Respétame menos y léeme más

Antes de que los escritores empezaran a poner cara de siesos en las solapas de los libros, antes de los derechos de autor e incluso de los tipos y los cranes (d), la literatura nació porque un pájaro tenía hambre y otros pájaros se aburrían. El pájaro con hambre era tan bueno contando historias que lograba que los pájaros aburridos le pagaran por ello, lo que implica que había dos cosas que no hacía: ni iba a palacio a buscar un subvención ni se pasaba de listo. Si tú llegas a un pueblo con la sana intención de que te den rancho y piltra a cambio de tu labia y te pones en plan, no sé, Kundera, en un lugar tan pacífico como la Grecia de hace treinta siglos, lo más seguro es que durmieras gratis, pero en el Hades.

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Se trataba de ser tan condenadamente embaucador, tan hábil y tan certero poniendo el lenguaje al servicio de la imaginación, que los autóctonos escucharan hasta que estuvieran dispuestos a pagar por oír el resto. Se trataba de retórica, pero también de hipnotismo. De liar al incauto en una madeja alucinógena que le hiciera sentirse Ulises (famoso por su lanza) y soñar con sirenas. Las historias eran tan buenas que hoy, cuando nadie sabe quién es Leopold Bloom o Josef K. (lo cual es un drama en sí mismo), todo el mundo sabe quién es Héctor (el de tremolante penacho) aunque sea gracias a Eric Bana.

Lo que quiero decir es que la literatura tal y como se entiende en este blog no es filosofía ni son novelas de tesis, y sobre todo no son mamotretos infumables que confunden la densidad con el sopor. La densidad no es mala. Joyce, Kafka o Proust son densos, pero leídos como ameritan (lento y desde el reclinatorio) no son soporíferos.

La literatura que aquí se banca es tan grande, tan plausible, está tan bien construida, que si fuera filosófica sería menos y no más. Cuando la literatura es de verdad no se contenta con defender una idea, un enfoque o una teoría. No es existencialista ni estructuralista, porque no es parcial ―no es parte de―. Cuando la literatura merece tal nombre es tan humilde, tan lúcida y deslumbrante que lleva toda una vida dentro de sí.

De un hombre pobre (relato circular)

En el amanecer de mi vida conviví con un mendigo. Fueron tiempos remotos que ahora recuerdo ante la luz de un hogar muy parecido. Pasábamos los días enredados en la bruma narcótica de una dulce inactividad. No logro reconocer de qué vivíamos ni qué personas frecuentaban nuestro trato. El menesteroso, que me había acogido sin preguntarme siquiera mi nombre, pasaba largos ratos sentado en un rincón, con los ojos abiertos y la mirada fija en algún punto de este o del otro mundo. A veces me miraba y sonreía, y yo le devolvía la sonrisa con dichosa gratitud.

Con el tiempo conocí otros lugares y frecuenté otras personas. Un amor (en la mañana de mi vida) me convenció de que la contemplación no me daría la felicidad más sabrosa y plena, la que reposa latente en la primavera del hombre. Recogí mis escasas pertenencias ―las mismas con las que había llegado allí― y abandoné al mendigo. No recuerdo haber percibido ni un solo reproche en su mirada, que permanecía misteriosa y afable con el pasar del tiempo.

En el mediodía de mi vida recurrí a la ciencia: un sabio reputado me hizo un sitio en su casa y me convirtió en un miembro de su familia. Según calculaba, él podría enseñarme todo lo que me sería necesario para convertirme en un hombre rico y renombrado. Sin dinero ―razonaba yo― nunca podría encontrar el amor. Movido por esta perspectiva, estudiaba sin descanso los libros de los hombres. Más de una vez me sorprendieron los primeros rayos del sol ante los viejos manuscritos del hombre sabio. Un día, cuando me creí suficientemente ilustrado en las cosas de la ciencia, abandoné al hombre docto, prometiéndole volver, y busqué el amparo de un famoso comerciante de la seda.

