La sutileza

En un taller de contenido cultural que se desarrolla en una universidad española porque sus alumnos lo han pedido, un taller que por cierto no les reporta ningún crédito porque así lo han decidido ellos mismos (sí, han leído bien todo lo anterior) se habló esta semana de la sutileza a cuenta de una película que es pura sutileza: El caso Winslow (1999).

La sutileza como herramienta narrativa tiene por una parte la capacidad de multiplicar el impacto de lo que comunica a través de un mecanismo muy sencillo: al ser el espectador quien descubre lo contado, le concede mucha más credibilidad y lo comprende más profundamente. Pero, además, la sutileza tiene el encantador efecto de hacer que el espectador se sienta más listo, lo que siempre es de agradecer.

Si nadie ha visto El caso Winslow, no ocurre lo mismo con Indiana Jones y la última cruzada (1989), la mejor película de Spielberg con permiso de El imperio del sol (1987).

Vayamos ―por una vez― a la playa: acosados por un piloto alemán, el doctor Henry Jones logra derribar el Pilatus P-2 de aquel con la única ayuda de un paraguas, tras lo que, utilizando el propio paraguas como parasol se pasea delante de su hijo con la siguiente línea: «De pronto recordé lo que dijo Carlomagno: Que mis ejércitos sean las rocas y los árboles y los pájaros del cielo».

Y entonces viene la mirada de Junior, que sigue a su padre mientras se aleja con la mezcla de misantropía y Asperger que exhibe (el padre, me refiero) durante toda la película.

Es posible que para comprender esa mirada sea necesario tener un genio por padre. Esa mirada y toda la relación entre ambos. Porque sí, Indiana Jones y la última cruzada no es solo la película de aventuras definitiva: es un tratado sobre la relación paternofilial. Solo que los sesudos críticos finiseculares no se molestan en considerar cierto cine porque se les caería el monóculo.

¿Qué hay, al fin, en esa mirada? Hay que precisar que para cuando el doctor Henry Jones desenfunda el paraguas y lo utiliza para espantar a las gaviotas se han quedado sin recursos y hasta sin balas, y que su hijo lo mira mientras blande el artilugio no ya como si se hubiera vuelto loco, sino como si no supiera qué hace en ese rodaje o en ese universo: es la viva imagen de un desconcierto cósmico.

Entonces, cuando su padre pasa ante él como si nada después de haber derribado un monoplano cacareando como una gallina, se queda viéndole alejarse como sin comprender, pero luego comprendiendo y dándose cuenta de que su padre, el ratón de biblioteca que no valora sus hazañas legendarias y que viste de tweed y gorro de pescar, es intrínsecamente superior a él en todos los sentidos, y que ante un talento de tales características solo cabe rendirse y reorganizar todo lo que uno sabe de la vida. Entonces asoma en la boca y los ojos de Harrison Ford una chispa de profundo orgullo.

Pero la escena ni siquiera se queda ahí, porque los significados de lo contado se ramifican dentro y fuera de la obra de arte: ocurre para nosotros que el hombre anonadado que ve alejarse a su padre no solo es Indiana Jones, sino también―en un caso flagrante de acaparamiento de personajes legendarios― Han Solo y Rick Deckard. Con ese currículo uno debería mirar por encima del hombro a quien se le ponga por delante. O casi. Porque resulta que quien se aleja es el Robin Hood de Robin y Marian, Guillermo de Baskerville, Ricardo Corazón de León y Jim Malone. Dan Dravot. El maldito James Bond, por todos los Cielos.

He ahí lo inefable del momento, la intersección de lenguajes y hechos, el nudo gordiano emocional. Cada hijo, como Indiana, debería degustar con delectación de sumiller el momento en que se da cuenta de que, en contra de lo que quizá ha pensado durante décadas, su padre es en realidad viril como 007, imponente como un caballero medieval, legendario como un sargento de Kipling.

P. S.: Esta entrada está dedicada a mi padre y a Tomás Cremades, a quienes imagino coincidiendo por azar en el patio de Maristas de Fuencarral.

No hay otra oportunidad de que lean

Pasé media infancia (es mentira, todavía lo estoy) hipnotizado por el recuerdo de parajes nevados. Uno de ellos tardé en localizarlo, era de Doctor Zhivago (1965). Otros eran del maravilloso final ―diría que poscréditos― de El secreto de la pirámide (1985) y de algunas escenas ensoñadas de Lady Halcón (1985); hasta pululaban por mi nostalgia nívea los AT-AT de El Imperio contraataca (1980). Mucho más poderosos eran, no obstante, las imágenes que me llegaban de La vida de un oso gris, de E. T. Seton; de La hija del capitán, de Pushkin o de Las aventuras de Vania el forzudo, de Otfried Preussler. Lo leído nos obliga a proyectarnos, y proyectándonos creamos el mundo.

