Caminar erguidos

Algunos de los más afamados vendechicles destacan la pertinencia de caminar erguidos. Nada que objetar; caminar encorvados es fuente de problemas lumbares y tragedias cervicales.

Algunos de ellos (gurús de podcast, filósofos de baja intensidad) fuerzan más el consejo y establecen el hábito de la rectitud espinal como detonante de un sinnúmero de bondades físicas y mentales. Emocionales, repiten como mantra ineludible. Caminar erguidos, al parecer, desencadena una reconstrucción del ser, una epifanía del amor propio. Los más estomagantes acompañan la retahíla de una cierta alegoría de la mirada: la barbilla alta, vista al frente, el horizonte al alcance. Resucitar la coronilla desencadena, según vemos, mejoramientos de todo pelaje.

Comprendiendo y compartiendo parte de lo antedicho, lo que aquí se propone es una inversión en los términos, atentos. Se trataría primero de realizar algún hecho del que estemos orgullosos. No tiene por qué ser, en contra del exhibicionismo algo suicida que impera, una gesta notable, ni siquiera pública. Puede quedar en el acogedor santuario de la intimidad ―el lugar donde ocurre todo lo importante―. La única coindición es que nos sintamos orgullosos de esa pequeña conquista. Entonces y no antes deberíamos caminar como si nos sintiéramos orgullosos o, con más propiedad, caminaríamos con legítimo orgullo. Aparece entonces, así planteado, cierto aroma de engañifa en el consejo de los divulgadores que trabajan más la inflexión de su voz que la composición de su biblioteca.

Trabajo y luego orgullo y no al revés encierra un posicionamiento ideológico, toda vez que la izquierda denuesta el esfuerzo por motivos que me resultan ajenos. Pero encierra sobre todo una directriz fecunda en una de nuestras obsesiones, en palabras de Ferenc Copà: la educación.

La moda, esa mentirosa permanente, nos enseña a fomentar la autoestima como si los niños fueran idiotas, es decir, sin que haya relación entre el orgullo y su fuente. Como si la autoestima fuera la causa y no el efecto, la figura y no el reflejo.

Prueben a hacerlo al revés (todos somos educadores alguna vez). Enseñen algo, por nimio que resulte, pero enséñenlo a conciencia. Observen el efecto que ese aprendizaje real tiene en su discípulo. Construyan alrededor de ese conocimiento, valoren en su justa medida ese pedacito de sabiduría. Ahí, entonces, en ese orden. Cuánta felicidad dará ese trocito de Elíseo.

Lágrimas de caimán

Al incauto lo camelan a la ida y a la vuelta. Conviene, por tanto, permanecer alerta.

Se vienen roedores sobrepujando regalas, o sea, las ratas van a empezar a saltar del barco como un solo hombre.

Una tara del hombre común (es decir, del hombre honrado) es la incapacidad de imaginar hasta dónde puede llegar la depravación cuando esta se desata, la velocidad a la que el escándalo de hoy hace sombra al escándalo de ayer.

Corremos el riesgo, por tanto, de que nos la claven hasta en la retirada.

Durante las próximas semanas vamos a ir viendo desfilar todo tipo de rostros contritos, de ojos en blanco y cómo-pudiste-hacerme-esto-a-mí. De tipos que a las cinco de la tarde no han tenido tiempo de comer, pobres. Piensen en Chivite: su primera lágrima no había tocado el suelo cuando su nombre ya comenzaba a sonar como parte y no solo como juez.

Llegará el momento, por insólito que parezca, en que Mahesú vuelva a poner en práctica sobre su propio esternón todo lo que aprendió viendo Gorilas en la niebla, pero esta vez de fingida estupefacción y no de apoyo incondicional.

¡Ese será el momento de estar atentos! Porque mal está irse de lumis con nuestro dinero, pero al fin y al cabo el drogadicto putero y ladrón cuenta con una naturaleza de babosa contra la que poco se puede hacer y que ni él mismo oculta, pero hay algo intrínsecamente nauseabundo en hacerse el estupendo rajando del amigo caído en desgracia cuando lo único que uno ha hecho hasta ese momento es reírle la gracia al putañero.

