¿Por qué se presentan los mismos?

Imaginemos que me tiro dos meses intentando convencerles, amables lectores, de que me elijan para llevar a cabo un determinado trabajo. Digamos, por ejemplo, que el encargo consistirá en renovar las farolas de su ciudad. Para lograr ser elegido no escatimo en gastos (gastos que pagan ustedes, por otra parte) ni en pesadez: pinto las ciudades con mis colores y voceo mis bondades a través de cuantas alcachofas ponen a mi disposición.

Me eligen, claro, pues ustedes son personas con buen criterio pero, llegado el momento, y ante lo hercúleo de la tarea (elegir un modelo de farola) entono con Bartleby un lacónico «preferiría no hacerlo». No me niego en el acto, claro, sino que me paso otros dos meses mareando la perdiz. Que no sé, que no puedo, que no quiero. Que sí, que no. Que caiga un chaparrón.

would

El caso es que seguiríamos sin farolas. A oscuras, sin un triste farol para buscar hombres honestos con Diógenes. Así que se volvería a plantear la necesidad de encontrar a alguien que se hiciera cargo del asunto de las farolas. ¿Y qué hago yo entonces? ¡Volverme a postular para el cargo! ¡Volver a utilizar su dinero (el suyo, el de ustedes) para hacerme de nuevo publicidad! ¿Qué pensarían ustedes de mí? Sinvergüenza sería lo más suave que pasaría por sus mentes.

Pues eso va a ocurrir próximamente en sus pantallas. Los 350 inútiles (a las pruebas me remito) que no han logrado llevar a cabo la función para la que se postularon vuelven a presentarse en su mayoría. Ni siquiera tenían que ponerse todos de acuerdo. Solo 176 en primera votación y una triste mayoría simple en segunda.

Hay una pequeña diferencia respecto al tema de las farolas. Ustedes nunca volverían a elegirme, por golfo, pero todo parece indicar que ellos sí volverán a pillar poltrona.

 

Tu hijo va a una academia y no lo sabes

Siempre les digo a mis alumnos que los exámenes son lo menos importante de su educación. Que son como la aguja de punto que antes se introducía en la masa para saber si el bizcocho estaba hecho (ahora que tenemos más objetos de los que podemos usar ya no se utiliza una aguja de punto, sino un «probador de pasteles», que es una aguja de punto que se vende en el departamento de repostería).

Si la aguja sale seca, es que el pastel está hecho. Imagino que los cocineros expertos no usan nada parecido: la costumbre y el oficio sustituyen a la prueba empírica. En sí, el dichoso probador no aporta nada al bizcocho. En sí, la evaluación no aporta nada al aprendizaje. Si sabes que tu alumno ha aprendido, lo felicitas y a correr. Como en un colegio ordinario hay muchos alumnos y además nadie se fía del criterio del profesorado, se les tiene que hacer un examen para poder respaldar la nota. Pero lo importante es que el bizcocho esté para chuparse los dedos: que sepan hablar, escribir, leer, calcular… y que les guste, a ser posible.

caketester

Pues bien, en Bachillerato, sobre todo en 2.º, los colegios se han convertido en lugares donde, lejos de enseñar sabiduría (la palabra sabiduría no se emplea en un colegio desde que mis abuelos eran novios), se dedica la totalidad del curso a preparar una prueba de acceso a la universidad que además los trata como si fueran imbéciles: exámenes con una estructura invariable que elimina cualquier opción de pensar, que se contestan con tres o cuatro fórmulas fijas y que imposibilitan la comprobación de si ha habido o no una comprensión profunda. En las que se les pide que hablen de un libro que no han leído. O que resuelvan un sistema de ecuaciones lineales sin que nadie les haya dicho nunca —en doce años— que las matemáticas son un lenguaje. Que el álgebra y la sintaxis son en esencia lo mismo. O que hablen sobre «el problema de la Política en Nietzsche» sin haber catado ni un texto del bueno de Federico, estudiando a ciegas los apuntes de intérpretes de exégetas de estudiosos de sus textos originales, que por cierto son más divertidos que cualquier resumen de su obra.

No hay aprendizaje, solo la preparación para una evaluación.