La palabra trauma connota perjuicio; le falta al español su equivalente positivo: el hecho traumático para bien, la huella benefactora de una impresión lejana. El tiempo de la infancia está llena de ellas y muchas provienen de las historias que nos enseñaron nuestros mayores.

Leer para imaginar

Como somos umbilicales y le damos más importancia a nuestra actividad profesional que a la consecución de objetivos reales, montamos talleres de creatividad para niños que no leen. Da igual que no tengan efecto alguno (no se puede enseñar la creatividad de 9:00 a 10:15 h.), mientras podamos instagramear nuestra innovación pedagógica, objetivo cumplido.

¿Los quieren creativos? Que lean.

Para que mañana sean capaces de poner imágenes a sus sueños, para que entrevean lugares a los que ansíen volver el resto de sus vidas. Para que no se recuperen nunca de la maravilla de viaje que es leer un buen libro es imprescindible que lean o escuchen o presencien buenas historias cuando son pequeños.

Luego ya no es lo mismo. Luego ya no creen con la misma inocencia, no viven con la misma intensidad, y si no han desarrollado la capacidad de construir mundos imaginarios en los primeros años ya no podrán hacerlo nunca.

Si no han sentido el libro a su alrededor con la potente creatividad de la infancia ya nunca comprenderán que los mundos de las historias existen con la misma certeza que cualquier creación humana y con mucha más belleza que la mayoría de los lugares materiales. Después estarán demasiado ocupados con su dispensador de dopamina como para prestarles la debida atención a Camelot, Gondor, Ítaca o el laberinto de la reina de corazones. Después percibirán la literatura ―esa religión― como un entretenimiento amable. Y será culpa nuestra.

Su infancia es nuestro mejor aliado para que lean de mayores. No hay otra oportunidad. Si una buena historia les da un pellizco de monja en la curiosidad, da igual que después pasen la adolescencia sin tocar un libro: el bien estará hecho y más tarde volverán, porque la adolescencia en muchos sentidos no es más que una excepción. Una cuestión de paciencia.

El lugar secreto

Y no es solo eso. Lo más importante de las historias que leen es lo que no leen en las historias. Cada cuento lleva incorporado (quizá el gran logro de la narrativa actual es haber entendido por fin esto) el valiosísimo tesoro de lo que no cuenta. Cada camino que conduce a cada castillo guarda un tesoro de incertidumbre tras las colinas. Cada lector se hace la pregunta fundamental, la que tiene resonancia y guía sus pasos en el pasar de los años. Este es quizá el secreto de toda literatura, la cuestión que la convierte en una experiencia tan íntima, tan misteriosa, tan trascendente. La que intentarán contestar durante el resto de sus vidas: «¿Qué habría detrás de aquellas colinas?».

P. S.: Es notable que en 2019 Netflix haya producido un producto tan anacrónico (por bueno, me refiero) destinado a infantes y adolescentes como Cristal Oscuro: La era de la resistencia. Esperaba el lugar adecuado para citarlo y, citándolo, recomendarlo. Sin duda era este.

De los sepulcros blanqueados

Si usted quiere publicar un libro u optar al Oscar debe ejercer sobre sí una censura draconiana. En 2018 la canción Baby, It’s Cold Outside fue censurada por múltiples estaciones de radio estadounidenses por su contenido. En ella, una mujer da argumentos para irse a casa y un hombre trata de convencerla para que se quede. Finalmente ella decide tomarse otra copa. Podría concluirse que un país que censura un contenido así es un país virtuoso hasta la levitación.

Mientras, también en EE. UU. (datos de Gitnux Market Data):

  • La industria pornográfica factura más que la NFL, NBA y MLB (béisbol) combinadas.
  • La edad media de la primera exposición al porno son 11 años. Once. Eleven. Undici. XI.
  • El 20 % de los estadounidenses admiten consumir pornografía en el trabajo.

Pero claro, en la canción él le dice a ella que fuera hace frío y que tiene unos labios deliciosos. Ella dice que quizá se fume otro cigarro.

  • En EE. UU. hay 120 armas de fuego por cada 100 personas. En el siguiente puesto está Yemen, con 53 por cada 100.

Mucho podría decirse sobre la censura izquierdista, sobre esta censura en particular, como el hecho de que toma a las mujeres por imbéciles. Pero lo que interesa aquí es que cuanto más puritana (y EE. UU. es un país genéticamente puritano) es una sociedad, más hipócrita se vuelve y más distancia hay entre cómo es y cómo dice ser, porque empieza a echar capas de corrección política sobre su triste realidad, y empieza a no ver, porque las convierte en ocultas, su podredumbre moral, su violencia y su desigualdad.

Interesa hablar de todo. Es sano y no escabroso echar luz sobre lo que somos, sobre lo que hacemos bien y sobre todo sobre lo que hacemos mal, porque sin reconocimiento de los errores no hay rectificación posible; sin dolor de los pecados, en otras palabras, no hay propósito de enmienda.