Conviene recordar entonces, por mucho que Gracita Bolaños o Yoli Tenacillas se hundan el esternón entonando el «por su culpa, por su culpa, por su gran culpa» que no, que la culpa es suya de ellos, que lo sabían todo y lo saben todo, y que lo que deploran no es la iniquidad del colega sino que lo hayan pillado con el carrito del helado. Que esta banda tiene menos principios que la propia camorra, porque al menos ellos le llevan una tarta con limón al compañero enchironado y no lo dejan caer como las lápidas blanqueadas que pululan por Ferraz.

P. S.: De la podre, resultaron ser el partido de la podre y no de los pobres. Veleidades de la paronomasia.

Tolkien

Dos cuestiones sobre Tolkien y su circunstancia interesan a esta entrada: la inherente estupidez de los propios conceptos de «intelectualidad» y «alta cultura» y la desnaturalización de la literatura a manos de los géneros literarios.

El hombre que fue a la guerra

Quien ha contemplado el horror escribe sobre hadas. Verán: durante la segunda mitad del siglo XX El Señor de los Anillos (publicada por primera vez en 1954-55) recibió permanentes acusaciones de infantilismo. Es algo paradójico, pues la editorial tuvo dudas precisamente porque la obra tenía un tono más adulto que El Hobbit, publicada originalmente en 1937.

El caso es que Tolkien siempre tuvo enfrente a gran parte de lo que con afán de venganza y algo de choteo podemos llamar crítica seria. La crítica seria, como saben, es aquella que lleva décadas tratando de vaciar las librerías desde un academicismo dictatorial y miope (valga el pleonasmo) que ni la Royal Academy durante el XIX inglés.

La miopía en este caso es doble: en primer lugar, aunque leer El Señor de los Anillos y quedar horrorizado o aburrido, como Borges, es totalmente legítimo ―solo faltaba―, desdeñar sus profundísimas raíces culturales, su parsimoniosa espiritualidad o la construcción épica de un universo prodigioso solo puede obedecer a la tendencia de los de siempre de decirnos a los demás cómo comportarnos, cómo escribir y a quién orientar nuestras plegarias. Eso, decimos, en primer lugar.

Pero en segundo y principal, lo que clama al Cielo es acusar de infantilismo a un escritor que además de un currículo académico brillante en una de las universidades más prestigiosas del mundo y de un conocimiento exhaustivo de las lenguas y literaturas medievales del norte de Europa, además, decimos, y sobre todo, había luchado en la que probablemente fuera la batalla más horrenda que vieron los siglos: la del Somme, donde murieron más de 300 000 seres humanos y que tuvo todos los horrores de la primera guerra industrial: carnicería a gran escala, fosgeno y gas mostaza, trincheras con la higiene de un vertedero medieval y su correspondiente fiebre de las trincheras, que por cierto Tolkien contrajo.

Tenemos entonces un contraste notable. Por una parte hay un hombre que sí había conocido el horror y por tanto escribía sobre la belleza; por otra, seres que desde la comodidad que soldados como Tolkien les habían proporcionado le daban vueltas todo el día a la angustia del alma humana desde sus sillones de capitoné, lo que viene a explicar nítidamente la proliferación de bodrios durante buena parte del siglo pasado. Te estoy mirando a ti, Kundera.

Ese contraste entre el intensito que aparenta gravedad y tiene que estar siempre de mal humor (ojeen las fotos de los escritores en las solapas de los libros: es esa cara de pensar muy fuerte) y el escritor sabio que había contemplado el horror y que tenía la grandeza de espíritu suficiente para hablar de todo lo bueno, armonioso y bello que tiene la vida no solo queda restañado por el impacto que tienen uno y otros en pleno siglo XXI, sino que encuentra su eco en otras manifestaciones afines. Se me ocurre, por ejemplo, la chapa que les metía muy enfadada aquella niñata insoportable llamaba Greta Thunberg (ahora es una jovencita insoportable) a los hombres y mujeres que habían descuidado las emisiones de CO2 mientras la libraban a ella y sus padres del nazismo, el comunismo, ciertas enfermedades curables y morir de frío en invierno.

