Sacad vuestras manazas de la Educación

Los políticos no tienen ni pajolera idea de qué aspectos son importantes en la educación de sus ciudadanos. Solo atienden a su propio interés y a su capacidad de adoctrinar.

Verán: según la orden que publicó hace unos meses el Ministerio de Educación y Formación Profesional (de lo que se deduce, por cierto, que la formación profesional no es educación), de los 240 créditos de los que consta el Grado en Educación Primaria, la carrera que estudian los futuros profesores de Primaria, 6 corresponden a Matemáticas y 6 a Lengua y Literatura. Lo que es lo mismo, el 2,5 % cada. Alumnos que según mi experiencia no se saben la tabla de multiplicar (y no me vengan con lo mala que es la memorización) tienen un 2,5 % de créditos de Matemáticas en la carrera que los forma para ser profesores. El problema no es eso en sí, que también, sino que el grueso de las horas se les van en adoctrinar. En contar nubes, como anunció Zapatero, nuestro Fernando VII (aunque Fernando VII al menos inauguró el Prado).

«Género y Educación»; «Relaciones interpersonales y habilidades sociales en la comunidad educativa»; «Organización y Gestión». Contar nubes. Generalidades abstractas que gracias al Cielo no consiguen adoctrinar porque son intangibles y etéreas, y que corresponden al ámbito privado de cada cual, pero que tienen como objetivo la cría de ovejas.

Los políticos (nunca se insistirá lo suficiente sobre esto) no buscan el bien de nadie, salvo el suyo propio. Su fin último es asegurar la poltrona y los garbanzos. Más o menos como el de la mayoría de nosotros, pero ellos hacen más daño porque tienen la prepotencia y el desparpajo del iluminado y, sobre todo, porque deciden sobre nuestras vidas.

Perder la vergüenza

A veces es necesario perder la vergüenza. Hasta el pudor. Si queremos revertir la injerencia de políticos semianalfabetos, quizá haya llegado el momento de que presuman de haber leído a Montaigne quienes lo han hecho. Porque fueron los profesores y no la ministra de turno quienes leyeron a Montaigne, y por eso les pueden contar a sus alumnos por qué es una de las tareas de la vida prepararse para la muerte. Son ellos, y no el neopedagogo, quienes leyeron a Joyce, y por eso pueden contarles a sus alumnos que el lenguaje ya no tiene límites. Ellos ―y no el legislador― son quienes leyeron a Hannah Arendt, y por eso pueden hablar a sus alumnos de labor, trabajo y acción. Ellos ―y no el banco Sabadell― leyeron a Proust, y hasta se les atascó, y por eso saben lo sola que está cada persona y se lo pueden contar a sus alumnos.

Fueron ellos quienes leyeron a Einstein, y a Ortega comentando a Einstein, y por eso pueden contarles a sus alumnos que si algo busca ser la relatividad como teoría es absoluta y no relativa. Como son ellos quienes leyeron el Zaratustra (y no los psicólogos), pueden explicarles a sus alumnos por qué dentro de cada humano baila un dios.

Pero esperen ahí, porque resulta que ellos fueron ―y no el político― quienes vieron Rashomon y Los Nibelungos y hasta La muerte cansada. Vieron El gabinete del doctor Caligari gracias a un profesor vocacional, y por eso pueden garantizar a los discentes que ver películas de superhéroes puede resultar entretenido, pero es insuficiente.

El diseño de la educación de cáscara vacía tiene un objetivo ideológico e ideologizante, y huye de dos cosas como de un tifón: del esfuerzo, que es fascista, y del conocimiento, que es elitista.

Es indigno condenar la ignorancia de quien no tuvo acceso a la educación, pero no la de quien elige acumular dicha ignorancia ni de quien trata de difundirla. El Gobierno de aroma comunistarra que nos aqueja hace el cálculo sencillo de quien persigue el pensamiento único de baja intensidad: los ciudadanos ignorantes son más fáciles de manejar, y si se logra desde la más tierna infancia garantiza décadas de tranquilidad para la nomenklatura. Ah, y no se relajen, que el siguiente Gobierno hará lo mismo o algo parecido.

La educación es nuestro principal motivo de preocupación, pero también nuestra única esperanza. La función de los profesores no es clonar su pensamiento, sino dar forma a la conciencia crítica de los alumnos. Proveerles de una base, un telón, un suelo abonado y feraz. Que lean, que conozcan, que sepan. Que tengan las herramientas y el conocimiento. Que estén pertrechados. Que sean felices.

P. S.: La ilustración es de Norman Rockwell en 1946 para el Saturday Evening Post.

Sánchez y Mbappé, mejor cuanto más lejos

¿Recuerdan aquella potencial pareja a la que pretendieron y que nunca les dejó las cosas claras? ¿Recuerdan aquel amigo a quien mandaron a pastar cuando constataron que la amistad era unidireccional? ¿Han conocido alguna vez a algún verdadero narciso, un total sumidero de tiempo y atención? Seres cuyo comportamiento no entendemos porque, mientras cada cual teme la soledad, la muerte o cruzarse con el Madrid en Champions, ellos se dedican exclusivamente a huir de la indiferencia de sus congéneres. Humanos cuya única aspiración, más allá de cualquier ética o programa vital, es estar en el candelero. Vivir en el candelero.

