Elogio de Scrooge

En mi infancia fantaseaba con que alguna vez me hicieran el cuestionario Proust, o alguna de las versiones que circulaban por los semanarios. Una de las preguntas de estas revisiones era, si no recuerdo mal «Héroe novelesco que más admiro». Poco a poco, mi respuesta favorita se fue desplazando hacia el señor Scrooge. Por provocar, al principio, supongo. Porque Scrooge y todos los Scrooges del mundo están mal vistos, como si le debieran dinero a alguien.

Con el tiempo fui conociendo, no obstante, el verdadero motivo de mi inclinación: Ebenezer Scrooge me caía ―y me cae― endiabladamente bien. Por algún motivo que no alcanzo a comprender se supone que debemos celebrar la epifanía de Ebenezer tras la visita de los tres fantasmas. Pero esa epifanía es, a la vez, la pérdida de un carácter notable.

Hay que tener un corazón muy duro para no amar a un cascarrabias y, en cambio, solo un lector atolondrado podría prestar su apoyo a un protagonista bonachón. El interés literario de una persona afable viene a ser el mismo que el de un matrimonio feliz: en algún lugar entre ver crecer la hierba y tragarse Los Anillos de Poder.

Pero no es lo literario lo que justifica la elección de Scrooge como compañero de fatigas definitivo: sus ventajas son reales, sus virtudes tangibles, y pueden ser presentadas metódicamente, sin concesiones románticas.

En primer lugar, Scrooge no tiene el menor deseo de engañar a nadie. Esta cualidad no tiene solo un plano superficial (decir siempre la verdad) lo que ya es realmente virtuoso, sino que presenta una ventaja más profunda: el socio de Marley y los que son como él (lo que incluye al propio Marley) no permiten que en nuestra mente aparezca la esperanza ilusoria en una vida mejor: Ebenezer da hoy la de arena y dará siempre la de arena. Esa confianza ciega permite una gestión más adecuada del tiempo y los esfuerzos de quienes rodean al malencarado: la vida a su alrededor transita sobre suelo firme. No hay lugar más confortable en las relaciones humanas que saber a qué atenerse. Quien trata con un Scrooge nunca queda decepcionado, nunca cae, nunca resbala. Scrooge es una cara conocida en medio de un baile de máscaras.

En segundo lugar, el vinagre no puede agriarse. No existe en él riesgo de declive ni de mejora. Mil años de amistad con Ebenezer ―de enemistad, mejor dicho― provocan paz de espíritu y relajo; diez minutos con el filántropo o el risueño proporcionan una incógnita perpetua cuando no complejo de culpa. Tras la aparente alegría de un simpático asoman el trauma o la charla meteorológica. A cambio, el gesto sobrio del hombre enfadado invita a la reflexión, como el aguacero o fumar en pipa.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente ―que lo es― el Scrooge canónico desprecia la vida social, lo que es síntoma inequívoco de una educación esmerada. La vida social, esa tortura que convierte los últimos momentos de la vida de William Wallace en un paseo por el Prater, no existe para el bueno de Ebenezer, lo que explica su razonable inquina contra la desnaturalización navideña y su connatural hipocresía. La renuencia del financiero a alternar con sus congéneres nos habla de su estatura intelectual.

Lo mínimo que podríamos hacer para desagraviar la memoria del señor Scrooge es convertirlo en patrón del único movimiento que merece la pena hoy en día: uno que propugne el cierre de todas y cada una de las redes sociales, donde campan a sus anchas horteras, narcisistas y hasta blogueros. Mister Scrooge es el santo patrón del mayor favor que nos debemos a nosotros mismos: recogernos, real y figuradamente, soltar los perros y cerrarnos a cal y canto. Como decía Pascal, la mayor parte de las desgracias humanas proviene de nuestra incapacidad para quedarnos tranquilitos en casa.

Segunda edición y librofórum

Desde hace un par de semanas ya tienen ustedes disponible la segunda edición de La danza del oso. Didaskalos ha corregido erratas y mejorado (si cabe) la portada. Solo puedo agradecer cada lectura, cada comentario y cada petición de que la segunda parte aparezca prontito. Ah, y también me gustaría agradecer su presencia a todos los asistentes en la presentación de la librería Modesta.

