Netflix y las gallinas

Como saben, antes de que termine el episodio de una serie en Netflix, esta nos sugiere prescindir de una parte de él; los créditos de cierre. La sugerencia es sutil: los créditos prácticamente desaparecen y la opción de ver el siguiente capítulo pasa a ocupar prácticamente toda la pantalla. La posibilidad de deshacerse de los créditos existe también al principio de cada episodio.

No voy a apelar al respeto a la obra de arte porque las series pertenecen más bien al campo del entretenimiento (que yo sepa Doctor en Alaska no está en Netflix).

Lo que quiero compartir aquí es una cuita que probablemente les tenga a ustedes sin cuidado: llámenme susceptible (lo harán con razón), pero la primera vez que vi el botón de «Próximo episodio» sentí como me convertía instantáneamente en un gallina o, al menos, como Netflix veía en mí una gallina.

Me explico: como también saben, en las explotaciones avícolas es habitual exponer a las gallinas a más horas de luz de las que proporciona el día para conseguir que pongan más huevos cada jornada. Optimizar la producción es uno de los objetivos de la empresa, subsidiario de su objetivo principal de maximizar beneficios. Como consumidores estamos al otro extremo de las gallinas, y la estimulación de nuestro consumo es otro de los objetivos de la empresa. Producir de manera eficiente, vender de forma masiva. Pues bien: el botoncito de marras es lo más parecido a la luz artificial de un gallinero que he visto en mi vida, pero aplicado al consumo en lugar de a la producción. Esa palmadita en la espalda del televidente («usted puede ver series a un ritmo más rápido de lo que cree, amigo») tiene sus equivalentes en otros sectores (el camarero que ofrece rellenar la copa a la primera de cambio, la ristra de chocolatinas que nos observan desde debajo de la caja de la gasolinera, el miedo que nos meten en el cuerpo las compañías de seguridad justo antes de irnos de vacaciones…) y no parece especialmente pernicioso más allá de demostrar lo que le importa a Netflix la integridad del producto que vende.

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«Voy a ver otro capítulo pero porque yo quiero»

Hasta ahí la metáfora. Si servidor se siente una gallina seguramente tenga motivos y no sea culpa de Netflix. Pero el modelo se vuelve más preocupante si se aplica a un producto que por una parte no se aleja mucho de lo anterior y por otra genera una adicción que sí es involuntaria y sí es perniciosa.

Si las pantallas de los móviles cada vez son más grandes y cada vez brillan más no es porque los fabricantes de móviles y los creadores de aplicaciones se preocupen por nuestra vista, sino porque conocen el efecto que las luces y los colores tienen sobre la dopamina; así de primitivos somos. El móvil puede ser una herramienta todo lo útil que ustedes quieran, pero que pasemos más de dos horas al día mirándolo tiene que ver más con la hipnosis que con su utilidad o la riqueza de los contenidos. Instagram, Twitter y Facebook pagan a miles de ingenieros para que no despeguemos la vista del móvil, no para que compartamos nuestras mejores fotos, seamos más ingeniosos o nuestra red de amistades se vea fortalecida. Lo que quieren es la atención ininterrumpida de zombis alucinados.

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Nada que objetar tampoco hasta ahí: cada uno tira el tiempo como quiere y me gustaría pensar que nuestra voluntad puede más que las estrategias de las empresas vendedoras de humo; al fin y al cabo somos mayorcitos. El problema es que no todos somos mayorcitos.

Porque con este panorama, ya me contarán a mí qué necesidad hay de meterle a criaturas que no levantan un palmo del suelo las pantallas por los ojos, nunca mejor dicho, y obligarlos a usar en el colegio algo de lo que probablemente se saturen en el futuro y les cree irritabilidad, cansancio y trastorno del sueño en el presente. Qué sentido tiene que Samsung organice seminarios ¡sobre educación! y que para hacer los deberes dependan de una tableta que, como se ha denunciado aquí, en el colmo de la incoherencia tiene capado el acceso a Internet.