Seres con un aspecto muy similar al nuestro, pero que en lugar de agua u oxígeno necesitan atención para sobrevivir.

Mal que me pese, el factor psicológico es siempre más explicativo que el político, el sociológico o cualesquiera otras razones de nuestros actos.

El pasado 28 de mayo el PSOE cosechó un sopapo electoral considerable. Al día siguiente y de forma sorprendente, su amado líder convocó elecciones (saltándose la Constitución, por cierto) para el 23 de julio; un espaldarazo para la industria turística. Inmediatamente toda la atención de los medios fue para él.

El pasado 10 de junio el Manchester City ganó su primera ―y esperemos que última― Copa de Europa. Dos días después Kylian Mbappé comunicó al PSG que no continuaría más allá de su contrato actual (junio de 2024). En los mentideros futbolísticos dejó de hablarse de otra cosa, incluso de Haaland. Incluso de la capacidad celebrística de Grealish.

¿Ven el paralelismo? Sufre innecesariamente quien se devane los sesos buscando la estrategia política detrás del adelanto sanchil. Camina por senderos tortuosos quien pretenda interpretar la carta del veleidoso parisino. Sánchez adelantó las elecciones porque era la única manera de robarle el foco a Ayuso. Sustituyan Ayuso por Haaland y tendrán el móvil de la carta de Mbappé.

El paralelismo de los comportamientos ayuda a dilucidar personalidades, explica sus hechos futuros y desde luego deja una conclusión urgente: tan irresponsable sería dejar el Gobierno de España en manos de uno como traer a la delantera del Madrid al otro. Es cierto que el 7 es infinitamente mejor en lo suyo que el socio del partido de los etarras; no ya como presidente, cargo en el que es aun menos de fiar que Rajoy, sino como candidato electoral: nunca ha conseguido igualar los 125 escaños de Almunia, y solo Iglesias, Largo Caballero y Prieto lo hicieron peor. Bonitos espejos en que mirarse.

Pero no es menos cierto que la infelicidad persigue a quienes rodean al narciso, por bueno que sea en lo suyo. Observen a Eco en la pintura de Waterhouse que abre esta entrada: desesperada por la indiferencia del imbécil de Narciso, que se permitió el lujo de reírse de ella, la ninfa terminó sus días en una cueva eludiendo el contacto humano. Pues bien: Eco somos nosotros si no nos libramos de esa doble amenaza.

Y es que a Mbappé solo le importan la Copa de Europa o el balón de oro en la medida en que lo convirtieran en ojo de huracán. Como de momento no lo necesita, le importan un rábano. Y qué decir del azafrán de la paella, el Hilarión de La verbena, el caudillo de Tetuán. No es que le parezca aceptable negociar con terroristas, que le parece, es que nos anexionaría a Rusia si le prometieran ser gobernador vitalicio; daría un brazo ―de su mujer, me temo― por ser un centímetro más alto que el rey. Ojalá no le votara ni el autor de su tesis.

P. S.: Afrontemos el futuro a la inversa, desde el optimismo: imaginen librarse en menos de un mes del triple lastre de Hazard, Asensio y Sánchez. Imparables.

Velázquez y Goya nos explican por qué el Madrid debería jugar la Premier

La facilidad con que un pueblo justifica la violencia determina su distancia de la civilización.

El 12 de febrero de 2022, hace más de un año, el exmadridista Albiol vio venir al madridista Vinícius y le incrustó el codo en la nuez dentro del área. Según su versión al final del partido y como en el chiste, Vinícius se dio contra su codo. El VAR opinó lo mismo: Vinícius impactó con su nuez sobre el codo del exmadridista Albiol.

El día es importante, porque le proporcionó al futbolista de la Liga la certeza de que pegar a Vinícius no solo sale gratis sino que es recomendable, pues Vinícius representa la excelencia madridista y España detesta la excelencia en general y la madridista en particular. Tener un jugador de blanco al que odiar representa para el antimadridista una válvula de escape, una terapia económica, un palo que morder mientras el odio lo devora.

Albiol se puso matón en el área y luego se puso matón con el micro: «Si le doy un codazo lo saco del campo». Es lo que tiene el matón cuando no se siente amenazado por la ley, que se pone chulo.

Casi un año después pudimos escuchar ese mismo tono chulesco en Francisco Javier López Álvarez, alias Patxi López, cuando le preguntaron quién estaba en la cena de Ramses (ignoro por qué no le ponen tilde, debe de estar en jeroglífico) y él contestó, tan chulo como intocable: «Qué más te da». En un país en que una ministra comunista que saca a violadores de la cárcel sigue en el cargo, la impunidad no puede resultar una sorpresa. Que los comunistas, por cierto, saquen a delincuentes de la cárcel no es un error un error de cálculo ni una muestra de estupidez, sino parte de su naturaleza, pero de esto hablaremos otro día.

