Menos es todo

Habiendo dado cuenta de una buena parte de las ciudades-Estado griegas, Filipo II de Macedonia se dirigió a los atenienses amenazante:

―Se os aconseja rendiros con presteza, pues si llega mi ejército a vuestra tierra, destruiré vuestras granjas, mataré a vuestra gente y arrasaré vuestra ciudad.

A lo que los líderes espartanos respondieron:

―Si.

Es difícil decir más, pero imposible hacerlo con menos. Este y otros ingeniosos desaires propinados por los éforos de Esparta, capital de Laconia, son los responsables de que utilicemos la palabra lacónico para referirnos a lo que es agudo a través de la economía de medios, es decir, la crème de la crème.

Plutarco nos cuenta la anécdota: como ven en la imagen, no podía parar de reír al recordarla

Más allá de traer la cita porque vale un potosí, sirve para llamar la atención sobre todo aquello que estamos perdiendo por prisa y dejadez: nada más y nada menos que la exactitud. Traducida al español, la respuesta espartana cobra una dimensión nueva por el equívoco entre la conjunción condicional y el adverbio afirmativo. Solo confiando en que la palabra esté correctamente escrita (esto es, sin tilde) se puede degustar en todo su esplendor la capacidad de síntesis espartana y lo que conlleva: el audaz desplante a un tipo que ya había sometido, sin despeinarse demasiado, a gran parte de la Grecia continental. Fuera por la solidez del reto o la chulería innata de los espartanos, el caso es que ni Filipo ni su hijo, un tal Alejandro, se molestaron en molestarlos. Todo ese mundo de connotaciones, insisto, se pierde si no se transcribe con exactitud.

Aunque la correspondencia entre el lenguaje y la realidad (defendida por el isomorfismo del primer Wittgenstein) sea problemática, lo cierto es que hasta ahora no hemos encontrado ningún medio no lingüístico para, por ejemplo, hacer filosofía o presentar los descubrimientos científicos. Excesos estructuralistas aparte, el lenguaje es en efecto un sistema estructurado y cualquier pensamiento se apoya en él.

¿Le encargarían su casa a un arquitecto que tuviera serios problemas para distinguir entre una puerta y una ventana? Entonces ¿por qué seguir leyendo a quien sitúa una coma entre sujeto y predicado? ¿Cómo va a no perderse en lo complejo quien se trabuca en lo sencillo? ¿Cómo va a construir una catedral gótica quien no conoce la piedra?

Escribir sin rectitud no es ser poco detallista. Es garantizar a los demás que se piensa sin orden ni concierto, que se desconocen las reglas de la lógica, que se dispara a voleo.

Si alguien no tiene tiempo suficiente para la pulcritud, no tengan el tiempo necesario para su lectura. Cuidarán su vista, su estómago y sus dendritas, y dispondrán de más tiempo para leer a Borges.

Cautivo y en el mercado de esclavos, a un niño espartano le preguntaron:

―Si te compro, ¿serás bueno y útil?

A lo que el niño, fiel al estilo patrio, contestó:

―Y si no me compras.

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