¿Por qué lo estamos haciendo? Porque hay en el aire cierta sensación de que la educación mejora si se usan las TIC (nos gustan más las siglas que a un tonto un molinillo). ¿Quién ha creado esa sensación? Nadie. Nadie que entienda del asunto, me refiero. La han creado las fabricantes de móviles y las telecos. Sus departamentos de marketing, concretamente. La noción es falsa pero tiene efectos, lo que responde bastante bien al concepto de fantasmagoría. Y esto no ha hecho más que empezar.

El consumo de horas de móvil presenta los suficientes rasgos de adicción psicológica como para preocupar a los mayores, pero al fin y al cabo cada cual es libre de derrochar sus mejores horas viendo cómo se come los chopitos la prima del amigo de aquel conocido tan simpático de la universidad, ya saben: #nitanmal, #asísí, #quéjarturadesufrir o #necesitovuestraatenciónporquetengodéficitdecariño. Lo que no tiene perdón de Dios es que les hagamos el juego a multinacionales que de educar a infantes saben cero y de agilipollar a adultos bastante más. Los actos tienen consecuencias y cuando estas recaen sobre otros deberíamos mostrarnos especialmente responsables o seremos especialmente culpables.

Votamos con la tarjeta de crédito

El pasado domingo se inauguró una tienda de AliExpress en Madrid. Dicen por ahí que el primero de la fila estuvo dos días. Dos días de su vida. Quería un patinete (regalaban patinetes, que, ojo, cada uno se mata como quiere) pero le regalaron un móvil: el primero se llevaba un móvil. Él, no obstante, prefería el patinete. Dos días en la cola y te regalan lo segundo mejor. Si la calavera de Valle-Inclán no tiene ahora una sonrisa de oreja a oreja no sé cuándo la tendrá. Mi pregunta es: ¿quienes fueron a intentar ahorrarse unas perras a cambio de recorrer más o menos la distancia de la Tierra a la Luna y de algunas -muchas- horas de sus preciadas vacaciones son «gente» en sentido podemita? Intentaré explicar por qué me surge esa duda.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos. Nadie en Occidente le va a decir al Grupo Alibaba cuánto tiene que pagar a sus empleados ni cuáles serán sus condiciones laborales. (De que lo haga el Gobierno chino olvídense: los comunistas no le hacen ascos a una transacción rentable, de Pekín a Galapagar). Nadie en Occidente con una excepción: las únicas personas capaces de limitar el poder de las multinacionales pantagruélicas impositoras de condiciones que a este ritmo terminarán con la tienda de la esquina y con todas las tiendas de todas las esquinas son las mismas que el otro día recorrieron la distancia aproximada entre la Tierra y la Luna para acampar un par de días a la espera de poder adquirir el penúltimo Samsung ahorrándose unas perras. Es como clientes (como no clientes, más bien), y no como votantes, como podemos decidir el modelo de sociedad que queremos.

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Que cada uno se ahorra la pasta como puede, faltaba más. No seré yo quien le diga a nadie lo que tiene que hacer con su vida: para eso están los políticos. Pero no está de más puntualizar que si uno se autopercibe como un tipo concienciado con la lucha social y toda la retórica (porque me temo que es solo retórica) al uso y luego compra en AliBaba o Amazon, uno tiene un serio problema de coherencia. Porque a lo mejor piensan ustedes que el ahorro que se consigue comprando en ellas sale del bolsillo de sus dueños, inversores y/o directivos y no de la jornada 996 (12 horas de trabajo diarias 6 días a la semana) propugnada por Jack Ma o de que en 2018 el 74 % de los trabajadores de los almacenes de Amazon evitaran ir al baño por miedo a represalias.

Dado que las multinacionales mandan más que los gobiernos, las compras son más importantes que los votos

¿Si creo que se vive mejor trabajando en la tienda de la esquina? Sí. Y no solo eso: creo que la tienda de la esquina ayuda a generar un tejido urbano mejor en muchos sentidos. Pero esa es otra historia.

