El vendedor de humo

Nos conviene estar preparados, porque aquí vienen de nuevo (¿cuántas campañas electorales puede aguantar el ciudadano medio antes de perder la razón?) a desplegar su carromato/tenderete en la plaza del pueblo, como en el maravilloso corto que da título a esta entrada.

Tienen dinerito fresco, pues tampoco han logrado ponerse de acuerdo para limitar el gasto de sus campañas, así que conviene estar preparados, insisto, cuando menos contra  el mayor perjuicio que los políticos, por el mero hecho de existir, infligen a la sociedad: la desnaturalización del lenguaje.

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En pocas palabras: los políticos nunca quieren decir lo que dicen. Los políticos no hablan: despliegan técnicas de venta. Visten ropa que otros eligen, hacen gestos que otros deciden y, sobre todo, utilizan uno tras otro lugares comunes que nada aportan pero quedan fenomenal. Por poner algunos ejemplos, sin el menor sonrojo pronuncian soberanía, pueblo, cultura, democracia o justicia como si se refirieran a sus correspondientes significados, cuando lo que quieren decir es, respectivamente: quien vote a la mayoría, quien me vote a mí, cine español, partitocracia y designación política del CGPJ.

Este envaramiento, este fingimiento permanente que toma el lenguaje y lo desguaza, lo vacía, que hace de la mentira su razón de ser y que obedece a la campaña publicitaria diseñada por sus asesores (que son expertos en mercadotecnia y ya no más en ciencia política o en filosofía) sustituye a las propias ideas o a cualquier vestigio de honradez y es especialmente pernicioso porque atañe a uno de los dos tesoros más valiosos que tenemos: el lenguaje. Si no fuéramos más listos que ellos, que lo somos, correríamos el riesgo de asumir como propia la legitimación de la farsa, la teatralización del gesto y el desacato a la palabra. Lo de teatralizar el gesto (que también es lenguaje) lo debieron aprender de este:

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Así que cuidado. Siempre alerta ante un político, sobre todo cuando baje el tono y junte las manos, o cuando sonría de lado. O cuando se ponga grandilocuente y fusile alguna de las grandes palabras. En esos casos es aconsejable proclamar con voz potente «vade retro», asperjar agua bendita y recordar que no, que por mucho que insistan no nos quieren, no se van a preocupar por nosotros y no van a solucionar nada.

¿Por qué se presentan los mismos?

Imaginemos que me tiro dos meses intentando convencerles, amables lectores, de que me elijan para llevar a cabo un determinado trabajo. Digamos, por ejemplo, que el encargo consistirá en renovar las farolas de su ciudad. Para lograr ser elegido no escatimo en gastos (gastos que pagan ustedes, por otra parte) ni en pesadez: pinto las ciudades con mis colores y voceo mis bondades a través de cuantas alcachofas ponen a mi disposición.

Me eligen, claro, pues ustedes son personas con buen criterio pero, llegado el momento, y ante lo hercúleo de la tarea (elegir un modelo de farola) entono con Bartleby un lacónico «preferiría no hacerlo». No me niego en el acto, claro, sino que me paso otros dos meses mareando la perdiz. Que no sé, que no puedo, que no quiero. Que sí, que no. Que caiga un chaparrón.

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El caso es que seguiríamos sin farolas. A oscuras, sin un triste farol para buscar hombres honestos con Diógenes. Así que se volvería a plantear la necesidad de encontrar a alguien que se hiciera cargo del asunto de las farolas. ¿Y qué hago yo entonces? ¡Volverme a postular para el cargo! ¡Volver a utilizar su dinero (el suyo, el de ustedes) para hacerme de nuevo publicidad! ¿Qué pensarían ustedes de mí? Sinvergüenza sería lo más suave que pasaría por sus mentes.

Pues eso va a ocurrir próximamente en sus pantallas. Los 350 inútiles (a las pruebas me remito) que no han logrado llevar a cabo la función para la que se postularon vuelven a presentarse en su mayoría. Ni siquiera tenían que ponerse todos de acuerdo. Solo 176 en primera votación y una triste mayoría simple en segunda.

Hay una pequeña diferencia respecto al tema de las farolas. Ustedes nunca volverían a elegirme, por golfo, pero todo parece indicar que ellos sí volverán a pillar poltrona.

 

There will be haters

Estamos aquí. Tenemos Twitter. Somos propensos a enfadarnos. A indignarnos. A sentirnos ofendidos.