Se saca el molde (sin bizcocho) del horno. Se introduce el probador de pasteles en el molde, se saca (seco) y se enseña al público. Se repite la operación con otros moldes vacíos.

There will be haters

Estamos aquí. Tenemos Twitter. Somos propensos a enfadarnos. A indignarnos. A sentirnos ofendidos.

Decimos situarnos en las antípodas de ultraconservadores y puritanos, pero en realidad somos ellos. Somos la Inquisición, la Stasi, el macarthismo y la censura franquista. Porque esto no va de defender unas ideas u otras; va del placer de fingirse ofendido y crucificar al ofensor. Somos hijos del pensamiento blando y la mojigatería, y nuestras herramientas son la dictadura de la mayoría y el insulto. Nos gustan mucho «homófobo» y «sexista», pero nuestro favorito es «fascista», que vale para todo. No sabemos muy bien quiénes fueron los fascistas, pero la palabreja nunca falla.444A veces no entendemos muy bien lo que leemos, como nos pasó con este tuit de Pérez-Reverte, pero llamar fascista a Pérez-Reverte nunca está de más. El tío no para de leer, el muy cabrón: leer un poco ya es malo, pero leer mucho equivale a segregacionismo cultural.

Así que ten cuidado con expresar tu opinión porque estaremos vigilando. Nos basta con que trates ciertos temas o utilices ciertas palabras, o que no las utilices, o que recurras al masculino plural inclusivo (típico de falócratas patriarcales).

Ah, y no te molestes en defenderte. Nosotros no debatimos, solo condenamos. Defenderse no  le sirvió a Sócrates ni a las brujas de Salem ni a los diez de Hollywood ni a Servet ni a Castiello y no te servirá a ti, maldit@ cerd@ fascist@.

No mandes a tu hijo al colegio: mándalo a Lourdes

Me dice mi alumno más respondón que en el presente blog se critica mucho la educación patria pero se aportan pocas soluciones. Yo no estoy muy de acuerdo, pues creo que continuamente estoy aportando la única solución posible. Al final la repito. Pero antes voy a hacer un poquito más de crítica constructiva:

  1. El problema no es del sistema educativo. Es del sistema en general, o de la estructura o de la idiosincrasia: que el problema es de todos, quiero decir. Nos traen a nosotros el sistema finlandés o el de la Arcadia y tardamos un par de elecciones en desmontarlo y venderlo por piezas.
  2. Pero no voy a eso. Lo que quiero decir es que no hay sistema educativo eficiente en una sociedad ignorante. Como los políticos, la educación también es una tele.pngcristalización de la estructura. Tenemos el nivel educativo adecuado a un país donde Gran Hermano tiene una audiencia histórica por encima del 25 %. A lo mejor pretendemos que nuestros hijos lean a Calderón mientras nosotros vemos en la tele cómo el eslabón perdido profiere berridos disonantes. Esto no funciona así.
  3. Y es que tengo una noticia: nuestros hijos son bastante ignorantes porque nosotros somos bastante ignorantes. Ya podemos poner a un Ken Robinson en cada clase, que si cuando llega a casa nuestra criatura lo más ilustrado que nos ve hacer es meternos en as.com, la especie irá en picado. No hay colegio que pueda competir con la familia en lo educativo. Sí en la adquisición de unas destrezas, pero no es eso la educación. Que tu hijo te vea leyendo con asiduidad vale más que el cacao mental de mil pedagogos molones.

Y vale por hoy, que casi supero lo que nuestro cerebro se está acostumbrando a asimilar de una sola dosis.

Ah, prometía una solución. Lee. Lee hasta que encuentres aquello que te gusta leer y, cuando lo encuentres, lee hasta que se te caigan las pestañas. Lee por ti, por tus hijos o por postureo, pero lee. Lee porque lo que sepas será lo único que nadie te podrá quitar nunca. Lee para que esta sociedad que tantas mentiras te cuenta lo tenga más difícil.

Y si no lees, luego no te quejes de la educación. Y no lo digo por mi alumno. Él ya venía leído de casa; por eso es tan respondón.