La reproducción de la pintura de Altdorfer ha ganado definición y se han respetado los colores originales

Como también tengo que pedir excusas a quienes se quedaron fuera de Modesta, aprovecho para invitarlos a todos a una nueva presentación el miércoles 22 de abril a las 18:30 en el DOT de la Universidad Francisco de Vitoria (módulo 5 del Edificio Central, ahora llamado edificio Chesterton). Para asistir no es necesario tener vínculo alguno con la UFV. Trataremos de adentrarnos en la medida de lo posible en el territorio del librofórum, sin desvelar nada del contenido de La danza, claro está.

La iniciativa se enmarca en la XI Semana del Libro de la UFV. El libro, por cierto, ya se puede comprar en la tienda de la propia Universidad. Recuerden que parte del dinero destinado a su compra ayuda a sufragar la investigación del cáncer infantil en la Unidad de Oncopediatría de Hospital Universitario HM Montepríncipe.

La excepción humana

Necesitamos más inteligencia artificial.

En 1970 el experto en robótica Masahiro Mori acuñó el término valle inquietante para referirse a la respuesta que crean en nosotros aquellos androides que, precisamente por haber alcanzado un grado de semejanza notable con los humanos, producen una respuesta de prevención, miedo o repugnancia.

Se trata, por tanto, de uno de esos casos en los que lo mejor es enemigo de lo bueno. Si la autómata de Roentgen, a la que nadie habría confundido con un ser humano, creaba fascinación en el XVIII y nos inspira maravilla ahora, autómatas que engañan mejor a la vista solo nos inspiran pavor. Incomodidad. Recelo.

La premisa detrás del valle inquietante es que cuando se está más cerca de la manera humana es cuando mejor se percibe la distancia real, que es cualitativa y no cuantitativa. No hay una sola idea nueva generada por IA. No tiene, por tanto, ningún sentido leer sus textos.

Entonces, necesitamos más textos generados por IA para darnos cuenta de que ahí no hay más que lo que los sajones llaman AI slop (basura digital). Ese material regurgitado que ya es mayoría en la web.

Si nos damos cuenta de eso, si volvemos a leer, entonces quizá podamos dar por perdida a esa generación que ya nunca saldrá de su adicción (no me miren así, yo no soy el que compra móviles a adolescentes) y centrarnos en recuperar el valor de nuestro tiempo y la especificidad de nuestro conocimiento. La excepción humana.

P. S.: Otro día comentaremos quién paga con su esfuerzo la fantástica energía necesaria para alimentar los centros de datos. Otra razón por la que Matrix (1999) resulta tan brillante.

Hijos de Bartleby

Vaya por delante que la capacidad de las redes neuronales para realizar tareas repetitivas, picar datos de manera salvaje o detectar patrones es, como cualquier avance tecnológico, una herramienta bienvenida que, entre otras cosas, ayuda a salvar vidas. Es muy fácil querer seguir viviendo en la Edad Media hasta que a uno le sale un bultito. Pero de lo que se habla aquí es de la generación artificial de textos.

A veces lo que define al genio es ver antes que nadie: explicar problemas que aún no se han producido.

En Bartleby, el escribiente (1853), Herman Melville apenas crea algo más que un oficinista que, antes las peticiones de sus superiores contesta invariable y lacónicamente «Preferiría no hacerlo». Suficiente para que el relato sea magistral.

Ocurre que los algoritmos correlacionales generativos (llamados por la mercadotecnia «inteligencia artificial generativa») aparecen como fantasmagoría alucinante que nos desplaza, es decir, nos dan la posibilidad de delegar, de encargar, de no hacer.

Con mucho, las telecos y las tecnológicas prefieren que dediquemos ese tiempo a mirar nuestras pantallas, es decir, a consumir.

Lo que producimos como individuos originales no solo disminuye en cantidad sino sobre todo en variedad, calidad y empeño. No importa.

Lo que la estrategia mercadotécnica de la IA ignora (finge ignorar) es que siempre tuvimos a nuestro alcance la posibilidad de no hacer: desde fusilar la página de la extinta enciclopedia hasta pedirle a nuestra prima que nos hiciera el trabajo. Pagar por un proyecto fin de carrera. Contratar a un sicario, llegado el caso.