¿Qué país es ese que permite al violento salir victorioso, que justifica la agresión al excelente y además le culpa por ella? «Es que es un provocador», dicen de Vinícius. No obstante, lo único que tienen contra él, por mucho que hable sin taparse la boca, es haberle dicho a Ferran Torres que es muy malo, lo cual es cierto; a Busquets que estaban fuera de la Copa, lo cual es cierto; y según el testimonio del Chimy Ávila (que es de Osasuna) a Osasuna al completo que es un equipo pequeño. «Cuya afición pita su propio himno», le faltó. Según la España antimadridista y parte de la madridista (¡…!), esto justifica la violencia que ejercen los demás jugadores sobre Vinícius. Lo justifica porque la rodilla de los opinadores no es esta rodilla:

La foto es de Javier Gandul. La guadaña, de Maffeo. Recuerden que hay VAR

Maffeo, del Mallorca, no recibió amarilla por la falta que antecede. Es difícil de ver, como pueden comprobar. Bosque de piernas. Interpretable. Fronteriza. No recibió amarilla. Le puede dar más, le puede dar mejor.

Pero es que Vinícius le dijo a Ferran que es muy malo; merece morir (no exagero, se lo han deseado en más de un campo). ¿Les suena ese «algo habrá hecho»? La actitud que estamos teniendo como país hacia Vinícius nos representa sobradamente. «Llevaba la falda muy corta».

El domingo en Mestalla expulsaron a Vinícius porque le pareció mal que Hugo Duro le agarrara del cuello y le soltó un soplamocos, es decir, se defendió. Roja correcta a Vinícius, roja inexistente a Hugo duro. Es que Vinícius no nos entiende. En España si te pegan, te callas. Algo habrás hecho. Pero hay quien lo puede explicar mucho mejor que yo.

Ningún gran pintor, como ningún gran escritor, lo es por su dominio de la técnica; eso es lo de menos. Lo que hace grande a un artista es el conocimiento del alma humana. Observen esto, es España:

Ahí lo tienen. Un tipo que lo mismo jalea a Fernando VII después de habernos vendido que te saca una faca por haberle mirado mal. Ahí tienen Puerto Hurraco y «la pegué porque era mía». Ahí tienen la mirada de ilusión en un futuro peor. La confianza en que a uno lo saca de sus miserias la providencia o el vino. La cara de la envidia, el cainismo y la huida hacia adelante. La cara de la ignorancia. ¿Quieren otro ejemplo?

Da igual si en el original no estaban enterrados; es lo mismo si no está documentada como práctica real. El genio de Goya (como el de Velázquez) es pintar España, toda España, en un solo cuadro. Un país con potencial para llevarse de calle todos los parabienes del orbe, para ser mirado por envidia por todos, pero que nunca lo logrará porque nunca ha parado de odiarse a sí mismo. En una entrevista conjunta a Pérez-Reverte y Mortensen tras Alatriste, se les preguntó qué era ser español. «Saber perder», dijo uno de ellos. No es saber, es que te guste.

Vinícius, que el domingo en Mestalla volvió a llevar la falda muy corta, no entiende que en España cuando a uno le pegan, lo que tiene que hacer es bajar la cabeza. Uno no puede rebelarse, porque aquí somos más de ponernos del lado del verdugo, del terrorista y del traidor. Qué es eso de reclamar justicia. Vete a tu país.

Vinícius es un espejo para una nación donde la violencia se relativiza, donde se sanciona a la víctima y el ramalazo racista es mucho más fuerte de lo que nos atrevemos a reconocer. España no tiene solución.

Esta entrada debería haber sido para Llull y su enésimo milagro, debería haber sido un huequito de admiración para la penúltima gesta de un equipo que nunca se rinde. Un equipo que a estas horas es campeón de Europa de baloncesto y de fútbol. Un equipo odiado estrictamente por su excelencia, por mirar al frente, por saberse mejor. España es Salieri bendiciendo a los locos al final de Amadeus, proclamándose el santo patrón de los mediocres. Nuestro santo patrón.

P. S.: En la defensa de una tesis doctoral en la que se mencionaba el 11-S, las últimas palabras de un miembro del tribunal fueron para citar con arrobo a un trabajador de la reprografía de una escuela universitaria española en aquel 2001. Mientras veía en una pantalla la retransmisión en directo de los atentados, al parecer rebuznó: «Que se jodan».

El tiempo negativo

En los libros de texto de los ochenta ponía cosas como «la tecnología aumenta la comodidad de la vida de los seres humanos». El aumento de esa comodidad venía dado, entre otras cosas, por la disminución del tiempo necesario para realizar ciertos trámites.

La división provincial prevista en el código napoleónico responde a un principio razonable: que desde cualquier lugar de la provincia se pueda viajar hasta su capital, realizar cualquier trámite burocrático y regresar a casa en el día, sin necesidad de hacer noche. La tecnología (y en las últimas décadas la electrónica, a la que llamamos tecnología en una sinécdoque dañina) continuó ese principio de economía temporal.

El problema es que la electrónica ha producido una paradoja que nos asfixia: no solo ha enjugado el tiempo necesario para determinadas gestiones, incluidas las laborales, sino que lo ha superado y ahora estamos en deuda: el tiempo necesario para comunicarnos con Sidney, por ejemplo, se redujo primero a cero y después continuó hasta cifras negativas: ahora somos nosotros los que debemos tiempo a la electrónica.

Todos ustedes tienen (da igual cuándo lean esto) correos por leer. Whatsapps por leer. Tuits por leer. Mensajes de un sinnúmero de redes por leer. Mensajes de innumerables plataformas por leer. Mensajes, correos, entradas, posts. El dispensador de dopamina repleto de lucecitas que indican mensajes pendientes. Trabajo pendiente. Vivimos en el descuento: bienvenidos al tiempo negativo, donde siempre estamos en deuda.

