¿Existe el PP?

Yo tengo la plena consciencia de que el PSOE existe. Y además es uno y no trino, ni siquiera hay un viejo y un nuevo PSOE: al que opina lo expulsan. Sé que el PSOE existe porque es el partido que considera aliados políticos a los etarras (¿se puede dejar de ser etarra si se sigue estando orgulloso de los asesinatos?) y a los prófugos de la justicia. Es el partido que tiene mejor opinión de Otegi que de Ayuso, el partido que ha logrado que haya en España ministros comunistas y que, de la mano con ellos, excarcela a violadores.

Uno puede tener mejor o peor opinión de los terroristas y de los violadores, pero lo impepinable es que el PSOE existe.

Ahora bien, ¿existe el PP? Fotos, no palabras:

¿Echan de menos a alguien? Pero no dejemos pasar la oportunidad de un curso acelerado de lenguaje corporal: Abascal cabalga hacia el atril mientras en su mente suena la música de Bonanza. Yoli trae el Sóviet al siglo XXI: un Sóviet que se contonea. En cuanto al amado líder, observen ese brazo tieso. Caminar con el brazo tieso es patrimonio de los sombríos. El tipo es carne de novela de Blasco Ibáñez

El PP consideró oportuno repetir la ingeniosa maniobra que ayudó a Arenas a NO gobernar Andalucía y NO asistió al debate previo al 23-J.

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. En 2008, cuando Mariano Rajoy pronunció aquello de «Si alguien quiere irse al partido liberal o al conservador, que se vaya», dejó claro que cualquier rastro de principios, pensamiento o tradición política se iba por el sumidero de Génova, quedando, a juzgar por la rapiña impositiva de los ministros peperos, una socialdemocracia CUNEF, un PSOE con mocasines. Por cierto, foto de Rajoy:

A la derecha de Soraya. El de las asas

¿Quieren más? Vayamos con Almeida, el alcalde de los madrileños colchoneros, que lo mismo promete libertad para los conductores que amplía las prohibiciones. Almeida encarna perfectamente aquel PP que encargó a Gallardón una ley que tratara al aborto como lo que es para luego tirar a ambos al olvidadero de la historia.

Almeida es el socialdemócrata (el Atleti es la socialdemocracia esencial) que saca peores resultados que Ayuso, que sí existe y sí es liberal, pero como en el PP no hay más que atriles vacíos y escaños con bolsos, nadie se da cuenta de que por donde se le están escapando los votos es por la derecha y no por la izquierda, porque la izquierda odia al PP y todo lo que representa(ba), y estima conveniente la expulsión de Nicolás Redondo, porque hoy ―y convendría que comenzáramos a entender esto― el votante medio del PSOE se siente mucho más a gusto al lado de una serpiente que de un charrán.

Así las cosas, al PP solo le queda un obstáculo para abrazar la más completa inexistencia y se llama Isabel Natividad (comunismo o libertad), pero si en Génova se muestran fieles a sus tendencias suicidas y logran hacerle a Ayuso un gallardón como ya intentó Casado mientras Almeida le sujetaba los puñales, entonces al fin podremos atisbar el fin de las dos Españas, porque ya solo habrá una, una España comunista y antiespañola con unas mechas, eso sí, como Dios manda.

P. S.: No sé si conocen el hecho, pero es para conocerlo: cuando tenía cuatro años, a Yolanda Díaz le besó la mano ¡Santiago Carrillo! Tienen ustedes una vicepresidenta con una mano incorruptible y quizá lo ignoraban. Dice Yoli que se sintió impresionada, sin duda porque con cuatro años tenía un conocimiento profundo de la historia (no de Paracuellos) y comprendía la trascendencia del momento. Allí nació, por lo visto, su vocación política. Lo que no cuenta, quizá por modestia, es que el besamanos fue tan impactante que los cuatro años se le agarraron a la laringe y allí se le quedaron.

P. S.: La foto original es de Cati Cladera para EFE.

La última charla

El conferenciante salió a la palestra con el aplomo y el portafolios que lo caracterizaban. Llevaba escritos los datos sobre neurotransmisores y glándulas que se sabía, en realidad, de memoria. Sacó los folios de la carpetilla, miró a su nutrido público, tamborileó sobre el atril, pareció dudar y volvió a meter las hojas en el portafolios.

―No entiendo un carajo. Por más que me esfuerzo no le veo ningún sentido a la vida. Hay gente mala a la que le va bien y gente buena a la que le va mal. Un hombre comenzó a dormir diez horas en lugar de cinco y a la décima sufrió un paro cardiaco.