La dialéctica izquierda-derecha es una monserga. Por muy a la izquierda que se diga el Gobierno chino hay pocos trabajadores más puteados que los trabajadores chinos. Como da igual a quién votemos, podemos seguir depositando la papeleta por el procedimiento de brindis al sol: porque todos somos muy socialdemócratas hasta que nos toca soltar la guita. Cuando nos retratamos es al meter el pin, porque el voto es gratis pero la compra no. Cada vez que llega una caja de Amazon cae la careta de un sindicalista.

Verlo todo bajo el prisma político es enfermizo, pero pensar que los actos no tienen consecuencias es aún peor, porque pertenece al ámbito del pensamiento mágico. Para entender a qué me refiero, basta con que abran Twitter al azar.

Queda pendiente hablar de Alexia: por qué creo que la Guerra Fría era un entorno más amigable en el que quien te ponía un micro en casa al menos se encargaba de pagarlo y no te pasaba la factura.

El conjunto de células

Si no empezamos a hablar de las cosas importantes pronto no quedará nada importante de que hablar.

Hace unos meses el legendario Pérez-Reverte y el Nobel peruano-español Vargas Llosa coincidieron en mencionar la postura de la Iglesia frente al aborto para reforzar su propia posición: si la Iglesia está en contra del aborto es que el aborto es un derecho. Esto es una falacia ad hominem con toda la barba,  y no merece mayor comentario a pesar de su difusión (si lo utilizan dos académicos, imaginen cómo está el percal a ras de calle; el aborto es una excusa estupenda para refugiarse en la propia ideología y argumentar desde la trinchera).

Hace menos tiempo escuché una justificación que me pareció original: sobre el aborto existe un consenso social que no hay por qué romper. Siendo magnánimos, esto quiere decir que si mucha gente cree algo, es que es verdad (lo que implica que, efectivamente, durante la Edad Media la Tierra era plana). Siendo peor pensados, y me temo que más realistas, la tesis del consenso comporta que, si algo no da problemas, no lo toques. Un argumento que los esclavistas podrían haber esgrimido ante Lincoln, por poner solo un ejemplo.

Pero aquí hemos venido a hablar del conjunto de células, verdadero meollo del asunto. Según estos partidarios, un feto es un conjunto de células y no un verdadero ser humano. Tomando esta postura como premisa, se abren dos posibilidades: o los que ya hemos nacido somos asimismo un conjunto de células únicamente (con lo que el concepto de ser humano se iría al cuerno) o bien los que ya hemos nacido sí somos seres humanos (lo que parece más probable).

Demos por bueno que (A) el feto no es un ser humano y (B) los humanos que ya hemos nacido sí somos seres humanos. ¿Me extralimito si considero que esta doble creencia es la más común entre los proabortistas? Es difícil de decir, pero parece razonable. Según esta hipótesis, lo que no terminaría de entender es en qué momento le ¿entra?, ¿crece?, ¿nace? al feto la ¿humanidad?, ¿alma?, ¿espíritu? Parece que los legisladores creen que algo de esto debe pasar a las 14 semanas y otro poco a las 22, a juzgar por la ley de 2010.

Ignoro en qué consiste este advenimiento tan tardío, teniendo en cuenta que desde el momento de la fecundación el embrión es totipotente, es decir, el cigoto tiene toda la información genética necesaria para convertirse en un adulto y solo recibe de su madre cobijo, alimento y oxígeno, como le ocurre a un bebé ya nacido salvo por el oxígeno. A mí esta capacidad de dirigir el propio desarrollo celular hasta convertirse en una persona adulta me parece más importante que cualquier evento sucedido en las mencionadas semanas, y lo distingue claramente de un riñón, un quiste o un tumor.

Si la capacidad de convertirse por sí solo en un anciano no lo convierte a uno en humano no sé qué lo pueda hacer, pero si ocurre en la semana 14 y alguien me lo explica de forma convincente, no duden que pasaré a engrosar las filas de una mayoría metroscópica que a día de hoy no logro comprender.

