Sergio C. Yáñez (Madrid, 1977) es politólogo, sociólogo y doctor en Arquitectura. Actualmente es profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Francisco de Vitoria y en el aula hospitalaria de la Unidad de Oncopediatría del hospital Montepríncipe. En ambas instituciones dirige un Espacio de Cultura.
Es autor de La danza del oso (Didaskalos, 2025), El abismo que nos llama (Alhulia, 2024), Púgil con bombín (Alhulia, 2016), La mano (Alhulia, 2014), y participó en la antología Amores canallas (Sial Pigmalión, 2019). También ha colaborado en Arte público urbano y calidad de vida (Conarquitectura, 2024).
Los relatos de Púgil con bombín están escritos en un territorio estrictamente literario, y como tales se me ocurre que convenga algún comentario. No quería hacerlo en un prólogo y he decidido escribirlo en el blog. Ahí va:
Springfort Hall existe e inspiró el relato, y hasta en el nombre del mayor de los Chatterly se puede rastrear a Wodehouse.
La ciudad de casas llenas podría ser Praga, pero no el parque temático que es ahora sino la cabalística que habitó Athanasius Pernath. También podría ser Lisboa, que tiene la ventaja de seguir siendo Lisboa.
El puñal de Ben Hisib fue parte de una historia más larga, pero Daniel Cremades me hizo ver su suficiencia (también me ayudó a seleccionar los relatos y propuso el título del libro, ya que estamos pagando deudas). Hay en él algo del Kinglake de Eothen.
Imposible elegir un escritor de literatura gótica… no así un libro. Otra vez El golem, de Meyrink. Como si en Gótica 5 alguien hubiera cogido el sombrero equivocado.
Los cazadores de Su mejor presa habrían hecho buenas migas con Münchhaussen, salvo por una cosa: ellos no mienten.
En Azimut está el Stevenson de En los mares del Sur y el Schwob de Viaje a Samoa. Pero eso es lo de menos. El cuentito trata lo que pasa con el tiempo y ―sobre todo― lo que no pasa. El correo a veces tarda mucho…
No sé decir quién me sopló Soledad… algo así entre Tabucchi y Skármeta. Cómo se nos va la vida esperando lo que nunca llega.
Fantasmas trata esa pena inmensa vestida de belleza que es la nostalgia. Es en cierto modo una contrafigura de Soledad, que además hace aquí un cameo.
Lo dicho para Gótica 5 vale para Adamir; el asunto ese de la muerte nos da una oportunidad magnífica de irnos con elegancia.
Otra contraposición; frente a la muerte, El inmortal cuenta la maldición inefable de no morir nunca. El propio relato cita a Maturin, Shelley, Wilde (hay que ser de Wilde), Woolf y Borges.
Así que antes de que nos dé a todos el ataque programado de inusitada bondad, aún nos podemos permitir ser un poquito pérfidos.
Yo sé que no todos tenemos la suerte de que un genio nos regale una portada (gracias, Rodrigo), y que las grandes no tienen tiempo para mimar cada libro como si fuera el último, pero hombre…
Aquí vendría un alegato en favor de la labor artesanal y la vuelta al taller y la ausencia de aura en la economía de escala, un par de citas de Morris y Ruskin y tres frases epatantes, pero no hay tiempo porque tenemos lío.
No entendemos nada
La semana pasada una presentadora de televisión, cuyo nombre y foto omito por un tema de coherencia, después de recibir tratamiento por un cáncer (a ver si entre todos acabamos con lo de «larga enfermedad»), volvía al trabajo sin peluca, para darle normalidad al asunto. ¿Qué hicieron los medios? Poner su foto en todas partes y subrayar eso que les gusta tanto, el lado humano del asunto, la superación, el ejemplo para todos…
Que digo yo, si lo que pretendía era darle normalidad, ¿no habría sido la única opción ver el informativo con normalidad, seguir comiendo con normalidad y pasar a otra cosa con normalidad? Pues no. Focos. Candelero. Anormalidad. Bien por los muchachos de la prensa.
Montoro el liberticida
Desde que Rajoy mandara a liberales y conservadores a otro partido (consejo que yo al menos seguí a rajatabla), nadie puede sorprenderse de que Montoro y sus muchachos se tomen nuestra libertad a título de inventario. El sueño de las élites de saber dónde estamos y qué compramos en cada momento está más cerca con la limitación a 1000 euros del pago en efectivo.