Los conferenciantes noveles, que tomaban notas para su práctica futura, pusieron un mohín de extrañeza, pero en seguida se dispusieron a esperar el giro argumental.

―He caminado erguido toda mi vida, ha dormido ocho horas de reloj y he seguido una dieta que le parecería insípida a la última reencarnación de Buda. Sonrío tanto que el sol ha blanqueado mis dientes. ¿Y qué he sacado en claro? Tres exmujeres que no me hablan y una hija en Proyecto Hombre. Mis amigos me miran raro si no pago la cuenta, y cuando recorro la agenda de mi móvil arriba y abajo termino por no llamar a nadie.

»Ustedes están aquí después de haber pagado una cantidad indecente de dinero porque piensan que esta conferencia les cambiará la vida. Pero también están aquí porque ninguna de las anteriores lo logró.

»Nada de lo que he intentado ha tenido el resultado esperado. La felicidad no ha llamado a mi puerta ni el universo ha confabulado a mi favor. Conocí a personas excelentes a quienes se llevó por delante una bacteria, y personas que vivieron 90 años fumando tabaco negro.

»Una de mis charlas TED tiene más visitas que todos los vídeos de Taylor Swift juntos. Cuando terminemos esta farsa, ustedes volverán a casa en sus utilitarios y yo saldré volando desde la azotea de este edificio en un helicóptero que ustedes, tan gentilmente, han pagado. No se preocupen; todos nos sentiremos igual de miserables, incluida Taylor Swift.

»No pienso devolverles el dinero de la entrada; en primer lugar porque en ese caso nunca aprenderían y en segundo porque el helicóptero gasta una fantástica cantidad de combustible.

»No me culpen: todos tenemos que trabajar en algo. Ustedes son los únicos responsables de haber pagado con su fe mis facturas. No tengo ni pajolera idea de por dónde tirar y les voy a arreglar a ustedes la vida. Sí, hombre.

»Al salir cómprense una taza con un mensaje motivacional. Su vida será igual de mediocre y tendrán veinte dólares menos, pero al menos podrán empezar a tomar café, so tristes.

»Y ahora escuchen con atención, porque esto es lo único que puede ayudarlos aunque también, me temo, lo único en lo que no me harán caso.

»Están aquí porque son una panda de egoístas y tienen demasiado tiempo libre. Dejen de intentar que los demás les solucionemos la papeleta y comiencen a pensar en cómo ayudar a los demás. Pero ayudar partiéndose el lomo, no con la mezcla de patrañas y obviedades con que yo los he intoxicado. Lean a Chéjov y escuchen a Bach. Y salgan ordenadamente de mi vista, pedazo de haraganes.

Tuitear después de Twitter

Ahí la RAE fue muy rápida. Incluyó en el diccionario tuit y tuitear en 2014. Y, claro, ahora Twitter no existe. Que sí, que muchas palabras tienen orígenes análogos, pero cuando ese elemento es el nombre de una marca comercial (lo que ya de por sí resulta problemático), a mí me da la sensación que la RAE ha quedado un poquito como Joaquín Rodríguez en Almagro.

Porque además el término que ha encontrado la red antes conocida como Twitter (postear) y que es más natural al español, no viene de marca comercial y existe ya con un significado que tiene que ver con la comunicación (viajar sirviéndose de los caballos de las postas). Y si nos vamos a palabras de la misma familia léxica como postal, la conveniencia es total, porque proceden de posta, que en italiano es correo.

Lo han adivinado: no importa tanto el caso concreto como aquello que ejemplifica: uno debe entender quién es y no querer ser otra cosa.

La RAE no es un organismo rápido: el diccionario de la RAE (DRAE) en ningún caso trata de compilar todas las palabras que resultan útiles para comunicarse en la comunidad hipanohablante a tiempo real. El DRAE refleja la norma y no el habla, y con una edición cada 13 años (2001 a 2014) no puede pretender tener reflejos. A las palabras hay que ponerlas a prueba, comprobar si sedimentarán o se las llevará el viento, y todo parece indicar que a tuitear se la llevará el viento.

Recuerdo aquella vez (quizá en los Goya) en que Buenafuente comprobó que un chascarrillo que él creía vivo (el de hablar catalán en la intimidad), estaba en realidad muerto, y casi tuvo que pedir perdón ante el silencio embarazoso de la concurrencia.