De un hombre pobre (relato circular)

En el amanecer de mi vida conviví con un mendigo. Fueron tiempos remotos que ahora recuerdo ante la luz de un hogar muy parecido. Pasábamos los días enredados en la bruma narcótica de una dulce inactividad. No logro reconocer de qué vivíamos ni qué personas frecuentaban nuestro trato. El menesteroso, que me había acogido sin preguntarme siquiera mi nombre, pasaba largos ratos sentado en un rincón, con los ojos abiertos y la mirada fija en algún punto de este o del otro mundo. A veces me miraba y sonreía, y yo le devolvía la sonrisa con dichosa gratitud.

Con el tiempo conocí otros lugares y frecuenté otras personas. Un amor (en la mañana de mi vida) me convenció de que la contemplación no me daría la felicidad más sabrosa y plena, la que reposa latente en la primavera del hombre. Recogí mis escasas pertenencias ―las mismas con las que había llegado allí― y abandoné al mendigo. No recuerdo haber percibido ni un solo reproche en su mirada, que permanecía misteriosa y afable con el pasar del tiempo.

En el mediodía de mi vida recurrí a la ciencia: un sabio reputado me hizo un sitio en su casa y me convirtió en un miembro de su familia. Según calculaba, él podría enseñarme todo lo que me sería necesario para convertirme en un hombre rico y renombrado. Sin dinero ―razonaba yo― nunca podría encontrar el amor. Movido por esta perspectiva, estudiaba sin descanso los libros de los hombres. Más de una vez me sorprendieron los primeros rayos del sol ante los viejos manuscritos del hombre sabio. Un día, cuando me creí suficientemente ilustrado en las cosas de la ciencia, abandoné al hombre docto, prometiéndole volver, y busqué el amparo de un famoso comerciante de la seda.

En la tarde de mi vida me puse al servicio del traficante de la seda y presté toda mi atención a cuidar con disimulada codicia a los clientes, arreglar con esmero las cuentas y amenazar solapadamente a los mercaderes que nos proporcionaban las mercancías. Pronto conocí todos los secretos del negocio, y yo mismo me convertí en un próspero negociante cuyo nombre no era extraño en los rincones de la provincia. Desde esta envidiable posición, sin embargo, tuve la ocasión de conocer el verdadero carácter del comerciante de la seda: tras su apariencia bonancible siempre había una mueca de codicia y trataba a sus empleados, e incluso a sus mujeres e hijos, con una cierta distancia provocada, sin duda, por una visceral desconfianza. Cuando me percaté de que también de mi compañía esperaba obtener un rédito, abandoné su casa y me dirigí hacia el hogar del hombre sabio.

104.jpg

El sabio (que conocía todos los secretos de los cielos y los mares, de las montañas más remotas y de las simas más insondables) me acogió en el anochecer de mi vida con ostentoso júbilo y celebró durante tres días mi regreso. Yo, a cambio y como había proyectado desde un principio, le ofrecí parte de mi fortuna para que fundara una universidad o una biblioteca o cualquier otra institución que contribuyese a acrecer su ciencia ―si eso era posible― y perpetuar su fama. La reacción del erudito, sin embargo, consistió en echarme de su casa con muy malas maneras, arguyendo que la fama y la fortuna nada tenían que ver con la sabiduría, y que ¡ay de aquel que las confundiera de la manera tan miserable y desagradecida como yo las había confundido! Perplejo por que el hombre sabio no pudiera ver más allá de su propia sabiduría, lo abandoné y retomé mi viejo proyecto, el de conquistar el amor.

Pasé toda la noche de mi vida buscando el amor, convencido de que solo un sentimiento tan altruista y despegado podría brindarme algún retazo de felicidad y de que mis amplios conocimientos y mi recién adquirida fortuna facilitarían sin duda mi empresa. Pero como ocurre siempre, solo logré encontrarlo cuando cejé en mi búsqueda. Supe entonces que, como había sospechado siempre, solo el amor era desinteresado y perseguía la felicidad del otro por encima de la propia. Mi rendición ante el amor fue incondicional, y tenía profundas implicaciones religiosas. Transido de ascetismo y devoción, regalé toda mi fortuna y me dediqué con delectación a honrar el trono donde había sentado a mi amada. Ella, al saberlo, en lugar de agradecerme esa inédita muestra de amor y compromiso, tuvo unas memorables palabras hacia mí a cuenta de no sé qué estirpe de cerdos infectos y, antes de que le diera tiempo a ascender en su cariñoso recorrido por mis ancestros, la abandoné decepcionado.