La afirmación de los géneros es la negación de la literatura

No existen los libros de fantasía ni la novela negra. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo. Wilde lo aplicó a la moral, pero tanto da.

Cuando leemos una novela digna de tal nombre y la leemos con un mínimo de literacidad, el mundo se diluye y la única realidad que existe es la que nos cuentan, la que nos narran. La realidad contada es la única que existe durante ese lapso de felicidad: la literatura ocurre exclusivamente dentro del libro. Todo lo demás, incluidos los géneros (que existen por comparación entre obras) se queda fuera. Los géneros son ajenos, por tanto, a la literatura.

Afirmar los géneros es negar el ensueño, y sin ensueño no hay literatura. Hay, si acaso, esta cosa metaliteraria con la que nos martirizan los teóricos y los escritores de salón.

No leemos a Tolkien por ser un escritor de fantasía. Primero porque los géneros no existen, pero segundo y de manera más pragmática, porque si existieran o si los aceptáramos simplemente como cierta semejanza temática, leeríamos a Tolkien a pesar de ser un escritor de fantasía.

En primer lugar, porque la cantidad de mamarrachadas que se han escrito desde entonces tratando de sumergirnos en universos similares es notable. En segundo, porque lo menos importante de la obra de Tolkien es que una sola persona fuera capaz de crear toda una mitología, idiomas incluidos, lo que desde luego es en sí mismo un mérito, pero que no convierte a nadie en maestro si faltara lo mollar; la capacidad de escribir sobre el Bien, la Verdad y la Belleza como si no costara, la capacidad de contarnos el susurro del bosque como si acabáramos de despertarnos en la ribera de un arroyo. De elevar la épica a nuevas cotas cuando según todos los indicios la épica había caducado. De recordarnos por qué leemos, de operar el milagro, de grabar para los siglos que se puede y se debe luchar contra el mal.

Así, quien se niegue a leer a Tolkien porque contiene dragones se perderá una obra maestra, pero también se la perderá, y esto es lo sustancial, quien se acerque a Tolkien porque contiene dragones, porque los dragones le impedirán ver, literalmente, el bosque.

Tolkien es un escritor mayúsculo estrictamente por la calidad de lo que escribe y no por aquello sobre lo que escribe, de la misma manera que Stanisław Lem es un genio independientemente de la ciencia ficción o Dorothy M. Johnson es una escritora descomunal por razones ajenas al Oeste.

Ese sustrato de la obra de Tolkien que solo atiende a la calidad es lo que no entienden sus supuestos discípulos, más atentos al orco que al arte, ni los productores de ese escombrazo llamado Los Anillos de Poder. Y por eso es un milagro fruto de algún tipo de iluminación lo que se sacó de la chistera Peter Jackson, teniendo en cuenta que el tipo había dirigido previamente Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro.

Tanto dan, afortunadamente, nuestras opiniones y las de críticos como Edmund Wilson. El hecho es que dentro de mil años seguiremos leyendo a Tolkien en busca, según sus propias palabras en el ensayo Sobre los cuentos de hadas, de fantasía, renovación, evasión y consuelo. Literatura, por tanto, que conviene tener a mano cuando la vida nos depara (siempre termina por hacerlo) algún tipo de trinchera.

Resiste, Pedro

Cuando parece que el mundo está contra ti es cuando los hombres verdaderamente geniales saben brillar.

El destino, a menudo agraz con los grandes, te ha puesto trampas ante las que el hombre común habría claudicado. Te ha dado, sin tú saberlo, un número 2 corrupto, un número 3 corrupto, un hermano con dificultades para encontrar su puesto de trabajo, una mujer que trapichea con empresas y universidades. Un suegro proxeneta. Ahora dicen que amañaron las primarias para hacerte ganar (los que estaremos aquí hasta el final sabemos que lo hiciste por guapo). Hasta te escribieron la tesis sin tú saberlo. Malditos.