Lo más probable es que algún día, si continuamos dejándonos llevar por el oropel de la modernez, digamos sinergia o digitalizar o empoderar o viral y a nuestra audiencia le llegue de repente un intenso olor a naftalina.

El lenguaje y lo que el lenguaje describe es materia orgánica, responde a procesos y transiciones que nos resultan en su mayoría arcanos y que ni de coña podemos dirigir; el impacto real de la penúltima ocurrencia de la política o la academia (ay, el día que le metamos mano a la academia) sobre la palabra y la materia es casi nulo, y poco a poco hablar como una ministra de Igualdad porque pensemos que queda bien comienza a dar muchísimo alipori.

Por qué los marxistas excarcelan a violadores

El marxismo parte de la premisa de que el ser humano no tiene libre albedrío y además es imbécil, por lo que tanto la avaricia como las superestructuras determinan sus obras.

El marxismo piensa que la violación es cualitativamente igual al azote, porque en la mente del marxista (ninguno de nuestros múltiples ministros marxistas es una lumbrera) el azote lo da un macho heterobásico mientras va a los toros fumándose un habano o bien un malvado religioso nacionalcatólico, mientras que la violación la perpetra un pobre ignorante que es víctima de la sociedad, los malos tratos o la penuria económica. Una víctima, por tanto, del capitalismo.

Que la ley de la ministra marxista tiene como objetivo esta equiparación no es opinión mía; dimana de una entrevista a una profesora universitaria gallega que ayudó a redactar la ley que excarcela violadores. Lean esta perla:

Pregunta: ¿Esperaba la rebaja de condenas con la entrada en vigor de la nueva ley o le ha sorprendido?

Respuesta: Las penas las pusimos nosotras. Claro que se esperaba, pero, ojo, una rebaja de condenas de las agresiones sexuales porque los abusos sexuales se agravan considerablemente. Aquí los medios están contando la mitad de la historia. No tienen en cuenta que en España se denuncian 7.000 abusos sexuales al año y sólo 3.000 agresiones.

«Las penas las pusimos nosotras», dice, orgullosa y empoderada. «Claro que se esperaba». Les recuerdo que aquí no ha dimitido nadie, y que ya ha habido, cuando menos, un intento de agresión sexual por parte de un violador excarcelado. En un giro insospechado, la profesora justifica la rebaja de penas a violadores por el hecho de que haya más denuncias de abusos que de violaciones. Un razonamiento redondo. Impecable.

España, un país que trata fatal a sus delincuentes

Antes de tan aclaratoria declaración, aquí la prenda afirma que «España es un país muy punitivista», y pone como ejemplo de lo contrario a Alemania. Veamos: En España el homicidio sale por entre 10 y 15 años y el asesinato entre 15 y 25. En Alemania el homicidio está entre 5 y 15 (ok), pero el asesinato supone cadena perpetua. Entiendo que las penas por homicidio y asesinato son ejemplos bastante paradigmáticos de lo «punitivista» que es un país.

Ah, y otro pequeño detalle: el artículo del Código Penal alemán que regula el asesinato data de 1941. Alemania en 1941… el artículo 211 del Strafgesetzbuch (tienen el Código traducido aquí) fue redactado originalmente por el jurista nazi Roland Freisler. Después se ha modificado solo para cambiar «pena de muerte» por «cadena perpetua»; pero es el Estado español el «punitivista».

Tampoco entiendo por qué una persona en la que nadie ha delegado el poder legislativo se crezca más allá del asesoramiento técnico y pueda presumir de haber puesto las penas. Hasta donde yo sé, ser catedrática no le da a nadie potestad legislativa. A ver si va a resultar que pagamos a los diputados y ministros para que el trabajo se lo hagan otros (sería un sorpresón).

Solo son culpables las élites, salvo si las élites son ellos

Como decíamos antes, el marxismo considera a los delincuentes víctimas (vean Joker, 2019). Este enfoque tiene que ver con su concepción del ser humano como resultado del sistema, no como criatura consciente y responsable. Esta concepción de la persona está también detrás de su escaso respeto a la vida humana, pero este es otro tema.

Para el marxismo nadie es malo, salvo el sistema. Nadie es malo salvo el propietario de los medios de producción, así, en bruto, sea este propietario de una zapatería precaria o Amancio Ortega. Amancio Ortega es, ya saben, Lucifer. Malditos empresarios restregándonos su creación de riqueza…

La equiparación antedicha es la siguiente: los dos tipos penales previos eran abuso (menos grave) y agresión (más). A la ministra y sus adláteres les habría bastado con subir las penas del abuso, pero ellas vieron la posibilidad de convertirlo todo en una sola figura y con el argumento de no cargar demasiado las tintas con los heteromachos, rebajar las condenas más altas, las de los pobres violadores confundidos por el sistema.

