¿Recuerdan aquella potencial pareja a la que pretendieron y que nunca les dejó las cosas claras? ¿Recuerdan aquel amigo a quien mandaron a pastar cuando constataron que la amistad era unidireccional? ¿Han conocido alguna vez a algún verdadero narciso, un total sumidero de tiempo y atención? Seres cuyo comportamiento no entendemos porque, mientras cada cual teme la soledad, la muerte o cruzarse con el Madrid en Champions, ellos se dedican exclusivamente a huir de la indiferencia de sus congéneres. Humanos cuya única aspiración, más allá de cualquier ética o programa vital, es estar en el candelero. Vivir en el candelero.
Seres con un aspecto muy similar al nuestro, pero que en lugar de agua u oxígeno necesitan atención para sobrevivir.
Mal que me pese, el factor psicológico es siempre más explicativo que el político, el sociológico o cualesquiera otras razones de nuestros actos.
El pasado 28 de mayo el PSOE cosechó un sopapo electoral considerable. Al día siguiente y de forma sorprendente, su amado líder convocó elecciones (saltándose la Constitución, por cierto) para el 23 de julio; un espaldarazo para la industria turística. Inmediatamente toda la atención de los medios fue para él.
El pasado 10 de junio el Manchester City ganó su primera ―y esperemos que última― Copa de Europa. Dos días después Kylian Mbappé comunicó al PSG que no continuaría más allá de su contrato actual (junio de 2024). En los mentideros futbolísticos dejó de hablarse de otra cosa, incluso de Haaland. Incluso de la capacidad celebrística de Grealish.
¿Ven el paralelismo? Sufre innecesariamente quien se devane los sesos buscando la estrategia política detrás del adelanto sanchil. Camina por senderos tortuosos quien pretenda interpretar la carta del veleidoso parisino. Sánchez adelantó las elecciones porque era la única manera de robarle el foco a Ayuso. Sustituyan Ayuso por Haaland y tendrán el móvil de la carta de Mbappé.
El paralelismo de los comportamientos ayuda a dilucidar personalidades, explica sus hechos futuros y desde luego deja una conclusión urgente: tan irresponsable sería dejar el Gobierno de España en manos de uno como traer a la delantera del Madrid al otro. Es cierto que el 7 es infinitamente mejor en lo suyo que el socio del partido de los etarras; no ya como presidente, cargo en el que es aun menos de fiar que Rajoy, sino como candidato electoral: nunca ha conseguido igualar los 125 escaños de Almunia, y solo Iglesias, Largo Caballero y Prieto lo hicieron peor. Bonitos espejos en que mirarse.
Pero no es menos cierto que la infelicidad persigue a quienes rodean al narciso, por bueno que sea en lo suyo. Observen a Eco en la pintura de Waterhouse que abre esta entrada: desesperada por la indiferencia del imbécil de Narciso, que se permitió el lujo de reírse de ella, la ninfa terminó sus días en una cueva eludiendo el contacto humano. Pues bien: Eco somos nosotros si no nos libramos de esa doble amenaza.
Y es que a Mbappé solo le importan la Copa de Europa o el balón de oro en la medida en que lo convirtieran en ojo de huracán. Como de momento no lo necesita, le importan un rábano. Y qué decir del azafrán de la paella, el Hilarión de La verbena, el caudillo de Tetuán. No es que le parezca aceptable negociar con terroristas, que le parece, es que nos anexionaría a Rusia si le prometieran ser gobernador vitalicio; daría un brazo ―de su mujer, me temo― por ser un centímetro más alto que el rey. Ojalá no le votara ni el autor de su tesis.
P. S.: Afrontemos el futuro a la inversa, desde el optimismo: imaginen librarse en menos de un mes del triple lastre de Hazard, Asensio y Sánchez. Imparables.
La facilidad con que un pueblo justifica la violencia determina su distancia de la civilización.
El 12 de febrero de 2022, hace más de un año, el exmadridista Albiol vio venir al madridista Vinícius y le incrustó el codo en la nuez dentro del área. Según su versión al final del partido y como en el chiste, Vinícius se dio contra su codo. El VAR opinó lo mismo: Vinícius impactó con su nuez sobre el codo del exmadridista Albiol.
El día es importante, porque le proporcionó al futbolista de la Liga la certeza de que pegar a Vinícius no solo sale gratis sino que es recomendable, pues Vinícius representa la excelencia madridista y España detesta la excelencia en general y la madridista en particular. Tener un jugador de blanco al que odiar representa para el antimadridista una válvula de escape, una terapia económica, un palo que morder mientras el odio lo devora.
Albiol se puso matón en el área y luego se puso matón con el micro: «Si le doy un codazo lo saco del campo». Es lo que tiene el matón cuando no se siente amenazado por la ley, que se pone chulo.
