Que lo desees muy fuerte no hará que ocurra. (Los límites del pensamiento mágico)

Ya era suficientemente malo el pensamiento débil, formulado en 1983 por Gianni Vattimo, que siguió a Derrida en la voluntad de eliminar certezas y relativizar el conocimiento, pero es que estamos rizando el rizo. El pensamiento débil se ha convertido en el pensamiento absurdo. No es ya que cualquier opinión sea respetable (lo cual es en sí un disparate), sino que resulta habitual que un argumento sea intrínsecamente contradictorio y se dé por bueno. Algunos ejemplos:

  1. Reclamamos a la vez que se bajen los impuestos y se eleven las prestaciones sociales. Es contradictorio. Absurdo. Es como pedirle a un empresario que baje los precios y suba los salarios. El dinero no es elástico. Llamadme pesimista, pero estoy convencido de que existe la opinión generalizada de que el Estado puede pagar todos los servicios que quiera con una especie de caja mágica que nunca se agota. Que ir a la universidad pública no cuesta más que las tasas que se pagan (nos cuesta unos 8000 euros al año cada estudiante, vaya a clase o a la cafetería a pintar pancartas).
  2. Nos pirramos por lo verde y sostenible pero luego compramos relojes que hay que recargar (con lo maravilloso que es un reloj mecánico), subimos la persiana apretando un botón (es cansadísimo tirar de una cinta), usamos el ascensor para ir al gimnasio, leemos el periódico en una tableta y libros de esos que no son libros, inventamos chorradas del calibre de Hoverboard y Segway para no tener que caminar —sobre todo los niños; podrían dislocarse algo—. Entiendo que quemar combustibles fósiles para generar electricidad no contamina, porque tampoco queremos centrales nucleares. Pero enchufar cosas sí. Eso es divertidísimo.
  3. Nos desgañitamos pidiendo una educación de calidad pero pensamos que hacer deberes (leer, escribir, sumar, pensar) es un castigo.
  4. Pedimos democracia a gritos enarbolando banderas comunistas.
  5. Y mi favorita: dañar un huevo de buitre te puede llevar a la cárcel dos años pero en cambio un feto humano es un quiste. No voy a hacer más comentarios a este respecto.

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Leía esta semana un libro modernísimo sobre las nuevas generaciones que, lejos de preocuparse por aprender sobre la sociedad en que han nacido, lo juzgan todo según su propia circunstancia y las opiniones parciales que picotean aquí y allá, y se dedican a exigir derechos, soluciones y prebendas sin pensar que quizá sean ellos quienes deban proporcionarlos.

Valga esta soporífera introducción para comentar algo que me resulta curiosísimo: la crítica que se hace a la Unión Europea por tener fronteras. La Unión Europea constituye el mayor esfuerzo de la historia por eliminar las fronteras. De hecho, la UE no las tiene en su interior: son los demás países los que las conservan. Son precisamente los que ignoran que hace tres telediarios ir a Lisboa requería pasaporte los que más protestan, acostumbrados como están a disfrutar las ventajas de la Unión que tanto critican. A través de una cuadratura del círculo que roza el virtuosismo, denuestan a la organización supranacional que más ha hecho por eliminar las aduanas culpándola de que los demás países las mantengan (¡…!).

Claro que deberíamos hacer más por los refugiados que nos piden ayuda. Es vergonzoso y tenemos una responsabilidad mayor que nadie porque somos parte de la entidad política que más y mejores principios y valores encarna, sobre todo ahora que EEUU nos ha dejado en la estacada; es solo que no creo que decir tonterías produzca soluciones. De forma sorprendente ha calado la inquina que Chomsky y sus acólitos tienen a Occidente, especialmente a Europa. Plantea las cosas como si el resto del mundo hubiera tenido sistemas políticos infinitamente mejores que la democracia liberal cuando Europa fue a molestarlos con las ideas de libertad, igualdad o el imperio de la ley. Por supuesto que hemos hecho barrabasadas, pero dejamos de hacerlas antes que los demás y propusimos una tramoya filosófica que impidiera su repetición. El mundo no es perfecto, Noam, pero no pasa nada por reconocer que hay grados en la imperfección. Que nunca haga falta recordar quiénes buscan protección dónde.

 

P. S.: El modernísimo libro citado es de 1930: La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. Otro PProscrito de las aulas.

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Que viene Trump

Ahora va a resultar que hasta el martes vivíamos en un mundo ilustrado. Que leíamos todos el New York Times. Que cada cual buscaba un hueco en su agenda para releer a Madison y retomar el Tractatus de Wittgenstein. Vengayá. Trump es un desastre porque el mundo en que vivimos es un desastre, y de lo que se trata es de bregar cada día para que lo sea un poquito menos. No podemos tragar con las audiencias de Telecirco y luego rasgarnos las vestiduras cuando la sangre llega al río.