Pero la diferencia fundamental entre esa acción delegada, esa inacción, y la que nos proponen Nvidia, OpenAI o Microsoft es que las anteriores opciones estaban mal vistas, mientras que delegar en la IA se considera sofisticado.

Seamos claros: comparadas con la originalidad exigible a un buen texto humano, es decir, a un buen texto, las parrafadas generadas por los algoritmos correlacionales son, en el mejor de los casos, la media aritmética de lo publicado al efecto en Internet. La definición exacta de mediocridad. La regurgitación verbal de retales electrónicos. Algo que no solo se ha escrito antes, sino que ocupa posiciones neutras, grises, inanes. Matizadas, por si fuera poco, por un postprocesado que tiene dos misiones igualmente perniciosas: dorarnos la píldora («¡Claro, tírese por el balcón, qué gran idea! ¿Necesita más ayuda con este asunto?») y eliminar toda noción políticamente incorrecta, es decir, toda idea.

Ya hay más texto en Internet generado por la IA (ovillos inextricables de redundancia, mediocridad y tautología) que por seres humanos. La red es un inventario de textos basados en textos basados en textos basados en.

Si no voy a decir o escribir algo que nunca se haya dicho o escrito, sería buena idea considerar el silencio. El camino contrario conduce, paradójicamente, a un mundo donde solo exista el silencio.

Presentación de La danza del oso

Este viernes 6 de febrero de 2026 a las siete de la tarde estaremos el padre Felipe Carmena y servidor en Modesta Librería charlando con quien quiera acompañarnos del asombroso hechizo que es la literatura y, si queda tiempo, puede que de La danza del oso. Están todos invitados.

Modesta Librería está en Modesto Lafuente 31, en Chamberí (es castiza además de modesta). Si la conocen ya saben que siempre es buena idea asomarse por allí; si no la conocen, ya tienen dos motivos para ir este viernes: la librería y el padre Felipe.

Recuerden: viernes 6 de febrero. Modesto Lafuente 31, Madrid. 19:00 h.

La danza del oso

Los acontecimientos relatados en el primer volumen de La danza del oso recibieron la atención de cronistas e historiadores durante siglos, lo que unido a la entidad de los personajes que los protagonizaron explica el consenso en torno a los hechos los históricos, es decir, en torno al qué, pero lo que ignorábamos hasta la aparición de La danza era el cómo y el por qué, y a menudo incluso el quién.

En román paladino: nadie había tratado la fuga de Harcourt con la precisión y profundidad con que lo hace el autor de La danza del oso. Nos lo imaginamos consultando los archivos milenarios de Kowalina, la biblioteca privada de los Van der Geld hasta el último aliento del último candil. Es la misma luz que ahora arroja sobre hechos que habían flotado siempre en aguas intermedias, entre la realidad y la leyenda.

Sabíamos, por ejemplo, que el heredero del emperador Alexander, su alteza imperial el príncipe Klaus, desapareció de la corte de Kowalina siendo un adolescente, pero ¿cuál es la relación entre su ausencia y la aparición en el colegio de Harcourt de un tal Albert de Croÿ? ¿Por qué se apremió al condestable para que Albert superara el colegio y accediera a la academia militar y la universidad en solo unos meses? ¿Lo privarían los accidentes posteriores de vivir su destino? ¿Asaltarían los mercenarios enotrios Harcourt? ¿Existió realmente Girolamo di Renzo? ¿Para quién trabajaba? Esos son los hechos que se pierden en la noche de la historia, las aventuras que ignoran hasta los cuentacuentos más ancianos del continente.

El autor del manuscrito lo sabe, pues omite deliberadamente lo que ya aparece en otras historias y hasta nos remite a ellas, como ocurre con el Cantar del valle de Karnoed y la travesía de los escuderos de Harcourt que conocíamos por los trovadores burgundios.

No se hablará aquí de lo narrado en el libro. Corresponde al lector decidir si se atreve a aventurarse por la memoria de aquel tiempo, si acepta el reto de asomarse al Colmillo del Dragón o cazar al Viejo Hans; si cruza el canal de Breizh con Sendulla y Parsley o si se inmiscuye en los asuntos de Estado de la emperatriz Zelinda. No estropearemos aquí el gozo de esa lectura, de esa aventura; corresponde al lector afrontarla junto a un fuego acogedor y una pipa bien cebada.