Cabe preguntarse si han puesto el límite justo ahí para poder seguir pitufeando comme il faut; en cambio, lo que tiene fácil respuesta es quién defenderá nuestra libertad ahora que el PP ha pasado a engrosar las filas socialdemócratas. Ah, y desde que decidimos convertirnos en vacas (esto lo demostraré otro día), ni siquiera nosotros parecemos tener muy claro querer defenderla.
La culpa de que Escobar fuera un asesino no es de Netflix
Asociaciones contra la droga han puesto el grito en el cielo por el cartel publicitario con el que Netflix se ha descolgado en Sol. Helo aquí (elijo esta foto por puro surrealismo):
Alguna incluso ha escrito algo así como que la foto del traficante recibirá a los turistas en Sol. No es el traficante, es Wagner Moura. Lo digo porque este hecho tan obvio marca una diferencia abismal. Es una serie, no la realidad, así que lo que intentan los correctísimos se llama censura. ¿Eliminaríamos un cartel de Quo Vadis? porque sale Nerón? En Fallas, por ejemplo, con una cerilla en la mano.
Un dictador menos
Siempre que escucho a alguien despotricar contra un dictador se me enciende una llamita de esperanza. Pienso «vaya, esta tipa es una gran defensora de la libertad, que es la principal damnificada de cualquier dictadura». Pero lo que oigo normalmente después apaga la llamita: «Porque Pinochet al menos mejoró la economía» o «En Cuba al menos nadie muere de hambre» según el sesgo del sujeto parlante. No, no, no. Una dictadura es basura. Punto. Porque nos quiere quitar ―como Montoro― la libertad, nuestro bien más preciado. Lo digo porque igual de criticable es Cuba que Arabia Saudí, por mucho contrato que saquemos. O China, que fuimos todos aplaudiendo con las orejas a los JJOO de 2008 por aquello del «mercado emergente». A ver si es que somos tan flojos morales (gracias, Laureano) que lo que nos da repelús son los pobres y no los dictadores.
Ya era suficientemente malo el pensamiento débil, formulado en 1983 por Gianni Vattimo, que siguió a Derrida en la voluntad de eliminar certezas y relativizar el conocimiento, pero es que estamos rizando el rizo. El pensamiento débil se ha convertido en el pensamiento absurdo. No es ya que cualquier opinión sea respetable (lo cual es en sí un disparate), sino que resulta habitual que un argumento sea intrínsecamente contradictorio y se dé por bueno. Algunos ejemplos:
Reclamamos a la vez que se bajen los impuestos y se eleven las prestaciones sociales. Es contradictorio. Absurdo. Es como pedirle a un empresario que baje los precios y suba los salarios. El dinero no es elástico. Llamadme pesimista, pero estoy convencido de que existe la opinión generalizada de que el Estado puede pagar todos los servicios que quiera con una especie de caja mágica que nunca se agota. Que ir a la universidad pública no cuesta más que las tasas que se pagan (nos cuesta unos 8000 euros al año cada estudiante, vaya a clase o a la cafetería a pintar pancartas).
Nos pirramos por lo verde y sostenible pero luego compramos relojes que hay que recargar (con lo maravilloso que es un reloj mecánico), subimos la persiana apretando un botón (es cansadísimo tirar de una cinta), usamos el ascensor para ir al gimnasio, leemos el periódico en una tableta y libros de esos que no son libros, inventamos chorradas del calibre de Hoverboard y Segway para no tener que caminar —sobre todo los niños; podrían dislocarse algo—. Entiendo que quemar combustibles fósiles para generar electricidad no contamina, porque tampoco queremos centrales nucleares. Pero enchufar cosas sí. Eso es divertidísimo.
Nos desgañitamos pidiendo una educación de calidad pero pensamos que hacer deberes (leer, escribir, sumar, pensar) es un castigo.
Pedimos democracia a gritos enarbolando banderas comunistas.
Y mi favorita: dañar un huevo de buitre te puede llevar a la cárcel dos años pero en cambio un feto humano es un quiste. No voy a hacer más comentarios a este respecto.
