Para ese viaje no hacían falta alforjas

Pero hombre, Pablo. Para tan brillante conclusión no hacían falta másteres ni doctorados; ni siquiera grados en Políticas. Vosotros, que encarnáis lo más flamante de la intelectualidad, lo más moderno de la postmodernidad, que citáis sin rebozo a Benjamin, Lukács o Chomsky. Vosotros, que lo mismo explicáis la plusvalía que comentáis la reificación, que os movéis como pez en el agua entre los textos más abstrusos de la escuela de Fráncfort.

Todo para esto. Para descubrir que la muerte del otro lo soluciona todo. ¡Pero si eso ya lo sabía Stalin! Y Hitler. Y Mao. Y Videla. Hasta tu admirado Otegi te lo podía haber explicado.

Dirás con razón que tú personalmente no has tuiteado «ojalá se mueran los viejos». Pero déjame establecer alguna relación entre la violencia de tus seguidores gerontocidas y la violencia que te emocionaba aquí (la paliza a un policía). O cómo impediste que Rosa Díez (fascista de toda la vida) hablara en la universidad aquí. Esa sí es tu luenga guedeja, pillín.

Hoy has dicho que no ganasteis el domingo por el «miedo a que gobierne lo nuevo». Yo creo que es miedo a que gobiernes tú. Claro que el PPSOE es un problema. Claro que la oligarquía es densa y sospechosa. Pero son las personas las que hay que cambiar, no el sistema democrático y constitucional que es nuestro mayor logro como sociedad. Y tú, bajo tu piel de cordero socialdemócrata, eres un lobo antisistema y radical. Claro que das miedo, Pablito. Más miedo que un nublao.

 

PS: También parece tener miedo el portavoz del PSOE de Cádiz al que han insultado y amenazado los amigos de Kichi en el Pleno de esta mañana.

Entendiendo el 26-J

Lo estabais esperando. Aquí está mi interpretación libre (pero con la moderación y templanza que me caracterizan) del evento de ayer.

El ganador de los comicios fue Cela, que dijo aquello de «en España, el que resiste gana». Si la táctica favorita de Rajoy (el de gran cachaza) era la inacción, a partir de ahora se va a mover menos que la guardia de Qin Shi Huang.

Rajoy

Sánchez (el que sonríe al viento) es un tipo estupendo. A Sánchez lo pones en el Titanic y el tío lo mismo te suelta que «peor quedó el iceberg». Necesitamos más gente optimista. Está a 91 escaños de la mayoría absoluta, pero con Pablo Iglesias (el otro) el PSOE sacó solo un escaño en 1910 y nadie lo critica.

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Los que son comunistas pero ya no lo dicen se presentaron con los que son comunistas y lo mantienen. Errejón (el de fino cutis) previno a Iglesias (de luenga guedeja) de que no era tan buena idea como parecía, y parece ser que tenía razón, porque despistaron a comunistas, excomunistas, pseudocomunistas y tardocomunistas. Una pena, porque habría sido una ocasión estupenda para comprobar si Garzón (de gesto adusto) dispone de músculos risorios.

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Rivera (el de brazo fornido) tuvo dificultades para posicionarse ante el electorado, y sobre todo para que el electorado supiese quién era el enemigo de Rivera. En política eso es muy importante, porque tener el mismo enemigo que los votantes te une mucho a ellos. Un odio en común establece vínculos más fuertes que un mismo afecto.

Rivera.pngLa cuestión es que estamos igual que en diciembre, pero hemos gastado mucho más dinero y perdido más tiempo, que son las dos funciones básicas de la política.

Y lo más importante es que, en contra de lo que te digan los de enfrente, y tanto si has votado cachaza o guedeja, has votado bien. Has hecho muy bien en votar a quien te haya parecido, o en no votar: ser demócrata no es presumir de serlo, sino respetar las opiniones de los demás. Las incomprensibles. Las que nos encocoran. Lo demás es blablablá, y del peligroso.

La rabia de Calibán

Dice Oscar Wilde en el prefacio de El retrato de Dorian Gray que «la aversión del siglo XIX por el realismo es la rabia de Calibán al ver su cara en el espejo». Más allá del juego que el personaje de Shakespeare ha dado a la cultura occidental posterior (y que se puede consultar aquí), el aforismo de Wilde es aplicable al debate que perpetraron nuestros amados líderes anteayer. Podríamos parafrasearlo así: la aversión de los españoles ante sus líderes políticos es la rabia de Calibán al ver su cara en el espejo. Y me explico.