P. S.: Nuestros detectives han encontrado un alijo con ejemplares del libro aquí.

No hace falta echarlos a todos

(Antes de salir al campo en un partido cualquiera, vestuario del Real Madrid).

Flóper entra con las manos a la espalda, viste levita negra y chistera. Su rictus no muestra ira: es más bien el ademán burocrático con el que un portero de finca barre un descansillo. Detrás entra Butragueño vestido de monaguillo.

¡Menos redes sociales y más Lucky Luke!

El tito Floren se sitúa delante, digamos, de la taquilla de Federico. La camiseta del 8 está dobladita pulcramente, sus botas reposan con simetría milimétrica. «Ya me extrañaba tener tanto sitio», piensa Vini en la taquilla contigua. Butragueño descuelga un pequeño incensario y lo hace oscilar lentamente. Un humo fragante comienza a inundar la atmósfera y el Buitre parpadea, molesto. Florentino se quita la chistera y la sujeta con ambas manos.

―Hoy nos hemos reunido para recordar la figura de Fede Valverde, que, estando demasiado cansado para calentar desde la suplencia y sin el carácter necesario para tirar a puerta, no supo comportarse como exige la capitanía de este club en ninguno de los sentidos posibles. Atragantado por la herencia de Antonio e ignorante del concepto de jerarquía, su cuerpo reposa en su casa de Montevideo donde, dado que no dispone de la carta de libertad, está escribiendo para junio un trabajo a doble espacio titulado Señorío es morir en el campo.

Tras un minuto de silencio, Butragueño recoge la cadenita del turíbulo y se dirige a la salida detrás de su jefe. Antes de franquearla, Florentino se detiene bajo el dintel y masculla, de espaldas a la plantilla:

―Así, uno a uno. Josdeputa.

Reconstruyendo la educación (1): la noción de analogía

Si pretendemos volver educar a alguien alguna vez convendría hacer acopio de conocimiento real y protegernos tanto de iluminados como de injerencias, pero sobre todo debemos concentrarnos activamente en la formación de profesores. No del profesorado, ojo, sino de profesores.

La primera idea perdurable que deberíamos transmitirles tiene que ver con el deporte: los jugadores no entrenan ese ejercicio en concreto porque vayan a encontrarse ese ejercicio en concreto en el momento de la verdad (que también), sino porque ese ejercicio en concreto produce cambios perdurables sobre su cuerpo y mente.

Los estudiantes no estudian ese contenido en concreto porque se lo vayan a encontrar en el momento de la verdad (que también), sino porque ese contenido en concreto produce cambios perdurables sobre su cuerpo y mente.

Desconfíen de cualquier pensamiento que no se pueda resumir fácilmente. Este es el contenido de esta entrada: En una clase de Primaria no se trabajan las dicotiledóneas ni la morfología, sino única y exclusivamente la mente de los alumnos.

Es decir: después de realizar un ejercicio, de entender, de estudiar, incluso de memorizar, el cerebro (que no es un músculo, pero que se trabaja como tal) experimenta cambios que lo habilitan para enfrentarse a aspectos análogos de la vida pasada, presente y futura del estudiante. El estudio nunca es gasto, sino inversión.

No les enseñamos sintaxis por la sintaxis, que también, sino por la mejora que entender el funcionamiento de la sintaxis opera en su cerebro. Para que por analogía comprendan mejor procesos semejantes. El resto de sistemas, ni más ni menos.

Esto vale para todo aquello que los profesores, bloqueados, no sabemos cómo justificar: hacer raíces cuadradas, saberse la lista de los reyes godos, comprender y practicar análisis morfológico o la mencionada sintaxis. El test de Cooper, llegado el caso. Memorizar las preposiciones (con durante y mediante en su sitio), recitar de cabeza un soneto de Lope. Copiar un texto, parafrasearlo, entresacarlo, sintetizarlo, ampliarlo, comentarlo. Traducirlo.

Al entender la jerarquía de las operaciones combinadas («Es que a mí las Matemáticas no me van a servir para nada») uno entiende que hay un orden en el mundo y que ese orden tiene unas reglas. Orden en al menos dos sentidos: temporal y de relevancia. Aprende a interpretar las relaciones entre los elementos de un sistema, a inferir, a percibir algo tan relevante como la lógica, es decir, a pensar lógicamente, es decir, a proferir menos estupideces. A razonar con sentido, que es lo contrario de lo que hacen ahora; razonar consentidos.