Leía esta semana un libro modernísimo sobre las nuevas generaciones que, lejos de preocuparse por aprender sobre la sociedad en que han nacido, lo juzgan todo según su propia circunstancia y las opiniones parciales que picotean aquí y allá, y se dedican a exigir derechos, soluciones y prebendas sin pensar que quizá sean ellos quienes deban proporcionarlos.
Valga esta soporífera introducción para comentar algo que me resulta curiosísimo: la crítica que se hace a la Unión Europea por tener fronteras. La Unión Europea constituye el mayor esfuerzo de la historia por eliminar las fronteras. De hecho, la UE no las tiene en su interior: son los demás países los que las conservan. Son precisamente los que ignoran que hace tres telediarios ir a Lisboa requería pasaporte los que más protestan, acostumbrados como están a disfrutar las ventajas de la Unión que tanto critican. A través de una cuadratura del círculo que roza el virtuosismo, denuestan a la organización supranacional que más ha hecho por eliminar las aduanas culpándola de que los demás países las mantengan (¡…!).
Claro que deberíamos hacer más por los refugiados que nos piden ayuda. Es vergonzoso y tenemos una responsabilidad mayor que nadie porque somos parte de la entidad política que más y mejores principios y valores encarna, sobre todo ahora que EEUU nos ha dejado en la estacada; es solo que no creo que decir tonterías produzca soluciones. De forma sorprendente ha calado la inquina que Chomsky y sus acólitos tienen a Occidente, especialmente a Europa. Plantea las cosas como si el resto del mundo hubiera tenido sistemas políticos infinitamente mejores que la democracia liberal cuando Europa fue a molestarlos con las ideas de libertad, igualdad o el imperio de la ley. Por supuesto que hemos hecho barrabasadas, pero dejamos de hacerlas antes que los demás y propusimos una tramoya filosófica que impidiera su repetición. El mundo no es perfecto, Noam, pero no pasa nada por reconocer que hay grados en la imperfección. Que nunca haga falta recordar quiénes buscan protección dónde.
P. S.: El modernísimo libro citado es de 1930: La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. Otro PProscrito de las aulas.
Ahora va a resultar que hasta el martes vivíamos en un mundo ilustrado. Que leíamos todos el New York Times. Que cada cual buscaba un hueco en su agenda para releer a Madison y retomar el Tractatus de Wittgenstein. Vengayá. Trump es un desastre porque el mundo en que vivimos es un desastre, y de lo que se trata es de bregar cada día para que lo sea un poquito menos. No podemos tragar con las audiencias de Telecirco y luego rasgarnos las vestiduras cuando la sangre llega al río.
Todo esto me recuerda a la visión que prevalece sobre los nazis: a los pobres alemanes de entreguerras les lavó el cerebro Hitler y cuatro amigos. No, hombre, no. El racismo en general y el antisemitismo en particular estaban arraigadísimos no solo en Alemania, sino en todo Occidente. Observen, amigos:
A la derecha: «Detened la dominación judía de los americanos cristianos»
¿Berlín? No. Madison Square Garden, Nueva York, 1939. 22 000 almas. Y no se pierdan la siguiente vista parcial:
Cosas veredes, amigo George
No es mi tesis que el racismo siempre estuvo latente en EEUU y que ahora sale a la luz. No voy a eso. De hecho:
1938, Luna Park de Buenos Aires, 20 000 pibes
Y no hay que irse tan lejos: el lunes pasado uno de los líderes políticos que nos asuelan tuiteó «Hoy es el 99 aniversario de la revolución rusa de 1917; una revolución contra ‘El Capital’. #RevolucionEs Paz, Pan y Tierra». Acompañado de una imagen de Lenin, conocido demócrata. Para el muy analfabeto (o muy malvado), el régimen comunista es sinónimo de paz, pan y tierra. La tierra donde descansan en paz los millones de ucranianos a los que Stalin mató de hambre robándoles su propio pan, supongo.
