ocasión estupenda para comprobar si Garzón (de gesto adusto) dispone de músculos risorios.

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Rivera (el de brazo fornido) tuvo dificultades para posicionarse ante el electorado, y sobre todo para que el electorado supiese quién era el enemigo de Rivera. En política eso es muy importante, porque tener el mismo enemigo que los votantes te une mucho a ellos. Un odio en común establece vínculos más fuertes que un mismo afecto.

Rivera.pngLa cuestión es que estamos igual que en diciembre, pero hemos gastado mucho más dinero y perdido más tiempo, que son las dos funciones básicas de la política.

Y lo más importante es que, en contra de lo que te digan los de enfrente, y tanto si has votado cachaza o guedeja, has votado bien. Has hecho muy bien en votar a quien te haya parecido, o en no votar: ser demócrata no es presumir de serlo, sino respetar las opiniones de los demás. Las incomprensibles. Las que nos encocoran. Lo demás es blablablá, y del peligroso.

La rabia de Calibán

Dice Oscar Wilde en el prefacio de El retrato de Dorian Gray que «la aversión del siglo XIX por el realismo es la rabia de Calibán al ver su cara en el espejo». Más allá del juego que el personaje de Shakespeare ha dado a la cultura occidental posterior (y que se puede consultar aquí), el aforismo de Wilde es aplicable al debate que perpetraron nuestros amados líderes anteayer. Podríamos parafrasearlo así: la aversión de los españoles antes sus líderes políticos es la rabia de Calibán al ver su cara en el espejo. Y me explico.

No nos engañemos; los candidatos (de estas y de cualesquiera elecciones) debatiendo no son seres humanos contrastando opiniones sino personajes virtuales diciendo lo que sus votantes más probables quieren escuchar. Teniendo en cuenta que la ciudadanía media es practicante entusiasta del pensamiento débil (cuyo rasgo más distintivo es la incoherencia), no se puede afear a los cuatro prendas que nos van a flagelar durante los próximos cuatro años que desplieguen la verborrea facilona e inconsistente que despliegan. En efecto, algunas de las medidas que anunciaron anteayer podrían resumirse así: bajar los impuestos y aumentar prestaciones y subsidios mientras se reduce el déficit y se contenta además a Bruselas, CCOO, el FMI y los okupas de Colau. O la muestra de pensamiento mágico desplegada cuando se les preguntó cómo acabar con el terrorismo. En una sociedad que cree que ya es posible vivir sin estar preparados para la violencia, las respuestas giraron en torno a los paraísos fiscales, el tráfico de armas, las libertades y casi casi (en medio de la idiocia edulcorada que tan bien conoce Pérez-Reverte) se repitió la receta de la ínclita Carmena: «reflexión y comprensión para los terroristas».

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No son sus estupideces. Son las estupideces que nos gusta escuchar. Recaudar menos impuestos y subir el gasto (la teoría del dinero elástico, claro que no nos debería extrañar en un país donde toda una vicepresidenta del Congreso, Carmen Calvo, esculpió en mármol para los siglos aquello de que «el dinero público no es de nadie»). Mirar a los ojos a unos asesinos puestos hasta las cejas y conseguir que lleven sus AK-47 a un punto limpio.  La cuadratura del huevo, que diría Saki. La piedra filosofal. El Dorado. La Atlántida. All you need is love.

Así que tengamos cuidado. La próxima vez que sintamos la tentación de reírnos de la boutade de alguno de esos sacamuelas, tengamos cuidado. Porque es muy probable que sea él quien en realidad se esté choteando de nosotros, de esta sociedad desnortada que prefiere escuchar mentiras reconfortantes antes que la exigente y desagradable verdad.

 

Respétame menos y léeme más

Antes de que los escritores empezaran a poner cara de siesos en las solapas de los libros, antes de los derechos de autor e incluso de los tipos y los cranes (d), la literatura nació porque un pájaro tenía hambre y otros pájaros se aburrían. El pájaro con hambre era tan bueno contando historias que lograba que los pájaros aburridos le pagaran por ello, lo que implica que había dos cosas que no hacía: ni iba a palacio a buscar un subvención ni se pasaba de listo. Si tú llegas a un pueblo con la sana intención de que te den rancho y piltra a cambio de tu labia y te pones en plan, no sé, Kundera, en un lugar tan pacífico como la Grecia de hace treinta siglos, lo más seguro es que durmieras gratis, pero en el Hades.

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Se trataba de ser tan condenadamente embaucador, tan hábil y tan certero poniendo el lenguaje al servicio de la imaginación, que los autóctonos escucharan hasta que estuvieran dispuestos a pagar por oír el resto. Se trataba de retórica, pero también de hipnotismo. De liar al incauto en una madeja alucinógena que le hiciera sentirse Ulises (famoso por su lanza) y soñar con sirenas. Las historias eran tan buenas que hoy, cuando nadie sabe quién es Leopold Bloom o Josef K. (lo cual es un drama en sí mismo), todo el mundo sabe quién es Héctor (el de tremolante penacho) aunque sea gracias a Eric Bana.