La vida de los universitarios constituye un caso notable: un mensaje electrónico les avisa de una tarea colgada en una plataforma distinta que tendrán que entregar electrónicamente. No te despistes, no te desconectes. Controla tu wifi, ten a mano tus contraseñas. No te regodees en el aprendizaje, no leas con calma, no dediques tiempo al gozoso deleite de la construcción intelectual; ya tienes un trabajo por entregar. Ya tienes dos.

Su justa medida, nos avisan los antiguos. La electrónica ya la cumplió y la rebasó, pero conviene que le impidamos atosigarnos y vaciar de contenido la vida a cambio de una vida a su servicio. Volvamos a deleitarnos en la morosa artesanía serena. Todo lo gozoso se afronta con dilación; lo amargo reclama frenesí. La electrónica está convirtiendo nuestros días en números rojos, en un permanente llegar tarde, en un comer sobre el fregadero.

Se avecina una decisión primordial, la de arrebatar las riendas de nuestra vida de las manos de tecnológicas y telecos (no se engañen, son ellas quienes nos están esclavizando) y volver a orientarla con sosiego hacia el camino sinuoso, que es siempre, a este respecto, el camino más corto.

La tilde

Vaya por delante que lo único que hizo la RAE hace unas semanas fue reformular el texto en el que se explica la norma sobre la tilde en el adverbio solo. Lástima: se perdió otra ocasión para erradicarla por completo, incluso en casos de supuesta confusión. Verán:

Si regalamos a Esteban un volante, ¿Esteban juega al bádminton o es piloto de carreras?

Si Lucas pidió todos los platos y, finalmente, vino; ¿pidió la bebida después de la comida o se acercó a nuestra mesa a saludarnos?

Si Obdulia es atleta y su carrera quedó arruinada por un segundo, ¿su declive lo propició una plata o fue por la sexagésima parte de un minuto?

¿Entonces? ¿Qué hacemos, le ponemos tilde a todos los pares de palabras homógrafas? La tilde en sólo no solo no cumple ninguno de los criterios generales de la tilde diacrítica (ni es monosílabo ni ninguna de sus formas es átona), sino que atenta contra el principio de economía y normalización que la RAE aplica desde hace décadas y que está consiguiendo una coherencia total en la acentuación de las palabras: conociendo las sencillas normas de acentuación del español es imposible ignorar cómo se pronuncia una palabra, lo que no tiene parangón en los idiomas de nuestro entorno.

Pero héteme aquí que ciertos académicos, entre los que se encuentran algunos escritores, tratan de enmendarle la plana a los lexicógrafos en el asunto del sólo. Parece ser que el argumento pueril que identifica menos tildes con una relajación ortográfica tiene más de uno y más de dos valedores; entiendo que a los nostálgicos también les parecería mal que la preposición á, el verbo fué o el sustantivo guión la perdieran en 1911, 1959 y 2010 respectivamente.

Sería revelador comprobar la escabrosa ortografía de los manuscritos que algunos de esos escritores depositan sobre la mesa de los correctores ortotipográficos y, por otra parte, sería estupendo que dedicaran su tiempo a aspectos más urgentes y que les conciernen más, como dar una alternativa a los videojueguiles farmear, grindear, streamear, respawnear y otras decenas de palabras que están arruinando el español de niños y adolescentes.

Parecer sofisticado (la pose infinita)

En algún momento de los años 70, mientras los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria «salían a correr» (y esa gente corre como salvajes) con una camiseta de la panadería de su pueblo, algún moderno con la necesidad de resultar interesante pensó en que lo que había que hacer era «footing». Hacer footing era muy parecido a salir a correr, pero mucho más sofisticado.

En los 90, cuando hacer footing había perdido el oropel de lo moderno por razón de antigüedad, los innovadores de turno decidieron decantarse por el jogging. Como sin duda imaginan, hacer jogging es muy parecido a salir a correr, pero a la vez fácilmente distinguible: los que practicaban jogging llevaban auriculares, todavía de cable, y estiraban de forma ostentosa en los semáforos para lucir las Naiki (si hacías jogging decías Naiki) fosforitas.

Diez años más tarde, cansados del jogging, sus practicantes se entregaron al running o, de forma más literal, «le pegaron al running». Como a estas alturas ya habrán adivinado, el running es terriblemente parecido a salir a correr, con la diferencia de que cuando el runner ya se ha bebido litro y medio de Aquarius para reponer electrolitos y ha subido una story con un mapa de su itinerario, los miembros del equipo de rugby de cualquier escuela universitaria española siguen corriendo con la camiseta de la panadería del pueblo y una coquillera de cuero repujado. Siguen corriendo, me refiero, desde el año 73.

Ese anhelo por parecer sofisticado que tan bien conoce Pantomima Full («Sal de tu zona de confort», «Chicos, ya está la quinoa») es inocuo cuando alguien decide salir a correr de forma glamurosa, pero resulta fatal y/o grotesco en otras actividades humanas. Abran LinkedIn y sabrán a qué me refiero, aunque aquí hemos venido a hablar de educación.

