Obreras y zánganos

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Las leyes educativas en España han sido un éxito. No sé si hay quien lo dude, pero por si acaso me explico.

Al sistema le gustan los ciudadanos confusos; Kafka lo sabía. El Estado prefiere ciudadanos calladitos; preguntadle a Solzhenitsyn. A las élites, en general, los libros les parecen objetos peligrosos; leed a Bradbury. A los partidos les priva el control (Orwell), y controlar a idiotas es mucho más fácil.

El Estado nos quiere muditos. De nueve a ocho, sufragando alegremente sus poltronas y acudiendo a las urnas para elegir entre lo disponible, que no es mucho. (Ellos sí) saben que la pluma es más poderosa que la espada, y que cuando la gente se pone a pensar surgen los problemas por doquier. Así que hay que arrancar el problema de raíz: desde el colegio. Se trata de diseñar planes educativos que destierren la Filosofía y el resto de humanidades, formar abejas obreras que mantengan a los zánganos sin protestar. Preguntadle a un adolescente si sabe quién es Hitchcock (no ya Bergman, ojo), o que lea un artículo cualquiera de la prensa y os lo cuente. Preguntadle en qué año tuvo lugar la Revolución Francesa. O en qué siglo. Es más: preguntádselo a su profesor si es jovencito. Lo mismo hay sorpresas.

Trasciende que nuestro nivel educativo es bajo, pero esa es la más peligrosa de las medias verdades. La realidad es que nuestros cachorros ya no saben leer. Como suena. Ni sumar. Ni hablar con cierta corrección. Ni cuál es la capital de Alemania. Serán unas magníficas obreras y los zánganos sonreirán como hienas, pensando en cuánto le deben a la LOGSE, la LOE o la LOMCE entre otras joyas. Leyes nacidas para formar «trabajadores eficientes y consumidores responsables», no «ciudadanos», ni «personas», ni «seres humanos».

La distopía ya está aquí, pero no importa porque nadie sabrá qué nombre ponerle.

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Rebeca, de Daphne du Maurier

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Así sí. Tras la última elección desafortunada, no hay como recurrir a los clásicos (vale, quizá sea exagerado llamar clásico a Rebeca) para recuperar la fe en la literatura.

Tampoco en esta ocasión voy a hacer una crítica, aunque la obra lo merece. Solo me gustaría utilizarla para explicar por qué es un buen libro y por qué la buena literatura lo es.

Más allá de gustos personales o de la caracterización Rebecaexhaustiva de lo que de forma artera se da en llamar «alta literatura», lo que hace que un libro sea digno de ser leído (no todo es relativo: hay que mojarse) es que haya verdad en él. Que sus claves y códigos sean los de la vida. Un escritor (escritora, en este caso) es básicamente un mentiroso, y hay que exigirle que mienta bien. Dando por supuesta la existencia de una buena historia, lo que hay detrás de un gran libro es básicamente trabajo: ha de tener textura, solidez, dimensiones; responder a las mismas leyes que la realidad (o crear unas nuevas y después respetarlas, como Tolkien). Aunque un personaje solo tenga dos frases irrelevantes, el autor debe preocuparse por establecer su extracción social o a qué edad se le cayeron los dientes de leche (esto último es exagerado, pero solo un poco).

La inspiración está muy bien, pero es menos mística de lo que parece: se reduce a unas condiciones de trabajo adecuadas. Escribir diez horas, por ejemplo, suele ayudar más a escribir un buen capítulo que esperar la llegada de las musas. Ejemplo:

Mientras la segunda señora De Winter nos cuenta cómo se ve obligada a soportar los rigores de las convencionales visitas de sociedad, utiliza una frase que recoge a la vez el carácter postadolescente de la protagonista, la vacuidad de las convIMG-20160227-WA0003ersaciones al uso y la hipocresía social predominante, y todo ello con sutileza y sarcasmo:

«Continué sentada, con las manos sobre la falda, dispuesta a expresar mi conformidad con la primera que dijera algo».

Hay escritores que tardan toda una vida en lograr una frase así. Pero claro, estamos ante una autora que se molesta en que la celebérrima frase inicial de la obra («Last night I dreamt I went to Manderley again») tenga la estructura métrica de un senario yámbico. Trabajo, trabajo y trabajo. Lo de la inspiración es la excusa de algunos para atizarse un lingotazo de cuando en cuando.

 

Por qué no publicar en digital

Caja

  1. Comenzar a editar música en formato digital causó el desplome de las ventas. ¿Qué hizo la industria editorial al verlo? Comenzar a editar en digital. Bravo.
  2. La calidad del producto. Sacar a la venta un título conlleva (al menos en las editoriales que merecen ese nombre) una serie de procesos realizados por el bien del lector. Hay una persona, por ejemplo, preocupada por cosas tan nimias como que la misma palabra no aparezca en la misma posición en dos renglones consecutivos, pues se considera que esa circunstancia entorpece la lectura. En un libro electrónico un mero cambio del tamaño de letra descuadra toda la maquetación, así que no merece la pena corregir ni maquetar con esmero.
  3. Imagina a James Bond con un smartwatch. Exacto. El libro como objeto, como fetiche. Ah, y las bibliotecas. Este argumento lo explica mejor que yo Carl Spitzweg en El ratón de biblioteca:Biblio
  4. La mera existencia de los gurús de lo digital: argumentos como «No puedes oponerte al progreso», más allá de la grima que dan, encierran la sumisión a uno de los paradigmas preferidos por las élites político-económicas que nos dirigen (hacia el abismo): lo que tenga que pasar (porque lo decida la industria) pasará. Resígnate. Y un cuerno.
  5. En formato digital, un libro de Paulo Coelho ni siquiera sirve para calzar una mesa.mesa
  6. El libro es el objeto que mejor representa lo que la humanidad tiene de memorable. Que ese logro intelectual siga ocupando un lugar material coadyuvará a preservar los esplendorosos efectos de ese logro. Porque la memoria se ayuda del lugar (ver Genius loci, de Christian Norberg-Schulz). Volver a tomar un libro en nuestras manos y pensar «aquí fui feliz». Seamos felices.