Casi un año después pudimos escuchar ese mismo tono chulesco en Francisco Javier López Álvarez, alias Patxi López, cuando le preguntaron quién estaba en la cena de Ramses (ignoro por qué no le ponen tilde, debe de estar en jeroglífico) y él contestó, tan chulo como intocable: «Qué más te da». En un país en que una ministra comunista que saca a violadores de la cárcel sigue en el cargo, la impunidad no puede resultar una sorpresa. Que los comunistas, por cierto, saquen a delincuentes de la cárcel no es un error un error de cálculo ni una muestra de estupidez, sino parte de su naturaleza, pero de esto hablaremos otro día.
¿Qué país es ese que permite al violento salir victorioso, que justifica la agresión al excelente y además le culpa por ella? «Es que es un provocador», dicen de Vinícius. No obstante, lo único que tienen contra él, por mucho que hable sin taparse la boca, es haberle dicho a Ferran Torres que es muy malo, lo cual es cierto; a Busquets que estaban fuera de la Copa, lo cual es cierto; y según el testimonio del Chimy Ávila (que es de Osasuna) a Osasuna al completo que es un equipo pequeño. «Cuya afición pita su propio himno», le faltó. Según la España antimadridista y parte de la madridista (¡…!), esto justifica la violencia que ejercen los demás jugadores sobre Vinícius. Lo justifica porque la rodilla de los opinadores no es esta rodilla:
La foto es de Javier Gandul. La guadaña, de Maffeo. Recuerden que hay VAR
Maffeo, del Mallorca, no recibió amarilla por la falta que antecede. Es difícil de ver, como pueden comprobar. Bosque de piernas. Interpretable. Fronteriza. No recibió amarilla. Le puede dar más, le puede dar mejor.
Pero es que Vinícius le dijo a Ferran que es muy malo; merece morir (no exagero, se lo han deseado en más de un campo). ¿Les suena ese «algo habrá hecho»? La actitud que estamos teniendo como país hacia Vinícius nos representa sobradamente. «Llevaba la falda muy corta».
El domingo en Mestalla expulsaron a Vinícius porque le pareció mal que Hugo Duro le agarrara del cuello y le soltó un soplamocos, es decir, se defendió. Roja correcta a Vinícius, roja inexistente a Hugo duro. Es que Vinícius no nos entiende. En España si te pegan, te callas. Algo habrás hecho. Pero hay quien lo puede explicar mucho mejor que yo.
Ningún gran pintor, como ningún gran escritor, lo es por su dominio de la técnica; eso es lo de menos. Lo que hace grande a un artista es el conocimiento del alma humana. Observen esto, es España:
Ahí lo tienen. Un tipo que lo mismo jalea a Fernando VII después de habernos vendido que te saca una faca por haberle mirado mal. Ahí tienen Puerto Hurraco y «la pegué porque era mía». Ahí tienen la mirada de ilusión en un futuro peor. La confianza en que a uno lo saca de sus miserias la providencia o el vino. La cara de la envidia, el cainismo y la huida hacia adelante. La cara de la ignorancia. ¿Quieren otro ejemplo?
Da igual si en el original no estaban enterrados; es lo mismo si no está documentada como práctica real. El genio de Goya (como el de Velázquez) es pintar España, toda España, en un solo cuadro. Un país con potencial para llevarse de calle todos los parabienes del orbe, para ser mirado por envidia por todos, pero que nunca lo logrará porque nunca ha parado de odiarse a sí mismo. En una entrevista conjunta a Pérez-Reverte y Mortensen tras Alatriste, se les preguntó qué era ser español. «Saber perder», dijo uno de ellos. No es saber, es que te guste.
Vinícius, que el domingo en Mestalla volvió a llevar la falda muy corta, no entiende que en España cuando a uno le pegan, lo que tiene que hacer es bajar la cabeza. Uno no puede rebelarse, porque aquí somos más de ponernos del lado del verdugo, del terrorista y del traidor. Qué es eso de reclamar justicia. Vete a tu país.
Vinícius es un espejo para una nación donde la violencia se relativiza, donde se sanciona a la víctima y el ramalazo racista es mucho más fuerte de lo que nos atrevemos a reconocer. España no tiene solución.
Esta entrada debería haber sido para Llull y su enésimo milagro, debería haber sido un huequito de admiración para la penúltima gesta de un equipo que nunca se rinde. Un equipo que a estas horas es campeón de Europa de baloncesto y de fútbol. Un equipo odiado estrictamente por su excelencia, por mirar al frente, por saberse mejor. España es Salieri bendiciendo a los locos al final de Amadeus, proclamándose el santo patrón de los mediocres. Nuestro santo patrón.
P. S.: En la defensa de una tesis doctoral en la que se mencionaba el 11-S, las últimas palabras de un miembro del tribunal fueron para citar con arrobo a un trabajador de la reprografía de una escuela universitaria española en aquel 2001. Mientras veía en una pantalla la retransmisión en directo de los atentados, al parecer rebuznó: «Que se jodan».
En los libros de texto de los ochenta ponía cosas como «la tecnología aumenta la comodidad de la vida de los seres humanos». El aumento de esa comodidad venía dado, entre otras cosas, por la disminución del tiempo necesario para realizar ciertos trámites.