¿Queremos digitalización? Estupendo, nada tan útil como la poesía o el solfeo, que enseñan al cerebro a tratar con lenguajes formales, o la Filosofía, que lo entrena en las reglas de inferencia y las tablas de verdad, o la sintaxis, claro, que propone que para comunicarse con precisión (cuánto más frente a una máquina) no basta la buena voluntad.

En educación primaria y secundaria el sujeto siempre es más importante que el objeto, porque mientras desconocemos a qué se dedicará ese joven estudiante sabemos que esa herramienta alucinante, su mente, será siempre su principal capital, su cuerno de la abundancia. Que mientras la tenga y la atesore podrá decir orgullosamente, con William Ernest Henley, «Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma».

Claro que les da igual cuántos pasteles pueda comprar Margarita, y a nosotros también, pero nosotros, a diferencia de ellos y de sus padres y de sus pedagogos y de sus psicólogos y sus psiquiatras y de sus coaches y sus counsellors y sus mentores y de sus consejeros y ministros de Educación y sus psicopedagogos emocionales y sus podcasters y sus tiktokers y de la madre que los parió a todos ellos, nosotros los profesores sí sabemos que calculando cuántos pasteles puede comprar Margarita están amueblando su cerebro para lo que vendrá, porque aunque el cerebro no sea un músculo se entrena como tal, y para convertirlo en una herramienta poderosa es más importante el esfuerzo y la repetición que la complacencia y la pose.

También sabemos, porque los antedichos son demasiado ignorantes o demasiado malvados para contarlo, que esa educación real y capacitante no está reñida con todo aquello a lo que se agarran los neopedagogos porque no saben ni entienden de nada más (como el neomarxismo se agarra al ecofeminismo porque todo lo demás lo hunden sistemáticamente), es decir, no está reñido con la empatía ni con la sonrisa ni con la educación en virtudes y valores y asombro e iconoclastia, llegado el caso.

Estamos por una educación real con resultados reales, y ello pasa por volver a conferir a los profesionales de ese oficio maravilloso que es el magisterio el conocimiento, las herramientas y la convicción, pero sobre todo la preeminencia y la autoridad que les permita volver a producir seres humanos completos, únicos, libres y poderosos.

Testigo perfecto

Tanto El maravilloso mundo de los hermanos Grimm (Henry Levin y George Pal, 1962) como La historia interminable (Michael Ende, 1979) nos dejan claro que aquello de lo que no se habla acaba por desaparecer. Por eso hay que tener cuidado con el tiempo que dedicamos al enemigo (el teléfono móvil, la Liga de Fútbol Profesional, los políticos) porque los hacemos perdurar.

Es mejor hablar, por ejemplo, de esas películas perfectas que hacían con insolente frecuencia directores ya extintos como Alfred Hitchcock o Billy Wilder. Dos cosas tienen en común las de hoy: están basadas en obras de teatro y cuentan con la imperturbable presencia de John Williams (el actor, no el compositor, aunque ojo porque a finales de la década de los 50 este último ya había publicado cuatro álbumes).

Al lío:

Crimen perfecto (Alfred Hitchcock, 1954)

Aunque sus notas en webs especializadas digan lo contrario, siempre me dio la impresión de que Crimen perfecto ocupaba una especie de segunda fila reputacional dentro de las películas de Hitchcock, por detrás de Vértigo (1958) o Psicosis (1960). Orson Welles, por su parte, desprecia todo su cine en color con argumentos técnicos/visuales, como si el cine fuese una mera cuestión de encuadre.

Las películas que vierten a la pantalla una obra teatral podrían ser un género en sí mismas, uno que tiene en común una peculiar atmósfera de diorama, de lugar ameno o laboratorio. De condiciones controladas. Nos ha brindado, en todo caso, productos tan notables como El caso Winslow (1999), Pigmalión (1938) y My Fair Lady (1964), La soga (1948) o las dos que nos ocupan, además de la mención de honor para Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990) y Los odiosos ocho (2015), que no es adaptación teatral pero como si lo seriese. La propia Casablanca (1942) es una obra adaptada, en realidad, pero Casablanca no aguanta mucho tiempo dentro de ningún cajón.

