Cómo entrenar a tu dragón 2: el 30-0.

Hace unos meses (vuelve periódicamente, entiendo que es una de esas noticias comodín que se utilizan para hacer bulto) los medios bramaban ante el resultado de un partido de fútbol de categoría alevín o benjamín, no recuerdo y tanto da. 30-0. Pueden imaginar el tenor de las reacciones: que si la empatía, que los sentimientos de los perdedores, que si qué penita y pobrecitos míos.

El tratamiento del asunto era pernicioso en varios aspectos: el primero, el más evidente, es la tergiversación del meollo del deporte: la algo masoquista voluntad de conocer tus límites para intentar superarlos. El adversario de un partido, de una carrera o de un lanzamiento siempre es la misma persona: uno mismo. Ganarse a uno mismo, a lo que uno hizo ayer, es el principal objetivo de toda práctica deportiva, hasta el punto de que las demás metas son siempre subsidiarias de esta.

Siendo así, ¿fue un éxito la victoria por 30 goles de ventaja? Ignoro si esa era la diferencia real entre los dos equipos, y si el equipo ganador remoloneó en el esfuerzo: en este caso habrían fracasado. Por idéntico motivo tampoco sé si fue un fracaso la actuación del equipo perdedor: acaso fuera una gesta no haber perdido por 40.

¿Cómo? ¿Que todo eso está muy bien, pero que a nadie le gustar perder por 30 goles? Precisamente. Qué magnífica oportunidad para educar a esos cachorros: ¿No os ha gustado? Entrenad más. Corred más, defended mejor y morid en el campo. Y si dándolo todo os volvéis a encontrar con un equipo que os calce 20 chirlos, id a la ducha con una sonrisa porque os habréis hecho acreedores del único respeto que importa, el que se rinde uno mismo.

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Aquí se viene a sufrir. A disfrutar, al cine.

En segundo lugar, y quizá más sangrante, está el tema del respeto. Por lo visto enchufarle 30 goles al rival es una falta de respeto. El ladrillazo que nos han dado a todos en la cabeza debió de ser fortísimo. Una falta de respeto es, en partidos desiguales, utilizar solo la zurda, defender con uno menos o hacer comentarios conmiserativos. Lo que hace que el equipo perdedor se sienta respetado es que el rival lo dé todo: significa que me considera un par y no un paria. Estuve 8 años jugando contra mi padre al ajedrez sudando sangre hasta que por fin pude ganarlo. Imaginen mi orgullo ese día. Imaginen que al tercer o cuarto año se hubiera dejado ganar. Imaginen.

Pero hay un tercer aspecto de no menor enjundia: es que eran niños. Lloraría alguno. Pobre. Excelentes lágrimas, si procedieron del pundonor y no de la burla (si hubo burla fue por parte de los padres, me juego el bigote): esas lágrimas indican que esa derrota es el origen de un aprendizaje duradero y provechoso, de los que justifican por sí mismos la utilización del deporte como herramienta educativa poderosísima.

Si el deporte es esa bicoca que todos dicen que es sin tener muy claro por qué, si está justificada su inclusión en el Ministerio de Cultura, no es porque beneficie la circulación o retrase la osteoporosis. El deporte, a diferencia del ejercicio físico, comparte la sustancia de los poemas épicos por el único motivo válido: porque es una metáfora de la vida.

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