La división provincial prevista en el código napoleónico responde a un principio razonable: que desde cualquier lugar de la provincia se pueda viajar hasta su capital, realizar cualquier trámite burocrático y regresar a casa en el día, sin necesidad de hacer noche. La tecnología (y en las últimas décadas la electrónica, a la que llamamos tecnología en una sinécdoque dañina) continuó ese principio de economía temporal.
El problema es que la electrónica ha producido una paradoja que nos asfixia: no solo ha enjugado el tiempo necesario para determinadas gestiones, incluidas las laborales, sino que lo ha superado y ahora estamos en deuda: el tiempo necesario para comunicarnos con Sidney, por ejemplo, se redujo primero a cero y después continuó hasta cifras negativas: ahora somos nosotros los que debemos tiempo a la electrónica.
Todos ustedes tienen (da igual cuándo lean esto) correos por leer. Whatsapps por leer. Tuits por leer. Mensajes de un sinnúmero de redes por leer. Mensajes de innumerables plataformas por leer. Mensajes, correos, entradas, posts. El dispensador de dopamina repleto de lucecitas que indican mensajes pendientes. Trabajo pendiente. Vivimos en el descuento: bienvenidos al tiempo negativo, donde siempre estamos en deuda.
La vida de los universitarios constituye un caso notable: un mensaje electrónico les avisa de una tarea colgada en una plataforma distinta que tendrán que entregar electrónicamente. No te despistes, no te desconectes. Controla tu wifi, ten a mano tus contraseñas. No te regodees en el aprendizaje, no leas con calma, no dediques tiempo al gozoso deleite de la construcción intelectual; ya tienes un trabajo por entregar. Ya tienes dos.
Su justa medida, nos avisan los antiguos. La electrónica ya la cumplió y la rebasó, pero conviene que le impidamos atosigarnos y vaciar de contenido la vida a cambio de una vida a su servicio. Volvamos a deleitarnos en la morosa artesanía serena. Todo lo gozoso se afronta con dilación; lo amargo reclama frenesí. La electrónica está convirtiendo nuestros días en números rojos, en un permanente llegar tarde, en un comer sobre el fregadero.
Se avecina una decisión primordial, la de arrebatar las riendas de nuestra vida de las manos de tecnológicas y telecos (no se engañen, son ellas quienes nos están esclavizando) y volver a orientarla con sosiego hacia el camino sinuoso, que es siempre, a este respecto, el camino más corto.
Cualquiera que haya escuchado las declaraciones del españolísimo Xavi Hernández (parece dibujado por Ibáñez, podría ser el jefe de la banda que por mucho que se afeita siempre tiene sombra en la cara) sobre que con sol no hay quien juegue puede sentir la tentación de pensar que el tipo tiene que ir a que le repasen el filo.
Hernández cultiva la pose de jardinero a la francesa, de parterre ortogonal y simetría milimétrica. Un cespéd más largo de lo que dicta su genial intuición sería menos que perfecto, como para un chef un exceso de sal o para un Borgia una dosis insuficiente de cantarella.
Que Hernández tiene una visión de la realidad más cercana a la del lactante que a la del adolescente lo dejó claro con su visión idílica de Catar: como él vivía bien en Catar, en Catar se vivía bien. En Catar la homosexualidad, por ejemplo, es un trastorno mental que puede suponer hasta 7 años de cárcel. Pero para el jardinero de Tarrasa Catar funciona mejor que España. Se plantea entonces una dicotomía interesante: o Javier se cree las simplezas que suelta o al tipo le compensa que lo tomen por imbécil porque persigue lo que considera un bien mayor.
No parece probable que el pollo tenga la capacidad retórica de Cicerón o de Churchill, pero sí cabe la posibilidad de que aquellos que seguimos frotándonos los tímpanos ante la tropelía intelectual perpetrada por el entrenador del F. C. (Fomento de la Corrupción) Barcelona hayamos tragado el anzuelo y le estemos en realidad bailando el agua al quejica carpetovetónico, y me explico.
Nadie que yo sepa ha puesto esta semana el dedo en la llaga: la cuestión no es que el balón corra menos con la hierba seca y centimétricamente más larga, que lo hace, sino que el pavo siga tratando de colarnos la patraña del fútbol de salón y el toque de orfebre cuando a lo que juega su equipo es básicamente a la versión azulgrana del catenaccio.
Estamos criticando la reclamación del catalán españolazo porque es la de un adolescente que pide más y más a su favor sin tener nunca suficiente, y estamos olvidando que es un ejercicio de hipocresía enorme, porque el Fomento de la Corrupción Barcelona ha sacado el autobús en varias ocasiones esta temporada y lo que le iría verdaderamente bien sería jugar en lo más frondoso de un maizal con un balón pinchado y bajo intensa granizada.
Así que tenga cuidado si protesta por la protesta de Protestitas, porque podría ser que estuviera dando por buena una premisa inválida: la de que el equipo que untaba al estamento arbitral persigue no se qué excelencia futbolística cuando en realidad lo que hace es colgarse del larguero.