¿Adónde voy, entonces? A que el ser humano es bastante salvaje. A que la maldad está en nosotros y de cuando en cuando alguien sabe sacarle partido. A que la última guerra en Europa no terminó en los Balcanes en 1999, como he estado a punto de escribir, sino que sigue abierta en Ucrania. A que si algunos insistimos tanto en la educación, en la importancia de la filosofía como fuente de conocimiento y de la Filosofía como asignatura, no es porque quede bonito, sino porque es estrictamente necesario. Porque la cabra tira al monte y el zoon politikon a la trinchera. Claro que lo de Trump es un desastre, pero el desastre no ha empezado con Trump. El desastre no empezó nunca, bien pensado, porque nunca terminó, porque no hay solución de continuidad en el espectro de horrores que el hombre ha protagonizado desde que el mundo está ligeramente achatado por los polos. Me parece pelín hipócrita tanta cara de sorpresa por el resultado del martes. Como si viviéramos en el Elíseo.
Cuando las barbas de tu vecino…
Antes de que esta Edad Media que se cierne sobre nosotros se vuelva demasiado oscura necesitamos otra Ilustración. Necesitamos renovar el paquete de certezas que nos hizo un poquito más humanos, necesitamos plantar cara al nefasto pensamiento débil que ha terminado por proscribir el conocimiento y legitimar la estupidez disfrazándola de tolerancia. La historia nos recuerda cada cierto tiempo que no todas las ideas son respetables; pero para cuando eso ocurre ya es demasiado tarde porque ya han ganado los malos.
Esta vez no nos salvarán abstrusas disquisiciones filosóficas sino actitudes concretas. No es tolerable que se prohíba estudiar —para la mitad de los alumnos ni siquiera es optativa— Historia de la Filosofía, una asignatura cuyo sentido último es enseñar a pensar. No es tolerable la pueril e infame huelga de deberes que se planteó hace una semana. No es tolerable que los profesores cometamos faltas de ortografía. No es tolerable que nuestros adolescentes no entiendan textos de cierta complejidad ni sepan encadenar tres frases.
Los políticos no van a hacer nada por nosotros. Si no recuperamos el sentido del conocimiento humano alguien terminará por aprovecharse de ello.
Que conste que a mí me gustaría escribir sobre lo sorprendentemente buenos que son los relatos del Oeste de Dorothy M. Johnson (entre ellos Un hombre llamado Caballo y El hombre que mató a Liberty Valance, ahí es nada), pero me debo a mis lectores y mis lectores piden Trump.
Yo no sé mucho sobre el susodicho, salvo que hace en público los comentarios y chistes que la gran mayoría de la población hace en privado (¿verdad, Pablito?), pero hoy le he oído decir, hablando del muro, que nadie construye como él y me he acordado de Robert Moses, de quien sé un pelín más. Moses era un energúmeno cortado por el mismo patrón que Trump («Nadie está contra este plan, nadie salvo un puñado de madres») que llegó a reunir doce cargos públicos y que entre 1924 y 1968 construyó en Nueva York más puentes, túneles, piscinas, autopistas, playas y parques de los que se han construido allí en los últimos 50 años. En 1936, por ejemplo, inauguró 11 piscinas gigantescas que podían acoger en total a 66000 bañistas.
Un remanso de paz en medio de la gran ciudad.
Su visión implicaba que la construcción de infraestructuras generaba empleo, activaba la economía y mejoraba la vida de los trabajadores. En lugar de hablar, construía («Los que pueden, construyen; los que no, critican»). Se le tachó de populista (igual que a Trump) mientras él renegaba de toda ideología (igual que Trump). Fue políticamente incorrecto, clasista, racista y machista. Y cambió la fisonomía de Nueva York. Era, sobre todo, un conseguidor. Utilizaba la política de hechos consumados a menudo (empezaba la obra con o sin fondos, porque para cuando alguien protestara ya sería más costoso pararla que terminarla). Sacaba presupuesto de donde no lo había y aceptaba sobornos si era menester. Si había que eliminar manzanas de viviendas enteras, se eliminaban. El fin justificaba cualquier medio. No era, como se ve, un alma cándida, pero el hecho es que sus puentes y túneles son cruzados cada día por millones de personas.
«Cuando actúas en una ciudad sobreconstruida, tienes que abrirte camino con un hacha de carne».
Robert Moses (angelito)
En 1974 una biografía sobre él (The Power Broker, de Robert Caro) lo ponía fino, pero una más reciente, de 2007 (Robert Moses and the Modern City, de Hilary Ballon y Kenneth T. Jackson) le reconoce su enorme influencia sobre lo que hoy conocemos como Nueva York.