No nos engañemos; los candidatos (de estas y de cualesquiera elecciones) debatiendo no son seres humanos contrastando opiniones sino personajes virtuales diciendo lo que sus votantes más probables quieren escuchar. Teniendo en cuenta que la ciudadanía media es practicante entusiasta del pensamiento débil (cuyo rasgo más distintivo es la incoherencia), no se puede afear a los cuatro prendas que nos van a flagelar durante los próximos cuatro años que desplieguen la verborrea facilona e inconsistente que despliegan. En efecto, algunas de las medidas que anunciaron anteayer podrían resumirse así: bajar los impuestos y aumentar prestaciones y subsidios mientras se reduce el déficit y se contenta además a Bruselas, CCOO, el FMI y los okupas de Colau. O la muestra de pensamiento mágico desplegada cuando se les preguntó cómo acabar con el terrorismo. En una sociedad que cree que ya es posible vivir sin estar preparados para la violencia, las respuestas giraron en torno a los paraísos fiscales, el tráfico de armas, las libertades y casi casi (en medio de la idiocia edulcorada que tan bien conoce Pérez-Reverte) se repitió la receta de la ínclita Carmena: «reflexión y comprensión para los terroristas».

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No son sus estupideces. Son las estupideces que nos gusta escuchar. Recaudar menos impuestos y subir el gasto (la teoría del dinero elástico, claro que no nos debería extrañar en un país donde toda una vicepresidenta del Congreso, Carmen Calvo, esculpió en mármol para los siglos aquello de que «el dinero público no es de nadie»). Mirar a los ojos a unos asesinos puestos hasta las cejas y conseguir que lleven sus AK-47 a un punto limpio.  La cuadratura del huevo, que diría Saki. La piedra filosofal. El Dorado. La Atlántida. All you need is love.

Así que tengamos cuidado. La próxima vez que sintamos la tentación de reírnos de la boutade de alguno de esos sacamuelas, tengamos cuidado. Porque es muy probable que sea él quien en realidad se esté choteando de nosotros, de esta sociedad desnortada que prefiere escuchar mentiras reconfortantes antes que la exigente y desagradable verdad.

Ningún político hablará de esto

A pesar de los vendedores de humo de toda estirpe y condición tenemos que hacer un esfuerzo por recuperar el sentido de las palabras, que es el sentido de las cosas.

La educación. La importante, la que se da en casa, es cuestión de los padres (o de los jefes de la tribu, en el caso de Anna Gabriel). El tema de esta entrada es la otra, la secundaria, la que se da en los coles.

Han pasado muchas cosas interesantes en los últimos seis mil años. Me refiero a cosas como el nacimiento de la escritura, o la Capilla Sixtina, o el cálculo infinitesimal. The Last of Us y la relatividad. Sherlock. El expresionismo alemán. Bach. Cioran. Jesucristo. Siglos de conocimiento, de ansia por saber y por que los demás sepan. Siglos de intentar mejorar las cosas y de controversias sobre cómo lograrlo.

El caso es que cuando llegamos al mundo todas esas cosas interesantes ya estaban ahí. Lo que la educación ha de conseguir es ponerlas al alcance de los que acaban de llegar. No darlas a conocer todas (sería imposible) pero sí las más importantes, y la posibilidad de acercarse a todas las demás con la solvencia intelectual suficiente para comprenderlas.

Forges

Todo lo demás es blablablá: educar es, en ese contexto, poner al día. Es un gigantesco «mientras tú no estabas». Es dar las herramientas. Prender la mecha. Hacerlos capaces de decidir, no decidir por ellos. ¿Cómo hacerlo? Dejándolo en manos de profesionales competentes (lo que implica, en el caso de un profesor, ser culto) y proveyéndolos de medios suficientes. No le decimos a un zapatero cómo arreglar los zapatos.

Estamos haciendo lo contrario. Con nuestra apatía o complejos, nuestra incapacidad e indecisión los estamos dejando en manos de los vendedores de humo. Si creen que exagero, pregúntenle a un adolescente algo difícil, no sé, la tabla de multiplicar.

El vendedor de humo

Nos conviene estar preparados, porque aquí vienen de nuevo (¿cuántas campañas electorales puede aguantar el ciudadano medio antes de perder la razón?) a desplegar su carromato/tenderete en la plaza del pueblo, como en el maravilloso corto que da título a esta entrada.

Tienen dinerito fresco, pues tampoco han logrado ponerse de acuerdo para limitar el gasto de sus campañas, así que conviene estar preparados, insisto, cuando menos contra  el mayor perjuicio que los políticos, por el mero hecho de existir, infligen a la sociedad: la desnaturalización del lenguaje.