Tener ministros comunistas no sale gratis. El comunismo tiene sus premisas y sus efectos. Comunistas y fascistas no son como nosotros; ahí arriba no hay conductor. El comunismo ha justificado siempre, cuando no ha respaldado, la violencia y el terrorismo. La violencia es parte intrínseca del fascismo (los que no son yo son desechables) y del comunismo (la desigualdad se arregla robando y matando).

El narcisismo de P. S. era grave dede la parodia y el estupor, pero las consecuencias reales van asomando. Como al español medio no le han okupado la casa ni es víctima de ETA ni sufrió una violación, el español medio sigue tirando, porque aquí solo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena y además nos alegramos del mal ajeno, pero témome que las bromas se van terminando y que lo que era una infección ha resultado ser gangrena.

La gran belleza (2013)

A Paolo Sorrentino le da igual el cine. O, de forma más precisa, le da igual todo aquello que tenga que ver con el cine como medio. Para Paolo Sorrentino el mensaje es el mensaje. Sorrentino desprecia todo lo que le hiciere perder agarre (y todo el mundo sabe el inmenso trabajo artesanal que es necesario para hacer desaparecer el medio).

Intentamos juzgar La gran belleza según los parámetros bajo los que juzgamos las demás películas y comprobamos que no sirven (a Sorrentino no le importa ni una cosa ni la otra). Si fuera cine, quizá no fuera cine del bueno.

La gran belleza no es Fellini. No es Roma, ni siquiera es la nostalgia. Es si acaso un atisbo de lucidez, una película a la que no le importa ser a veces vulgar, a veces barroca, a veces autoparódica, porque el cine a esta película le importa tanto como a su director.

La gran belleza no es pedante, porque la verdad (la belleza) no se interpreta. Esta película se ve, y después uno debería callar. A la belleza (a la verdad) no le hacen falta códigos.

Para esa belleza no existe el tiempo, no existe la edad y no existe el placer. Esa belleza está, reside, permanece. Esa belleza es algo muy pequeñito, casi inexitente. Es un matiz, una brisa, un retazo inasible.

Un amigo decía que todos los años deberían dar el Oscar a la mejor película (todavía el Oscar significaba algo) a Ciudadano Kane. La película que uno quiere ver después de La gran belleza es La gran belleza.

Nada cambia y solo un puñado de cosas importa.

El agarre

La falta de tracción es causa de baja eficiencia, de rendimiento insuficiente, de trabajo desperdiciado. A efectos de los efectos, la falta de tracción es como el efecto Joule.

La filosofía no es protegible ni conveniente, ni deseable ni programática. El ser humano conoce y ama conocer. Lo demás es plan de estudios o programa electoral. Interferencia.

La filosofía no es una asignatura ni una disciplina, ni una carrera ni una erudición. La filosofía es una actividad inherente al ser humano.

La filosofía es peligrosa: filosofar de más comporta el riesgo de solo filosofar. Contemplen el siglo XX: Sartre tiene respuestas para todo, pero jamás se pagaría un café.

¿Se puede aplicar a la ciencia? La epistemología es peligrosa. Reflexionar mucho antes de remangarse implica el riesgo de no remangarse nunca. Newton ignora si su teoría es falsable o parsimoniosa. Newton revoluciona la ciencia y boxea: Newton es un hombre con agarre.

¿Se puede aplicar a la literatura? La reflexión sobre los géneros, las corrientes, lo moderno, el tema o la pertinencia distraen, nos hacen perder agarre. Los congresos, las ferias, las críticas, las biografías, las colas de las firmas y los aires de importancia solo nos hacen perder tracción. Farfolla, farándula, pan para hoy. La literatura solo consta de un momento: después de golpearse el escritor la frente contra el mármol lapidario alguien, solo en su cubil, lee.

1. m. Árbol de la familia de las fagáceas

Dice en Tolkien el lingüista Joseph Wright (con una cara, por cierto, muy parecida a la del actor Derek Jacobi):

«Un niño señala y le enseñan una palabra: árbol. Más tarde el niño aprende a distinguir ese árbol del resto. Luego aprende su nombre, juega bajo el árbol, danza alrededor de él. Se coloca bajo sus ramas buscando sombra o resguardo. Besa bajo él, duerme debajo de él. Se casa debajo de él. Pasa por delante del árbol camino de la guerra y de nuevo, de vuelta a casa, pasa ante él cojeando. Se dice que un rey se escondió en ese árbol; un espíritu tal vez habite dentro de su corteza. Sus hojas peculiares se ven talladas en las tumbas y monumentos de sus señores. De su madera tal vez estén hechos los galeones que salvaron a sus antepasados de invasiones.