Verán. Si no están familiarizados con los congresos, seminarios o jornadas sobre educación, podrían pensar que tienen algún contenido real. Al fin y al cabo, cuando uno va a un restaurante espera comer. Uno podría pensar que en una charla sobre educación se va a hablar sobre educación, por ejemplo, sobre cómo enseñar de forma eficaz el complemento de régimen verbal, o la importancia de la modernidad para los estudiantes de Secundaria, o la posibilidad de apoyarse en el cálculo de operaciones combinadas para enseñar sintaxis. El milagro que supone la mano derecha del David de Miguel Ángel (y la izquierda, ya que estamos y parafraseando a Hugh Grant). La relación de los prerrafaelitas con la literatura medieval y su inmensa utilidad para estimular la imaginación de los adolescentes…

Contenido, en fin. Sustancia, busilis. Solomillo Wellington.

Naranjas de la China. Los congresos educativos versan sobre liderazgo educativo o pedagogía emocional. Tienen por nombre «Seamos creativos» o «Lo que construimos unos en los otros». Blablablá. Uno se llama Innovagogía, se lo prometo. La innovagogía salvará al mundo. Cada vez que contemplo casi con ternura uno de estos intentos por parecer sofisticado pienso en la escasa utilidad de la muerte de Sócrates, azote de farsantes, que conocía y denostaba esta tendencia tan humana (y tan antigua) a parecer moderno arrinconando el verdadero conocimiento.

Todo esto se quedaría en anécdota si no fuera porque está estrechamente relacionado con una realidad mucho menos jocosa: los alumnos de Bachillerato españoles no saben leer. Como suena: los alumnos de Bachillerato no saben leer. Están alfabetizados: saben transformar los signos en sonidos (con dificultad), pero no tienen literacidad: no pueden transformar un texto en conocimiento. Pregunten en la universidad y prepárense a sufrir.

Imagínense entrando en un restaurante donde se les habla de la decoración, los manteles y la comodidad de las sillas. Con una gusa tremenda, contemplan como el camarero les recita un panegírico sobre la langosta europea y les presenta un plato vacío (de la mejor porcelana). Ese mismo vaciamiento ocurre en los colegios, con la aquiescencia de quien no pone el grito en el cielo. Pero no teman, porque estamos empezando a ponerlo, no somos pocos y además somos mejores.

Ellos son más, eso sí, y tienen la ventaja de remar a favor de corriente; el conocimiento sin conocimiento, esta educación de cáscara vacía es lo más coherente con un mundo donde ya existe la producción sin producción (el mercado financiero), la comunicación sin comunicación (las redes sociales) y el cine sin cine (CGI). Cuánta razón tenía McLuhan.

—Que alguien me devuelva a Baker Street.

Está por venir el tiempo en que mandaremos al empoderamiento, la resiliencia y la disrupción allá donde reposan el footing y el jogging, porque el último en parecer sofisticado es el primero en hacer el ridículo.

Se trata, por tanto, de comenzar por algo sencillo, como llamar a las cosas por su nombre. Llamar, por ejemplo, ignorancia a la ignorancia, y al coach cantamañanas. Anunciar el advenimiento de una Nueva Ilustración.

P. S.: La imagen corresponde a Luz de luna, invierno, de Rockwell Kent. Recuerden que existe una edición de Moby Dick (ese libro que a Lo País le resulta innecesario) ilustrada por él.

Profesores del mundo, resistid

¿Cuántas veces un profesor, convencido de la pertinencia de una dinámica, la abandona por considerarla anticuada o, dicho de forma más precisa, porque los demás la consideran anticuada?

¿Cuántos dictados hemos dejado de hacer en España por cómo sea visto desde fuera? ¿Trabajamos bajo la imaginaria vigilancia de expertos en PBL, PNL, flipped classroom (es lo de siempre pero en inglés o en sigla), aprendizaje cooperativo, análisis emocional, enseñanza adaptativa, aprendizaje contextual, informal, espontáneo y transversal?

No me malinterpreten. Todos los enfoques mencionados constituyen una aproximación analítica a principios útiles, es decir, son la cristalización del sentido común aplicado a la educación. Fantástico, nada que objetar. Lo que pienso (y lo pienso cada vez más) es que son secundarias, opcionales y algo obvias. Y que, sin embargo, las estamos poniendo por delante del (y en muchos casos en lugar del) aprendizaje real.

Puedo recordar elementos de cada una de las propuestas antedichas en las clases en las que participé de crío. No sé, o yo tenía profesores extraterrestres o antes el buen hacer docente se trataba de forma sintética y no se parcelaba ni se le ponía nombres molones. Ah, y se dejaba en manos de los profesores.

Por alguna razón se ha ido deformando el perfil de los profesores de hace treinta años (a los que de forma torticera se denomina «tradicionales», «antiguos» o «clásicos») hasta convertir su recuerdo en el de un sociópata que soltaba largas e infumables charlas, exigía solo memorización y mostraba una total despreocupación por las particularidades y las emociones de sus alumnos. No sé, pero yo no recuerdo ninguno que cumpliera esas condiciones. ¿Que no eran perfectos? Seguro. Como usted, como yo y como el lucero del alba.

Voy a formular una teoría bastante macarra: quizá quienes definen (en realidad solo ponen nombres) tan innovadoras herramientas y metodologías sí tuvieron profesores así, pero en tal caso, ¿son los mejor posicionados para regir los designios de la educación? Diría que no. En esta detracción de los profesores que nos educaron detecto cierto resentimiento, y el resentimiento no es buen consejero salvo para la venganza.