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Conjunto de células de 20 semanas chupándose el dedo. Sí, eso son uñas

Por qué no nos gustan los libros de autoayuda

Algunos de nosotros denostamos los libros de autoayuda, pero la repulsión instintiva que nos producen impide con frecuencia que presentemos argumentos en su contra, profiriendo simplemente exabruptos descalificadores. Aunque toda persona de bien entiende de forma intuitiva que los libros de autoayuda proceden de Satán, trataré de explicar esta relación.

En mi limitada e insatisfactoria relación con el subgénero (con la edad se acaba por leer de todo) he llegado a la conclusión de que su razón de ser es simple: alguien, preferiblemente famoso o con afán por serlo, fue en el pasado un capullo e hizo algo (comenzar a comer quinoa, practicar tai chi o dejar de fumar, por ejemplo) que lo convirtió en una persona maravillosa, o en ocasiones tan solo en alguien un poco menos capullo. Deslumbrado ante la maravilla de dejar de ser imbécil, la innata filantropía del eximbécil (en adelante, el escritor de autoayuda) lo impulsa a vendernos su método para ser personas mejores. Dicha pulsión sería inocua si no tuviera ciertas implicaciones:

  1. El escritor de autoayuda es mejor que nosotros. Tras su catarsis, provocada por sonreír más, comer hamburguesas de tofu o abrazar a desconocidos, el autor de autoayuda se da cuenta de que ha llegado a un lugar de perfección espiritual donde no había nadie. Hasta leer el libro, uno podría no caer en la cuenta de que su vida es una calamidad. «¿Todavía comes carne roja? Pero hombre, yo desde que leí Cómo dejar de comer carne roja soy otra persona». Sí, concretamente una persona malnutrida. El negocio de la autoayuda presenta ciertas similitudes con las estrategias de la publicidad: yo no sabía que necesitaba un iPad hasta que en el anuncio vi que se podía tocar un piano de seis teclas en su pantalla. De seis teclas. Cien euros por tecla.
  2. Existe la felicidad permanente. Si, como el autor del libro de autoayuda, alguien lleva demasiado tiempo siendo feliz, o bien no se entera de nada o tiene un concepto de la felicidad poco exigente. En ambos casos, siéntanse libres de recordarle que se va a morir (memento mori) o algo similar. Le estarán haciendo un favor a él y a sus circundantes.
  3. Existen recetas universales para la felicidad. Una de las mayores lacras de nuestra época (además de los teléfonos móviles) es esa necesidad que tienen los políticos, los psicopedagogos y los autores de libros de autoayuda de decirle a los demás lo que tienen que hacer, como si el ser humano fuera menor de edad de por vida y hubiera que supervisar su comportamiento. «Comes mal y no lo sabes» «Deja los malos humos en casa» «Piensa en femenino». Yo tengo uno para vosotros, adalides de lo inane: meted las narices en vuestros sucios asuntos y lavad vuestra propia ropa antes de husmear en los armarios de los demás. En lo que a mí respecta, si a alguien le hace feliz comer papel, que se harte. Bastante hija de puta puede ser la vida como para tener que cumplir los absurdos requerimientos de gente que tiene que comprarse un libro para dejar de fumar o correr todos los días.

El mundo es lo suficientemente complejo como para creer en recetas. Pensar que un comportamiento X produce un efecto Y es intrínsecamente absurdo, e intentarlo resulta profundamente estúpido. Pero eso no es lo verdaderamente pernicioso del asunto de la autoayuda/tocomocho.

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—Dobla así los gayumbos y la felicidad llamará a tu puerta.

Lo dramático es que seres de escasa formación nos digan lo que estamos haciendo mal. Que personas que no conocen nada de nuestras vidas se arroguen la capacidad de solucionarnos la papeleta. Es fácil detectarlos. Utilizan mucho «felicidad», «vibraciones», «interior», «emociones» o «dieta». Una vez leí parte del libro de un prenda que afirmaba que un cambio de dieta le había cambiado la salud, el carácter, su relación con los demás y hasta su trabajo. ¿Qué comías antes, alma de cántaro?