Y todo esto, lo general y lo específico, lo universal y lo personal, todo esto lo sabe, lo siente, lo invoca de alguna manera, aunque vagamente, con pronunciar una sencilla palabra: roble».

Escuchar una palabra hace que nuestra imaginación se convierta en una gota de tinta que toca la superficie del agua: nos deshilachamos en ideas que se cruzan y enroscan como los jirones del humo de un cigarro. ¿Hasta dónde crecen estas volutas? Lo ignoramos, pero observen:

En un roble hunde Odín su espada Gramr para comprobar quién es capaz de sacarla. Será Sigmundr quien lo logre, y con ella ―aunque vuelta a forjar― su hijo Sigurdr (Sigfrido) matará al dragón Fafnir y se bañará en su sangre para lograr la inmortalidad. Una hoja de tilo, posándose sobre su espalda, impedirá que la sangre de dragón toque todo su cuerpo y lo hará vulnerable en ese punto fatídico.

Hay un hilo invisible que viaja desde Gram y Sigmund hasta Excálibur y Arturo. Otro conecta la hoja de tilo que impide la invulnerabilidad de Sigfrido con la mano de Tetis, que hace lo propio con su hijo Aquiles. La espada reforjada nos suena a Aragorn y Narsil/Andúril. Si el dragón Fafnir mora en el Brezal de Gnita y pierde el que será el oro del Rhin a manos de Sigfrido, el dragón Smaug proviene del Brezal Marchito y pierde el tesoro a manos de Thorin. Thorin Escudo de Roble. Un brezal, por cierto, no es un robledal, pero existe la miel de roble y brezo.

Todos esos hilos invisibles a los que la palabra presta cuerpo son anteriores a nosotros, casi independientes de nosotros, y gracias a ellos conocemos el mundo al que pertenecemos, pues llegan hasta donde ni Heródoto ni ningún historiador llegaron.

Trama y urdimbre

Texto es la evolución del latín textus, que significa trama y tejido. Ahora les ruego que observen esta joya:

Se trata de Cansada estoy de las sombras, dijo la dama de Shalott, del pintor prerrafaelita John William Waterhouse. Por estos lares ya se habló de su Eco y Narciso. Miren el telar que tiene delante: como ya saben, los hilos verticales del telar constituyen la urdimbre; los horizontales, la trama. El tejido como metáfora del texto, (el rapsoda, el bardo o el novelista construyendo la trama sobre una urdimbre dada, sobre esa maraña de relaciones de la que hablábamos antes) es la mejor metáfora de nuestra cultura, es decir, de nuestra vida-no-individual.

Un hombre, al menos, conoció el peso del símbolo (pues de la palabra como símbolo es, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando). Se llamó Bonifacio y ahora lo consideramos santo. Pues bien: encargado de evangelizar a los pueblos germánicos, san Bonifacio se encontró con el Roble de Thor, ante el que se habían realizado en el pasado sacrificios humanos. Ni corto ni perezoso, el delegado papal taló el roble y, ante la aparente inoperancia de Thor (hijo de Odín, por cierto) respecto de darle un martillazo al improvisado leñador, cosa que los circunstantes pensaban que iba a ocurrir, sugirió un abeto cercano como sustituto adecuado para la fe cristiana. Ese es el origen de nuestro árbol de Navidad.

P. S.: Joseph Wright no supo leer hasta los 15 años, lo que no le impidió aprender más tarde latín, francés, alemán, sánscrito, sajón antiguo, inglés antiguo y medio, gótico, galés, lituano, ruso y nórdico antiguo, entre otras lenguas. De muchas de ellas escribió además gramáticas introductorias. Luego, que si el cerebro pierde plasticidad.

P. P. S.: De roble está hecho el bastón del protagonista de El invitado de Drácula, el relato con el que Bram Stoker estuvo a punto de abrir su obra maestra. Aprovechen, ahora que va habiendo que cerrar las ventanas por las noches.

La inteligencia artificial como oxímoron

Cada paparrucha es más fugaz que la anterior: cuanto más copernicano es el giro que anuncia, menos dura. Es una maravilla que la novedosa actualidad de la inteligencia artificial vaya a durar menos que el metaverso o los NFT. Sirva esta entrada como epitafio.