—Y aquel gueto va fuera.
Trump repite cada vez que puede que él no es un político, como no lo era Moses. Ser un político es, hoy en día y sobre todo, no hacer nada. No estoy pensando (solo) en el tancredismo de Rajoy, sino en los altos estándares de bienquedismo que la corrección política impone. No opinar, no comprometerse, no actuar. No construir, que diría Moses. Por si alguien se enfada. Quedar bien con todo el mundo conduce a la inoperancia. Siguiendo con el símil constructivo, se tardó casi 15 años en ponerse de acuerdo sobre la reconstrucción de la zona cero. Moses habría tardado 15 días.
«Si eliges un alcalde estrella tendrás una administración de comedia musical».
Robert Moses
Moses fue el principal responsable de que la periodista, escritora y activista Jane Jacobs se convirtiera en adalid de un modelo distinto de ciudad, de escala más pequeña, de barrios tradicionales, transporte público… más sostenible, que diríamos hoy. Los valores que la clase media urbana ilustrada prefiere porque puede permitirse preferirlos. Los demás, los que por un motivo u otro no tienen elección (y son legión desde 2008), los que han vuelto a centrar sus preocupaciones en la base de la pirámide de Maslow o simplemente siguen respondiendo a lo que EEUU ha sido siempre (el paroxismo capitalista), parecen preferir la acción antes que la pose, la excavadora antes que la bici, el desarrollo económico antes que la conciencia.
La política que nos ha tocado sufrir consiste en intentar hacer tortillas sin romper los huevos, y parece que la gente empieza a hartarse de que cuando el político-trilero termina el truco, el plato aparezca vacío. A Trump lo han hecho presidente los de enfrente, si se me permite la rima. La culpa de Trump es de los demás.
«Abandoné hace mucho la idea de que la educación superior es necesaria para el éxito y la felicidad. No todo lo que crece en los invernaderos del conocimiento es comestible».
Robert Moses
P. S.: Maravilloso ayer Errejón mirando a su alrededor y no viendo ningún partido populista…
El error que el PSOE parece haber comprendido es que el «cordón sanitario» que tendió durante mucho tiempo en torno al PP tenía un efecto no deseado sobre su propio partido.
Al echarse al monte, al intentar deslegitimar al PP, al utilizar la estrategia del abuelo del Zapatero (al que probablemente ningún votante del PP recuerde haber matado), lo que hicieron los muy lumbreras fue dejar a los populares no ya el centro político, sino todo lo que estuviera intramuros del sistema.
De lo que no se habían dado cuenta en Ferraz es de que la estrategia (el primero en utilizar la expresión cordón sanitario en un contexto político fue Clemenceau para referirse al aislamiento del comunismo tras Versalles) no solo trataba como un apestado al PP, sino también a sus más de once millones de potenciales votantes, algunos de los cuales han votado socialista en el pasado. De repente el PSOE se quedó en tierra de nadie: por un lado había establecido la intolerancia ante la corrupción como cleavage electoral, sin querer aceptar que en ese acantilado compartía cornisa con las gaviotas corruptas; por el otro intentaba codearse con la izquierda radical y los independentistas, sin asumir que a desharrapados no pueden competir con los falsos perroflautas podemitas (en realidad son niños mal de familia bien) y que la base social que solía votarlos enarbola mayoritariamente la rojigualda, por mucho que Zapatiesta intentara desteñirle un trocito.
—De esta hundimos al PP, tú sígueme el rollo. Jijijí.
Ante el entusiasmo con que ZP primero y Sánchez después habían navegado hacia el abismo, los propios comunistas tuvieron que pararles los pies. «En las barricadas no hay sitio para todos», debieron pensar: primero fue Iglesias y la cal viva y ayer todo el bloque radical gañendo cual lechones. Lo de ayer (un PSOE boqueando en busca de oxígeno, tirando de orgullo tras el rebuzno rufianesco, las bancadas populares y ciudadanas brindándoles su apoyo) fue profundamente simbólico: el regreso del socialismo a los márgenes constitucionales que por derecho propio —y los derechos conllevan obligaciones— constituyen sus propios márgenes.
Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.
Lucas 15: 23-24
P. S.: Sobre el podemismo bipolar que es capaz de sitiarse a sí mismo y llamar «putas» a las mujeres que no piensan como ellos, mejor otro día, que hoy no me he tomado el antiácido.
Ante las intolerables presiones recibidas para que me pronuncie al respecto del tema del día, voy a intentar hacerlo de la forma más polémica posible, echando al fuego toda la leña a mi alcance.
Bob Dylan con cara de merecerse el Nobel
Los argumentos en contra y su refutación
Aunque expondré mi teoría al final de la entrada, me voy a molestar en rebatir los argumentos que se están utilizando contra la concesión. Sintetizados quizá en esta entrevista al sin par Luis Alberto de Cuenca, me quedo con estos (no cito a De Cuenca sino lo que se me ha hecho llegar):
«Escribir para imbricar la letra con la música es muy distinto a escribir poesía». Tendrá más mérito si se hace bien, entiendo. Y si se trata de libertad compositiva, no creo que escribir una poesía que tenga prefijados de antemano número de versos, extensión, rima y distribución del acento prosódico sea más laxo que las constricciones impuestas por escribir letras.
«Las letras de las canciones no son literatura». Esta disquisición daría para una tesis, pero la desmonta el propio Luis Alberto poniéndole nota a las letras publicadas sin música: «un aprobado raspado». Es decir, que no es que no sean poesía, sino que como poesías son malas. En cuanto a si las letras de Dylan son literatura, vuelvo a remitirte al final, paciente lector.
«Esto desacredita al Nobel». El Nobel lleva desacreditado, como mínimo, desde que se quedó sin Borges(por no mencionar que a Sartre, por ejemplo, sí se lo concedieron).
«Bob Dylan no tiene la calidad suficiente».Este sí lo respeto y podría hasta estar de acuerdo si lo comparamos, por ejemplo, con Murakami (que no lo tiene). Sería muy interesante saber qué piensa el melómano japonés, por cierto.
«Literatura es lo que yo diga». (Este no lo transcribo de forma muy literal, pero sí resume bastante bien lo que piensan algunos detractores). Pues resulta que no, que la literatura en Occidente no es opinable y desciende, sobre todo, de unos recitadores musicales (Aoidoi y Citharaedi, pero también Rhapsodoi y Homeridai, más cercanos a Homero) que declamaban ―acompañados de instrumentos― textos que llamaban sospechosamente cantos, lo cual me lleva a afirmar lo siguiente:
No es solo que lo que Bob Dylan hace sea literatura, es que se parece más a la pulsión primigenia que alumbró la literatura que muchos de los bodrios que nos intentan colar últimamente. Estoy dispuesto a aceptar que lo que Dylan escribe no es literatura siempre que concluyamos que no es literatura ninguna otra recitación musical: que no es literatura la Ilíada, por ejemplo, ni la Odisea, ni el Cantar de Roldán, ni el Cantar de mio Cid. Si Dylan no es el trasunto de un goliardo, que venga Dios y lo vea.
Y no estoy comparando, obviamente, a Dylan con Homero (o con los recitadores musicales a quienes llamamos Homero). Solo me estoy refiriendo, porque compete a este blog, a qué cosa sea la literatura, y defiendo que tiene mucho más que ver con la capacidad de contar una historia que con la utilización virtuosa de la sinéresis en un dístico elegíaco. Llamadme loco.
P. S.: Adelanto que llevo solo treinta páginas de Moby-Dick en la maravillosa edición de Valdemar y me tiene completamente fascinado.
La prueba de que había politólogos en el Paleolítico
Si hay algún elemento de nuestra sociedad que le discuta al político su trono como patógeno, ese es el politólogo. Los politólogos son ―somos― como el Canijo de Érase una vez el hombre:
La imagen sintetiza muy bien los atributos tanto del político (la lanza como potestas
y la mirada despierta como auctoritas) como del politólogo (el dedo señalando al enemigo y la mano que encubre, disimula, enmascara, esconde y camufla. Un tipo de fiar, como vemos. No es el único ejemplo de esta perniciosa pareja. El arte, por su capacidad reveladora, nos provee de otro:
La prueba de que había politólogos en Rohan
Ahí está nuestro hombre, Gríma Lengua de Serpiente: recto, fiable, movido por causas nobles. ¿No es estupendo que consejeros así sean los verdaderos agentes decisores del Estado? Y qué decir del político, tan dueño de su destino, tan audaz.
