La importancia de las cosas nimias

Entra dentro de lo posible que haya personas con total desprecio por la ortografía que sean exquisitas en su trato y radicales observantes de las normas de urbanidad. Es totalmente posible. Probable, incluso.

Lo que es seguro es que la persona que cuida los textos que escribe incluye involuntariamente en ellos un paquete de metadatos sobre sí mismo. Que dicen lo siguiente:

  1. «Me preocupo por ti. No sé quién eres, (lector), y quizá nunca te conozca, pero me he tomado la molestia de releer este texto para eliminar sus escollos».
  2. «Soy cuidadoso en esto y probablemente lo sea en otros ámbitos de la vida».
  3. «Conozco cómo funciona el lenguaje. Sé que la ortografía no es un adorno virtuosista, sino que si lo escribo de otra manera estoy diciendo otra cosa».
  4. «Leo. Es probable, por tanto, que sea un interlocutor interesante. Soy consciente de que mucha gente no lee y no le ocurre nada grave, pero también sé que es mejor leer».

Y todo esto gratis. Una estupenda campaña de publicidad sobre uno mismo, totalmente gratis. Claro, que con el nivelón que nos gastamos esto de la ortografía es una batalla perdida, pero ya se sabe que las batallas perdidas son precisamente las que merecen la pena.

No

Ah, y todo lo anterior puede aplicarse a esas personas que se esmeran en cosas aparentemente fútiles pero que encierran en sí mismas nada menos que el secreto de la felicidad. Lo saben los amantes del té y su ceremonia. Los calígrafos. Los que aún saludan al llegar y al irse. Los que ceden a una dama el lado interior de la acera (si queda alguno). Los que antes morirían que escribir con boli sobre las páginas de un libro. Los entomólogos. Aquel camarero que hace unos años pude ver de madrugada en un VIPS midiendo escrupulosamente la posición de los cubiertos que estaba colocando sobre los mantelitos de papel. Sin que nadie nunca se lo agradeciera. Por el mero placer de hacerlo. Consciente de que la mayor dignidad reservada al ser humano es saber encontrar el sentido de la vida en la trascendental banalidad del aquí y el ahora.

PS: Sobre el «nimias» del título, es un azar maravilloso que junto a «Insignificante, sin importancia» nimio signifique también «Prolijo, minucioso, escrupuloso».

Obreras y zánganos

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Las leyes educativas en España han sido un éxito. No sé si hay quien lo dude, pero por si acaso me explico.

Al sistema le gustan los ciudadanos confusos; Kafka lo sabía. El Estado prefiere ciudadanos calladitos; preguntadle a Solzhenitsyn. A las élites, en general, los libros les parecen objetos peligrosos; leed a Bradbury. A los partidos les priva el control (Orwell), y controlar a idiotas es mucho más fácil.

El Estado nos quiere muditos. De nueve a ocho, sufragando alegremente sus poltronas y acudiendo a las urnas para elegir entre lo disponible, que no es mucho. (Ellos sí) saben que la pluma es más poderosa que la espada, y que cuando la gente se pone a pensar surgen los problemas por doquier. Así que hay que arrancar el problema de raíz: desde el colegio. Se trata de diseñar planes educativos que destierren la Filosofía y el resto de humanidades, formar abejas obreras que mantengan a los zánganos sin protestar. Preguntadle a un adolescente si sabe quién es Hitchcock (no ya Bergman, ojo), o que lea un artículo cualquiera de la prensa y os lo cuente. Preguntadle en qué año tuvo lugar la Revolución Francesa. O en qué siglo. Es más: preguntádselo a su profesor si es jovencito. Lo mismo hay sorpresas.

Trasciende que nuestro nivel educativo es bajo, pero esa es la más peligrosa de las medias verdades. La realidad es que nuestros cachorros ya no saben leer. Como suena. Ni sumar. Ni hablar con cierta corrección. Ni cuál es la capital de Alemania. Serán unas magníficas obreras y los zánganos sonreirán como hienas, pensando en cuánto le deben a la LOGSE, la LOE o la LOMCE entre otras joyas. Leyes nacidas para formar «trabajadores eficientes y consumidores responsables», no «ciudadanos», ni «personas», ni «seres humanos».