Todo esto me recuerda a la visión que prevalece sobre los nazis: a los pobres alemanes de entreguerras les lavó el cerebro Hitler y cuatro amigos. No, hombre, no. El racismo en general y el antisemitismo en particular estaban arraigadísimos no solo en Alemania, sino en todo Occidente. Observen, amigos:

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A la derecha: «Detened la dominación judía de los americanos cristianos»

¿Berlín? No. Madison Square Garden, Nueva York, 1939. 22 000 almas. Y no se pierdan la siguiente vista parcial:

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Cosas veredes, amigo George

No es mi tesis que el racismo siempre estuvo latente en EEUU y que ahora sale a la luz. No voy a eso. De hecho:

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1938, Luna Park de Buenos Aires, 20 000 pibes

Y no hay que irse tan lejos: el lunes pasado uno de los líderes políticos que nos asuelan tuiteó «Hoy es el 99 aniversario de la revolución rusa de 1917; una revolución contra ‘El Capital’. Paz, Pan y Tierra». Acompañado de una imagen de Lenin, conocido demócrata. Para el muy analfabeto (o muy malvado), el régimen comunista es sinónimo de paz, pan y tierra. La tierra donde descansan en paz los millones de ucranianos a los que Stalin mató de hambre robándoles su propio pan, supongo.

¿Adónde voy, entonces? A que el ser humano es bastante salvaje. A que la maldad está en nosotros y de cuando en cuando alguien sabe sacarle partido. A que la última guerra en Europa no terminó en los Balcanes en 1999, como he estado a punto de escribir, sino que sigue abierta en Ucrania. A que si algunos insistimos tanto en la educación, en la importancia de la filosofía como fuente de conocimiento y de la Filosofía como asignatura, no es porque quede bonito, sino porque es estrictamente necesario. Porque la cabra tira al monte y el zoon politikon a la trinchera. Claro que lo de Trump es un desastre, pero el desastre no ha empezado con Trump. El desastre no empezó nunca, bien pensado, porque nunca terminó, porque no hay solución de continuidad en el espectro de horrores que el hombre ha protagonizado desde que el mundo está ligeramente achatado por los polos. Me parece pelín hipócrita tanta cara de sorpresa por el resultado del martes. Como si viviéramos en el Elíseo.

Cuando las barbas de tu vecino…

Antes de que esta Edad Media que se cierne sobre nosotros se vuelva demasiado oscura necesitamos otra Ilustración. Necesitamos renovar el paquete de certezas que nos hizo un poquito más humanos, necesitamos plantar cara al nefasto pensamiento débil que ha terminado por proscribir el conocimiento y legitimar la estupidez disfrazándola de tolerancia. La historia nos recuerda cada cierto tiempo que no todas las ideas son respetables; pero para cuando eso ocurre ya es demasiado tarde porque ya han ganado los malos.

Esta vez no nos salvarán abstrusas disquisiciones filosóficas sino actitudes concretas.  No es tolerable que se prohíba estudiar —para la mitad de los alumnos ni siquiera es optativa— Historia de la Filosofía, una asignatura cuyo sentido último es enseñar a pensar. No es tolerable la pueril e infame huelga de deberes que se planteó hace una semana. No es tolerable que los profesores cometamos faltas de ortografía. No es tolerable que nuestros adolescentes no entiendan textos de cierta complejidad ni sepan encadenar tres frases.

Los políticos no van a hacer nada por nosotros. Si no recuperamos el sentido del conocimiento humano alguien terminará por aprovecharse de ello.

 

Ya era la que sería

En Emma Zunz, uno de los 17 relatos que Borges esculpió para El Aleph, después de que la protagonista reciba por carta la noticia de la muerte de su padre, el poeta bonaerense escribe: «Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de alguna manera ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos; ya era la que sería». Ya era la que sería. Cinco palabras. Sucesivos escribidores desatalentados podrían emborronar innumerables cuartillas sin soñar siquiera una construcción semejante. Infinitos monos con infinitas Remingtons podrían quizá escribir el Quijote, pero ninguno de ellos escribiría nunca «ya era la que sería». Es imposible (o nunca se ha hecho) describir con esa despampanante mezcla de belleza metafísica e insolente economía de medios el momento imperceptible en que una ―Emma, en este caso― atraviesa el umbral imaginario de una mudanza existencial.

borges

El cuentista ciego (imposible ser tan lúcido sin enceguecer) tiene tanto talento, ostenta un dominio del lenguaje tan insultante que cada párrafo, a poco que uno aguce el ojo, esconde parecidas revelaciones. Es imposible leer al filósofo argentino sin sentir lo que Bruno Ganz llama en El cielo sobre Berlín «el asombro».

Pues bien, no es (el único) propósito de esta entrada bancar a Borges. No pude evitar al releer Emma Zunz pensar que la impericia lingüística con que obsequiamos a nuestros cachorros les impedirá, llegado el caso, paladear la hermosísima sutileza con que el escritor porteño nos hace más sabios a cada palabra. El mayor mal que les estamos haciendo a nuestras crías es el de impedirles percibir, descifrar y gozar la maestría con que el erudito bibliófilo esconde elocuentes afirmaciones poéticas entre párrafos de aparente objetividad ingenieril, cómo alterna sospechosas enumeraciones bibliográficas con un sentido acerado de la épica. Ellos sí estarán ciegos; porque viendo, no verán.

 

PS: Su ausencia del palmarés desacredita la propia noción de Premio Nobel pero condice naturaleza y devenir de escritor y premio. El Nobel nunca ganó un Borges.