En la tarde de mi vida me puse al servicio del traficante de la seda y presté toda mi atención a cuidar con disimulada codicia a los clientes, arreglar con esmero las cuentas y amenazar solapadamente a los mercaderes que nos proporcionaban las mercancías. Pronto conocí todos los secretos del negocio, y yo mismo me convertí en un próspero negociante cuyo nombre no era extraño en los rincones de la provincia. Desde esta envidiable posición, sin embargo, tuve la ocasión de conocer el verdadero carácter del comerciante de la seda: tras su apariencia bonancible siempre había una mueca de codicia y trataba a sus empleados, e incluso a sus mujeres e hijos, con una cierta distancia provocada, sin duda, por una visceral desconfianza. Cuando me percaté de que también de mi compañía esperaba obtener un rédito, abandoné su casa y me dirigí hacia el hogar del hombre sabio.

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El sabio (que conocía todos los secretos de los cielos y los mares, de las montañas más remotas y de las simas más insondables) me acogió en el anochecer de mi vida con ostentoso júbilo y celebró durante tres días mi regreso. Yo, a cambio y como había proyectado desde un principio, le ofrecí parte de mi fortuna para que fundara una universidad o una biblioteca o cualquier otra institución que contribuyese a acrecer su ciencia ―si eso era posible― y perpetuar su fama. La reacción del erudito, sin embargo, consistió en echarme de su casa con muy malas maneras, arguyendo que la fama y la fortuna nada tenían que ver con la sabiduría, y que ¡ay de aquel que las confundiera de la manera tan miserable y desagradecida como yo las había confundido! Perplejo por que el hombre sabio no pudiera ver más allá de su propia sabiduría, lo abandoné y retomé mi viejo proyecto, el de conquistar el amor.

Pasé toda la noche de mi vida buscando el amor, convencido de que solo un sentimiento tan altruista y despegado podría brindarme algún retazo de felicidad y de que mis amplios conocimientos y mi recién adquirida fortuna facilitarían sin duda mi empresa. Pero como ocurre siempre, solo logré encontrarlo cuando cejé en mi búsqueda. Supe entonces que, como había sospechado siempre, solo el amor era desinteresado y perseguía la felicidad del otro por encima de la propia. Mi rendición ante el amor fue incondicional, y tenía profundas implicaciones religiosas. Transido de ascetismo y devoción, regalé toda mi fortuna y me dediqué con delectación a honrar el trono donde había sentado a mi amada. Ella, al saberlo, en lugar de agradecerme esa inédita muestra de amor y compromiso, tuvo unas memorables palabras hacia mí a cuenta de no sé qué estirpe de cerdos infectos y, antes de que le diera tiempo a ascender en su cariñoso recorrido por mis ancestros, la abandoné decepcionado.

En la madrugada de mi vida, justo antes de que una nueva mañana purifique mi cuerpo con las aguas del Ganges, y tras haber comprendido la verdadera naturaleza del interés humano, he vuelto a vivir con el pordiosero. A veces, él me mira y sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa con dichosa gratitud.

ARCO y la seriedad del escritor

No digo que todo lo que se expone en ARCO responda a la intención de reírse del público, ni que todos los escritores que ponen cara de interesantes en las solapas de sus libros sean aburridos. Lo que digo es que, si tienes la intención de reírte del público, lo mejor que puedes hacer es aparentar gravedad. Si eres incapaz de escribir una buena historia, le plantas a tu libro una foto tuya como mirando más allá, al lugar donde los mortales no llegan (los mortales críticos, se entiende).

No hay problema en que el rey vaya desnudo siempre que ponga cara de máxima dignidad. Siempre que nos haga dudar de lo que vemos. Siempre que pensemos que la culpa es nuestra, por ser un poco cortitos.