La distopía ya está aquí, pero no importa porque nadie sabrá qué nombre ponerle.

Política para ilusos

Percibo a mi alrededor cierto desencanto producido por los políticos. Cierta desilusión. Es decir, que hubo encanto e ilusión. ¿Cuándo? ¿Por qué? Los políticos llevan miles de años comportándose igual, así que si nos engañan la culpa es nuestra. Hay una serie de malentendidos que deberíamos subsanar:

1. Los políticos quieren que la gente sea feliz. ¿De dónde ha salido eso? Si fuera así se habrían hecho misioneros, o miembros de una ONG. Los políticos no buscan la felicidad de los demás. Buscan el poder. Solo buscan el bien común si perciben que eso aumentará su capital político, lo que es más fácil que ocurra si se trata de una democracia representativa. Eso es todo.

2. A los políticos les preocupa nuestra libertad. Por favor. El político es aquel amigo que decidía a qué se jugaba en el patio, aunque el balón no fuera suyo. El político dedica una gran cantidad de esfuerzo a lograr un estatus que le permita decidir cómo tenemos que comportarnos los demás. A grandes rasgos un político es, sobre todo, un gran entrometido. Llamamos Estado a la herramienta que utiliza para meterse en nuestra vida, por eso son tan peligrosos los partidos que quieren aumentar el tamaño de este. Es como si un caballo le pide al jinete que use una fusta más grande.

3. El político ideal tendrá un comportamiento irreprochable. ¿Y por qué no el zapatero? Hay que tener objetivos realistas: que los políticos sepan leer, por ejemplo.

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4. Los políticos tienen ideología. Otro error. La ideología es una carga demasiado pesada para llegar con ella a la cima. O la dejan atrás o se quedan atrás con ella.

5. Mi educación es responsabilidad de los políticos. Prefieres pensar eso y estás en tu derecho, pero la educación es responsabilidad de padres, alumnos y profesores. Conseguir el dinero para que sea gratuita es de nuevo un problema de gestión, no de responsabilidad.

6. Merecemos políticos mejores. Los políticos no son un premio, ni un castigo (aunque lo parezcan). No los pone ahí el destino ni son un espejo en que mirarnos. Ni siquiera deberían ser una excusa.

Así funciona la política desde que en una cueva un grupo de personas tuvo que decidir si encender o no el fuego. Probablemente desde antes. Entenderlo nos hará inmunes al desencanto y más resistentes frente a la actividad perniciosa de estos extraños seres.

Rebeca, de Daphne du Maurier

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Así sí. Tras la última elección desafortunada, no hay como recurrir a los clásicos (vale, quizá sea exagerado llamar clásico a Rebeca) para recuperar la fe en la literatura.

Tampoco en esta ocasión voy a hacer una crítica, aunque la obra lo merece. Solo me gustaría utilizarla para explicar por qué es un buen libro y por qué la buena literatura lo es.

Más allá de gustos personales o de la caracterización Rebecaexhaustiva de lo que de forma artera se da en llamar «alta literatura», lo que hace que un libro sea digno de ser leído (no todo es relativo: hay que mojarse) es que haya verdad en él. Que sus claves y códigos sean los de la vida. Un escritor (escritora, en este caso) es básicamente un mentiroso, y hay que exigirle que mienta bien. Dando por supuesta la existencia de una buena historia, lo que hay detrás de un gran libro es básicamente trabajo: ha de tener textura, solidez, dimensiones; responder a las mismas leyes que la realidad (o crear unas nuevas y después respetarlas, como Tolkien). Aunque un personaje solo tenga dos frases irrelevantes, el autor debe preocuparse por establecer su extracción social o a qué edad se le cayeron los dientes de leche (esto último es exagerado, pero solo un poco).