Si Vd. quiere dejar de fumar, no fume. Si quiere correr, corra, corra mucho, poco, regular o mal. O no corra. Esto no va de decirle a los demás lo que tienen que hacer. Esto va de que cada uno se construya su propio código de conducta, su propio principio rector, uno sano, honrado y limpio, exigente consigo mismo y respetuoso (no tolerante, ojo) con los demás, responsable y basado en el aprendizaje, pero ante todo y sobre todas las cosas libre.

Esa peligrosa palabra

Siempre que alguien menciona la palabra tolerancia se me enhiestan las orejas como a un podenco en temporada. Cuando se habla, por ejemplo, de «educar en la tolerancia», no puedo evitar pensar que lo que se planea es educar en la permisión exclusiva de un cierto paquete de valores y no de los demás. En general pasa los mismo con lo que se ha dado en llamar «educación en valores», expresión que en realidad significa «educación en mis valores». Aún recuerdo los años fatídicos en los que lo que se intentaba inculcar era la conciencia crítica, es decir, la capacidad de construir un utillaje ético propio a través del conocimiento y la responsabilidad. Qué asco de generación la nuestra, llena de librepensadores cargantes que leen libros raros y escriben con palabras demasiado largas. Por no hablar de la anterior, repleta de (re)conocidos fascistas falócratas como Javier Marías o Pérez-Reverte.

Pero mis problemas con la tolerancia van más allá, porque la palabreja es más peligrosa de lo que parece. Tolerar no significa respetar, porque el español es exacto y sutil, sino permitir (de momento) tus estúpidas ideas. Se toleran las religiones no oficiales cuando existe una religión oficial, superior y obligatoria. Se toleran las ideas apócrifas, las castas inferiores, las corrientes paganas. Solo se puede tolerar desde la superioridad moral del perdonavidas.

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Cuando los judíos aún eran tolerados en la Alemania nazi

«Ni más ni menos que nadie», dijo mi madre, lo que me obliga a no tolerar ni ser tolerado.

Siempre que alguien empuña la palabra tolerancia es porque no tiene muñeca suficiente como para blandir la otra, la buena, la que se nos va desliendo como la foto en el bolsillo de McFly o el mismísimo reino de Fantasia: la tolerancia es la versión sucedánea y envenenada de la libertad.

La solución habitacional

Los sufridos lectores de este bloj saben que Pablo Iglesias e Irene Montero no son santos de mi devoción, por lo que quizá encuentren hoy sorprendente que me disponga a realizar una defensa de sus personas en lo que al tema de la semana se refiere: la adquisición de una casita de lo más apañada.

La principal baza que se está jugando en su contra es la falta de coherencia, y ante semejante atropello no puedo guardar silencio. La decisión de la joven pareja comunista —que por otra parte debería ser únicamente de su incumbencia— de adquirir una vivienda con todos los extras ha sido cuestionada por ser ellos precisamente eso, una pareja comunista.

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—Toma, Vladimir Ilich, tu perrito vegano.

Pero yo creo que sorprenderse porque las élites comunistas quieran vivir bien equivale a sorprenderse porque las élites fascistas sean xenófobas. Se puede culpar al inefable dúo de muchas cosas, pero no de no comportarse como dirigentes comunistas al uso.

Lo que quiero decir es que el comunismo tal y como lo conocemos siempre ha incluido esa curiosa circunstancia; la de que sus dirigentes no sientan el menor deseo de pasar penurias. Es posible que los miembros de la nomenklatura sean malvados, pero eso no implica que sean idiotas. En esencia, los dirigentes comunistas que en el mundo han sido predican y persiguen la pobreza, pero solo la pobreza de los demás. ¿O es que los Castro pasan penurias? ¿Y los boliburgueses venezolanos? Sacrificadas como son, las élites de extrema izquierda consiguen para los ciudadanos las ventajas incomparables de la colectivización, reservando para ellas mismas los inconvenientes de la asquerosa buena vida. Mucho se habla estos días de la enorme dacha de Stalin, pero poco se comenta el precioso detalle de que durmiera en el sofá.