Cuando te falten las fuerzas recuerda los golpes gorilescos de Mahesú, el apoyo desinteresado de etarras y supremacistas, las lágrimas de Chivite. Tienes que resistir, Pedro, porque muchos dependen de ti. ¿Qué hará Margarita sin tus humillaciones, Hernand sin tu suela, Charo sin tu póster? Aguanta, Pedro, por lo menos hasta que desmontemos la Cruz. Aguanta un poquito, hasta que te rescate Lo País o Broncano (ay, pobre Broncano) o el voto por correo. Aguanta porque Franco.

Tienes que aguantar, sobre todo, porque no será hasta el final, hasta el último párrafo de la última página, cuando entendamos realmente quién eres, cuando comprendamos lo lejos que estamos todavía del cubil de la bestia y recibamos la benéfica lección de que un sistema democrático puede albergar monstruos. Necesitamos hasta el último punto de la última página. No te vayas ahora. Ya no.

¿Qué podemos aprender de la actitud del club que soborna a los árbitros?

Nuestras madres nos enseñaron que las relaciones humanas son como jarrones de la dinastía Ming: algunas palabras, por pronto que se retiren, las rompen para siempre. Podemos pedir perdón, podemos intentar pegarlas, pero ya nunca es igual, porque somos seres, en esencia, idealistas.

Y es que no se pueden pasar por alto ciertas cosas. Si lo hacemos, aceptamos que el mundo está mal, que la ética es solo una palabra, que es muy cansado hacer las cosas bien.

El yerno de un proxeneta no debería nunca ser presidente del Gobierno de una democracia liberal. Si hay que explicar esto es que estamos peor de lo que pensamos. Tampoco debería serlo, ojo (y aquí esta entrada pierde a la otra mitad de sus lectores), el amigo de un narcotraficante. «Cuando yo lo conocí solo era contrabandista» dice el tipo, para arreglarlo.

Para que triunfe el mal lo único necesario es que la buena gente no haga nada. Y el mal está triunfando, porque las pequeñas concesiones a la flojera moral terminan siempre por convertirse en catástrofes históricas. «¿Como pudo suceder esto?» nos preguntamos luego siempre. «Porque una vez, en el recreo, hace muchos años, te burlaste de alguien más débil que tú».

El yerno de un proxeneta no debe ser presidente de nada, entre otras cosas, porque en España hay muchísimas personas cuyos suegros no regentan burdeles vaporosos.

Esto nos lleva al Barcelona, el club que paga dinerito fresco a los árbitros para que le favorezcan en el campo y, lo que es más alucinante, no está en segunda. El club que no debería haber inscrito a Dani Olmo, el club que alineó indebidamente a Íñigo Martínez ante Osasuna sin que nunca pase nada. Les sonará Íñigo Martínez, es el jugador que escupe a los rivales cuando las cosas no le van bien. Luego volvemos a él, porque hay más.

El Barcelona es uno de los clubes que agravia al himno de todos nosotros sin que ocurra nada. Es el club cuya masa social lanza al campo botellas de whisky y cabezas de cerdo porque ¡otro equipo fichó a uno de sus jugadores! y adivinen: nada ocurre. El Barcelona es el club que no se presentó a un partido de Copa y no recibió sanción, es el club que falseó sus cuentas para poder inscribir e inscribió, el club de Ovrebo en Stanford Bridge, de la segunda amarilla a Van Persie, de los penaltis por desmayo contra el PSG.

El club ―solo un dato más, así como resumen― que después de sobornar a los árbitros durante 17 años, no fue sancionado con penalty en contra durante 78 jornadas de Liga. Y aquí seguimos, silbando melodías.

Pues bien: ese es el club que esta semana ha protestado por haber recibitdo un arbitraje neutral. La primera conclusión es clara: quien recibe prebendas durante tanto tiempo termina por detestar la justicia, se convierte en un cuerpo extraño a toda idea de equidad.

¿Qué podemos, entonces, aprender de todo lo anterior? Si superamos la náusea, el asunto nos permite reflexionar sobre la disciplina, las amenazas no cumplidas y la tolerancia infinita hacia los comportamientos reprochables.