De las etimologías (que diría san Isidoro de Sevilla) que se proponen para la palabra latina intellegere, la más sugestiva es «leer entre [líneas]». Ante la lectura que es mera acumulación de datos o erudición, quizá ninguna actividad sea tan eminentemente humana como leer entre líneas: poner de uno mismo en lo que lee. La lectura como un hacer y no solo un recibir, como una activación, un intercambio, una edificación y no una contemplación.

La duda

Ante la pregunta de su alumno, el profesor piensa de dónde procede dicho alumno, cómo es, qué pretende hacer con su respuesta, qué palabras puede entender y cuáles lo ayudarán más. Cuáles podrían herirle. Piensa en qué parte de su propia experiencia sería más nutricia para él. Hace todo lo antedicho en una fracción de tiempo absurdamente pequeña. Lo hace con un sentido de la empatía que se parece mucho al amor. Elige y moldea ―crea― entonces una respuesta, una que es resultado de todo lo anterior. Una que es resultado, en realidad, de toda su vida anterior.

Lo inorgánico, en cambio, con su capacidad inusitada para la acumulación estéril, es capaz tan solo de combinar, pero no de construir. Lo que hace esta inteligencia combinatoria artificial es dar salida a la información solicitada de una manera lingüísticamente correcta. Hoy se hace difícil poner cortapisas a la relevancia del lenguaje, pues me temo que durante las últimas décadas se nos fue la mano otorgándole importancia. El lenguaje es instrumento humano, pero no fuente de humanidad ni escaparate definitivo de sus posibilidades. El lenguaje es la punta de la punta del iceberg.

La combinatoria artificial nos deslumbra porque, en una época en la que los alumnos universitarios apenas son capaces de hacerlo, logra concordar sujeto y predicado.

El fin de la ironía

Es tautológico afirmar que cada semilla solo germina cuando encuentra el suelo adecuado. Ningún suelo fue tan adecuado para una patraña como la inteligencia artificial como nuestro tiempo.

Hace más o menos una década se publicó un artículo que bajo el título El fin de la ironía defendía que el 11-S había supuesto un impacto tan agudo en el corazón de la civilización occidental que en 2001 murió la ironía, nuestra capacidad de afrontar la vida con una sorna de fondo, con un permanente animus iocandi. Pero lo más preocupante de dicho artículo (que contemplé entonces con escepticismo y hoy considero preclaro) era que esa defunción de la ironía implicaba el imperio de la literalidad, y por lo tanto ya no sería necesario interpretar el mensaje, poner de nuestra parte, leer entre líneas.

Un tiempo tan tedioso en l que cada quien dice solo lo que parece decir es el adecuado para que prospere la idea de que construir mensajes inteligibles es lo mismo que ser inteligente. Hemos perdido no solo la ironía, sino la intrínseca contradicción de la que hablaba Whitman, la posibilidad de convertir la idea en sensación, la sensación en idea, el pasado en futuro, la palabra en belleza.

La equiparación de lo inorgánico con la entidad más asombrosa que conocemos (nosotros) no se ha producido tanto por elevación de la máquina como por depauperación del ser humano. La película que mejor ilustra esto es quizá El viaje de Arlo (2015), la historia en la que los dinosaurios hablan y las personas gruñen. Cuando uno rasca un poco en la deshumanización siempre acaba apareciendo Disney.

El siglo XVIII contempló el auge de los autómatas, y quizá nadie escribió sobre ellos como E. T. A. Hoffmann (Coppelius y Drosselmeyer son medio inventores medio magos) a principios del XIX, pero lo relevante aquí es que aquellos autómatas querían elevarse a la categoría de humanos. Ahora la equiparación es por la inversa: nosotros nos hemos deshumanizado para convertirnos en máquinas. Somos el apéndice del autómata que llevamos en el bolsillo.

La oportunidad

Que Dios bendiga ChatGPT, y me explico: Si los profesores estamos tan adocenados y desbordados que hemos perdido el espíritu de lo que hacemos (y todos deberíamos ser profesores de algo, no miren hacia otro lado) y que pedimos a nuestros alumnos tareas que pueda resolver la inteligencia artificial, entonces nos merecemos que nos presenten trabajos dictados por la inteligencia artificial. El aprendizaje real es algo tan orgánico, tan estrictamente humano, que en nada se parece a la recopilación de datos y/o citas. No hay mayor espaldarazo a la IA que la desconfianza mutua: la necesidad permanente de referirnos a las fuentes del pasado, no vaya a ser que nuestros alumnos adquieran voz propia.