Da igual lo que HBO alegara cuando trató de cancelar Lo que el viento se llevó; el hecho es que la censura no ayuda a conocer los Estados Unidos del siglo XIX ni los de 1939, fecha de la película. Si sus directores edulcoraron la realidad de la esclavitud, ya trataré yo de estar lo suficientemente informado para detectarlo. Si Hollywood era racista en los años 30 y 40 (que lo era), me conviene estar al tanto. Pero los problemas no se solucionan con paladas de arena como no se solucionan con paladas de cal, y lo dramático de este asunto es que quizá de lo que se trata es más de olvidar y esconder su pasado que de ser hipersensibles con ciertas minorías.

Convendría aclarar a ese respecto, antes de que prohíban hablar de ello, que los ejemplares abuelos de los políticos demócratas que retiran estatuas de Colón lograron reducir los 12 millones de indígenas de mediados del XVIII a los 300 000 de principios del XX. Ellos, tan respetuosos y tal, exterminando a millones de personas, quién lo iba a decir. Pronto, cuando los libros y las películas y las canciones que hablan del exterminio de los indios a manos de los blanquitos sajones (sepan que ustedes y yo no somos blancos del todo para un sajón de pura cepa) estén prohibidos sine die, uno tendrá la sospecha de que todo esto era más una gigantesca maniobra de blanqueamiento que una preocupación legítima por las fracciones de sus minorías que no lograron matar.

La muerte de Bond y las guardaespaldas de Trump

Una vez hubo demostrado que podía hundir la economía el marxismo se lanzó a destruir la cultura. La occidental, concretamente.

Tras la muerte de Stalin en el 53 Nikita Kruschev consolida su liderazgo gracias entre otras cosas a la denuncia de las salvajadas perpetradas por el asesino del bigote. En el 56 los rusos anulan las peligrosas reclamaciones democráticas húngaras a cañonazos. Total, que para los intelectuales de izquierdas ingleses el comunismo à la russe está perdiendo su sex appeal y devenidos Nueva Izquierda fundan los Estudios Culturales para aplicar la verborrea marxista a la cultura. Su lema podría resumirse en «vale, el marxismo ya se ha topado con el muro de la realidad como sistema político, pero no nos hace falta lo político. Podemos subvertir el orden capitalista desde lo cultural». Y unos años después llegamos a que unos cantamañanas remedan la Última Cena en la ceremonia de inauguración de unos JJOO (que ya me dirán lo que tiene que ver) con el único objetivo de meternos a los cristianos el dedo en el ojo. Nosotros les perdonamos como es nuestra obligación, porque el cristianismo es una forma de pensamiento basada en el amor y no en el odio.

Pero me lío. Durante las escasas décadas en que los ingleses vivieron sin censura (El amante de Lady Chatterley estuvo prohibida hasta 1960 y de la censura actual ya les cuenta J. K. Rowling) surgió el personaje de un espía inglés que bebía, fumaba y llamaba a las mujeres de tú escrito por un espía inglés que bebía, fumaba y llamaba a las mujeres de tú. Esto, claro, fue antes de que los grupos de presión neomarxistas les dijeran a los escritores lo que podían y no podían escribir.

Pero llegaron los grupos de presión neomarxistas y no solo les dijeron a los escritores lo que podían o no podían escribir, sino también a los directores lo que podían o no dirigir. Y claro, las películas de Bond sobraban. En resumen: pusieron sus películas en manos de gente que odiaba al personaje (el análisis cultural marxista tiene muchos problemas para distinguir la realidad de la ficción) para que primero deconstruyeran al bueno de James y luego lo mataran.

Porque sí, Raymond Williams y sus secuaces tenían razón: se puede destruir la civilización occidental desde la cultura.

De la muerte de Bond a la parida(d) de los guardaespaldas presidenciales estadounidenses hay un pasito muy pequeño: uno comienza por pedirle a la gente que maneja el monopolio de la violencia que no beba ni fume y termina por pedirle a las mujeres que se pongan en el camino de las balas.

Pero héteme aquí que ya sea por instinto de conservación o por una mera cuestión de inteligencia (Franz Reichelt, varón, se tiró desde la torre Eiffel con un primitivo paracaídas para demostrar que no funcionaba), parece ser que los hombres son más dados a ponerse en el camino de las balas. Y más altos.

Lo que quiero decir es que el marxismo y sus derivados son de un dogmatismo tan absoluto, tienen una necesidad tan perentoria de imponer sus esquizofrénicos postulados que siempre terminan por chocarse con la realidad. Ellos no paran hasta que Hungría es invadida, estalla una central nuclear o muere un bombero en un mitin político. Que la realidad no vaya a estropear una ideología delirante.

De los restos de URSS emergió Putin. Será apasionante ver lo que aparece tras el sueño de libertad que una vez fue Europa.