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En pocas palabras: los políticos nunca quieren decir lo que dicen. Los políticos no hablan: despliegan técnicas de venta. Visten ropa que otros eligen, hacen gestos que otros deciden y, sobre todo, utilizan uno tras otro lugares comunes que nada aportan pero quedan fenomenal. Por poner algunos ejemplos, sin el menor sonrojo pronuncian soberanía, pueblo, cultura, democracia o justicia como si se refirieran a sus correspondientes significados, cuando lo que quieren decir es, respectivamente: quien vote a la mayoría, quien me vote a mí, cine español, partitocracia y designación política del CGPJ.

Este envaramiento, este fingimiento permanente que toma el lenguaje y lo desguaza, lo vacía, que hace de la mentira su razón de ser y que obedece a la campaña publicitaria diseñada por sus asesores (que son expertos en mercadotecnia y ya no más en ciencia política o en filosofía) sustituye a las propias ideas o a cualquier vestigio de honradez y es especialmente pernicioso porque atañe a uno de los dos tesoros más valiosos que tenemos: el lenguaje. Si no fuéramos más listos que ellos, que lo somos, correríamos el riesgo de asumir como propia la legitimación de la farsa, la teatralización del gesto y el desacato a la palabra. Lo de teatralizar el gesto (que también es lenguaje) lo debieron aprender de este:

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Así que cuidado. Siempre alerta ante un político, sobre todo cuando baje el tono y junte las manos, o cuando sonría de lado. O cuando se ponga grandilocuente y fusile alguna de las grandes palabras. En esos casos es aconsejable proclamar con voz potente «vade retro», asperjar agua bendita y recordar que no, que por mucho que insistan no nos quieren, no se van a preocupar por nosotros y no van a solucionar nada.

¿Por qué se presentan los mismos?

Imaginemos que me tiro dos meses intentando convencerles, amables lectores, de que me elijan para llevar a cabo un determinado trabajo. Digamos, por ejemplo, que el encargo consistirá en renovar las farolas de su ciudad. Para lograr ser elegido no escatimo en gastos (gastos que pagan ustedes, por otra parte) ni en pesadez: pinto las ciudades con mis colores y voceo mis bondades a través de cuantas alcachofas ponen a mi disposición.

Me eligen, claro, pues ustedes son personas con buen criterio pero, llegado el momento, y ante lo hercúleo de la tarea (elegir un modelo de farola) entono con Bartleby un lacónico «preferiría no hacerlo». No me niego en el acto, claro, sino que me paso otros dos meses mareando la perdiz. Que no sé, que no puedo, que no quiero. Que sí, que no. Que caiga un chaparrón.

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El caso es que seguiríamos sin farolas. A oscuras, sin un triste farol para buscar hombres honestos con Diógenes. Así que se volvería a plantear la necesidad de encontrar a alguien que se hiciera cargo del asunto de las farolas. ¿Y qué hago yo entonces? ¡Volverme a postular para el cargo! ¡Volver a utilizar su dinero (el suyo, el de ustedes) para hacerme de nuevo publicidad! ¿Qué pensarían ustedes de mí? Sinvergüenza sería lo más suave que pasaría por sus mentes.

Pues eso va a ocurrir próximamente en sus pantallas. Los 350 inútiles (a las pruebas me remito) que no han logrado llevar a cabo la función para la que se postularon vuelven a presentarse en su mayoría. Ni siquiera tenían que ponerse todos de acuerdo. Solo 176 en primera votación y una triste mayoría simple en segunda.

Hay una pequeña diferencia respecto al tema de las farolas. Ustedes nunca volverían a elegirme, por golfo, pero todo parece indicar que ellos sí volverán a pillar poltrona.

 

There will be haters

Estamos aquí. Tenemos Twitter. Somos propensos a enfadarnos. A indignarnos. A sentirnos ofendidos.

Decimos situarnos en las antípodas de ultraconservadores y puritanos, pero en realidad somos ellos. Somos la Inquisición, la Stasi, el macarthismo y la censura franquista. Porque esto no va de defender unas ideas u otras; va del placer de fingirse ofendido y crucificar al ofensor. Somos hijos del pensamiento blando y la mojigatería, y nuestras herramientas son la dictadura de la mayoría y el insulto. Nos gustan mucho «homófobo» y «sexista», pero nuestro favorito es «fascista», que vale para todo. No sabemos muy bien quiénes fueron los fascistas, pero la palabreja nunca falla.444A veces no entendemos muy bien lo que leemos, como nos pasó con este tuit de Pérez-Reverte, pero llamar fascista a Pérez-Reverte nunca está de más. El tío no para de leer, el muy cabrón: leer un poco ya es malo, pero leer mucho equivale a segregacionismo cultural.