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Una de las dachas de Stalin. Todo es poco para los amados líderes

La pobreza es una condición necesaria para que la extrema izquierda prospere, y desde luego un efecto de sus políticas económicas, pero de ahí a exigirles a sus dirigentes moderación franciscana dista un abismo. Es sin duda el enemigo capitalista quien pone en circulación tales despropósitos, conocedor como es de que si los gobernantes comunistas fueran obligados a vivir en las mismas condiciones que sus gobernados, volverían los casinos a La Habana en dos telediarios.

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Utilizada por el líder norcoreano Kim Jong-un, la residencia Ryongsong se puede ver desde el espacio, como al propio Kim

Nos estamos volviendo todos imbéciles

Disculpen la acritud del título, pero creo que alguien tiene que avisarnos de la gravedad de la situación antes de que todo esto se vaya al cuerno.

Resulta que los medios nos dicen que expertos se reúnen para tratar de poner coto a las noticias falsas (para colmo de males, los medios españoles las llaman fake news, es decir, noticias falsas, lo que viene a ser tan estúpido como si los medios españoles llamaran houses a las casas o coach al sacamuelas de toda la vida).

Hay preocupación. Los medios están preocupados por las noticias falsas.

Los medios, esos que convierten en titular la ocurrencia resaquil de un adolescente con Twitter, están preocupados por las noticias falsas.

Los medios, los mismos que se hacen eco de los insultos que recibe Fulano o Perengana por estar demasiado gordo, o demasiado delgada (críticas que, por cierto, requieren el nivel de misantropía del doctor Mengele y el nivel intelectual de una garrapata), se hallan turbados por las noticias falsas.

Los medios, esos que comenzaron exagerando y terminaron mintiendo en los titulares digitales para conseguir un par de miles de clics más, andan cariacontecidos por las noticias falsas.

A poco que algún pez gordo le pegue a la neurona sin que esta le estalle, es posible que en alguno de los conciliábulos en que unos y otros muestran su preocupación por las noticias falsas terminen por inventar algo parecido a lo que llamábamos periódicos.

Los periódicos eran reconocibles por su cabecera, por su nombre, y esa cabecera constituía su bien más preciado, pues iba ligado irremisiblemente al nivel de credibilidad que hubiera ameritado cada cual a lo largo del tiempo. Para conseguir esa credibilidad, es decir, para ser fiables, los diarios contaban con la ayuda inestimable de sus reporteros y corresponsales, que aparte de saber escribir (utilísima destreza ahora en desuso) se sabían depositarios de ese capital intangible, además de estar pertrechados de una deontología que se tomaban muy en serio.

Así, por muy alejado que se encontrara el foco de atención, intrépidos periodistas viajeros —pienso en los corresponsales que aparecen en Miguel Strogoff— constituían los ojos y oídos de periódicos, radios, televisiones y agencias, lo que disminuía en gran medida la posibilidad de engañar a los lectores, oyentes, espectadores o a otros medios.

Esto —por lo visto— solo ocurría antes de que los medios se dieran cuenta de lo económico que resulta meterse en Twitter o Instagram para fabricar una noticia. No invento nada: que El País se haga eco de como acémilas con móvil (no voy a intentar expresar con palabras lo perjudicado que hay que estar mentalmente para hacer escarnio público del aspecto físico de otra persona) se sienten capacitados para censurar el comportamiento de los demás es un asunto dramático por muchos motivos, pero sobre todo por el que aquí se trata.

Si el auge de las redes sociales ha ido paralelo al de las noticias falsas, lo que deberían hacer los medios de comunicación es dejar de escandalizarse y comenzar a pedir perdón. Primero, porque quienes están dando pábulo a chorradas, y por tanto fomentándolas, son ellos. Segundo, porque su dejación de funciones al dejarse llevar por la noticia de plástico —insustancial pero perniciosa— ha dejado un vacío informativo que se está llenando de imbéciles.