Hasta este punto se me puede acusar de opinar sin fundamento, de trabajar al margen del método científico. Hasta este punto.
En 1967 los politólogos Seymour Martin Lipset y Stein Rokkan presentaron su teoría de las divisiones (lo que un politólogo cursi llamaría cleavages y uno menos cursi clivajes, que es peor), según la cual la sociedad está atravesada por fracturas que la parten en dos según diferentes criterios: izquierda vs. derecha, creyentes vs. ateos, dignidad vs. salir a la calle en chanclas… Los partidos entendieron enseguida que podrían utilizar estas divisiones en su favor: si un partido X lograba identificar una de esas acantilados ideológicos y situarlo cerca del partido Y y lejos de sí mismo, todos los votantes que estuvieran entre esa falla y el partido X tenderían a votarlo. Un ejemplo: imaginemos que el PP tuviera principios y siguiera estando a favor de la prohibición del aborto. Dado que la mayoría de la población (por motivos que no logro imaginar) piensa que matar un feto humano es tolerable, todos los partidos proaborto tratarían de magnificar esta división para ganarse el apoyo de la mayoría social, al menos en ese aspecto. Esa, de hecho, es la razón por la que el PP abandonó sus principios en ese tema y dejó a Gallardón colgado con su ley (dos pájaros de un tiro).
En un país como España, que ya viene dividido de fábrica y cuyas fracturas son fácilmente asimilables en un mismo eje tan simplificado como falaz (izquierda progresista, atea, feminista, chanclista, leída, antitaurina, federalista… vs. derecha conservadora, católica, caciquil, liberal, mocasinil, taurina, centralista…), los politólogos que asesoran a nuestros prohombres entendieron que la teoría de las divisiones sería especialmente útil aquí a la hora de ganar votos. Para los partidos, lo de menos es que la división perjudique a la sociedad y nos debilite como país, lo importante para los políticos es que según sus carísimos gurús las tensiones sociales los acercan a la Moncloa, así que hay que fomentarlas. País dividido, político contento.
Este es solo un ejemplo de cómo funciona la trastienda de la política, más allá de sonrisas electorales y dramatizaciones mitineras (que también están estudiadas). Un ejemplo entre muchos que nos hablan de la entrañable amistad entre político y politólogo y los múltiples beneficios que aporta y seguirá aportando a esta nuestra sociedad, Q. E. D.
P. S.: Alguien, después de leer esta entrada, podría aventurar que la mutación del patógeno politólogo en el superpatógeno politólogo-político sería como una combinación de Alien y Predator, una máquina perfecta de reventar sociedades. Podría, incluso, aventurar que ya está aquí, que ya ha llegado. Que quiere tu voto y sabe cómo conseguirlo. Que no escaparás de él. Ni de su coleta. (Estas especulaciones estarían, naturalmente, al margen de las intenciones del autor de este blog, inocentes y cordiales por demás).
En Emma Zunz, uno de los 17 relatos que Borges esculpió para El Aleph, después de que la protagonista reciba por carta la noticia de la muerte de su padre, el poeta bonaerense escribe: «Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de alguna manera ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos; ya era la que sería». Ya era la que sería. Cinco palabras. Sucesivos escribidores desatalentados podrían emborronar innumerables cuartillas sin soñar siquiera una construcción semejante. Infinitos monos con infinitas Remingtons podrían quizá escribir el Quijote, pero ninguno de ellos escribiría nunca «ya era la que sería». Es imposible (o nunca se ha hecho) describir con esa despampanante mezcla de belleza metafísica e insolente economía de medios el momento imperceptible en que una ―Emma, en este caso― atraviesa el umbral imaginario de una mudanza existencial.
El cuentista ciego (imposible ser tan lúcido sin enceguecer) tiene tanto talento, ostenta un dominio del lenguaje tan insultante que cada párrafo, a poco que uno aguce el ojo, esconde parecidas revelaciones. Es imposible leer al filósofo argentino sin sentir lo que Bruno Ganz llama en El cielo sobre Berlín «el asombro».