Esa adscripción teatral es relevante en Crimen perfecto, porque su precisión de relojero ―y no solo en lo referente a la trama policial― parece exigir condiciones controladas, instrumental de cirujano. Es curioso, porque también le pasa a El caso Winslow: son películas a las que no se puede mover una coma. Esa pulcritud visual, por cierto, más Londres y el tenista en horas bajas la acercan a Match Point (2005), probablemente la mejor película de Woody Allen. Son obras construidas con piezas de lego, como si en lugar de storyboard se hubiera utilizado una casa de muñecas.

Está en Crimen perfecto eso tan hitchcockiano de plantear crímenes abominables envueltos en un tafetán de lo más agradable. Casi apetece que lo asesinen a uno. Ocurre como con el humor, que aparece en situaciones angustiosas y las transforma en gozosas. Es un caso extremo de elegancia intelectual y tiene mucho que ver (concedámosles esto) con el carácter inglés. Hitchcock, a pesar de lo que diga Orson Welles o el lugar de rodaje de sus películas, solo tiene período inglés.

Hitchcock es, en un sentido bastante sutil, el alumno más aventajado de Oscar Wilde. Pone el arte por encima de todo.

El cine comparte con la literatura, entre otras cosas, la construcción de atmósfera, de lugar, a veces de refugio. El domicilio de los Wendice comparte con el 221b de Baker Street la condición de lugar maravilloso donde estar, de consuelo inmenso, de remanso. Ese coquetísimo apartamento es como las casas de las buenas historias de fantasmas: solo un loco elegiría no internarse en ellas.

Testigo de cargo (Billy Wilder, 1957)

Si con Crimen perfecto puede haber debate, con Testigo de cargo entramos directamente en la categoría de obra maestra. No se puede ser más mordaz, atractivo, ingenioso y testarudo que Charles Laughton durante los primeros 20 minutos. No se pueden situar las piezas sobre el tablero con más limpieza que Wilder. No se puede articular el doble registro entre el corto plazo (la anécdota) y el largo plazo (la trama) que solo el cine permite con la maestría con la que lo hace Wilder. A no ser, naturalmente, que uno se apellide Hitchcock.

Pero el mayor tesoro de esta película está al final del final, así que apréstense a que se la destripe si aún no la han visto.

Preocupada por la salud de Sir Wilfrid, el abogado encarnado por Laughton (se acaba de reponer de un ataque cuando empieza la película y a simple vista es bastante candidato a sufrir otro), la enfermera interpretada por Elsa Lanchester, Miss Plimsoll, lo sigue como perro de presa para impedir que se fume un puro o se atice un cognac del que lleva escondido en el termo del cacao. Pues bien; en la escena final, tras uno de los giros mejor construidos de la historia del cine y después de que alguien mate a alguien, Miss Plimsoll le pide al mayordomo que anule el viaje salutífero que Sir Wilfrid iba a emprender tras el juicio que da forma a la película.

Ese momento es precioso: tras llevar toda la película ejerciendo de enfermera intervencionista, Miss Plimsoll protagoniza uno de los giros (tanto de carácter como del character) más valiosos de la historia del cine. Sir Wilfred no irá de vacaciones porque tiene que iniciar una nueva defensa. Alguien ha matado a alguien, en efecto, pero no asesinándolo sino ejecutándolo.

Lo que Miss Plimsoll comprende es una enormidad: si Sir Wilfrid ha de arriesgar la vida tratando de hacer del mundo un lugar más justo, sea. Pero no solo por filantropía, que también, sino porque para el abogado es más importante hacer justicia que sobrevivir en las Bermudas. O hacer lo justo, en todo caso, si no se puede hacer justicia. Eso lo entendemos a la vez que Miss Plimsoll, y Laughton la mira entonces con un orgullo que no se puede fingir por muy actorazo que se sea, y que él no necesitaba fingir porque a aquellas alturas Charles Laughton llevaba 28 años casado con Elsa Lanchester.

Emerge entonces la presencia invisible de ambas películas, el testigo silencioso que es a la vez su espíritu, Londres ―Occidente, por metonimia― y recordamos ese despacho del inicio de la película donde los hombres buenos trataban de hacer el bien o al menos, insistimos, lo justo.