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«No sabíamos que publicar basura sería malo para nuestra credibilidad»

Si los medios han preferido la cuenta de resultados a hacer bien su trabajo (y no me saquen la crisis que les saco el sueldo de Cebrián), lo último que deberían hacer es poner cara de sorpresa al contemplar el desaguisado subsiguiente, o la expresión sepulcros blanqueados terminará por salir a la palestra.

Lo que soy y mis ropajes

Uno, dos, tres es quizá la película más rápida de la historia. Su protagonista, James Cagney, quedó tan extenuado que se pasó los siguientes 20 años descansando (véanla y díganme si podemos culparlo por ello). Como La vida de los otros, transcurre en la República Democrática Alemana, aunque me temo que ahí acaban los paralelismos. En la película de Wilder, rodada tan solo 16 años después de la caída de Berlín, aparecen al menos dos nazis silenciosos: ciudadanos que en 1945, en cuestión de meses, habían pasado de vivir en un país fascista a hacerlo en uno comunista (la RDA es el Jorge Vestrynge de los países), lo que los abocaría a vivir disimulando su pasado.

La pregunta es obvia: ¿Cuántos se verían obligados a hacer lo propio? y deriva en una pregunta más importante: ¿Cuántos fervientes fascistas se reconvirtieron en cuestión de milisegundos en fervientes comunistas? ¿Cuántos oficiales nazis cambiarían la calavera por el martillo, la Gestapo por la Stasi, el horror por el horror?

Para contestar esta segunda pregunta, como para tantas cosas, seguramente sea mejor conocer la naturaleza humana que recurrir a artículos académicos.

Desde la perspectiva del espectro izquierda-derecha puede aducirse que el fascismo está completamente alejado del comunismo (lo que no puede ser más falso), pero incluso aceptando esa tesis hay algo evidente: cualquier alemán oriental que en los años 30 tuviera cierta inclinación hacia el pensamiento único y la violencia habría pasado a engrosar diligentemente las filas del partido nazi; cualquier alemán oriental que en los años 50 tuviera cierta inclinación hacia el pensamiento único y la violencia habría pasado a engrosar las filas del partido comunista. Es decir: la respuesta es sí. Muchos.

Maquiavelo, uno de los autores más malinterpretados e infravalorados de la historia, aconseja en El príncipe, una vez se haya tomado una ciudad, confiar más en aquellos que más oposición presentaron, en aquellos que con más tenacidad combatieron al invasor. Una vez ganada su confianza, esos seres defenderán con el mismo ímpetu la nueva causa. La lealtad es una cualidad del ser. Servir a uno u otro señor es un accidente, un ropaje.

La ideología es la excusa que adoptamos para justificar lo que somos. Es la ropa que nos ponemos para no avergonzarnos de nuestra desnudez. Es una exención de responsabilidades y una proyección de nuestra finitud. O, dicho sin perífrasis, la ideología da  muchísimo ascopena.

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Los ejemplos nunca vienen mal: los ropajes de un inquisidor católico y los de un calvinista ginebrino son distintos (se disfrazan de enemigos, de hecho), pero su esencia es la misma: pirómanos integristas con alergia a la verdad. Los ropajes de quien cada domingo insulta a Javier Marías y los del senador McCarthy son distintos, pero su esencia es la misma: ágrafos con más voz que graduado escolar. Los ropajes de un censor franquista y los de las «educadoras» que quieren prohibir a Pérez-Reverte pueden ser muy distintos, pero su esencia es la misma: estrechos a quienes pone mucho que alguien los escandalice.

Elegir un ropaje y calzárselo es sencillo, se puede hacer silbando; educar las fallas de lo que uno es es complejo y engorroso: no lo duden, elijan lo segundo.

¿Por qué lo mantienen en secreto?

¿Tan vergonzante es lo que España hace a una parte de una parte de sí misma (recordemos que no todos los catalanes se sienten oprimidos) que no son capaces de verbalizarlo? Es decir, ¿alguien sabe qué hemos hecho a los independentistas para que las píen tanto?