Por ejemplo. Acabo de ver a un tío en pelotas (de nombre Emilio Rojas) dentro de unos palés apilados coloreados y agujereados ad hoc para acoger el cuerpo del pollo. No sé para vosotros, pero para mí es un claro ejemplo de crítica de la explotación por parte de la industria occidental de los recursos expoliados a los indígenas americanos y la burla nominalista de la producción tardocapitalista, además de la denuncia implícita de la mercantilización de la dignidad del artista cosificado. El que no vea eso está muerto en vida. Habrá quien diga que el sujeto no llegaba a ARCO y tiró por la calle de en medio con lo primero que encontró en su taller, pero eso no son más que obtusas simplificaciones.

Obsérvese el ingenioso mecanismo:

Emilio Rojas

Pues lo mismo pasa con los libros. A falta de que otro día hagamos una recopilación fotográfica de fruncimientos de ceño de escritores (con el aditamento opcional de pipa y/o gabardina), y haciendo la salvedad de que los buenos también ponen para la foto cara de estar pensando muy fuerte en algo, está claro que lo mejor que pueden hacer los menos buenos es rodearse de cierta aura filosófica.

Un escritor aburrido, en sí, no tiene gran mérito. Pero imaginemos que, entrevistado por un becario gafapasta, dicho escritor se declara partidario de la metaficción autorreferencial con recursos intertextuales de tintes estructuralistas. Automáticamente, la historia deja de ser aburrida para ser profunda, y si no nos interesa es porque la almendra no nos da de sí, porque un escritor con esa cara de esfuerzo mental no puede haber perpetrado simplemente un bodrio, sino necesariamente una abstrusa alegoría sociopolítica.

En algún momento los escritores dejaron de ser contadores de historias (a Stevenson los aborígenes del Pacífico Sur llamaban Tusitala, el que cuenta historias) para intentar ser algo mucho más pesado, a medio camino entre la Filosofía y el circunloquio. Escritores muy serios para lectores muy aburridos.

Rebeca, de Daphne du Maurier

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Así sí. Tras la última elección desafortunada, no hay como recurrir a los clásicos (vale, quizá sea exagerado llamar clásico a Rebeca) para recuperar la fe en la literatura.

Tampoco en esta ocasión voy a hacer una crítica, aunque la obra lo merece. Solo me gustaría utilizarla para explicar por qué es un buen libro y por qué la buena literatura lo es.

Más allá de gustos personales o de la caracterización Rebecaexhaustiva de lo que de forma artera se da en llamar «alta literatura», lo que hace que un libro sea digno de ser leído (no todo es relativo: hay que mojarse) es que haya verdad en él. Que sus claves y códigos sean los de la vida. Un escritor (escritora, en este caso) es básicamente un mentiroso, y hay que exigirle que mienta bien. Dando por supuesta la existencia de una buena historia, lo que hay detrás de un gran libro es básicamente trabajo: ha de tener textura, solidez, dimensiones; responder a las mismas leyes que la realidad (o crear unas nuevas y después respetarlas, como Tolkien). Aunque un personaje solo tenga dos frases irrelevantes, el autor debe preocuparse por establecer su extracción social o a qué edad se le cayeron los dientes de leche (esto último es exagerado, pero solo un poco).

La inspiración está muy bien, pero es menos mística de lo que parece: se reduce a unas condiciones de trabajo adecuadas. Escribir diez horas, por ejemplo, suele ayudar más a escribir un buen capítulo que esperar la llegada de las musas. Ejemplo:

Mientras la segunda señora De Winter nos cuenta cómo se ve obligada a soportar los rigores de las convencionales visitas de sociedad, utiliza una frase que recoge a la vez el carácter postadolescente de la protagonista, la vacuidad de las convIMG-20160227-WA0003ersaciones al uso y la hipocresía social predominante, y todo ello con sutileza y sarcasmo:

«Continué sentada, con las manos sobre la falda, dispuesta a expresar mi conformidad con la primera que dijera algo».