En la madrugada de mi vida, justo antes de que una nueva mañana purifique mi cuerpo con las aguas del Ganges, y tras haber comprendido la verdadera naturaleza del interés humano, he vuelto a vivir con el pordiosero. A veces, él me mira y sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa con dichosa gratitud.

ARCO y la seriedad del escritor

No digo que todo lo que se expone en ARCO responda a la intención de reírse del público, ni que todos los escritores que ponen cara de interesantes en las solapas de sus libros sean aburridos. Lo que digo es que, si tienes la intención de reírte del público, lo mejor que puedes hacer es aparentar gravedad. Si eres incapaz de escribir una buena historia, le plantas a tu libro una foto tuya como mirando más allá, al lugar donde los mortales no llegan (los mortales críticos, se entiende).

No hay problema en que el rey vaya desnudo siempre que ponga cara de máxima dignidad. Siempre que nos haga dudar de lo que vemos. Siempre que pensemos que la culpa es nuestra, por ser un poco cortitos.

Por ejemplo. Acabo de ver a un tío en pelotas (de nombre Emilio Rojas) dentro de unos palés apilados coloreados y agujereados ad hoc para acoger el cuerpo del pollo. No sé para vosotros, pero para mí es un claro ejemplo de crítica de la explotación por parte de la industria occidental de los recursos expoliados a los indígenas americanos y la burla nominalista de la producción tardocapitalista, además de la denuncia implícita de la mercantilización de la dignidad del artista cosificado. El que no vea eso está muerto en vida. Habrá quien diga que el sujeto no llegaba a ARCO y tiró por la calle de en medio con lo primero que encontró en su taller, pero eso no son más que obtusas simplificaciones.

Obsérvese el ingenioso mecanismo:

Emilio Rojas

Pues lo mismo pasa con los libros. A falta de que otro día hagamos una recopilación fotográfica de fruncimientos de ceño de escritores (con el aditamento opcional de pipa y/o gabardina), y haciendo la salvedad de que los buenos también ponen para la foto cara de estar pensando muy fuerte en algo, está claro que lo mejor que pueden hacer los menos buenos es rodearse de cierta aura filosófica.

Un escritor aburrido, en sí, no tiene gran mérito. Pero imaginemos que, entrevistado por un becario gafapasta, dicho escritor se declara partidario de la metaficción autorreferencial con recursos intertextuales de tintes estructuralistas. Automáticamente, la historia deja de ser aburrida para ser profunda, y si no nos interesa es porque la almendra no nos da de sí, porque un escritor con esa cara de esfuerzo mental no puede haber perpetrado simplemente un bodrio, sino necesariamente una abstrusa alegoría sociopolítica.

En algún momento los escritores dejaron de ser contadores de historias (a Stevenson los aborígenes del Pacífico Sur llamaban Tusitala, el que cuenta historias) para intentar ser algo mucho más pesado, a medio camino entre la Filosofía y el circunloquio. Escritores muy serios para lectores muy aburridos.

La importancia de las cosas nimias

Entra dentro de lo posible que haya personas con total desprecio por la ortografía que sean exquisitas en su trato y radicales observantes de las normas de urbanidad. Es totalmente posible. Probable, incluso.

Lo que es seguro es que la persona que cuida los textos que escribe incluye involuntariamente en ellos un paquete de metadatos sobre sí mismo. Que dicen lo siguiente:

  1. «Me preocupo por ti. No sé quién eres, (lector), y quizá nunca te conozca, pero me he tomado la molestia de releer este texto para eliminar sus escollos».
  2. «Soy cuidadoso en esto y probablemente lo sea en otros ámbitos de la vida».
  3. «Conozco cómo funciona el lenguaje. Sé que la ortografía no es un adorno virtuosista, sino que si lo escribo de otra manera estoy diciendo otra cosa».
  4. «Leo. Es probable, por tanto, que sea un interlocutor interesante. Soy consciente de que mucha gente no lee y no le ocurre nada grave, pero también sé que es mejor leer».