La inspiración está muy bien, pero es menos mística de lo que parece: se reduce a unas condiciones de trabajo adecuadas. Escribir diez horas, por ejemplo, suele ayudar más a escribir un buen capítulo que esperar la llegada de las musas. Ejemplo:

Mientras la segunda señora De Winter nos cuenta cómo se ve obligada a soportar los rigores de las convencionales visitas de sociedad, utiliza una frase que recoge a la vez el carácter postadolescente de la protagonista, la vacuidad de las convIMG-20160227-WA0003ersaciones al uso y la hipocresía social predominante, y todo ello con sutileza y sarcasmo:

«Continué sentada, con las manos sobre la falda, dispuesta a expresar mi conformidad con la primera que dijera algo».

Hay escritores que tardan toda una vida en lograr una frase así. Pero claro, estamos ante una autora que se molesta en que la celebérrima frase inicial de la obra («Last night I dreamt I went to Manderley again») tenga la estructura métrica de un senario yámbico. Trabajo, trabajo y trabajo. Lo de la inspiración es la excusa de algunos para atizarse un lingotazo de cuando en cuando.

 

La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons

Poste

Esta es la portada más fea que he encontrado para ilustrar mi advertencia sobre La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons. Yo me he leído la edición de Impedimenta, pero no pongo esa portada porque Impedimenta edita muy bien y lo mismo os dan ganas de comprarla.

Advertencia, insisto, no crítica, y la escribo porque conmigo ya somos tres las personas que aprecio que hemos caído como incautos ante las referencias de la trasera a Wodehouse y Evelyn Waugh. De hecho, alguien se ha atrevido a decir que «se la considera la novela cómica más perfecta de la literatura inglesa del XX», así, en impersonal, para repartir culpas. Es decir, que no solo se cepillan a los dos citados supra, sino a Chesterton, Conan Doyle (Las aventuras del brigadier Gerard es de 1903 y no hay color) o a Saki.

A lo que íbamos. Aunque al principio hace algún elegante ejercicio de sátira y se sitúa del lado del cínico sarcasmo inglés que tanto nos gusta a los esnobs,  la trama en seguida se despeña hacia el género literario conocido como bodrio. La historia no interesa, los personajes se confunden y los lugares comunes se suceden. Solo al final se adivina algo de humor; las carcajadas de la autora riéndose de nosotros. Aquí:

«—Charles, tienes unos dientes… divinos».

Y aquí:

«—[…] Oh, Flora, soy insoportablemente feliz».

Qué poco respeto al papel en blanco, que diría Fernán Gómez.

PD: Lo de los «dientes… divinos» (la cursiva no es mía) me recuerda a una frase de Mr. Holmes, la aceptable novela de Mitch Cullin en la que la traductora se permite escribir: «Visitaron un mercado donde Holmes compró un abrecartas ideal». Holmes nunca compraría nada ideal. De hecho, al oír la palabra ideal quemaría el mercado y se inyectaría un chute de cocaína. Lo ideal es leerse el canon holmesiano y dejarse de pamplinas. Aquí dicho canon a un precio más que razonable.

 

 

 

Entendiendo el 20-D

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Como veo cierta confusión, voy a poner a vuestro servicio mis nociones de C. Políticas para explicaros la situación:

1. Han ganado los que han quedado terceros, los que hablan rapeando. Los demás han perdido, incluidos los que han quedado primeros.

2. Los resultados se comparan con los anteriores, salvo en el caso de los que han quedado cuartos, que se comparan con unas encuestas hechas a voleo.

3. Las mayorías absolutas son malas, pero el pluralismo tampoco parece gustar mucho.

4. En un día pueden votar 25 millones de personas y sus votos pueden ser contados en tres horas, pero hacen falta dos meses para que 350 personas elijan al delegado de clase.