¿Por qué, entonces, les dejamos hacer? Pues porque el marxismo y sus derivados también tiene cubierta la posibilidad de la disidencia: lo que fueron purgas, checas y proscripciones han devenido insulto, censura y cancelación. Quien se atreve a insinuar que el emperador va desnudo es automáticamente un fascista. No en vano «el Estado opresor es un macho violador». Y todo así.

P. S.: Unos días después de la publicación de esta entrada y durante los JJOO de París 2024, una «deportista olímpica» de un «deporte» (en realidad es un baile, ahora en los JJOO hay bailes regionales) llamado breaking (el breakdance de toda la vida) sale a hacer mamarrachadas durante demasiado tiempo en una oda inolvidable al alipori que por no tener no tuvo ni gracia. El breaking es una forma de baile endiabladamente difícil, y la payasada de Rachael Gunn a mí me parece una falta de respeto para los demás bailarines y los JJOO en general. Es un ejemplo perfecto de «yo quiero hacer esto porque me lo pide mi individualidad y vosotros pues os lo tragáis». ¿Por qué saco esto a colación? Porque Rachael Gunn tiene un doctorado en… Estudios Culturales. Gracias, París.

P. P. S.: En la misma competición, Talash, una valentísima refugiada afgana es descalificada por portar el lema «liberen a las mujeres afganas». No sé si la descalifican por insinuar que la libertad es buena o por insinuar que existen las mujeres. Ellos alegan que el mensaje es político. Yo creo que político sería, por ejemplo, decir: «el Comité Nacional Olímpico y Deportivo Francés es de extrema izquierda».

¿La izquierda era esto?

¿La superioridad moral de la izquierda era gastar el dinero de todos (pero sobre todo el de los pobres) en pagar un sueldo millonario a un cómico que se gana la vida preguntando a la gente cuánto dinero tiene y otros detalles aún más edificantes?

¿La revolución democrática de la izquierda consistía en pagar sueldo de futbolista (pero a estos les pagan clubes privados) a un palmero de Narciso?

Quizá usted, joven amigo, está en busca de su primer trabajo o ejerciéndolo. Quizá con buena voluntad o falta de experiencia considere que el socialismo es realmente una vía hacia la igualdad. Barrunta, no obstante, que algún motivo habrá para que tanto comunista de juventud se transforme en liberal reclacitrante con el paso de los años.

Y he aquí que le da a usted, joven lector, por calcular qué fracción de su sueldo ―mayor la fracción cuanto más exiguo el sueldo― irá a parar íntegramente al bolsillo del pachacho millonario del régimen, es decir, con toda propiedad, al bufón de la corte.

Lo que es peor, cae en la cuenta de que durante un ratito cada año usted permanece en su puesto de trabajo, usted aguanta a su jefe o carga sacos terreros exclusivamente para hacer más rico al vocero del tirano, al gracioso que hace años se ganaba la fama afeando a los trabajadores liberales (mucho menos ricos que él ahora) que fueran trabajadores liberales.

Cabe entonces la posibilidad de que comience a entender a Escohotado, Losantos, Moa, Albiac, Díez, Dragó, Leguina, Redondo y todos aquellos exmarxistas que sospechan desde hace tiempo que el socialismo español huele a muerto, o más bien a prostíbulo. No son palabras bonitas. Tampoco lo eran cuando la «escritora» Maruja Torres llamaba «hijos de puta» a los votantes del PP. O cuando la que probablemente ha sido la ministra menos formada de Occidente ha llamado al novio de Ayuso el «novio de la muerte».

Hemos perdido el miedo, porque o lo perdemos ahora o nos pasaremos el resto de nuestra vida preguntándonos cómo pudimos convertirnos en Venezuela o Corea del Norte nosotros, que estuvimos a punto de volver a ser un país de ciudadanos.

La literalidad

Está cundiendo la literalidad. Pantallas y conversaciones se llenan de personas queriendo decir lo que están diciendo.

Decir lo que parece que se está diciendo es un drama. Un criterio para eliminar personas, libros y películas (no físicamente, me temo) es el de comprobar que esa persona, libro o película es literal.

En El caso Winslow (ustedes sigan sin verla, que así les luce el bigote), cuando la familia protagonista ha mantenido ya un pleito que arruinaría las arcas de una familia normal, los huecos en las paredes de la casa donde una vez hubo cuadros nos dan una clave económica que sería engorrosa de explicar de otra forma: tienen el suficiente dinero como para patrocinar un contencioso al más alto nivel, pero efectivamente ese dinero se está agotando, lo que explica el deterioro de las relaciones familiares que tienen lugar entre esas paredes.