Yo sé que los congresos en educación son una cosa imprescindible y que rellenar sus programas es tarea ardua, pero si la mayoría de sus artífices no son profesores y además (según mi peregrina teoría) no tuvieron buenos profesores, ¿por qué hacerles caso?

Hace años (ignoro si lo sigue haciendo) un profesor iba de charla en charla pavoneándose de llevar «todo lo que necesitaba como profesor» en un pen drive. No sé si el tal profesor sigue en libertad, lo que sé es que lo decía porque suponía que quedaba bien decirlo.

Ser docente exige una profesionalidad análoga a la de cualquier trabajador, quizá algo más, y una tecnología (conjunto de conocimientos y técnicas) que permita saber cómo conseguir los objetivos de manera eficiente. Si nos vamos a dejar llevar por lo que diga cualquier psicopedagogo intentando colocar un paper es que valoramos en muy poco nuestra misión y capacidades, y mereceremos que la legión de opinadores legos que tratan de decirnos cómo hacer nuestro trabajo sigan haciéndolo.

(La imagen corresponde a El flautista de Hamelin, de Alice E. Colquhoun)

No eres especial y sabes muy poco

y ahora, si le pones voluntad, quizá podamos solucionar una de las dos cosas.

Te habrá sonado un poco brusco, querido alumno adolescente, porque estás acostumbrado a que el mundo hipócrita y mercadotécnico que estamos construyendo te haga la rosca con mensajes wonderful hasta que te los creas. «Eres único», «los sueños se cumplen», «tu mundo, tus reglas», «que no apaguen tu luz interior». Que por mí estupendo si tienes una luz interior, pero mi tarea es que distingas entre un adverbio y los Reyes Católicos.

No es este el momento ni el lugar para explicarte por qué es importante que sepas algo, pero, aun en el caso de que lo mejor fuera que no supieras nada, mi obligación es que sepas cosas. Soy profesor, no coach ni gurú ni chamán ni youtuber. Tampoco soy fontanero ni empleado de banca. No soy mejor ni peor que ellos; simplemente mi meta es distinta.

Porque de ahí venga quizá el problema, de que a nosotros la postmodernidad ya nos contó aquello de realizarnos y ser especiales, elegidos, únicos en nuestro género. Destinados a las estrellas. Y entonces decidimos que para qué ser profesores si podíamos ser algo más, si podíamos atender a la especificidad de nuestros alumnos como seres de luz y ocuparnos de su psique, su emotividad, su déficit de atención (en los nuevos modelos viene de serie) y su confusión identitaria.

Una escuela para niños y niñas. Jan Steen, 1670

El resultado de todo esto es que no sabes leer. Dime la capital de Finlandia, el año en que cae Constantinopla o un pretérito anterior. Pues eso. Dime qué significa periferia.

Son las milongas que nos contaron (¿para qué enseñar el gerundio si puedo cambiar el mundo?) las que te están vaciando de contenido. Mi labor es devolvértelo, y por eso quiero llegar a un punto de partida que escandalizará a los pacatos, pero que representa mi compromiso contigo. No sabes gran cosa, pero vamos a intentar que eso cambie. Aunque tenga que explicarte un millón de veces por qué «Me» no nos sirve como sujeto.

De la otra parte no te preocupes: no eres especial, ni yo tampoco, pero eso está bien. Compartes con los demás tu condición de ser humano (y eso sí es un privilegio) y muchas otras cosas, y aunque el final del siglo XX nos haya colado que lo más importante del mundo es nuestro ombligo, si me das tiempo te enseñaré la sutileza del aurea mediocritas y la sabiduría de la fanfarria para el hombre común. Y otras cosas vitales: el participio de freír. Rebeca. Esto. Por qué decir *dámele es dar un paso atrás hacia el mono que fuimos.

Todo cambio comienza llamando a las cosas por su nombre

Si tiene a un adolescente a su alcance dígale que coja el móvil (lo más probable es que ya lo tenga en la mano) y que mire cuántas horas tuvo la pantalla encendida el día anterior. Si no tienen a nadie cerca, valdrá con el suyo. Yo lo hice la semana pasada con una de mis alumnos y el resultado fue de 5 horas. Con otro el resultado fue de 8. A lo largo de la semana, de 55. 55 horitas. La trilogía de El Señor de los Anillos en sus versiones extendidas dura unas 13 horas. En 55 horas se puede aprender rudimentos de japonés, o a conducir. 55 horas es lo que deberíamos dormir a lo largo de una semana. El curso de manipulador de alimentos dura 10.

55 horas a la semana haciendo nada. Haciendo scrolling porque unos tipos en California (que llevan a sus hijos a colegios sin pantallas) lo quieren así. 55 horas preciosas para un cerebro en formación. El tiempo necesario para empezar y terminar The Crown. O para escribir y enviar una carta a cada familiar a menos de tres grados de distancia. Para leer todo Tintín y todo Asterix y llegar a tiempo al partido del Madrí. Para ver todos los cuadros del Thyssen. Para darle un buen mordisco a las cantatas de Bach. Para que sus abuelos les cuenten historias de su infancia.