P. S.: Hablando de Francisco Ibáñez, ¿para cuándo el Princesa de Asturias para el autor del siglo XX que más ha hecho por la lectura en España?
Vaya por delante que lo único que hizo la RAE hace unas semanas fue reformular el texto en el que se explica la norma sobre la tilde en el adverbio solo. Lástima: se perdió otra ocasión para erradicarla por completo, incluso en casos de supuesta confusión. Verán:
Si regalamos a Esteban un volante, ¿Esteban juega al bádminton o es piloto de carreras?
Si Lucas pidió todos los platos y, finalmente, vino; ¿pidió la bebida después de la comida o se acercó a nuestra mesa a saludarnos?
Si Obdulia es atleta y su carrera quedó arruinada por un segundo, ¿su declive lo propició una plata o fue por la sexagésima parte de un minuto?
¿Entonces? ¿Qué hacemos, le ponemos tilde a todos los pares de palabras homógrafas? La tilde en sólo no solo no cumple ninguno de los criterios generales de la tilde diacrítica (ni es monosílabo ni ninguna de sus formas es átona), sino que atenta contra el principio de economía y normalización que la RAE aplica desde hace décadas y que está consiguiendo una coherencia total en la acentuación de las palabras: conociendo las sencillas normas de acentuación del español es imposible ignorar cómo se pronuncia una palabra, lo que no tiene parangón en los idiomas de nuestro entorno.
Pero héteme aquí que ciertos académicos, entre los que se encuentran algunos escritores, tratan de enmendarle la plana a los lexicógrafos en el asunto del sólo. Parece ser que el argumento pueril que identifica menos tildes con una relajación ortográfica tiene más de uno y más de dos valedores; entiendo que a los nostálgicos también les parecería mal que la preposición á, el verbo fué o el sustantivo guión la perdieran en 1911, 1959 y 2010 respectivamente.
Sería revelador comprobar la escabrosa ortografía de los manuscritos que algunos de esos escritores depositan sobre la mesa de los correctores ortotipográficos y, por otra parte, sería estupendo que dedicaran su tiempo a aspectos más urgentes y que les conciernen más, como dar una alternativa a los videojueguiles farmear, grindear, streamear, respawnear y otras decenas de palabras que están arruinando el español de niños y adolescentes.
A ver, en parte te entendemos. Los jugadores de fútbol hacen eso, jugar, y ser tan tan bueno y habitar el banquillo con tanta regularidad debe de resultar incómodo. Nadie debería mostrarse desagradecido si decides irte, pero eso no debería llevarnos a conclusiones precipitadas. Sobre todo a ti.
En determinadas circunstancias es difícil ver las cosas con perspectiva, especialmente si uno se siente dolido. Pero alguien tiene que decirte lo que te estás jugando: convertirte en una leyenda indiscutible del Real Madrid. Una leyenda, insisto, del Real Madrid. Para mí y otros como yo (con un gusto refinado, se entiende) ya lo eres, ojo: lo certificaste cuando en la pasada Champions (una de tantas y a la vez una Copa de Europa única), mientras el crono se desangraba y los pseudomadridistas se iban del estadio porque el City nos sacaba dos goles, pronunciaste ante los más jóvenes el resumen más depurado de 120 años de historia, una clase magistral de madridismo: «Se confía hasta el final», sentenciaste con la templanza que solo atesoran los héroes y los hombres honrados. Con solo esa premisa en las alforjas podría un novato triunfar en Chamartín.
Pero hasta en la leyenda hay grados, y si te quedas ganarías el derecho a brindar en el Valhalla con Monjardín, Quesada, Zárraga, Camacho, Chendo y Sanchís; aquellos que nunca defendieron otra camiseta. Algo de lo que ni un tal Santiago Bernabéu puede presumir, porque en 1920 se rebotó con el club de nuestros amores y jugó un partido con el Athletic Club, precursor del Atleti.
Nunca te irías por dinero porque en ese caso ya te habrías ido, y si te vas por orgullo igual te vamos a seguir queriendo, pero si te quedas contaremos a nuestros nietos que vimos jugar a Nacho Fernández, como quien cuenta cómo Sigfrido mató al dragón o quién era Héctor, hijo de Príamo, y les podremos decir no solo que siempre rayabas en la perfección, sino que eras más madridista que la corona del escudo.
En algún momento de los años 70, mientras los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria «salían a correr» (y esa gente corre como salvajes) con una camiseta de la panadería de su pueblo, algún moderno con la necesidad de resultar interesante pensó en que lo que había que hacer era «footing». Hacer footing era muy parecido a salir a correr, pero mucho más sofisticado.
En los 90, cuando hacer footing había perdido el oropel de lo moderno por razón de antigüedad, los innovadores de turno decidieron decantarse por el jogging. Como sin duda imaginan, hacer jogging es muy parecido a salir a correr, pero a la vez fácilmente distinguible: los que practicaban jogging llevaban auriculares, todavía de cable, y estiraban de forma ostentosa en los semáforos para lucir las Naiki (si hacías jogging decías Naiki) fosforitas.