Porque está en nuestra naturaleza pensar que cuando malcriamos a alguien, cuando sobreprotegemos a alguien, cuando damos más de lo que deberíamos dar estamos ganando prestigio o ameritando agradecimiento. Lo que estamos haciendo, simple y llanamente, es crear ―criar― un monstruo. Alimentar a la bestia.

P. S.: En el fútbol hay dinastías, categorías de jugadores que se agrupan por sus características. La de Íñigo Martínez es la de Jordi Alba, que tampoco es el cuchillo más afilado de la cocina: aquellos jugadores a los que ni siquiera soportan en su propio vestuario.

Piperos

Estamos a dos piperos de que Ancelotti sea el peor entrenador de la historia. Hay muchos tipos de piperos, pero todos ellos son reconocibles. No existe el pipero sorpresivo, el pipero no embosca, siempre ataca a campo abierto.

El pipero le reza novenas a su santo patrón, Jorge Valdano, y todas las noches, antes de dormir, lee unas paginitas de Álvaro Benito como los franceses leen unas paginitas de Proust.

El pipero, cuando ve los tacos de Maffeo incrustados en el cóndilo femoral de Vinícius, dice: «Es que Vinícius protesta mucho». El pipero quiere ser amigo de sus amigos del Atleti, así que para congraciarse con ellos se declara partidario de vender a Vinícius. Siente la tentación de pitar a Mbappé, aunque no sabe muy bien por qué. El pipero es madridista a su pesar, como si fuera una carga o un baldón. El trabajo de ser madridista es demasiado para el pipero.

El pipero es muy dramático; se le puede contratar como plañidera. No piensa que el ciclo de Ancelotti haya terminado, sino que el italiano no tiene pajolera idea de fútbol. Al pipero le gusta insultar a los suyos en nombre de no sé qué imparcialidad. El pipero desconoce que el deporte es, precisamente, parcialidad. Ignora que se apoya hasta el final. Se cree hasta el final.

Por eso, la lealtad del pipero dura lo que se tarda en partir una cáscara y desecharla.

El verdadero reto del madridista, como el del español o el madrileño, no es el de sobrevivir al enemigo natural, sino sobrevivir al pipero, porque el enemigo ataca y uno puede defenderse, pero el pipero (el enemigo en casa) gangrena y necrosa el miembro propio. Al suelo, que vienen los míos.

Aquellas películas de los 80

La política estropea todo lo que toca. La única esperanza que nos cabe albergar es que la política solo toque a los políticos, porque ellos ya están rotos. No es un reproche, sino casi una muestra de agradecimiento: alguien tiene que desempeñar un trabajo que, con mucha probabilidad, te convierte en un mentiroso y un corrupto. No debe de ser fácil que tu trabajo te vaya carcomiendo los principios.

En el siglo XXI la política cuenta al cine entre sus víctimas: lo ha aniquilado. Hemos mejorado, si comparamos con lo que la política le hizo a Europa en el XX y anteriores: mejor que la política destruya el cine que un continente entero.

La política ha destrozado el cine porque, sometiéndolo a sus dictados paranoicos acerca de no sé qué corrección ha eliminado lo más sustantivo que tiene cualquier arte: la capacidad de aspirar a decir lo que no se puede decir de otra manera, lo que implica tanto construir mundos que no existen como hablar de lo inefable. Ese es ―era― el privilegio del arte.

Tolkien, profundo católico, lo llamaba subcreación. Cada vez me parece más dudoso que esa maravillosa alquimia amerite un sub-.

Poesía, en el sentido de los antiguos, es decir, mucho más narrativa y menos abstrusa, encuentra su raíz etímológica en ποίησις (poíesis, producción o creación). Esa raíz también la encontramos en autopoyético (que se crea a sí mismo) o en hematopoyesis (producción de los elementos presentes en la sangre). Interesa del arte la aparición, el génesis, la negación de la realidad por la afirmación de lo ficticio.

No es intención de esta entrada hablar en abstracto. Para mí esa construcción de mundos que conseguían las películas no politizadas tiene más o menos este aspecto:

Es Bruce Spence caracterizado como Jedediah el Piloto en Mad Max: más allá de la cúpula del trueno (1985) y la miniatura que aparece a su lado es Adam Cockburb como Jedediah Jr. Ambos llevan salacot, claro, porque con salacot siempre aciertas.