Esta pésima decisión sobre el uso del tiempo volverá a ocurrir la semana que viene, y la otra. Y hasta que hagamos algo todo será así, porque el cerebro siempre prefiere los chutes de dopamina al esfuerzo necesario para leer Crimen y castigo. La recompensa a medio plazo del móvil, además de la dopamina, es el insomnio, la irritabilidad, la frustración inherente a las redes y la asimilación de mensajes extremistas. La recompensa de leer Crimen y castigo es la felicidad que proporciona la contemplación de la verdad, la sabiduría y la belleza. Pero mañana el cerebro volverá a elegir el móvil.

Y eso no es lo peor

El descomunal drama de tirar el oro verdadero por el desagüe no es ni por asomo lo peor. No es el tiempo gastado en encajar cookies lo peor. Lo peor es lo que nos pasa en el otro tiempo. Lo peor es cómo la realidad, la escasa realidad que vivimos sin el móvil en la mano, se nos convierte (se nos ha convertido) en un interludio turbio, gelatinoso, en un solar de impaciencia hasta el próximo desbloqueo del teléfono. Nada le hace sombra al pelotazo químico de las luces y los colores: en cuanto a lo que le hace a nuestro cerebro, el móvil es tan adictivo como la heroína. La vida es lo que ocurre en el compás de espera insoportable entre pico y pico. Por eso ya no nos miramos a la cara al hablar, ni escribimos cartas, ni especulamos sobre a qué se parecen las nubes: porque nos pasamos el día esperando a que nos dejen a solas con nuestro camello. Ya no nos entregamos a ninguna tarea con el 100 % de nuestras capacidades porque siempre estamos a un golpe de botón de un chute de dopamina. ¿Saben qué otros productos producen niveles anormales de dopamina en nuestro organismo? las anfetaminas y la cocaína. Sigan comprándoles móviles a sus hijos de 11 años.

Los colegios, aliados inestimables…

… para la adicción. Es un error descomunal incentivar el uso de tabletas en los colegios. No hay ningún motivo para hacerlo. «Verán, es que la tecnología…» ¿La tecnología qué? ¿Están enseñando a mi hijo a programar gracias a la tableta? ¿Domina al menos hojas de cálculo? Lo que hace es mover el dedo por una pantalla, por el amor de Dios. Apple, Samsung y Google descubrieron el filón escolar e impusieron sus condiciones a un sector demasiado cuestionado y victimista como para mantener su propio criterio, fin de la historia. Los libros de papel son mejores en todos los aspectos, pero no tienen a una multinacional detrás.

Busques lo que busques, ahí no está

Hay mil razones para ser optimista. Los móviles son una paparrucha que crea más necesidades que soluciones. Tenemos una memoria horrible, pero la historia está llena de inventos deslumbrantes que se fueron al garete en cuanto fueron observados con un mínimo de ecuanimidad. Los teléfonos son perniciosos en muchos sentidos, aunque solo haya cabido en esta entrada su insólita capacidad para crear miles de millones de drogadictos de manera no solo legal sino socialmente aceptada.

P. S.: La ilustración que abre la entrada es de Felipe Luchi para Go Outside.

Cómo entrenar a tu dragón 3. La Play

El otro día pude escuchar a una madre desesperada: «¡Todo el día enganchado a la máquina!». No creo que se refiriera al móvil (esa es una adicción con muy buena prensa) así que veo probable que «máquina» quisiera decir Play o algún derivado.

Vaya por delante: los videojuegos son en su mayoría tan endiabladamente divertidos que constituyen un peligro para el tiempo de los adolescentes. Los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el tiempo vuele, como el ganchillo o la petanca. No, seamos justos: como el móvil o las apuestas. El componente adictivo de los videojuegos es muy alto. Siendo así, las discusiones entre progenitores y progenie tienen pinta de ser frecuentes y terminan en el mejor de los casos con una negociación y en el peor con un martillazo.

Sigamos con las malas noticias: se calcula que el 60 % de jugadores de Grand Theft Auto V, un juego que a la violencia une la zafiedad y el sexismo, son menores de edad. Ante esto tenemos dos opciones:

Opción A. Hacer como hasta ahora

Es decir, meter a todos los videojuegos en el mismo saco (cosa que por algún motivo no hacemos con las películas ni los libros, pero sí con los juegos) y detestarlos en bloque. Esta ha sido siempre una táctica bastante utilizada ante lo que no se comprende: hacer como si no existiera. Lo que no se me alcanza de esa política es por qué permitirles jugar entonces… quizá para evitar conflictos. Los videojuegos son esencialmente perniciosos pero les compramos la Play porque sus amigos la tienen y cualquiera los aguanta si no. No solo les permitimos hacer algo que consideramos nocivo sino que además nos desentendemos.

¿Las consecuencias de esto? Que niños de 12 años jueguen a GTA. Que millones de niños de 12 años jueguen a GTA. No exagero: el jueguito ha vendido más de 120 millones de copias. Hace unas semanas la tienda de Epic lo regaló y la página colapsó a causa de la demanda.

Opción B. Aprovechar la oportunidad

¿Tiene esto solución? Claro: discriminar. Los libros no tienen código PEGI (clasificación por edades) y nadie en su sano juicio le regalaría a su hijo púber American Psycho o la biografía de Charles Manson. GTA V tiene una etiqueta en rojo en su portada con un enorme 18, pero nadie parece verla.