Diez años más tarde, cansados del jogging, sus practicantes se entregaron al running o, de forma más literal, «le pegaron al running». Como a estas alturas ya habrán adivinado, el running es terriblemente parecido a salir a correr, con la diferencia de que cuando el runner ya se ha bebido litro y medio de Aquarius para reponer electrolitos y ha subido una story con un mapa de su itinerario, los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria española siguen corriendo con la camiseta de la panadería del pueblo y una coquillera de cuero repujado. Siguen corriendo, me refiero, desde el año 73.
Ese anhelo por parecer sofisticado que tan bien conoce Pantomima Full («Sal de tu zona de confort», «Chicos, ya está la quinoa») es inocuo cuando alguien decide salir a correr de forma glamurosa, pero resulta fatal y/o grotesco en otras actividades humanas. Abran LinkedIn y sabrán a qué me refiero, aunque aquí hemos venido a hablar de educación.
Verán. Si no están familiarizados con los congresos, seminarios o jornadas sobre educación, podrían pensar que tienen algún contenido real. Al fin y al cabo, cuando uno va a un restaurante espera comer. Uno podría pensar que en una charla sobre educación se va a hablar sobre educación, por ejemplo, sobre cómo enseñar de forma eficaz el complemento de régimen verbal, o la importancia de la modernidad para los estudiantes de Secundaria, o la posibilidad de apoyarse en el cálculo de operaciones combinadas para enseñar sintaxis. El milagro que supone la mano derecha del David de Miguel Ángel (y la izquierda, ya que estamos y parafraseando a Hugh Grant). La relación de los prerrafaelitas con la literatura medieval y su inmensa utilidad para estimular la imaginación de los adolescentes…
Contenido, en fin. Sustancia, busilis. Solomillo Wellington.
Naranjas de la China. Los congresos educativos versan sobre liderazgo educativo o pedagogía emocional. Tienen por nombre «Seamos creativos» o «Lo que construimos unos en los otros». Blablablá. Uno se llama Innovagogía, se lo prometo. La innovagogía salvará al mundo. Cada vez que contemplo casi con ternura uno de estos intentos por parecer sofisticado pienso en la escasa utilidad de la muerte de Sócrates, azote de farsantes, que conocía y denostaba esta tendencia tan humana (y tan antigua) a parecer moderno arrinconando el verdadero conocimiento.
Todo esto se quedaría en anécdota si no fuera porque está estrechamente relacionado con una realidad mucho menos jocosa: los alumnos de Bachillerato españoles no saben leer. Como suena: los alumnos de Bachillerato no saben leer. Están alfabetizados: saben transformar los signos en sonidos (con dificultad), pero no tienen literacidad: no pueden transformar un texto en conocimiento. Pregunten en la universidad y prepárense a sufrir.
Imagínense entrando en un restaurante donde se les habla de la decoración, los manteles y la comodidad de las sillas. Con una gusa tremenda, contemplan como el camarero les recita un panegírico sobre la langosta europea y les presenta un plato vacío (de la mejor porcelana). Ese mismo vaciamiento ocurre en los colegios, con la aquiescencia de quien no pone el grito en el cielo. Pero no teman, porque estamos empezando a ponerlo, no somos pocos y además somos mejores.
Ellos son más, eso sí, y tienen la ventaja de remar a favor de corriente; el conocimiento sin conocimiento, esta educación de cáscara vacía es lo más coherente con un mundo donde ya existe la producción sin producción (el mercado financiero), la comunicación sin comunicación (las redes sociales) y el cine sin cine (CGI). Cuánta razón tenía McLuhan.
—Que alguien me devuelva a Baker Street.
Está por venir el tiempo en que mandaremos al empoderamiento, la resiliencia y la disrupción allá donde reposan el footing y el jogging, porque el último en parecer sofisticado es el primero en hacer el ridículo.
Se trata, por tanto, de comenzar por algo sencillo, como llamar a las cosas por su nombre. Llamar, por ejemplo, ignorancia a la ignorancia, y al coach cantamañanas. Anunciar el advenimiento de una Nueva Ilustración.
P. S.: La imagen corresponde a Luz de luna, invierno, de Rockwell Kent. Recuerden que existe una edición de Moby Dick (ese libro que a Lo País le resulta innecesario) ilustrada por él.
«Durante el primer cuarto del siglo XXI una adicción desconocida se apoderó de la práctica totalidad de la Humanidad. Como en otras adicciones previas y ya identificadas, sus víctimas se creían a salvo. «Yo controlo», se decían. Como con el opio en la China del XIX o con la cocaína a principios del XX, el enemigo fue sibilino, e incluso estuvo bien visto, hasta que sus efectos catastróficos fueron demasiado notorios.
¿Cómo pudo extenderse con tal velocidad una adicción tan letal en sociedades supuestamente avanzadas?