Había algo profundamente sugerente en el personaje de Jedediah, que para mayor enigma/leyenda tenía una relación de parecidos y diferencias con el capitán Gyro de Mad Max 2, también interpretado por Spence. En todo caso, ambos nos proporcionaban un estereotipo del aventurero, del explorador del desierto postnuclear con un ramalazo steampunk más que evidente.

Para más inri, Spence se parecía y se parece a Stewart Copeland, batería de The Police, lo que traía inmediatamente el aroma de Tea in the Sahara, la canción del 83 basada a su vez en El cielo protector, el libro de Paul Bowles. Se construía así una especie de metafísica del desierto, una caracterización de la última frontera, el hallazgo feliz de un nuevo territorio a conquistar. Zedediah y su hijo nos invitaban a explorar lo inexplorado, que es lo que debería hacer el arte por encima de todas las cosas.

Por eso murió el cine de aventuras primero y el cine después. Porque el artista está hoy obligado a llenar la obra de una serie de condicionantes DEI/woke/neomarxistas. Es la política, entonces, instrumentalizando el arte para aniquilarla, como hizo siempre que la tocó con sus manos ponzoñosas. Así pintaba Pyotr Konchalovsky en 1917:

Scheherazade, 1917. Pyotr Konchalovsky

Y así lo hacía en 1948, 30 años después, una vez la URSS hubo decidido que el realismo social(ista) era el único estilo admisible. ¡Que desaparezca todo rastro de creatividad, de imaginación, de libertad!

De la siega, 1948. Pyotr Konchalovsky

¿Cómo expresar la tristeza que nos produce que el marxismo haya vuelto a tomar las riendas del arte, de lo que es aceptable o no en el arte, pero esta vez en todo el mundo y no solo en la URSS? ¿Cómo hemos permitido este disparate?

Y, de forma colateral pero dramática, ¿cuánto tiempo perdemos combatiendo la censura de la política de la cancelación en lugar de pergeñar obras dignas, imaginativas, pujantes? Todo esto es soportable porque adivinamos la llegada de una generación mejor que la nuestra, que pierda el miedo a opinar, a protestar y a crear. Los jóvenes son, como siempre, nuestra esperanza más acabada.

P. S.: Lo de Bruce Spence es notable: el tipo aparece en al menos alguna de las entregas de estas cinco sagas: Mad Max, La guerra de las galaxias, Matrix, El señor de los Anillos y Narnia. Sale en la estupenda Dark City, de propina. Si no lo recuerdan en la Tierra Media quizá sea porque no han visto la versión extendida de El retorno del rey:

La boca de la Boca de Sauron. Grande, Bruce

Silencio

El silencio es el ruido de los pensamientos o, mejor, es su preámbulo. Pensamos que el ser humano, en ausencia de obstáculos, camina hacia lo que es más conveniente para él. No es cierto: a menudo huimos de todo lo que es bueno. El silencio es, junto al orden, el lujo más económico.

Los calígrafos japoneses utilizan para escribir barras de tinta Sumi en lugar de tinta líquida. Dicen que el proceso de frotar las barras contra la piedra para licuarla y mezclarla con agua les aquieta la mente. Es necesario aquietar la mente antes de escribir.

Pirrón preconizaba la epojé, la suspensión del pensamiento, la ausencia de afirmación o negación para afrontar una reflexión sana, preclara y fuerte. Es necesario, de nuevo, aquietar la mente.

Silencio no es aquí literal, porque el silencio total, paradójicamente, amplifica los ruidos. Se trata de una calma, de un despojarse (que suena como, aunque no deriva de epojé), de un dejar de lado todo para afrontar la tarea ante nosotros no como si fuera la última sino como si fuera la única.

Es un silencio que niega lo que nos aflige o conturba, que orilla lo innecesario, que permite la concentración.