Yo no quiero que mis alumnos me cuenten lo que pensaba Nietzsche, para eso leo el Zaratustra. Yo quiero saber lo que piensan mis alumnos.

P. S.: La imagen corresponde a la autómata que el ebanista David Roentgen hizo a imagen de María Antonieta. Aquí, en acción.

Sobre empoderamiento y otros palabros: por qué el neomarxismo nos dice cómo hablar

Durante un partido de cuartos de final del presente Wimbledon, la locutora estimó conveniente puntualizar que en determinado momento del partido la jugadora ucraniana Elina Svitolina se había empoderado. Menuda es Elina cuando se empodera.

Durante el siglo pasado, mientras en los think tanks de derechas lo único que se hacía era presumir de traje e intercambiar contactos, las facultades de ciencias sociales de las universidades occidentales planificaban con mucho cuidado ―y dinero público― la renovación del marxismo.

En esas, uno de los frentes fundamentales para la pervivencia de esa visión totalitaria de la vida iba a ser el lenguaje. Podemos situar en Adorno y su Escuela de Fráncfort ese giro que, tras el disparate que supuso el marxismo-leninismo y que el estalinismo puso en órbita, persigue la aplicación de los principios marxistas a la sociedad y la cultura antes que a la economía. Personas increíblemente preparadas aquejadas, no obstante, de la habitual indigestión intelectual que produce la lectura de Marx. Y no se engañen: como marxistas, siguen pensando que los seres humanos somos imbéciles y nos dejamos arrastrar de manera acrítica por las superestructuras.

Esa preocupación marxista por el lenguaje que ya encontramos en los años 30 con Mijaíl Batjin y que retomarán algunas de las corrientes de los Estudios Culturales (Raymond Williams), ha terminado por producir férreas directrices sobre cómo es correcto hablar y cómo no lo es. Empoderamiento. Género fluido. Niñes. No se rían, pues insisto en que gran parte de los autores neomarxistas tienen una mirada aguda y comprenden las implicaciones del lenguaje y la cultura.

Sigamos con nuestro ejemplo para comprender lo atento que conviene estar y los efectos demoledores que la popularización de una sola palabra puede tener. Empoderamiento.

En contra de la tradición humanista occidental y el marchamo ilustrado, según los cuales cada ser humano tiene en sí las potencialidades, las posibilidades, esto es, el poder, el neomarxista le propone a la mujer que se empodere. Si se tiene que empoderar ―observen el matiz― es que no tiene poder. Es el líder neomarxista quien se lo entrega. La mujer tiene poder porque así lo decide la doctrina marxista-machista, y dejará de tenerlo cuando se considere necesario. La materialización de esto con Tania Sánchez instalándose en el gallinero es tan literal que duele:

Cuando el líder carismático cambia de gustos bailan las sillas

Pero la realidad es tozuda, y mujeres como J. K. Rowling lo son más. Mujeres que no necesitan que nadie les diga si pueden detentar el poder o pensar por sí mismas.

No sé si conocen la campaña de acoso a la que lleva años sometida la escritora de más éxito de las últimas décadas por, en primer lugar, tener opinión y, en segundo, hacerla pública. No es aquí el lugar donde se cuestionan las opiniones de Rowling, pero una de las cosas que la puso en la picota fue afirmar que «Si el sexo no es real, la realidad vivida de las mujeres a nivel mundial se borra». Empoderadas las quiere el neomarxismo, pero de ahí a que el sexo femenino exista dista un abismo: las mujeres pueden empoderarse, pero no existir. Y todo así.

La doctrina woke parece pensar que empoderarse un ratito está bien si una no exagera. Si una lo utiliza para exponer las ideas que le sople cualquier estructura de adscripción izquierdista. Todo lo demás es sacar los pies del tiesto: pensar por una misma es nazi.

Lo anterior enlaza con la siguiente entrega de lo que sabe el neomarxismo: cómo dividir el mundo en minorías para victimizarlas y después tutelarlas. Como los pobres no dieron buen resultado, han puesto los ojos sobre cualquier condición racial, sexual, climatológica o alimentaria. Seas como seas, el sistema te oprime; ven a mí. Lo firmarían en Waco.

P. S.: La brillante viñeta es de Edward Koren para Condé Nast.

Sacad vuestras manazas de la Educación

Los políticos no tienen ni pajolera idea de qué aspectos son importantes en la educación de sus ciudadanos. Solo atienden a su propio interés y a su capacidad de adoctrinar.