En la mejor película de Martin Scorsese, La edad de la inocencia, una mirada entre Larry Lefferts y Sillerton Jackson en la penúltima escena nos da la clave (en sentido arquitectónico) de toda la obra: Nueva York estaba en el ajo de lo que Newland consideraba una aventura supraterrena a la europea con la que se pensaba al margen y a la vez por encima de su medio. Richard E. Grant se pasa la película acribillando la reputación de todos a base de miradas, pero esta nos explica el broche que se nos viene: hasta May conocía un romance que ahora se antoja absurdo. Todos lo toleraban y lo van a dejar de tolerar, no solo porque está a punto de convertirse en un escándalo, sino porque, y aquí está la genialidad de la película, darle la espalda al supuesto amor verdadero no es solo lo mejor para la familia sino también para el propio Newland. Como todo romántico, el protagonista se ha estado comportando como un niño egoísta, y a ese niño ha llegado el momento de decirle «hasta aquí». Todo eso dice Scorsese con la mirada de Grant.

La mujer que fagocitó The Crown y la muerte del cine

Que la literalidad es letal para el arte lo prueba la destrucción de la mejor serie de los últimos años: todo iba sobre ruedas mientras los Windsor fueron un Mac Guffin. ¿A quién le iba a interesar una serie sobre la familia real británica? La serie nunca trató de lo que parecía tratar: la visita de los astronautas a Buckingham fue una excusa para hablar de la búsqueda del sentido, el ocaso de Alicia de Battenberg trataba en realidad sobre la fe.

Pero entonces llegó ella, la mujer que fagocitaba todo lo que miraba oblicuamente. Desde la primera aparición de lady Diana Spencer la serie se convirtió en un biopic, en una tediosa sucesión de noticias antiguas.

Pero si el biopic anuncia el tedio del documental (el documental es tedioso pero nutricio), la que nos ha colado la difunta industria cinematográfica estadounidense durante las últimas décadas es de traca. Como si la literalidad imperante no fuera suficiente, un subgénero ha venido a mejorar la fórmula: las películas de gente con mallas (dice Jason Statham que no le apetece ponerse un disfraz con capa y mallas).

Hartos de decir lo que parecen querer decir (¿se puede opinar ya que películas como No es país para viejos son solo un bodrio vacuo?), los yanquis han sublimado el culto a la nada: han aprendido a decir menos de lo que parecen querer decir. Han aprendido a no decir nada y que la gente pague por verlo.

La maravilla del cine de superhéroes no es que los seres humanos se dejen sus dineros en ver cine mediocre: la maravilla es que salgan a la calle, con el peligro que eso conlleva, y paguen gustosamente la entrada para ver una película que no existe.

Dice también Statham: «Puedo coger a mi abuela y ponerle una capa. Ellos la colocan en un croma, y tienen a varios dobles entrando y llevando a cabo toda la acción. Cualquiera lo puede hacer». La nada de Marvel trasciende la literalidad en dos sentidos: no significan nada, ni siquiera lo obvio, pero es que además no existen. El croma es quizá la mejor metáfora de lo que le estamos haciendo a la cultura: llevamos años mirando una tela verde, una perfecta e hipnótica superficie de nada.

P. S.: En la imagen, una carta cifrada por Carlos V en 1546.

Gormenghast y Retratos imaginarios

Si España no estuviera culturalmente muerta (ver últimos Planeta y Tusquets), lo que Ático de los Libros ha hecho con Titus Groan y Ediciones 98 con Retratos imaginarios hace solo un mes debería ocupar algún sitio en algún lugar, porque es una noticia estupenda.

Dos casos distintos

Titus Groan es la primera parte de la trilogía de Gormenghast, del autor británico Mervyn Peake. Es trilogía porque el bueno de Mervyn se murió, pero tanto la obra como el genio de Peake daban e iban a dar para mucho más.

Gormenghast pertenece a un género de novela en el que solo está Gormenghast. Gótica sin ser lúgubre, paródica sin ser cómica, fantástica sin tener un solo elemento mágico o sobrenatural, medieval y victoriana a un tiempo, frisando el realismo mágico sin impostar su cotidianeidad… Aquí ya se ha dicho que Harold Bloom la incluyó en su canon como no hizo con El Señor de los Anillos, novela con la que por cierto se la compara y con la que no tiene nada que ver. La obra cumbre de Tolkien está enraizada en la cultura germánica y se proyecta hacia el presente: Gormenghast solo lo está estéticamente. Por lo demás, es solo Gormenghast.

En español, hasta ahora solo cabía buscar la edición de Minotauro de 2003 a precios estrafalarios. Se podía y puede acudir a la versión inglesa, claro, en una edición sensacional con dibujos del autor (era además dibujante y poeta), pero hay que hacerlo con precaución; el libro no es de una acción frenética y el inglés, a no ser que ser que sea usted bilingüe, siempre ralentiza las cosas.

Walter Pater

En esa parte de mi cerebro de la que no hablo con mis amigotes está la verdad: que yo no he vuelto a leer en estos 25 años un libro como Mario el epicúreo. No es el extraordinario conocimiento de Pater de la vida romana del siglo II después de Cristo ni su originalidad como novela sin apenas personajes, sin apenas acción y casi fuera del tiempo y del espacio. Es su morosa delectación, su savia puramente espiritual y filosófica, su pulquérrimo sentido de la estética.