Es necesario limpiar los pinceles antes de volver a utilizarlos. Es necesario limpiar la mente antes de volver a utilizarla. El sueño es el agua de la mente. El sueño es el silencio definitivo, porque aparta al mundo de nosotros. Por eso los sueños lúcidos son una traición, un desengaño. No poder soñar, no poder desentendernos de nosotros nos conduce a la locura.

Si sonara, ese silencio se transfiguraría en el conjunto de caóticas probaturas que acometen los miembros de la orquesta antes de sincronizarse en el lenguaje más sublime. Exactamente el sonido que suena al comienzo de Nightswimming, de R.E.M. La tempestad que precede a la calma.

La religión es el opio del comunista

Les voy a pedir que utilicen su imaginación hasta lo inconcebible.

Imaginen que en una democracia de nuestro entorno (Unión Europea, OCDE o el entorno que ustedes prefieran) existiera un presidente que mintiera más que el barón de Münchhausen y que ni siquiera hubiera escrito su propia tesis doctoral al frente de un gobierno de ministros puteros y/o comunistas, casado con la hija de un empresario prostibulario que estuviera investigada por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida e intrusismo.

Imaginen un gobierno que nombrara a un portero de puticlub consejero de la principal empresa ferroviaria del país y vocal del consejo rector de sus puertos. Ya, ya sé que estoy llevando al límite su imaginación.

Imaginen un hermano del presidente acusado de malversación, prevaricación y tráfico de influencias.

Imaginen que ese gobierno pactara con secuestradores y asesinos las leyes de seguridad de ese país. Que indultara a los golpistas. Imaginen que ese gobierno estuviera encabezado por un partido político que, de hecho, hubiera dado un golpe de Estado hace décadas.

Imaginen que ese mismo partido se hubiera gastado más de 650 millones de euros destinados a trabajadores desempleados, entre otras cosas, en prostitutas y cocaína. A estas alturas seguro que han percibido cierta querencia del partido imaginario del país hipotético hacia la prostitución. Lo han adivinado: los miembros del partido ficticio se declararían acrisolados paladines de la mujer. Puteros, pero paladines.

Imaginen, en un sobreesfuerzo que roza la temeridad, que ese partido político recibiera millones de votos. ¿Da para tanto su imaginación? Posiblemente no, y he aquí por qué.

La paradoja

Una de las citas más famosas de Marx es la de que la religión es el opio del pueblo, y es una cita interesante. Marx es interesante cuando la semichorrada de la lucha de clases se sustituye por el estudio de las élites.

© Mbzt CC BY 3.0

Porque sí, la religión ha sido un instrumento de las élites para perpetuarse en el poder. Como Hammurabi, a quien vemos en la parte superior de la estela recibiendo sus atributos reales de Shamash, el dios del sol y la justicia. O los faraones, o los reyes del Antiguo Régimen, que según Bodino fueron designados por Dios para ostentar la corona.

Religión en sentido lato, claro: los mecanismos y anhelos de la mente que conducen a la religión. Su capacidad de aferrarse a dogmas de manera acrítica. Su tendencia a fomentar tanto la cerril defensa de lo propio como el odio sin medida a lo extraño.

Porque esa es la principal razón de los socialcomunistas para continuar siendo socialcomunistas y apoyar a los que consideran los suyos: la fe ciega.

Entonces Marx sigue vivo apoyándose en los mismos mecanismos que le afeaba al capitalismo; la adhesión irracional a un programa que no es ni demostrable ni falsable. Porque son las élites en general (incluyendo las comunistas) las que utilizan esos mecanismos y no solo las élites que Marx consideraba el enemigo. Por error de cálculo u omisión interesada la izquierda ignora que la revolución deviene siempre élite cuando victoriosa. Y la élite siempre se aprovecha de las debilidades del rebaño. No hace falta pertenecer a la Escuela de Frankfurt para entender esto.

No comprendemos por qué el votante de izquierdas se obstina en apoyar a chulos, drogatas o ladrones porque no entendemos que sus cerebros no están reflexionando filosóficamente sobre consideraciones éticas, sino bajo el mismo hechizo hipnótico que los derviches. No es una cuestión de compromiso social o teoría política. El socialcomunista, aunque moriría antes de reconocerlo, vota con el fervor religioso de un yihadista o un Thug.