5. El único que reconoce estar decepcionado es el que ha quedado quinto en votos y octavo en escaños. A él le cobran más caros los escaños. Puedes pensar que dividir el número de votantes entre el número de escaños sería lo más fácil, pero en política ni lo más fácil ni lo más razonable tienen buena reputación.

6. Si piensas que tu voto vale menos que otros piensa que en realidad puede que no haya valido nada: en 2011 casi dos millones y medio de votos se fueron al limbo por obra y gracia de las circunscripciones y el reparto de los restos.

¿Que quieres cambiar la ley electoral? Funda un partido político y gana las elecciones. Cuando las hayas ganado, piensa que lo has hecho gracias a esa ley electoral. Si entonces sigues queriendo cambiarla es que no eres un verdadero político.

Un puñado de incómodas verdades (homenaje a Bierce) (I)

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Actor, triz. m. y f. Sujeto sin personalidad al que resulta reconfortante creer, durante la grabación de una película o la representación de una obra de teatro, que tiene un fuerte carácter o una vis cómica.

Amistad. f. Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Imaginamos que el tesoro es para compensar.

Ascensor. m. Ataúd amplio forrado de espejo.

Autodidacta. adj. Que se basta a sí mismo para experimentar el sopor. La RAE admite autodidacto, pero no es de fiar: también admite cruasán.

 

Por qué no publicar en digital

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  1. Comenzar a editar música en formato digital causó el desplome de las ventas. ¿Qué hizo la industria editorial al verlo? Comenzar a editar en digital. Bravo.
  2. La calidad del producto. Sacar a la venta un título conlleva (al menos en las editoriales que merecen ese nombre) una serie de procesos realizados por el bien del lector. Hay una persona, por ejemplo, preocupada por cosas tan nimias como que la misma palabra no aparezca en la misma posición en dos renglones consecutivos, pues se considera que esa circunstancia entorpece la lectura. En un libro electrónico un mero cambio del tamaño de letra descuadra toda la maquetación, así que no merece la pena corregir ni maquetar con esmero.
  3. Imagina a James Bond con un smartwatch. Exacto. El libro como objeto, como fetiche. Ah, y las bibliotecas. Este argumento lo explica mejor que yo Carl Spitzweg en El ratón de biblioteca:Biblio
  4. La mera existencia de los gurús de lo digital: argumentos como «No puedes oponerte al progreso», más allá de la grima que dan, encierran la sumisión a uno de los paradigmas preferidos por las élites político-económicas que nos dirigen (hacia el abismo): lo que tenga que pasar (porque lo decida la industria) pasará. Resígnate. Y un cuerno.
  5. En formato digital, un libro de Paulo Coelho ni siquiera sirve para calzar una mesa.mesa
  6. El libro es el objeto que mejor representa lo que la humanidad tiene de memorable. Que ese logro intelectual siga ocupando un lugar material coadyuvará a preservar los esplendorosos efectos de ese logro. Porque la memoria se ayuda del lugar (ver Genius loci, de Christian Norberg-Schulz). Volver a tomar un libro en nuestras manos y pensar «aquí fui feliz». Seamos felices.

Sobre qué cosa sea la literatura

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Va, seamos francos. Luego vienen Crimen y castigo y el Ulises y Murakami y hasta Foster Wallace si hace falta (que hace), pero lo que a muchos nos inoculó el veneno fue leer a Dumas y a Verne y a Ende y a otros por el estilo.

La primera vez que robamos aquel libro de las serpientes enroscadas y nos subimos al desván del cole (hacía un frío pelón) lleno de esqueletos y ratones y nos fumamos las clases y el aburrimiento. O cuando entramos en París con D’Artagnan. O al sobrevolar África en globo. En ese momento nos hicimos lectores.

Lo digo porque hay ensayos novelados que nos la quieren dar con queso. Magistrales, muchos de ellos. Libros que pueden cambiarte la vida. Huxley. Orwell. Houellebecq. Novelas de tesis, en su mayoría. Pero que no envenenan. El veneno es otra cosa.