Pues bien; tampoco había vuelto a encontrar otra obra de ficción de Pater en español hasta que el pasado mes de octubre me tropecé con Retratos imaginarios, cuatro relatos cortos en los que el historiador del arte inglés nos lleva a tiempos de Watteau (el único personaje real), la Champaña medieval, la Holanda del XVII y la Alemania inmediatamente anterior al neoclasicismo. El librito no es Mario, claro, pero el tercero de sus relatos es una obra maestra. Otro libro para leer con pausa, otro libro que volverá a abrir para nosotros un sentido de la cadencia que perdimos hace décadas con este frenético caminar hacia ningún sitio.

P. S.: Ático de los libros ha vuelto a traducir Titus Groan (Rosa González y el tolkieniano Luis Doménech), mientras que Ediciones 98 conserva la traducción de 1942 de José Farrán y Mayoral. Demasiadas comas.

1. m. Árbol de la familia de las fagáceas

Dice en Tolkien el lingüista Joseph Wright (con una cara, por cierto, muy parecida a la del actor Derek Jacobi):

«Un niño señala y le enseñan una palabra: árbol. Más tarde el niño aprende a distinguir ese árbol del resto. Luego aprende su nombre, juega bajo el árbol, danza alrededor de él. Se coloca bajo sus ramas buscando sombra o resguardo. Besa bajo él, duerme debajo de él. Se casa debajo de él. Pasa por delante del árbol camino de la guerra y de nuevo, de vuelta a casa, pasa ante él cojeando. Se dice que un rey se escondió en ese árbol; un espíritu tal vez habite dentro de su corteza. Sus hojas peculiares se ven talladas en las tumbas y monumentos de sus señores. De su madera tal vez estén hechos los galeones que salvaron a sus antepasados de invasiones.

Y todo esto, lo general y lo específico, lo universal y lo personal, todo esto lo sabe, lo siente, lo invoca de alguna manera, aunque vagamente, con pronunciar una sencilla palabra: roble».

Escuchar una palabra hace que nuestra imaginación se convierta en una gota de tinta que toca la superficie del agua: nos deshilachamos en ideas que se cruzan y enroscan como los jirones del humo de un cigarro. ¿Hasta dónde crecen estas volutas? Lo ignoramos, pero observen:

En un roble hunde Odín su espada Gramr para comprobar quién es capaz de sacarla. Será Sigmundr quien lo logre, y con ella ―aunque vuelta a forjar― su hijo Sigurdr (Sigfrido) matará al dragón Fafnir y se bañará en su sangre para lograr la inmortalidad. Una hoja de tilo, posándose sobre su espalda, impedirá que la sangre de dragón toque todo su cuerpo y lo hará vulnerable en ese punto fatídico.

Hay un hilo invisible que viaja desde Gram y Sigmund hasta Excálibur y Arturo. Otro conecta la hoja de tilo que impide la invulnerabilidad de Sigfrido con la mano de Tetis, que hace lo propio con su hijo Aquiles. La espada reforjada nos suena a Aragorn y Narsil/Andúril. Si el dragón Fafnir mora en el Brezal de Gnita y pierde el que será el oro del Rhin a manos de Sigfrido, el dragón Smaug proviene del Brezal Marchito y pierde el tesoro a manos de Thorin. Thorin Escudo de Roble. Un brezal, por cierto, no es un robledal, pero existe la miel de roble y brezo.

Todos esos hilos invisibles a los que la palabra presta cuerpo son anteriores a nosotros, casi independientes de nosotros, y gracias a ellos conocemos el mundo al que pertenecemos, pues llegan hasta donde ni Heródoto ni ningún historiador llegaron.

Trama y urdimbre

Texto es la evolución del latín textus, que significa trama y tejido. Ahora les ruego que observen esta joya:

Se trata de Cansada estoy de las sombras, dijo la dama de Shalott, del pintor prerrafaelita John William Waterhouse. Por estos lares ya se habló de su Eco y Narciso. Miren el telar que tiene delante: como ya saben, los hilos verticales del telar constituyen la urdimbre; los horizontales, la trama. El tejido como metáfora del texto, (el rapsoda, el bardo o el novelista construyendo la trama sobre una urdimbre dada, sobre esa maraña de relaciones de la que hablábamos antes) es la mejor metáfora de nuestra cultura, es decir, de nuestra vida-no-individual.

Un hombre, al menos, conoció el peso del símbolo (pues de la palabra como símbolo es, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando). Se llamó Bonifacio y ahora lo consideramos santo. Pues bien: encargado de evangelizar a los pueblos germánicos, san Bonifacio se encontró con el Roble de Thor, ante el que se habían realizado en el pasado sacrificios humanos. Ni corto ni perezoso, el delegado papal taló el roble y, ante la aparente inoperancia de Thor (hijo de Odín, por cierto) respecto de darle un martillazo al improvisado leñador, cosa que los circunstantes pensaban que iba a ocurrir, sugirió un abeto cercano como sustituto adecuado para la fe cristiana. Ese es el origen de nuestro árbol de Navidad.