Las organizaciones ya sabían los beneficios que la adicción genera. La adicción es la fidelización definitiva; no hay mejor cliente que el cliente zombi. Lo sabían las organizaciones ilegales en la Colombia de Escobar y lo sabían las organizaciones legales en la California de Cupertino.
Con ese conocimiento, estas últimas diseñaron un dispositivo electrónico portátil capaz de hacer que el cerebro de sus clientes liberara grandes cantidades de un neurotransmisor llamado dopamina, que les proporcionaba unos segundos de placer tan volátil como deseable. Las dosis podían repetirse indefinidamente, lo que llevó a que en los Estados Unidos de 2022, por ejemplo, un adolescente medio pasara 7 horas y 22 minutos al día administrándose dopamina. El 46 % del tiempo que pasaban despiertos.
Respecto a otros modelos de negocio basados en adicciones, como el tabaco o la cocaína, los dispensadores de dopamina presentaban varias ventajas incomparables, que resumiremos en dos: los dispensadores de dopamina eran legales y, sobre todo, los dispensadores de dopamina no mataban a sus clientes. No hace falta tener una visión empresarial muy desarrollada para conocer la ventaja de no matar a los propios clientes.
¿Cómo lograron las corporaciones meter en el bolsillo de cada ciudadano el que era sin duda el peor dispositivo audiovisual de los últimos 50 años? En primer lugar, para hacer los dispensadores más sofisticados y sexis, las corporaciones sustituyeron el término «electrónica» por el de «tecnología», concepto con mucha más pegada a pesar de abarcar un campo mucho más amplio que el de la electrónica. Con el cambio de siglo se desligó la noción de conocimiento (saber escribir a mano, saber construir un violín) de la de tecnología. Solo lo material era tecnológico. Solo lo electrónico era tecnológico.
Esa fantasmagoría, esa veladura ocultaba una mucho más perniciosa. Lo que las corporaciones autodenominadas tecnológicas estaban vendiendo ni siquiera era de naturaleza electrónica, sino química. Estaban vendiendo chutes de dopamina, pero la doble cortina de humo evitaba que lo pareciera.
En segundo lugar, se dieron la mano con algo llamado «redes sociales», lugares inexistentes vacíos de contenido, información o contacto humano, pero con la apariencia de proporcionar a los adictos contenido, información y contacto humano.
¿Cómo terminó la crisis de la dopamina? Los momentos más duros fueron pasando precisamente cuando la farsa tecnológica se fue desvelando, cuando el aparato físico en que consistía el dispensador de dopamina dejó de significar sofisticación tecnológica y comenzó a ser visto como lo que era en realidad: sumisión química. Una vez perdido el sex appeal el negocio se vino abajo como un castillo de naipes y sus víctimas comenzaron a verse como adictos y no como consumidores sofisticados. Súbitamente comprar un dispensador de dopamina a un adolescente comenzó a estar tan mal visto como regalarle un cartón de tabaco o un gramo de cocaína, y la tormenta se fue tan rápido como había llegado».
Siempre está la oportunidad de ser precisos: no dice «un mal juego» porque no lo es. Elden Ring es un buen juego, uno muy bueno. Pero el tipo que lo ha hecho, Hidetaka Miyazaki, es el mismo que firmó Dark Souls y Bloodborne. Y un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Esa es la primera razón.
Porque existen Dark Souls y Bloodborne
El amor tiene algo de excluyente. Los Soulsborne son una joya, y nadie que haya caído en sus redes vuelve a mirar igual a los demás videojuegos. Así es el amor.
Nunca olvidaremos la primera vez que llegamos a Anor Londo, o el primer paseo por Yharnam (siempre nos quedará Yharnam). El secreto de esos momentos comparte algo con la lectura de Bastian en el desván o la vuelta a Bolsón Cerrado: nunca nadie podrá hacernos creer que no estuvimos allí en piel y hueso.
Como videojuegos, tanto Dark Souls como Bloodborne tienen mil virtudes, pero lo que los sitúa a otro nivel, como a las buenas novelas, es su capacidad de sacarnos por unas horas de la realidad y hacernos vivir otra vida.
Jugamos por el crujido de la madera, por el viento entre los árboles. Por momentos perfectamente afinados que cumplen su objetivo. Por una música que suele casi siempre anunciar catástrofes, pero que a veces nos proporciona un remanso de paz en los pocos lugares donde sentirse a salvo. Por una historia que nadie nos cuenta y que solo atisbamos, pero que sabemos que está ahí, que proporciona un marco, un fondo denso, que garantiza nada menos que la credibilidad del mundo.
Los Soulsborne son tan buenos que cualquier juego que se empieza después tiene algo de frustración. De ojalá fuera tan bueno. Incluido Sekiro. Incluido Elden Ring.
Dark Souls nos envía directamente a Willow, Legend, El Cristal Oscuro, Marcabrú, Tolkien, Gormenghast (el ático de Fuchsia es puro Miyazaki), Doneval y el ciclo artúrico. Por su parte Bloodborne edifica ante nuestros ojos las locuras de Robert Chambers; los fantasmas de M. R. James; Drácula; el horror cósmico de Lovecraft y William H. Hodgson; el aire viciado de El sótano de la peste, de Stevenson. Poe. Dickens.