Verán: según la orden que publicó hace unos meses el Ministerio de Educación y Formación Profesional (de lo que se deduce, por cierto, que la formación profesional no es educación), de los 240 créditos de los que consta el Grado en Educación Primaria, la carrera que estudian los futuros profesores de Primaria, 6 corresponden a Matemáticas y 6 a Lengua y Literatura. Lo que es lo mismo, el 2,5 % cada. Alumnos que según mi experiencia no se saben la tabla de multiplicar (y no me vengan con lo mala que es la memorización) tienen un 2,5 % de créditos de Matemáticas en la carrera que los forma para ser profesores. El problema no es eso en sí, que también, sino que el grueso de las horas se les van en adoctrinar. En contar nubes, como anunció Zapatero, nuestro Fernando VII (aunque Fernando VII al menos inauguró el Prado).

«Género y Educación»; «Relaciones interpersonales y habilidades sociales en la comunidad educativa»; «Organización y Gestión». Contar nubes. Generalidades abstractas que gracias al Cielo no consiguen adoctrinar porque son intangibles y etéreas, y que corresponden al ámbito privado de cada cual, pero que tienen como objetivo la cría de ovejas.

Los políticos (nunca se insistirá lo suficiente sobre esto) no buscan el bien de nadie, salvo el suyo propio. Su fin último es asegurar la poltrona y los garbanzos. Más o menos como el de la mayoría de nosotros, pero ellos hacen más daño porque tienen la prepotencia y el desparpajo del iluminado y, sobre todo, porque deciden sobre nuestras vidas.

Perder la vergüenza

A veces es necesario perder la vergüenza. Hasta el pudor. Si queremos revertir la injerencia de políticos semianalfabetos, quizá haya llegado el momento de que presuman de haber leído a Montaigne quienes lo han hecho. Porque fueron los profesores y no la ministra de turno quienes leyeron a Montaigne, y por eso les pueden contar a sus alumnos por qué es una de las tareas de la vida prepararse para la muerte. Son ellos, y no el neopedagogo, quienes leyeron a Joyce, y por eso pueden contarles a sus alumnos que el lenguaje ya no tiene límites. Ellos ―y no el legislador― son quienes leyeron a Hannah Arendt, y por eso pueden hablar a sus alumnos de labor, trabajo y acción. Ellos ―y no el banco Sabadell― leyeron a Proust, y hasta se les atascó, y por eso saben lo sola que está cada persona y se lo pueden contar a sus alumnos.

Fueron ellos quienes leyeron a Einstein, y a Ortega comentando a Einstein, y por eso pueden contarles a sus alumnos que si algo busca ser la relatividad como teoría es absoluta y no relativa. Como son ellos quienes leyeron el Zaratustra (y no los psicólogos), pueden explicarles a sus alumnos por qué dentro de cada humano baila un dios.

Pero esperen ahí, porque resulta que ellos fueron ―y no el político― quienes vieron Rashomon y Los Nibelungos y hasta La muerte cansada. Vieron El gabinete del doctor Caligari gracias a un profesor vocacional, y por eso pueden garantizar a los discentes que ver películas de superhéroes puede resultar entretenido, pero es insuficiente.

El diseño de la educación de cáscara vacía tiene un objetivo ideológico e ideologizante, y huye de dos cosas como de un tifón: del esfuerzo, que es fascista, y del conocimiento, que es elitista.

Es indigno condenar la ignorancia de quien no tuvo acceso a la educación, pero no la de quien elige acumular dicha ignorancia ni de quien trata de difundirla. El Gobierno de aroma comunistarra que nos aqueja hace el cálculo sencillo de quien persigue el pensamiento único de baja intensidad: los ciudadanos ignorantes son más fáciles de manejar, y si se logra desde la más tierna infancia garantiza décadas de tranquilidad para la nomenklatura. Ah, y no se relajen, que el siguiente Gobierno hará lo mismo o algo parecido.

La educación es nuestro principal motivo de preocupación, pero también nuestra única esperanza. La función de los profesores no es clonar su pensamiento, sino dar forma a la conciencia crítica de los alumnos. Proveerles de una base, un telón, un suelo abonado y feraz. Que lean, que conozcan, que sepan. Que tengan las herramientas y el conocimiento. Que estén pertrechados. Que sean felices.

P. S.: La ilustración es de Norman Rockwell en 1946 para el Saturday Evening Post.