Pues bien, no es (el único) propósito de esta entrada bancar a Borges. No pude evitar al releer Emma Zunz pensar que la impericia lingüística con que obsequiamos a nuestros cachorros les impedirá, llegado el caso, paladear la hermosísima sutileza con que el escritor porteño nos hace más sabios a cada palabra. El mayor mal que les estamos haciendo a nuestras crías es el de impedirles percibir, descifrar y gozar la maestría con que el erudito bibliófilo esconde elocuentes afirmaciones poéticas entre párrafos de aparente objetividad ingenieril, cómo alterna sospechosas enumeraciones bibliográficas con un sentido acerado de la épica. Ellos sí estarán ciegos; porque, viendo, no verán.
P. S.: Su ausencia del palmarés desacredita la propia noción de Premio Nobel pero condice naturaleza y devenir de escritor y premio. El Nobel nunca ganó un Borges.
Iba a limitarme a dar mi opinión sobre Ruido de fondo, de Don DeLillo, pero seguro que meterme en un charco es mucho más divertido.
Por supuesto, no me puedo referir a toda la literatura contemporánea. Me refiero a lo que se considera hoy alta literatura (lo que es un término jactancioso y absurdo en sí mismo). Los DeLillo, McCarthy (cuánto daño hizo Bloom con sus cuatro americanos), Camus, Kundera (mi favorito), Munro, Foster Wallace y otros adoquines similares. Voy a simplificar, que estamos en agosto. La literatura contemporánea no me gusta porque tiene mucho de esto:
1. Sociología y filosofía
No sé que les está pasando a los escritores que en cuanto pueden se despeñan hacia territorios colindantes con la novela, sobre todo hacia el ensayo. Son ensayos encubiertos, como escribí aquí. La novela no debería existir para convencernos de esta o aquella teoría social. Existe para que el lector pueda sumergirse en una buena historia. Ahí está el veneno.
2. Personajes inverosímiles
Como los personajes son meras herramientas para convencernos de sus tesis, la mitad de ellos son catedráticos (para utilizar de manera subrepticia y falaz el argumento de autoridad) y la otra mitad artistas (que aportan el rollito dinámico y postmoderno). También hay niños que hablan como enciclopedias, como hacían los protagonistas de Dawson crece, que con 15 años tenían unas dudas existenciales que ni Sartre.
3. Situaciones inverosímiles
El argumento tipo implica que durante cientos de páginas no pase absolutamente nada más allá de la exhibición técnica del autor y repentinamente se desencadenen hechos extemporáneos que se compadecen mal con el resto de la historia.
Dado que la acción también está al servicio de la ideología, lo mismo se acaba el mundo que aparece un investigador que le ofrece a la mujer del protagonista un medicamento para vencer el miedo a la muerte a cambio de encuentros sexuales regulares, cosa que ella, que quiere mucho a su marido, acepta (¿…?). Como el espantoso final de El mundo de Sofía, que no destripo aquí aunque debería.
4. Traumas
Sustituyen trama por trauma. Muchos traumas y estereotipos. Pero en el caso estadounidense con una falta de originalidad alarmante: le quitas a la novela estadounidense la ausencia del padre, el adulterio, la soledad, las drogas, el consumismo y la conspiranoia y se queda en cuadro.
5. Tedio
Existen distintos motivos para leer. Yo, por ejemplo, leo novela contemporánea porque me ayuda a sentirme un cultureta como Dios manda. Motivos, como digo, hay muchos, pero criterios de disfrute no hay ninguno tan inequívoco como que un libro sea lo que los pérfidos ingleses llaman gripping, y que el doctor Cremades traduce como «que te agarra por las trenzas y no te suelta» (el doctor Cremades no dice «trenzas»): llegar a casa antes para poder seguir leyendo. Adicción. Mono. Veneno, otra vez. Y eso un postmoderno no lo ha visto ni en foto.
Lo anterior no es una defensa del folletín. Es una defensa de la calidad literaria y de la recuperación de la definición de lo literario frente a la pose, el intelectualismo y el sopor. Y no vale para todos los escritores contemporáneos: Murakami, por ejemplo, está a la altura de los más grandes, y ha llegado ahí arriba escribiendo única y exclusivamente literatura.