Sé que parece que exagero. Acompáñenme; nos vamos a Londres.
La anterior es la réplica de una bomba de agua situada muy cerca de su emplazamiento original, en la calle Broadwick de la capital inglesa. No es una bomba cualquiera; gracias a ella el anestesista y epidemiólogo John Snow demostró que el cólera que hacía estragos en Londres a mediados del XIX se contagiaba a través del agua y no del aire como se pensaba hasta entonces (por supuesto, la comunidad científica recibió el descubrimiento entre chanzas y cuchufletas, pero esto es arena de otro costal). Ahora vamos a Yharnam.
A la derecha. Sí, es la misma. Y no, no todas las bombas del XIX eran iguales. Sigamos investigando. ¿Se han fijado en la placa que se puede ver en la primera foto? Veámosla de cerca.
«determinó que el cólera es una enfermedad transmitida por el agua». Water borne. En Bloodborne la locura se transmite a través de la sangre. Blood borne.
No esperen ese grado de detalle en la ambientación de Elden Ring. Ni ese grado ni ningún grado. A cambio podemos viajar a lomos de un caballo con cara de teleñeco, lo que nos lleva al siguiente problema.
Por el mundo abierto
Le teníamos al mundo abierto más miedo que a un nublao, y teníamos razón. En los juegos anteriores jugar era sufrir. Cada paso escondía la certeza de la muerte. Jugar cansaba. Jugar era afrontar las propias limitaciones. Solo mejorando podía superarse cada zona. No había escapatoria hasta que, gracias a un maravilloso diseño de niveles, se activaba un ascensor, se abría una puerta o se descolgaba una escalera. Ese sufrimiento, ese jugar en permanente tensión, ese cansancio era una componente esencial para vivir en primera persona el viaje del héroe. Todo estaba peligrosamente preparado, todo estaba al servicio del objetivo último: pasarlo bien pasándolo mal.
En cambio, Elden Ring no solo permite darle la espalda a las dificultades insalvables yendo a otro lugar del mapa sino que entre cenizas e invocaciones es posible darle esquinazo a la dificultad, la superación y el tesón. Sí, Elden Ring es más fácil, mucho más fácil, y por ello la satisfacción de superar cada escollo es mucho menor.
Esa voluntad de hacer el juego más comercial tiene su impacto en la dirección de arte: más allá de que el juego sea verde y beis, como las películas de hace 20 años, la música es menos opresiva, las armaduras son más barrocas y los castillos ya no dan miedo. Con lo romántico que era sentirse miserable.
Por el mundo abierto (II)
Sí, me repito, pero veámoslo ahora desde el otro lado. Es muy difícil explicárselo a alguien que no los haya jugado, pero tanto Dark Souls como Bloodborne consiguen que repetir una y otra vez la misma tarea hasta que deja de parecer imposible primero y comienza a convertirse en un objetivo realista después (y es un proceso que puede durar messes) se convierta en una experiencia que trasciende los videojuegos. Los Soulsborne no son muy difíciles en un sentido cuantitativo, es decir, alcanzado una puntuación muy alta en una cierta escala de la dificultad. Es que son desesperantes. Prácticamente imposibles de terminar sin una atención plena o la ayuda de otros jugadores: a menudo es imposible encontrar el camino. No es un Soulsborne si no hace llorar a un adulto emocionalmente estable. Elden Ring es un juego difícil, no crean. Pero no haría gimotear ni a Roger Federer.
Por la poesía
Porque estamos hablando de amor. Los cuatro Soulsborne (tres Dark Souls más Bloodborne) son para el abajo firmante los mejores juegos de la historia. Y no lo son solo por todo lo anterior. En la balanza pesa mucho más que a veces, al recorrer por enésima vez un corredor que nos está amargando la vida, la armadura empieza a pesar y se comprende lo que es enfrentarse a la muerte por obligación, como los héroes de verdad.
A veces, tras acabar con un jefe tan difícil que se había convertido en un trabajo a tiempo parcial, de repente se hace el silencio y solo se escucha nuestra respiración bajo el yelmo. Y se comprende el sentido del amanecer que despunta en el horizonte (Praise the Sun!) y se echa de menos a los amigos que cayeron, o que matamos por error…
A veces, cuando se espera el golpe fatal, aparece un reducto de paz, y la música se serena y nos anima a pensar que quizá veamos un día más. Pero también que es el momento de seguir el camino.
Puede que me haya quedado sordo o ciego, pero no he visto nada de eso en Elden Ring. La música no me ha estremecido y, por mucho que he buscado, no he visto a los caballeros de la mesa redonda ni me ha maravillado ninguno de sus dragones.