P. S.: Joseph Wright no supo leer hasta los 15 años, lo que no le impidió aprender más tarde latín, francés, alemán, sánscrito, sajón antiguo, inglés antiguo y medio, gótico, galés, lituano, ruso y nórdico antiguo, entre otras lenguas. De muchas de ellas escribió además gramáticas introductorias. Luego, que si el cerebro pierde plasticidad.

P. P. S.: De roble está hecho el bastón del protagonista de El invitado de Drácula, el relato con el que Bram Stoker estuvo a punto de abrir su obra maestra. Aprovechen, ahora que va habiendo que cerrar las ventanas por las noches.

La inteligencia artificial como oxímoron

Cada paparrucha es más fugaz que la anterior: cuanto más copernicano es el giro que anuncia, menos dura. Es una maravilla que la novedosa actualidad de la inteligencia artificial vaya a durar menos que el metaverso o los NFT. Sirva esta entrada como epitafio.

De las etimologías (que diría san Isidoro de Sevilla) que se proponen para la palabra latina intellegere, la más sugestiva es «leer entre [líneas]». Ante la lectura que es mera acumulación de datos o erudición, quizá ninguna actividad sea tan eminentemente humana como leer entre líneas: poner de uno mismo en lo que lee. La lectura como un hacer y no solo un recibir, como una activación, un intercambio, una edificación y no una contemplación.

La duda

Ante la pregunta de su alumno, el profesor piensa de dónde procede dicho alumno, cómo es, qué pretende hacer con su respuesta, qué palabras puede entender y cuáles lo ayudarán más. Cuáles podrían herirle. Piensa en qué parte de su propia experiencia sería más nutricia para él. Hace todo lo antedicho en una fracción de tiempo absurdamente pequeña. Lo hace con un sentido de la empatía que se parece mucho al amor. Elige y moldea ―crea― entonces una respuesta, una que es resultado de todo lo anterior. Una que es resultado, en realidad, de toda su vida anterior.

Lo inorgánico, en cambio, con su capacidad inusitada para la acumulación estéril, es capaz tan solo de combinar, pero no de construir. Lo que hace esta inteligencia combinatoria artificial es dar salida a la información solicitada de una manera lingüísticamente correcta. Hoy se hace difícil poner cortapisas a la relevancia del lenguaje, pues me temo que durante las últimas décadas se nos fue la mano otorgándole importancia. El lenguaje es instrumento humano, pero no fuente de humanidad ni escaparate definitivo de sus posibilidades. El lenguaje es la punta de la punta del iceberg.

La combinatoria artificial nos deslumbra porque, en una época en la que los alumnos universitarios apenas son capaces de hacerlo, logra concordar sujeto y predicado.

El fin de la ironía

Es tautológico afirmar que cada semilla solo germina cuando encuentra el suelo adecuado. Ningún suelo fue tan adecuado para una patraña como la inteligencia artificial como nuestro tiempo.

Hace más o menos una década se publicó un artículo que bajo el título El fin de la ironía defendía que el 11-S había supuesto un impacto tan agudo en el corazón de la civilización occidental que en 2001 murió la ironía, nuestra capacidad de afrontar la vida con una sorna de fondo, con un permanente animus iocandi. Pero lo más preocupante de dicho artículo (que contemplé entonces con escepticismo y hoy considero preclaro) era que esa defunción de la ironía implicaba el imperio de la literalidad, y por lo tanto ya no sería necesario interpretar el mensaje, poner de nuestra parte, leer entre líneas.

Un tiempo tan tedioso en l que cada quien dice solo lo que parece decir es el adecuado para que prospere la idea de que construir mensajes inteligibles es lo mismo que ser inteligente. Hemos perdido no solo la ironía, sino la intrínseca contradicción de la que hablaba Whitman, la posibilidad de convertir la idea en sensación, la sensación en idea, el pasado en futuro, la palabra en belleza.

La equiparación de lo inorgánico con la entidad más asombrosa que conocemos (nosotros) no se ha producido tanto por elevación de la máquina como por depauperación del ser humano. La película que mejor ilustra esto es quizá El viaje de Arlo (2015), la historia en la que los dinosaurios hablan y las personas gruñen. Cuando uno rasca un poco en la deshumanización siempre acaba apareciendo Disney.

El siglo XVIII contempló el auge de los autómatas, y quizá nadie escribió sobre ellos como E. T. A. Hoffmann (Coppelius y Drosselmeyer son medio inventores medio magos) a principios del XIX, pero lo relevante aquí es que aquellos autómatas querían elevarse a la categoría de humanos. Ahora la equiparación es por la inversa: nosotros nos hemos deshumanizado para convertirnos en máquinas. Somos el apéndice del autómata que llevamos en el bolsillo.