Porque así a bote pronto tuvieron el primer ferrocarril, las primeras autopistas, en el XIX se apostó por ellos en perjuicio de Galicia, se les apoyó para tener unos Juegos Olímpicos, se les rescata de vez en cuando, no se les pitan penaltis… No sé, pero si el problema son los Decretos de Nueva Planta y decidimos revertirlos, entonces habría que empezar por devolver también a Cataluña a la jurisdicción aragonesa…

Humildemente os pido ayuda porque soy, como en tantas otras cosas, un ignorante total. ¿Qué les hace España? ¿Cuál es el origen de tanto odio, aparte de la connatural inferioridad de los demás? ¿Alguien lo sabe? Porque lo mismo deberíamos empezar por ahí…

No se quieren ir

Imaginen que, decidido a presentarme a las oposiciones para el cuerpo diplomático, en lugar de presentar la correspondiente instancia en el Ministerio de Asuntos Exteriores, presentara la tapa de un yogur en la taquilla del teatro Calderón.

Imaginen que, a pesar de no ser convocado a los exámenes, montara en cólera al no verme incluido en la lista postrera de admitidos a la muy venerable Escuela Diplomática. «Me persiguen», diría. «No hay democracia».

Imaginen, respetados lectores, que tuvieran que llegar a alguna conclusión acerca de mi comportamiento: aquellos de ustedes que fueran tan amables como para no considerarme simplemente un imbécil solo tendrían una salida; pensar que en realidad no quería examinarme ni ingresar en la Escuela ni pisar una embajada en los años de mi vida.

Porque resulta, por ese carácter paradójico que a veces presenta la verdad, que en realidad Cataluña (la marca hispánica) sí se puede separar de España. No hay artículo de la Constitución tan blindado que sea imposible de cambiar. Basta con conseguir la mayoría suficiente y, en este caso tan especial, disolver las Cortes, elegir Constituyentes, votar la nueva Constitución y resetear el Estado. Con votar me refiero a votar todos, claro, que lo del sufragio universal costó demasiado como para Flequillín nos lo arrebate porque le parezca fascista. Ignoro por qué no intentan hacerlo así, que es como lo pueden hacer, en lugar de presentar tapas de yogures en el Liceu, pero dada mi natural bonhomía prefiero pensar que en realidad no se quieren ir en lugar de llegar a la conclusión de que los independentistas son imbéciles.

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Cada ocho horas (si no se muestra alergia a los libros)

Y he aquí, queridos lectores, el principio democrático que subyace a todo este desbarajuste y que nos diferencia de la Francia de Luis XIV, la Italia de Mussolini o la URSS estalinista: el de la soberanía nacional. Todo se puede cambiar (porque vivimos en una democracia aunque les rasque tanto a quienes, como el FCB, siempre han decidido estar al lado del sol que más los caliente, ya sea el franquismo senil o el independentismo adolescente), pero cambiarlo requiere la autorización de los ciudadanos españoles, a diferencia de lo que ocurría con Luis XIV, Mussolini o Stalin, que ellos solitos podían legislar o, ya puestos, purgar, represaliar o finiquitar.

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Reforzar con esto si el paciente muestra renuencia al aprendizaje

Permítanme, amados lectores, que en este punto tenga mi recuerdo habitual para Pablito. Pablito, hijo, que eres politólogo. Una cosa es que te quieras hacer fuerte en el imaginario del moderneo patrio y otra muy distinta es que te fumes el temario de primero nada más pisar moqueta. Soberanía nacional. Artículo 1, párrafo 2. Porque no en todo, pero en esto y muchas otras cosas nuestra Constitución es (si me disculpan el exabrupto falocrático y patriarcal) cojonuda.

Así que, si Flequillín y el enjambre de alianzas juegotronil en que se ha convertido aquello deciden defender la independencia o la pizza con piña, a mí plim. Pero si deciden que ya no vivo en un Estado de Derecho con imperio de la ley y soberanía nacional, ahí me encontrarán enfrente, porque paso de viajar a la España de Fernando VII o el general chiquitín pudiendo vivir en la mía.