No me malinterpreten, insisto, Elden Ring está pulido, enfoca el mundo abierto con acierto y tiene combates espectaculares. Es solo… que no es lo que podía haber sido. Que está hecho para gustar a todos, y al parecer lo ha hecho, pero por eso mismo no creo que haya atravesado el corazón de nadie.
Tengo la total certeza de que Poe, de estar vivo, se pasaría las horas jugando a Bloodborne. Tengo muchas más dudas con Elden Ring, con sus minijefes repetidos y su inmersión a medio gas. Con su música desganada. Con la sensación de sí-pero-no, de quizá-ahora-llegue-lo-bueno. De qué ganas tengo de volver a Anor Londo. De que, afortunadamente, siempre nos quedará Yharnam.
Existe en nosotros el ansia de lo medieval. Siempre estuvo ahí, pero durante la última década lo medieval se antoja imprescindible. La imagen de la Edad Media que ha llegado hasta nosotros puede ayudarnos en un puñado de cosas: entre ellas, la gestión del tiempo y la necesidad de fama.
Las cifras dicen que la vida humana es mucho más larga ahora que hace mil años, más o menos el doble. Las cifras mienten. Ustedes, san Agustín, Husserl y yo sabemos que más importante que la duración objetiva de las cosas es la duración subjetiva. Que una tarde mirando el perfil de la montaña dura mil veces más (aprox.) que una tarde mirando el móvil. Esa lentitud, ese desgranar la vida sin prisa tiene otro nombre: serenidad.
Pero es que además se nos impone la necesidad de la fama. Por si el día no fuera ya lo suficientemente corto, la fantasmagoría de cuidar nuestras redes sociales para alcanzar mayor difusión nos permite participar engañosamente del anhelo por excelencia desde la segunda mitad del siglo XX: ser famoso. El artista/artesano medieval desprecia la fama: el sentido último de lo que hace es lo que hace. He ahí una de las recetas de la felicidad.
Esa ansia de lo medieval hace que siempre terminemos por volver a Tolkien y su fantasía legendaria. A Wagner y su fantasía legendaria. A su vez, hace que Wagner y Tolkien miraran a la Edad Media para sus obras maestras. A su vez, hace que los pueblos europeos vuelvan sus ojos a la Edad Media para establecer sus mitos fundacionales. Arturo, Sigfrido, Beowulf, Roldán.
Esa búsqueda a veces produce hallazgos de importancia vital (Los Nibelungos, de Fritz Lang). Otras no dan la talla, en cambio, o aciertan el tiro pero no exprimen del todo el busilis medieval. Pues bien; existe una pequeña joya para la que no estábamos preparados: Sir Gawain y el caballero Verde, un poema inglés del siglo XIV sobre la llegada a Camelot de un extraño caballero vestido de verde y los desvelos que le provocará a sir Gawain, sobrino y paladín del rey Arturo.
Fue precisamente Tolkien quien la rescató, hasta el punto de editarla (y es esa edición la considerada canon), pero como no vamos a mejorar las palabras de Luis Alberto de Cuenca al respeto, dejemos que hable él mismo:
«Movimiento, color, viveza en los detalles: son las características fundamentales del autor de Gawain, que demuestra un ingenio y una agudeza poco comunes, además de un finísimo sentido del humor.
[…]
Todo tiene el calor y la vida de la experiencia y la complicidad. Los paisajes, la atmósfera, los sonidos. Todo se inscribe en el relato con una enorme libertad que racionaliza el prodigio y da un rostro a la maravilla».
Ningún relato de origen o ambientación medieval que servidor haya leído satisface tanto las espectativas como Sir Gawain y el Caballero Verde. Es relato de chimenea, de abandono del mundo y sus desdichas y zambullida en la única felicidad verdadera, la que proporciona la literatura.
Alguien más ha debido de fijarse en los últimos tiempos en el relato anónimo, pues en 2021 el estadounidense David Lowery escribió, produjo y dirigió El caballero verde, una cinta rodada según el método postmoderno de resultar críptico para aparentar ser profundo. Un bodrio, en otras palabras, y para más inri todo lo contrario de la gozosa sencillez del relato original. Ni la Vikander se salva.
Mención aparte merece la versión homónima de 1984, de esa época en que Sean Connery aparecía en cuanto proyecto disparatado se le pusiera a tiro. Observen:
Sí, lleva acebo en la cabeza. Es Sean Connery y puede ponerse lo que quiera
La película está protagonizada por un Miles O’Keeffe disfrazado de He-Man a quien resulta muy difícil perdonar, y aunque es un disparate en sí misma yo volvería a intentar verla sin dormirme antes que revisitar el pretencioso pestiño de Lowery.
Alianza acaba de reimprimir Sir Gawain (2021), y hay una edición escolar de Siruela de la que no puedo responder. Pero si este invierno les asalta la nostalgia del cuerno de caza y la mística de lo artúrico no lo duden: el genio que pergeñó nada menos que «el mejor texto artúrico inglés» no va a decepcionarlos.
P. S.: La joya que abre esta entrada es El último sueño de Arturo en Avalon, de Edward Burne-Jones.