Lo que quiero decir es que la literatura tal y como se entiende en este blog no es filosofía ni son novelas de tesis, y sobre todo no son mamotretos infumables que confunden la densidad con el sopor. La densidad no es mala. Joyce, Kafka o Proust son densos, pero leídos como ameritan (lento y desde el reclinatorio) no son soporíferos.

La literatura que aquí se banca es tan grande, tan plausible, está tan bien construida, que si fuera filosófica sería menos y no más. Cuando la literatura es de verdad no se contenta con defender una idea, un enfoque o una teoría. No es existencialista ni estructuralista, porque no es parcial ―no es parte de―. Cuando la literatura merece tal nombre es tan humilde, tan lúcida y deslumbrante que lleva toda una vida dentro de sí.

Ningún político hablará de esto

A pesar de los vendedores de humo de toda estirpe y condición tenemos que hacer un esfuerzo por recuperar el sentido de las palabras, que es el sentido de las cosas.

La educación. La importante, la que se da en casa, es cuestión de los padres (o de los jefes de la tribu, en el caso de Anna Gabriel). El tema de esta entrada es la otra, la secundaria, la que se da en los coles.

Han pasado muchas cosas interesantes en los últimos seis mil años. Me refiero a cosas como el nacimiento de la escritura, o la Capilla Sixtina, o el cálculo infinitesimal. The Last of Us y la relatividad. Sherlock. El expresionismo alemán. Bach. Cioran. Jesucristo. Siglos de conocimiento, de ansia por saber y por que los demás sepan. Siglos de intentar mejorar las cosas y de controversias sobre cómo lograrlo.

El caso es que cuando llegamos al mundo todas esas cosas interesantes ya estaban ahí. Lo que la educación ha de conseguir es ponerlas al alcance de los que acaban de llegar. No darlas a conocer todas (sería imposible) pero sí las más importantes, y la posibilidad de acercarse a todas las demás con la solvencia intelectual suficiente para comprenderlas.

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Todo lo demás es blablablá: educar es, en ese contexto, poner al día. Es un gigantesco «mientras tú no estabas». Es dar las herramientas. Prender la mecha. Hacerlos capaces de decidir, no decidir por ellos. ¿Cómo hacerlo? Dejándolo en manos de profesionales competentes (lo que implica, en el caso de un profesor, ser culto) y proveyéndolos de medios suficientes. No le decimos a un zapatero cómo arreglar los zapatos.

Estamos haciendo lo contrario. Con nuestra apatía o complejos, nuestra incapacidad e indecisión los estamos dejando en manos de los vendedores de humo. Si creen que exagero, pregúntenle a un adolescente algo difícil, no sé, la tabla de multiplicar.

El vendedor de humo

Nos conviene estar preparados, porque aquí vienen de nuevo (¿cuántas campañas electorales puede aguantar el ciudadano medio antes de perder la razón?) a desplegar su carromato/tenderete en la plaza del pueblo, como en el maravilloso corto que da título a esta entrada.

Tienen dinerito fresco, pues tampoco han logrado ponerse de acuerdo para limitar el gasto de sus campañas, así que conviene estar preparados, insisto, cuando menos contra  el mayor perjuicio que los políticos, por el mero hecho de existir, infligen a la sociedad: la desnaturalización del lenguaje.

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En pocas palabras: los políticos nunca quieren decir lo que dicen. Los políticos no hablan: despliegan técnicas de venta. Visten ropa que otros eligen, hacen gestos que otros deciden y, sobre todo, utilizan uno tras otro lugares comunes que nada aportan pero quedan fenomenal. Por poner algunos ejemplos, sin el menor sonrojo pronuncian soberanía, pueblo, cultura, democracia o justicia como si se refirieran a sus correspondientes significados, cuando lo que quieren decir es, respectivamente: quien vote a la mayoría, quien me vote a mí, cine español, partitocracia y designación política del CGPJ.

Este envaramiento, este fingimiento permanente que toma el lenguaje y lo desguaza, lo vacía, que hace de la mentira su razón de ser y que obedece a la campaña publicitaria diseñada por sus asesores (que son expertos en mercadotecnia y ya no más en ciencia política o en filosofía) sustituye a las propias ideas o a cualquier vestigio de honradez y es especialmente pernicioso porque atañe a uno de los dos tesoros más valiosos que tenemos: el lenguaje. Si no fuéramos más listos que ellos, que lo somos, correríamos el riesgo de asumir como propia la legitimación de la farsa, la teatralización del gesto y el desacato a la palabra. Lo de teatralizar el gesto (que también es lenguaje) lo debieron aprender de este:

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Así que cuidado. Siempre alerta ante un político, sobre todo cuando baje el tono y junte las manos, o cuando sonría de lado. O cuando se ponga grandilocuente y fusile alguna de las grandes palabras. En esos casos es aconsejable proclamar con voz potente «vade retro», asperjar agua bendita y recordar que no, que por mucho que insistan no nos quieren, no se van a preocupar por nosotros y no van a solucionar nada.