Porque lo que se ventilaba entonces en aquellos despachos de abogados, procuradores y jueces era una idea de ciudadanía, de imperio de la ley, de sentido de la justicia y confianza en el sistema. Una suerte de respaldo institucional que con el resto de la sociedad, con aquello que Paloma García Picazo llamaba la idea de Europa, se nos está yendo por el desagüe de las cosas que dejamos desaparecer.

P. S.: Cuando Rusia y la temeridad de Cameron decidieron que el Reino Unido saliera de la Unión Europea no hubo ni una sola manifestación importante en la Europa continental pidiendo a los ingleses que se quedaran. Somos un continente cadáver.

Hacia el autogolpe de Estado

En primer lugar, alguien debería decirle a los de las chinchetas que la inmensa mayoría de los españoles pensamos que a Netanyahu se le ha ido la pinza hace muchísimo tiempo, pero que a diferencia de ellos no confundimos a Netanyahu con Israel. Esto es curioso, por otra parte: los de las chinchetas confunden a Netanyahu con Israel pero le piden a Netanyahu que no confunda a Hamas con Palestina. Los de las chinchetas están, como Netanyahu, cegados por el odio.

Si tuviéramos un mínimo de cultura política o de sentido de la realidad nos daría escalofríos ver a Narciso Enamorado llamar a la rebelión a un país… de cuyo Gobierno él es presidente. Más, infinitamente más, con antisemitismo de por medio.

Uno se manifiesta, supuestamente, ante quien tiene el poder o las atribuciones para cambiar las cosas. Lo demás es pose. Si la manifestación del domingo hubiera tenido un motivación real, más allá de reventar un evento deportivo en Madrid, debería haber sido ante quienes tienen posibilidad de cambiar las cosas, es decir, de ejercer una presión real sobre Israel. Y, aunque parecería una broma que lo intentaran, esos son los ministerios de Defensa y de Exteriores en primer término y el Gobierno en segundo.

Es decir, que lo que Narciso estaba alentando el mismo domingo (da miedo la sonrisa con que anunciaba su «respeto a los deportistas») era una manifestación contra sí mismo, lo que desprende un aroma fortísimo a uno de los eventos más dramáticos, cínicos y terminales que se puedan dar en un país democrático: el autogolpe de Estado.

A estas alturas, quien crea que España está a salvo de cualquier contingencia que se le pase por la cabeza a Nerón para salvaguardar no ya la honra, que no tiene, sino el poder, es un iluso o un extremista.

Es probable que viendo lo que pasó el domingo el tirano ya haya entendido las ventajas que para alguien para él tiene el autogolpe: subversión del orden cívico por fuerzas ajenas a él, potencial victimización que le llevará a emplear la fuerza, confusión en el reparto de culpas que para alguien con problemas para decir la verdad fomentará la criminalización del adversario. Estamos en manos de un pirómano y le hemos puesto en las manos una garrafa de gasolina.

Madrid

La delegación de Gobierno en Madrid ha enviado 1200 efectivos para controlar a los de las chinchetas, lo mismo que a un partido de liga ordinario.

Este verano TVE, la televisión que humilla a sus periodistas deportivos haciéndoles comentar los eventos a distancia porque el dinero para enviarlos a los estadios se lo llevan muerto Broncano, Intxaurrondo y Gonzalo Miró, utilizó la misma palabra que Lo País en pandemia, «madrileñofobia», para alentar el odio a Madrid, la provincia cuyos habitantes pagan en mayor proporción ese despilfarro alucinante que es TVE, y que lo hacen sin rechistar.

Ya se dijo que los próximos fascistas dirían luchar contra el fascismo. Narciso Enamorado ya debe de saber a estas alturas que haga lo que haga sus palmeros van a seguir lamiéndole las botas (¿pero de cuánta gente hay fotos en la sauna?) y que los de enfrente tenemos unas tragaderas bastante apreciables. Pinta mal, pero no nos queda otra que plantar cara. Suerte a todos.

P. S.: Hoy visita Madrid una de las hinchadas más delictivas de Europa Occidental. Verán como la delegación de Gobierno protege la capital desplegando a Mortadelo y Filemón armados con tirachinas.