Y todo esto gratis. Una estupenda campaña de publicidad sobre uno mismo, totalmente gratis. Claro, que con el nivelón que nos gastamos esto de la ortografía es una batalla perdida, pero ya se sabe que las batallas perdidas son precisamente las que merecen la pena.

No

Ah, y todo lo anterior puede aplicarse a esas personas que se esmeran en cosas aparentemente fútiles pero que encierran en sí mismas nada menos que el secreto de la felicidad. Lo saben los amantes del té y su ceremonia. Los calígrafos. Los que aún saludan al llegar y al irse. Los que ceden a una dama el lado interior de la acera (si queda alguno). Los que antes morirían que escribir con boli sobre las páginas de un libro. Los entomólogos. Aquel camarero que hace unos años pude ver de madrugada en un VIPS midiendo escrupulosamente la posición de los cubiertos que estaba colocando sobre los mantelitos de papel. Sin que nadie nunca se lo agradeciera. Por el mero placer de hacerlo. Consciente de que la mayor dignidad reservada al ser humano es saber encontrar el sentido de la vida en la trascendental banalidad del aquí y el ahora.

PS: Sobre el «nimias» del título, es un azar maravilloso que junto a «Insignificante, sin importancia» nimio signifique también «Prolijo, minucioso, escrupuloso».

Obreras y zánganos

451

Las leyes educativas en España han sido un éxito. No sé si hay quien lo dude, pero por si acaso me explico.

Al sistema le gustan los ciudadanos confusos; Kafka lo sabía. El Estado prefiere ciudadanos calladitos; preguntadle a Solzhenitsyn. A las élites, en general, los libros les parecen objetos peligrosos; leed a Bradbury. A los partidos les priva el control (Orwell), y controlar a idiotas es mucho más fácil.

El Estado nos quiere muditos. De nueve a ocho, sufragando alegremente sus poltronas y acudiendo a las urnas para elegir entre lo disponible, que no es mucho. (Ellos sí) saben que la pluma es más poderosa que la espada, y que cuando la gente se pone a pensar surgen los problemas por doquier. Así que hay que arrancar el problema de raíz: desde el colegio. Se trata de diseñar planes educativos que destierren la Filosofía y el resto de humanidades, formar abejas obreras que mantengan a los zánganos sin protestar. Preguntadle a un adolescente si sabe quién es Hitchcock (no ya Bergman, ojo), o que lea un artículo cualquiera de la prensa y os lo cuente. Preguntadle en qué año tuvo lugar la Revolución Francesa. O en qué siglo. Es más: preguntádselo a su profesor si es jovencito. Lo mismo hay sorpresas.

Trasciende que nuestro nivel educativo es bajo, pero esa es la más peligrosa de las medias verdades. La realidad es que nuestros cachorros ya no saben leer. Como suena. Ni sumar. Ni hablar con cierta corrección. Ni cuál es la capital de Alemania. Serán unas magníficas obreras y los zánganos sonreirán como hienas, pensando en cuánto le deben a la LOGSE, la LOE o la LOMCE entre otras joyas. Leyes nacidas para formar «trabajadores eficientes y consumidores responsables», no «ciudadanos», ni «personas», ni «seres humanos».

La distopía ya está aquí, pero no importa porque nadie sabrá qué nombre ponerle.

Política para ilusos

Percibo a mi alrededor cierto desencanto producido por los políticos. Cierta desilusión. Es decir, que hubo encanto e ilusión. ¿Cuándo? ¿Por qué? Los políticos llevan miles de años comportándose igual, así que si nos engañan la culpa es nuestra. Hay una serie de malentendidos que deberíamos subsanar:

1. Los políticos quieren que la gente sea feliz. ¿De dónde ha salido eso? Si fuera así se habrían hecho misioneros, o miembros de una ONG. Los políticos no buscan la felicidad de los demás. Buscan el poder. Solo buscan el bien común si perciben que eso aumentará su capital político, lo que es más fácil que ocurra si se trata de una democracia representativa. Eso es todo.