Veamos el asunto desde una perspectiva más amplia: una de las alternativas que se le proponen al gamer impenitente es la de leer. Otro paréntesis que despeje mi postura: leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que los videojuegos de aquí a Nueva Caledonia. Pero es que leer es más enriquecedor, gratificante, significativo y cool que el 98 % de todo lo que hacemos. Los libros son mejores que las personas los políticos.

El quid de la cuestión es, entonces, que jueguen menos y lean más. ¿Cómo?

Nuestra insistencia en la lectura es tal que, yo que ellos, sospecharía. De hecho, que insistamos tanto en la lectura es insultante para la propia lectura. Hemos hecho lo mismo que con la educación: conseguir que lo vean como algo muy pesado que deben hacer para conseguir aptitudes útiles. Si juntan los mensajes que les envíamos entre profesorado, padres y Administración (tres agentes, por cierto, de los que no suelen dimanar grandes cantidades de diversión), nuestras pequeñas bestezuelas entienden algo parecido a esto: «aunque leer sea un coñazo, deberías hacerlo para conseguir una serie de beneficios algo indefinidos que llegan al cabo de años».

Le damos demasiada importancia al medio, que es quizá lo de menos. El carácter sacro de la literatura no viene dado por que esté impresa en negro sobre blanco (aunque esto suponga a su vez una liturgia) sino por la importancia que ha tenido siempre en nuestra cultura una buena historia. La pulsión de enhebrar una buena historia está en el origen de cualquier sociedad o, mejor, brinda los elementos necesarios para que un grupo se transforme en sociedad. ¿Qué queda de Occidente (si es que queda algo a estas alturas) sin el viaje del héroe (de todas esas historias en que reverbera el periplo de Odiseo, pero también de Gilgamesh), sin el Génesis, sin El cantar de Roldán, sin el ciclo artúrico, sin Bovary (aunque la buena es Bouvard y Pécuchet, recuerden), sin la ida de olla de Alonso, sin Raskólnikov, sin los dos Zaratustras, sin el anillo único y sin lo mal que envejece Anakin Skywalker?

Estas son las razones del carácter sacro de la literatura, pero también, y entender esto es la clave de todo, las razones de su atractivo animal. Todas las historias antedichas triunfaron porque a la gente le divertían, no porque las estudiaran filólogos con antiparras. Este atractivo queda descrito perfectamente en la carta de amor que los creadores de Sherlock (Steven Moffat y Mark Gatiss; es maravilloso y muy meta que Mycroft sea guionista de la serie) les escriben a Holmes y Watson al final de la serie por boca de Mary: algo así como «cuando la vida se pone cabrona, es un alivio imprescindible poder confiar en que hay dos hombres buenos intentando arreglar el mundo desde su guarida de Baker Street». Borges lo dijo de otra forma: «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas constumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna».

Las buenas historias son refugio, consuelo y bendición. Solo un alma gélida resiste la tentación de conocer cómo termina una buena historia.

Y resulta que los videojuegos son un puente maravilloso entre lo estrictamente lúdico y la insondable maravilla que es la literatura. Estamos dejando pasar una oportunidad.

Los referentes visuales de varias generaciones a la hora de evocar épocas pasadas no provienen de los museos sino del cine. En esa parte de mi cerebro de la que no hablo con mis amigotes, Napoleón siempre tuvo un extraño parecido con Marlon Brando (Desirée, 1954), y Cleopatra con Liz Taylor (Cleopatra, 1963). Lo mismo ocurre con batallas, costumbres y vestidos. Pues bien, la imagen que la generación Z tiene de Cleopatra es mayoritariamente esta:

Cleopatra en Assassin’s Creed: Origins. Espantoso el doblaje de Clara Lago, por cierto

Da igual si nos gusta o no. Los videojuegos llegaron para quedarse y llevan décadas proporcionando referentes visuales a millones de jóvenes. Y no solo visuales. Los videojuegos son un medio de comunicación muy locuaz y nuestros jóvenes tormentos no están sordos.

Veíamos con nuestros padres las historias que luego leíamos; es un poco burdo protestar por que la juventud no lea si antes no les hemos enseñado quién es Robin Hood, Ivanhoe ni Rick Deckard. Es la presencia de historias en una sociedad (y la familia es una sociedad) la que activa el ansia de lectura. Si antes eran las peripecias de Sam Spade (El halcón maltés, 1941, qué buena es) o Daniel Dravot (El hombre que pudo reinar, 1975, ídem), y siguen siendo, ahora se han incorporado Geralt de Rivia (The Witcher, 2007, 2011 y 2015) y Arthur Morgan (Red Dead Redemption 2, 2018).

Las buenas historias son lo que une a los buenos videojuegos con la literatura (y con el cine, ya que estamos), y quizá si nos preocupáramos por qué juegos practican nuestros vástagos y nos uniéramos a ellos, y descubriéramos con ellos sus mundos, el paso al medio escrito sería más fácil y más frecuente.

Hay algo de carpetovetónico en la aversión al medio videojueguil. Si me apuran, hay algo de puritanismo y de ludismo. Solo nos falta quemar las consolas. Hay videojuegos que no pintan nada en la educación de los adolescentes: no les permitan jugarlos. Pero también hay obras maravillosas (otro día iremos al detalle) que no se deberían perder. Hagan de ellos un punto de encuentro y verán cómo terminan hablando de esta o aquella película; de este o aquel libro.