Decimos situarnos en las antípodas de ultraconservadores y puritanos, pero en realidad somos ellos. Somos la Inquisición, la Stasi, el macarthismo y la censura franquista. Porque esto no va de defender unas ideas u otras; va del placer de fingirse ofendido y crucificar al ofensor. Somos hijos del pensamiento blando y la mojigatería, y nuestras herramientas son la dictadura de la mayoría y el insulto. Nos gustan mucho «homófobo» y «sexista», pero nuestro favorito es «fascista», que vale para todo. No sabemos muy bien quiénes fueron los fascistas, pero la palabreja nunca falla.444A veces no entendemos muy bien lo que leemos, como nos pasó con este tuit de Pérez-Reverte, pero llamar fascista a Pérez-Reverte nunca está de más. El tío no para de leer, el muy cabrón: leer un poco ya es malo, pero leer mucho equivale a segregacionismo cultural.

Así que ten cuidado con expresar tu opinión porque estaremos vigilando. Nos basta con que trates ciertos temas o utilices ciertas palabras, o que no las utilices, o que recurras al masculino plural inclusivo (típico de falócratas patriarcales).

Ah, y no te molestes en defenderte. Nosotros no debatimos, solo condenamos. Defenderse no  le sirvió a Sócrates ni a las brujas de Salem ni a los diez de Hollywood ni a Servet ni a Castiello y no te servirá a ti, maldit@ cerd@ fascist@.

Política para ilusos

Percibo a mi alrededor cierto desencanto producido por los políticos. Cierta desilusión. Es decir, que hubo encanto e ilusión. ¿Cuándo? ¿Por qué? Los políticos llevan miles de años comportándose igual, así que si nos engañan la culpa es nuestra. Hay una serie de malentendidos que deberíamos subsanar:

1. Los políticos quieren que la gente sea feliz. ¿De dónde ha salido eso? Si fuera así se habrían hecho misioneros, o miembros de una ONG. Los políticos no buscan la felicidad de los demás. Buscan el poder. Solo buscan el bien común si perciben que eso aumentará su capital político, lo que es más fácil que ocurra si se trata de una democracia representativa. Eso es todo.

2. A los políticos les preocupa nuestra libertad. Por favor. El político es aquel amigo que decidía a qué se jugaba en el patio, aunque el balón no fuera suyo. El político dedica una gran cantidad de esfuerzo a lograr un estatus que le permita decidir cómo tenemos que comportarnos los demás. A grandes rasgos un político es, sobre todo, un gran entrometido. Llamamos Estado a la herramienta que utiliza para meterse en nuestra vida, por eso son tan peligrosos los partidos que quieren aumentar el tamaño de este. Es como si un caballo le pide al jinete que use una fusta más grande.

3. El político ideal tendrá un comportamiento irreprochable. ¿Y por qué no el zapatero? Hay que tener objetivos realistas: que los políticos sepan leer, por ejemplo.

monos

 

4. Los políticos tienen ideología. Otro error. La ideología es una carga demasiado pesada para llegar con ella a la cima. O la dejan atrás o se quedan atrás con ella.

5. Mi educación es responsabilidad de los políticos. Prefieres pensar eso y estás en tu derecho, pero la educación es responsabilidad de padres, alumnos y profesores. Conseguir el dinero para que sea gratuita es de nuevo un problema de gestión, no de responsabilidad.

6. Merecemos políticos mejores. Los políticos no son un premio, ni un castigo (aunque lo parezcan). No los pone ahí el destino ni son un espejo en que mirarnos. Ni siquiera deberían ser una excusa.

Así funciona la política desde que en una cueva un grupo de personas tuvo que decidir si encender o no el fuego. Probablemente desde antes. Entenderlo nos hará inmunes al desencanto y más resistentes frente a la actividad perniciosa de estos extraños seres.

Entendiendo el 20-D

polls

Como veo cierta confusión, voy a poner a vuestro servicio mis nociones de C. Políticas para explicaros la situación:

1. Han ganado los que han quedado terceros, los que hablan rapeando. Los demás han perdido, incluidos los que han quedado primeros.

2. Los resultados se comparan con los anteriores, salvo en el caso de los que han quedado cuartos, que se comparan con unas encuestas hechas a voleo.

3. Las mayorías absolutas son malas, pero el pluralismo tampoco parece gustar mucho.

4. En un día pueden votar 25 millones de personas y sus votos pueden ser contados en tres horas, pero hacen falta dos meses para que 350 personas elijan al delegado de clase.

5. El único que reconoce estar decepcionado es el que ha quedado quinto en votos y octavo en escaños. A él le cobran más caros los escaños. Puedes pensar que dividir el número de votantes entre el número de escaños sería lo más fácil, pero en política ni lo más fácil ni lo más razonable tienen buena reputación.

6. Si piensas que tu voto vale menos que otros piensa que en realidad puede que no haya valido nada: en 2011 casi dos millones y medio de votos se fueron al limbo por obra y gracia de las circunscripciones y el reparto de los restos.

¿Que quieres cambiar la ley electoral? Funda un partido político y gana las elecciones. Cuando las hayas ganado, piensa que lo has hecho gracias a esa ley electoral. Si entonces sigues queriendo cambiarla es que no eres un verdadero político.