2. A los políticos les preocupa nuestra libertad. Por favor. El político es aquel amigo que decidía a qué se jugaba en el patio, aunque el balón no fuera suyo. El político dedica una gran cantidad de esfuerzo a lograr un estatus que le permita decidir cómo tenemos que comportarnos los demás. A grandes rasgos un político es, sobre todo, un gran entrometido. Llamamos Estado a la herramienta que utiliza para meterse en nuestra vida, por eso son tan peligrosos los partidos que quieren aumentar el tamaño de este. Es como si un caballo le pide al jinete que use una fusta más grande.

3. El político ideal tendrá un comportamiento irreprochable. ¿Y por qué no el zapatero? Hay que tener objetivos realistas: que los políticos sepan leer, por ejemplo.

monos

 

4. Los políticos tienen ideología. Otro error. La ideología es una carga demasiado pesada para llegar con ella a la cima. O la dejan atrás o se quedan atrás con ella.

5. Mi educación es responsabilidad de los políticos. Prefieres pensar eso y estás en tu derecho, pero la educación es responsabilidad de padres, alumnos y profesores. Conseguir el dinero para que sea gratuita es de nuevo un problema de gestión, no de responsabilidad.

6. Merecemos políticos mejores. Los políticos no son un premio, ni un castigo (aunque lo parezcan). No los pone ahí el destino ni son un espejo en que mirarnos. Ni siquiera deberían ser una excusa.

Así funciona la política desde que en una cueva un grupo de personas tuvo que decidir si encender o no el fuego. Probablemente desde antes. Entenderlo nos hará inmunes al desencanto y más resistentes frente a la actividad perniciosa de estos extraños seres.

Rebeca, de Daphne du Maurier

Maurier.jpg

Así sí. Tras la última elección desafortunada, no hay como recurrir a los clásicos (vale, quizá sea exagerado llamar clásico a Rebeca) para recuperar la fe en la literatura.

Tampoco en esta ocasión voy a hacer una crítica, aunque la obra lo merece. Solo me gustaría utilizarla para explicar por qué es un buen libro y por qué la buena literatura lo es.

Más allá de gustos personales o de la caracterización Rebecaexhaustiva de lo que de forma artera se da en llamar «alta literatura», lo que hace que un libro sea digno de ser leído (no todo es relativo: hay que mojarse) es que haya verdad en él. Que sus claves y códigos sean los de la vida. Un escritor (escritora, en este caso) es básicamente un mentiroso, y hay que exigirle que mienta bien. Dando por supuesta la existencia de una buena historia, lo que hay detrás de un gran libro es básicamente trabajo: ha de tener textura, solidez, dimensiones; responder a las mismas leyes que la realidad (o crear unas nuevas y después respetarlas, como Tolkien). Aunque un personaje solo tenga dos frases irrelevantes, el autor debe preocuparse por establecer su extracción social o a qué edad se le cayeron los dientes de leche (esto último es exagerado, pero solo un poco).

La inspiración está muy bien, pero es menos mística de lo que parece: se reduce a unas condiciones de trabajo adecuadas. Escribir diez horas, por ejemplo, suele ayudar más a escribir un buen capítulo que esperar la llegada de las musas. Ejemplo:

Mientras la segunda señora De Winter nos cuenta cómo se ve obligada a soportar los rigores de las convencionales visitas de sociedad, utiliza una frase que recoge a la vez el carácter postadolescente de la protagonista, la vacuidad de las convIMG-20160227-WA0003ersaciones al uso y la hipocresía social predominante, y todo ello con sutileza y sarcasmo:

«Continué sentada, con las manos sobre la falda, dispuesta a expresar mi conformidad con la primera que dijera algo».

Hay escritores que tardan toda una vida en lograr una frase así. Pero claro, estamos ante una autora que se molesta en que la celebérrima frase inicial de la obra («Last night I dreamt I went to Manderley again») tenga la estructura métrica de un hexámetro yámbico. Trabajo, trabajo y trabajo. Lo de la inspiración es la excusa de algunos para atizarse un lingotazo de cuando en cuando.