P. S.: El de la primera foto es Manco Cápac, fundador semilegendario de la civilización incaica a quien se considera hijo del Sol. A 13 000 km y tres milenios de distancia de Hammurabi y sin contacto posible entre ellos y, sin embargo, ambos reciben el poder del Sol. Cosas veredes.

P. S. S.: Leo que el socialcomunismo empieza a cuestionar la presunción de inocencia y (entiendo que) por extensión la Ilustración. Deberíamos empezar a tener algo de miedo, aunque si su intelectual de referencia (de ellos) es Mahesú Montero el miedo sin duda se atenúa.

Un (enorme) rayo de esperanza

Ya lo saben: la Comunidad de Madrid va a prohibir para el próximo curso el uso de pantallas en Educación Primaria pública y concertada. Interesan diversos aspectos de la decisión, el más importante de ellos el de que los colegios dejemos de ser agentes de adicción para los miembros más frágiles de la sociedad. Dicho sin ambages, la decisión impedirá que los profesores sigamos siendo los primeros camellos de los niños madrileños.

Hace dos semanas en este blog se avisaba de la posibilidad de hacer el ridículo intentando ser el más moderno y convirtiéndose como por arte de magia en caspa.

Las pantallas son de pobres

Mi compromiso con este blog es el mismo que el de Phoebe con los niños de la biblioteca: no sé qué de una vaca y unas hamburguesas.

Una persona confiable lo dijo hace tiempo: los hijos de las élites están aprendiendo a amasar pan. La pantalla es la destilación perfecta de la mentalidad de pobre: una trampa del crecimiento bajo un aspecto de sofisticación.

Ahora vamos con eso, pero para caracterizar la diferencia entre la mentalidad de pobre y la de rico (y no es necesario ser ni una cosa ni la otra para tener ni una ni otra mentalidad) valga el concepto de los gastos termita. Los gastos termita son esas pequeñeces que el pobre, pensando que consumir es de ricos, acomete sin rebozo. Total, son tres euros. Total, 1,80. Total, 400 euros al mes. El rico, en contra de lo que piensa el pobre, no gasta. El rico ahorra, y solo gasta cuando después de mucha reflexión decide que ese gasto esa inversión merece la pena, entre otras cosas, porque la heredarán sus nietos. El rico gasta pocas veces aunque gaste mucho más en cada operación; le sigue compensando.

La pantalla es la materialización de lo que deberíamos llamar el tiempo termita: creyendo que estamos haciendo algo con nuestro recurso más preciado, lo estamos en realidad tirando por el desagüe, como si nos sobrara, de la misma manera que hacemos con los tres euros o el 1,80. Total, lo miro dos minutos. Total, lo vuelvo a desbloquear. Total, 300 horas al mes.

Por si fuera poco, a menudo las dos termitas se juntan, porque ¿quién no tendría la aplicación de Amazon en el móvil, con lo cómoda que es? ¿Han visto lo accesible que es la página de Zara? Y si por mala suerte necesito pagar en vivo puedo al menos hacerlo con mi iPhone, como los ricos. Total, por unos ridículos 20 euros al mes hasta 2030 Movistar casi me lo está regalando. Los ricos heredan las mesas de roble de sus antepasados, pagadas a tocateja; los pobres heredan las deudas de sus abuelos por un móvil que ya no existe.

Cui prodest? Todo círculo necesita un cierre, un broche, una burla final. ¿A quién beneficia esa miradita al móvil, ese euro con ochenta? Lo han adivinado, a los que compran mesas de roble macizo para seis generaciones. Uno no se pasa la infancia amasando pan y estudiando libros de verdad para ser pobre, sino para diseñar la trampa del crecimiento suprema: el método de drenaje definitivo del exiguo peculio de los pobres. Los pobres somos vacas lecheras en los establos de las empresas transnacionales. La próxima vez que vean a un rico sosteniendo una tablet observen hacia dónde apunta su pantalla.

© Matt Buchanan CC BY 2.0