Así que ten cuidado con expresar tu opinión porque estaremos vigilando. Nos basta con que trates ciertos temas o utilices ciertas palabras, o que no las utilices, o que recurras al masculino plural inclusivo (típico de falócratas patriarcales).

Ah, y no te molestes en defenderte. Nosotros no debatimos, solo condenamos. Defenderse no  le sirvió a Sócrates ni a las brujas de Salem ni a los diez de Hollywood ni a Servet ni a Castiello y no te servirá a ti, maldit@ cerd@ fascist@.

Política para ilusos

Percibo a mi alrededor cierto desencanto producido por los políticos. Cierta desilusión. Es decir, que hubo encanto e ilusión. ¿Cuándo? ¿Por qué? Los políticos llevan miles de años comportándose igual, así que si nos engañan la culpa es nuestra. Hay una serie de malentendidos que deberíamos subsanar:

1. Los políticos quieren que la gente sea feliz. ¿De dónde ha salido eso? Si fuera así se habrían hecho misioneros, o miembros de una ONG. Los políticos no buscan la felicidad de los demás. Buscan el poder. Solo buscan el bien común si perciben que eso aumentará su capital político, lo que es más fácil que ocurra si se trata de una democracia representativa. Eso es todo.

2. A los políticos les preocupa nuestra libertad. Por favor. El político es aquel amigo que decidía a qué se jugaba en el patio, aunque el balón no fuera suyo. El político dedica una gran cantidad de esfuerzo a lograr un estatus que le permita decidir cómo tenemos que comportarnos los demás. A grandes rasgos un político es, sobre todo, un gran entrometido. Llamamos Estado a la herramienta que utiliza para meterse en nuestra vida, por eso son tan peligrosos los partidos que quieren aumentar el tamaño de este. Es como si un caballo le pide al jinete que use una fusta más grande.

3. El político ideal tendrá un comportamiento irreprochable. ¿Y por qué no el zapatero? Hay que tener objetivos realistas: que los políticos sepan leer, por ejemplo.

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4. Los políticos tienen ideología. Otro error. La ideología es una carga demasiado pesada para llegar con ella a la cima. O la dejan atrás o se quedan atrás con ella.

5. Mi educación es responsabilidad de los políticos. Prefieres pensar eso y estás en tu derecho, pero la educación es responsabilidad de padres, alumnos y profesores. Conseguir el dinero para que sea gratuita es de nuevo un problema de gestión, no de responsabilidad.

6. Merecemos políticos mejores. Los políticos no son un premio, ni un castigo (aunque lo parezcan). No los pone ahí el destino ni son un espejo en que mirarnos. Ni siquiera deberían ser una excusa.

Así funciona la política desde que en una cueva un grupo de personas tuvo que decidir si encender o no el fuego. Probablemente desde antes. Entenderlo nos hará inmunes al desencanto y más resistentes frente a la actividad perniciosa de estos extraños seres.

Entendiendo el 20-D

polls

Como veo cierta confusión, voy a poner a vuestro servicio mis nociones de C. Políticas para explicaros la situación:

1. Han ganado los que han quedado terceros, los que hablan rapeando. Los demás han perdido, incluidos los que han quedado primeros.

2. Los resultados se comparan con los anteriores, salvo en el caso de los que han quedado cuartos, que se comparan con unas encuestas hechas a voleo.

3. Las mayorías absolutas son malas, pero el pluralismo tampoco parece gustar mucho.

4. En un día pueden votar 25 millones de personas y sus votos pueden ser contados en tres horas, pero hacen falta dos meses para que 350 personas elijan al delegado de clase.

5. El único que reconoce estar decepcionado es el que ha quedado quinto en votos y octavo en escaños. A él le cobran más caros los escaños. Puedes pensar que dividir el número de votantes entre el número de escaños sería lo más fácil, pero en política ni lo más fácil ni lo más razonable tienen buena reputación.

6. Si piensas que tu voto vale menos que otros piensa que en realidad puede que no haya valido nada: en 2011 casi dos millones y medio de votos se fueron al limbo por obra y gracia de las circunscripciones y el reparto de los restos.

¿Que quieres cambiar la ley electoral? Funda un partido político y gana las elecciones. Cuando las hayas ganado, piensa que lo has hecho gracias a esa ley electoral. Si entonces sigues queriendo cambiarla es que no eres un verdadero político.