La oportunidad

Que Dios bendiga ChatGPT, y me explico: Si los profesores estamos tan adocenados y desbordados que hemos perdido el espíritu de lo que hacemos (y todos deberíamos ser profesores de algo, no miren hacia otro lado) y que pedimos a nuestros alumnos tareas que pueda resolver la inteligencia artificial, entonces nos merecemos que nos presenten trabajos dictados por la inteligencia artificial. El aprendizaje real es algo tan orgánico, tan estrictamente humano, que en nada se parece a la recopilación de datos y/o citas. No hay mayor espaldarazo a la IA que la desconfianza mutua: la necesidad permanente de referirnos a las fuentes del pasado, no vaya a ser que nuestros alumnos adquieran voz propia.

Yo no quiero que mis alumnos me cuenten lo que pensaba Nietzsche, para eso leo el Zaratustra. Yo quiero saber lo que piensan mis alumnos.

P. S.: La imagen corresponde a la autómata que el ebanista David Roentgen hizo a imagen de María Antonieta. Aquí, en acción.

Sobre empoderamiento y otros palabros: por qué el neomarxismo nos dice cómo hablar

Durante un partido de cuartos de final del presente Wimbledon, la locutora estimó conveniente puntualizar que en determinado momento del partido la jugadora ucraniana Elina Svitolina se había empoderado. Menuda es Elina cuando se empodera.

Durante el siglo pasado, mientras en los think tanks de derechas lo único que se hacía era presumir de traje e intercambiar contactos, las facultades de ciencias sociales de las universidades occidentales planificaban con mucho cuidado ―y dinero público― la renovación del marxismo.

En esas, uno de los frentes fundamentales para la pervivencia de esa visión totalitaria de la vida iba a ser el lenguaje. Podemos situar en Adorno y su Escuela de Fráncfort ese giro que, tras el disparate que supuso el marxismo-leninismo y que el estalinismo puso en órbita, persigue la aplicación de los principios marxistas a la sociedad y la cultura antes que a la economía. Personas increíblemente preparadas aquejadas, no obstante, de la habitual indigestión intelectual que produce la lectura de Marx. Y no se engañen: como marxistas, siguen pensando que los seres humanos somos imbéciles y nos dejamos arrastrar de manera acrítica por las superestructuras.

Esa preocupación marxista por el lenguaje que ya encontramos en los años 30 con Mijaíl Batjin y que retomarán algunas de las corrientes de los Estudios Culturales (Raymond Williams), ha terminado por producir férreas directrices sobre cómo es correcto hablar y cómo no lo es. Empoderamiento. Género fluido. Niñes. No se rían, pues insisto en que gran parte de los autores neomarxistas tienen una mirada aguda y comprenden las implicaciones del lenguaje y la cultura.

Sigamos con nuestro ejemplo para comprender lo atento que conviene estar y los efectos demoledores que la popularización de una sola palabra puede tener. Empoderamiento.

En contra de la tradición humanista occidental y el marchamo ilustrado, según los cuales cada ser humano tiene en sí las potencialidades, las posibilidades, esto es, el poder, el neomarxista le propone a la mujer que se empodere. Si se tiene que empoderar ―observen el matiz― es que no tiene poder. Es el líder neomarxista quien se lo entrega. La mujer tiene poder porque así lo decide la doctrina marxista-machista, y dejará de tenerlo cuando se considere necesario. La materialización de esto con Tania Sánchez instalándose en el gallinero es tan literal que duele:

Cuando el líder carismático cambia de gustos bailan las sillas

Pero la realidad es tozuda, y mujeres como J. K. Rowling lo son más. Mujeres que no necesitan que nadie les diga si pueden detentar el poder o pensar por sí mismas.

No sé si conocen la campaña de acoso a la que lleva años sometida la escritora de más éxito de las últimas décadas por, en primer lugar, tener opinión y, en segundo, hacerla pública. No es aquí el lugar donde se cuestionan las opiniones de Rowling, pero una de las cosas que la puso en la picota fue afirmar que «Si el sexo no es real, la realidad vivida de las mujeres a nivel mundial se borra». Empoderadas las quiere el neomarxismo, pero de ahí a que el sexo femenino exista dista un abismo: las mujeres pueden empoderarse, pero no existir. Y todo así.

La doctrina woke parece pensar que empoderarse un ratito está bien si una no exagera. Si una lo utiliza para exponer las ideas que le sople cualquier estructura de adscripción izquierdista. Todo lo demás es sacar los pies del tiesto: pensar por una misma es nazi.

Lo anterior enlaza con la siguiente entrega de lo que sabe el neomarxismo: cómo dividir el mundo en minorías para victimizarlas y después tutelarlas. Como los pobres no dieron buen resultado, han puesto los ojos sobre cualquier condición racial, sexual, climatológica o alimentaria. Seas como seas, el sistema te oprime; ven a mí. Lo firmarían en Waco.

P. S.: La brillante viñeta es de Edward Koren para Condé Nast.