Hay escritores que tardan toda una vida en lograr una frase así. Pero claro, estamos ante una autora que se molesta en que la celebérrima frase inicial de la obra («Last night I dreamt I went to Manderley again») tenga la estructura métrica de un hexámetro yámbico. Trabajo, trabajo y trabajo. Lo de la inspiración es la excusa de algunos para atizarse un lingotazo de cuando en cuando.

La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons

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Esta es la portada más fea que he encontrado para ilustrar mi advertencia sobre La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons. Yo me he leído la edición de Impedimenta, pero no pongo esa portada porque Impedimenta edita muy bien y lo mismo os dan ganas de comprarla.

Advertencia, insisto, no crítica, y la escribo porque conmigo ya somos tres las personas que aprecio que hemos caído como incautos ante las referencias de la trasera a Wodehouse y Evelyn Waugh. De hecho, alguien se ha atrevido a decir que «se la considera la novela cómica más perfecta de la literatura inglesa del XX», así, en impersonal, para repartir culpas. Es decir, que no solo se cepillan a los dos citados supra, sino a Chesterton, Conan Doyle (Las aventuras del brigadier Gerard es de 1903 y no hay color) o a Saki.

A lo que íbamos. Aunque al principio hace algún elegante ejercicio de sátira y se sitúa del lado del cínico sarcasmo inglés que tanto nos gusta a los esnobs,  la trama en seguida se despeña hacia el género literario conocido como bodrio. La historia no interesa, los personajes se confunden y los lugares comunes se suceden. Solo al final se adivina algo de humor; las carcajadas de la autora riéndose de nosotros. Aquí:

«—Charles, tienes unos dientes… divinos».

Y aquí:

«—[…] Oh, Flora, soy insoportablemente feliz».

Qué poco respeto al papel en blanco, que diría Fernán Gómez.

PD: Lo de los «dientes… divinos» (la cursiva no es mía) me recuerda a una frase de Mr. Holmes, la aceptable novela de Mitch Cullin en la que la traductora se permite escribir: «Visitaron un mercado donde Holmes compró un abrecartas ideal». Holmes nunca compraría nada ideal. De hecho, al oír la palabra ideal quemaría el mercado y se inyectaría un chute de cocaína. Lo ideal es leerse el canon holmesiano y dejarse de pamplinas. Aquí dicho canon a un precio más que razonable.

 

 

 

Un puñado de incómodas verdades (homenaje a Bierce) (I)

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Actor, triz. m. y f. Sujeto sin personalidad al que resulta reconfortante creer, durante la grabación de una película o la representación de una obra de teatro, que tiene un fuerte carácter o una vis cómica.

Amistad. f. Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Imaginamos que el tesoro es para compensar.

Ascensor. m. Ataúd amplio forrado de espejo.

Autodidacta. adj. Que se basta a sí mismo para experimentar el sopor. La RAE admite autodidacto, pero no es de fiar: también admite cruasán.

 

Sobre qué cosa sea la literatura

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Va, seamos francos. Luego vienen Crimen y castigo y el Ulises y Murakami y hasta Foster Wallace si hace falta (que hace), pero lo que a muchos nos inoculó el veneno fue leer a Dumas y a Verne y a Ende y a otros por el estilo.

La primera vez que robamos aquel libro de las serpientes enroscadas y nos subimos al desván del cole (hacía un frío pelón) lleno de esqueletos y ratones y nos fumamos las clases y el aburrimiento. O cuando entramos en París con D’Artagnan. O al sobrevolar África en globo. En ese momento nos hicimos lectores.

Lo digo porque hay ensayos novelados que nos la quieren dar con queso. Magistrales, muchos de ellos. Libros que pueden cambiarte la vida. Huxley. Orwell. Houellebecq. Novelas de tesis, en su mayoría. Pero que no envenenan. El veneno es otra cosa.